Libre

born of yourself, born
of hay and cotton struts,
of street-pickings, wharves, weeds
you carry in, my bird
of a bone of a fish
of a straw, or will
of a color, of a bell
of yourself, torn
Charles Olson, "I, Maximus of Gloucester, to You"

Es horrible.

De hecho, esa simple palabra no es suficiente para describir este sufrimiento, este pánico. Es como si necesitara aprender un nuevo lenguaje para expresar este cúmulo de sensaciones. Mis ojos abiertos en terror, divagando de un lado a otro del frió cuarto blanco, mientras escuchó nerviosamente el absoluto silencio, pero sé que está allí.

Esperando. Vigilando. Acechando. Aguardando el momento propicio de acabar conmigo.

No es justo.

Siempre supe que estaba allí, pero la sensación de que estuviéramos cerca era tan espantosa que opté por el camino más simple: Ignorarla. Al principio resultó muy bien, por una u otra cosa siempre podía mantenerme ocupada, escuchando música, leyendo, escribiendo, viendo algún programa... La mantuve a raya por un tiempo.

Pero después comenzó a hacerse más cruel, más impaciente. Cada vez que, por una fracción de segundo, me distraía... Ahí estaba: su voz rasposa, hablando en siseos como una serpiente; repitiendo una cantinela malvada, culpándome, condenándome, matándome... Era demasiado.

¿Cuánto duele el miedo?

Bueno, es una opresión en el pecho, tan fuerte como si te hubieras colocado entre un yunque y un martillo gigantes. Tu boca se reseca y tu garganta se cierra con terror, como si te la hubieran atravesado con espinas. La cabeza te da vueltas y te sientes con unas inmensas ganas de llorar y gritar con todas tus fuerzas que alguien te ayude… Pero no puedes.

Te hundes en el silencio, pero no lo soportas porque allí solo quedan tus pensamientos—y ella me tortura con ellos, con sensaciones de culpabilidad, rencor y odio. Con acusaciones de muerte y dolores provocados. Pero no es cierto... no es cierto... no puede ser cierto.

Un medico tras otro. Hospital tras hospital. Medicinas, psiquiatras, drogas, terapias intensivas, aislamiento, operaciones, rezos... Y no hay nada que mejore. Sigue allí, burlándose calladamente de mí, enlazando aun cada una de sus fibras en mi sangre. Todos dicen lo mismo, todos opinan lo mismo: "Esquizofrenia Paranoide. Lo sentimos, no hay cura". ¡Pero no entienden que es ella!

Me hunde, me persigue. ¿En qué puedo creer? ¿En la ciencia? Por supuesto que no, hasta ahora lo único que ha logrado es enfurecerla, me ha hecho presa fácil de ella. ¿En Dios? Me es imposible, viendo como cientos de personas viven una existencia inútil mientras mi destino pende de un hilo tan frágil. Me es imposible creer en un Dios tan injusto.

Estoy llorando presa del dolor; escuchando los susurros que me acusan cruelmente de miles de actos terribles. Siento como intenta quebrantarme primero, desbaratar la poca cordura que me queda. Me odia. Me hiere. Me consume el sentimiento de agonía dolorosa que sembró para mí.

No puedo respirar. ¡Me está ahogando! No puedo gritar. Me asfixia lentamente, disfrutando el sufrimiento—

Me levanté de un salto y corrí por el oscuro pasillo del hospital, tropezando y escuchando los pasos detrás de mí, los susurros venenosos, la vi acercándose... Abrí la puerta del baño más cercano y la cerré con seguro, mi respiración agitada, retrocedí temblando.

Hasta que la vi frente a mi; un grito ahogado, caí de rodillas, un sollozo... Me hice un ovillo en el suelo, mi mejilla apretada contra la losa mientras lloro. Estaba demasiado cansada de tomar parte en su juego de "el gato y el ratón". Mis piernas temblaban tanto que cuando intenté levantarme casi caí de nuevo. Un golpe fuerte contra el espejo. El sonido del cristal rompiéndose.

El momento de horror entre ambos instantes y entonces—la epifanía.

Corté mis muñecas con miedo, la sangre manando débilmente al principio; ella se iría de mí, fuese como fuese. Y entonces me di cuenta de que no podía ser tan fácil, ella no se marcharía con tanta facilidad. Corté con más fuerza, sintiendo su resistencia, percibiendo sus burlas silenciosas frente a mis intentos. Corté de nuevo, más profundo, más fuerte, con más odio, con más miedo...

Sabía que ella también tenía miedo. Realicé más cortes, cada vez más profundos, derramando el liquido vital por mi alrededor, creando pequeños charcos bermejos a mi alrededor, grite de dolor, pero una alegría enfermiza se apoderó de mi al notar como los charcos se convertían en un pequeño océano carmesí, ella se estaba rindiendo, abandonaba su lucha por torturarme, y yo estaba feliz. Endemoniadamente feliz.

Me dejé caer sobre mi propia sangre con un ligero chapoteo, mientras uno a uno mis sentidos se apagaban perezosamente, primero fue la vista, todo se volvió negro, me consumía la aparente calma a mí alrededor, como a una hoja la consume el fuego. Ahora que ella se había ido solo me quedaba recostarme y morir, así que eso fue lo que hice.

Mi respiración se tranquilizaba por momentos, aun sintiendo el suave fluir del liquido rojo por los cortes, sentía como mis músculos se adormilaban, perdí la noción del tiempo mientras sentía como si flotara; no sabría decir si permanecí agonizando en silencio minutos u horas, tampoco es que me importe. Ella se había ido. Finalmente. Ahora era libre.

Cuando no me quedo más sangre, con un último suspiro abandone el mundo que tanto dolor me había causado, dejándolo atrás junto con ella, que había quedado esparcida en el suelo enlazada a la sangre de la que me había librado.

Estaba segura. Era libre.


Le he hecho algunas correcciones a esta pieza, aunque nada puede quitarle los kilos de angst que ya tenía. ._.