Negación

Oye, ven a ver las naves,
están vestidas de luto,
y en vez de las golondrinas
están graznando los búhos...
El órgano está callado,
el templo solo y oscuro,
sobre el altar... ¿y la virgen
por qué tiene el rostro oculto?
¿Ves?... en aquellas paredes
están cavando un sepulcro,
y parece como que alguien
solloza allí, junto al muro.
¿Por qué me miras y tiemblas?
¿Por qué tienes tanto susto?
¿Tú sabes quién es el muerto?
¿Tú sabes quién fue el verdugo?
Manuel Acuña, "Hojas secas"

Intenté negarlo.

Intenté ignorarlo.

Intenté olvidarlo.

Las notas resuenan dulcemente en la oscuridad, las teclas del piano siendo atormentadas por mis temblorosos dedos.

Pero... es imposible, los sentimientos siguen ahí; el miedo y el rencor no se han ido, tal vez nunca lo hagan. Aunque tampoco es que sea nada nuevo. Al menos no para mí, después de tanto tiempo ya estoy acostumbrada. Pan de cada día. Lágrimas de cada noche. Emociones que una vez se redujeron a un jardín de hojas de papel arrugadas esparcidas por el suelo, llenas de palabras de odio; de ese jardín, como de muchas cosas, ya no queda rastro alguno salvo en el recuerdo.

Mi canción se escucha tan hueca, tan vacía. Como yo. Me siento sola en la negrura de la noche. Aquí en este lugar sagrado donde mi alma ha sido abandonada, dispuesta a esconderse por siempre del mundo, de las personas, del dolor. La canción se pierde en silencio.

Los lamentos del piano resuenan en la habitación sin detenerse.

Sé que soy una tonta por reaccionar así, y que sólo estoy siendo una cobarde o empeñándome en no querer ver, quizás ambas en realidad; lo sé y me avergüenzo de mi misma, pero no hay nada que pueda hacer. Si lo hubiera, sin embargo, tal vez no querría hacerlo.

Las notas se suceden rápidamente y cada acorde es más veloz que el anterior. Las teclas se doblan suavemente; el piano canta y comparte su dulce melodía con el mundo. Música nocturna suena en las tinieblas de la luna. Si dejo de tocar —aunque sea solo un momento— me daré cuenta. Y lloraré.

Romperé en llanto, o quizás sólo me rompa.

No puedo. Simplemente no; mi mente se bloquea con la simple idea. No quiero lastima, ni compasión, ni comprensión, ni ayuda, ni nada. No los necesito. No me hacen falta.

La música produce agradables ecos... pero no hay música.

¿Dónde está mi música?

¿Qué sucedió con mi música?

¿Puede ser, es posible que la dulce melodía se haya detenido al mismo tiempo que el latir de este debilitado corazón? ¿Se haya parado al unísono de mi errática respiración?

Han pasado... ¿cuántos años ya? ¿Diez, cien, más? ¿Quién podría guardar la cordura suficiente para contarlos?

En todo ese tiempo, cualquiera que sea, no he podido hablar de lo sucedido, al menos sin quebrarme en un murmullo de agua salada. Creo que jamás he podido ponerlo en palabras; me he cuidado sobre todo de nunca decirlo en voz alta, porque entonces, al escucharlo, al oír las palabras fluyendo de mi hacia el exterior, sería entonces que me daría cuenta de la brutal realidad, de lo horrible que es. Aunque sé muy bien, en alguna parte de mi, en algún rincón oscuro, exactamente qué fue lo que pasó; por eso lo niego, por eso pretendo ignorarlo, por eso lo escondí y disfrace, para mí todo eso fue siempre "el accidente", "el infortunio"…

Dios, voy a empezar a llorar ahora, que débil me he vuelto.

Puse todos esos acontecimientos tras una puerta cerrada, sin embargo aun puedo ver, con terrible nitidez, lo que sucedió. Desearía no hacerlo, desearía haberlo olvidado.

Quisiera decir las palabras, rápidamente, para acabar con esta tortura. Me estoy muriendo por dentro en este instante. Pero no puedo, no tengo el valor, porque si lo digo sí que estallaré en llanto. Más es de madrugada y no quiero preocupar a nadie; menos a los que saben o, mejor dicho, creen que saben. Mis manos están temblando, ¿a este punto he llegado? Me avergüenzo de mí misma.

Me pregunto si ellos sintieron lo mismo cuando lo hicieron—cuando pasó.

Fue espantoso.

La sangre y el silencio.

No hubo gritos, no hubo el sonido de la bala cortando el aire, ni el débil gemido de dolor o el tenue suspiro perfumado que es el último susurro con el que habrá de despedirse el alma. Ni siquiera cuando mi cuerpo, inválido desde hacía mucho tiempo, cayó al suelo se produjo el más mínimo ruido.

Incluso las lágrimas que alcanzaron a escapar fueron calladas.

Fue como desmayarse, perder la conciencia.

Y entonces volví y comenzó un segundo horror. ¿Qué decirle a los míos? ¿"Soy yo, muerta pero viva, viva pero no sé porque, durante cuánto tiempo"?

Afortunadamente eso no fue necesario: mi único consuelo en aquel momento fue cuando me di cuenta que ellos no sabían que estaba aquí, no tuve que darles ninguna explicación ni ellos a mí. Fue como volver a vivir la triste época en la que había estado atada al piano, siempre tocando, sin poder caminar, sin poder hacer otra cosa que sentarme frente a las teclas blancas y negras y golpearlas suavemente para producir las canciones que hacían mi existencia más llevadera.

Así que eso fue lo que hice, es lo que he estado haciendo, todo este tiempo.

Tocar, tocar, tocar sin detenerme nunca; no puedo hacerlo. No debo. No soy capaz... ¿Qué pasaría si de pronto me detengo y me doy cuenta?

No, no dejare que eso pase, seguiré tocando, no importa que. Ni siquiera importa que los míos hayan muerto; que los hijos que debían de haber sido míos, pero que pertenecen a cambio a mis hermanos y hermanas, hablen a susurros acerca del fantasma que habita la casona; no importa que cuenten a la siguiente generación, con apenas unos años de edad y un esbozo de entendimiento, historias de terror acerca de la muchacha pianista que tuvo una muerte horrible, asesinada para acrecentar la herencia de sus hermanos.

No importa que me haya convertido en una amenaza, peor aún que "El Coco" que acecha para comérselos; escucharan los acordes de mi piano, al igual que mis hermanos y hermanas, justo antes de morir...

Es difícil justificar la dicha que sentía al a ver la expresión de terror puro deformando sus rostros azotados por el tiempo, mientras me veían tocar su propio réquiem, manteniéndome joven por siempre. Aunque incluso muertos han optado por dejarme atrás.

Tocaré para mi familia por toda la eternidad. Pero no hoy, hoy descansaré, ¿y por qué? ¿Por qué habría de hacerlo? ¿Acaso no prometí sentarme en el piano por todos los años, décadas y siglos por venir? ¿Hasta que mi linaje se pierda entre otros muchos?

Sí, pero hoy no. Porque es mi aniversario—el día que morí.

Intenté negarlo.

Intenté ignorarlo.

Intenté olvidarlo.

… pero es imposible.

Todo lo que me queda es un vasto silencio, un insondable abismo de soledad y sueños rotos. Y un corazón vacío. Más allá de la soledad, más allá de la desolación, más allá de la muerte.


Y éste es mi triste intento de historia de fantasmas; honestamente no creo que de miedo.

Creo que quedó algo confuso, además. ._.