Hermano

La atroz calumnia, el venenoso aliento,
y los densos vapores de allí lanza
contra famas sin cuento,
y mancilla y marchita cuanto alcanza.
Francisco Manuel Sánchez de Tagle, "A la luna en tiempos de discordias civiles"

No es el sentimiento de un corazón roto, o el eco de la traición. No lo es.

Es un dolor menos profundo, pero dolor a fin de cuentas, algo que te altera, algo que lastima, disminuye tu respiración por el coraje, incrementa tu ritmo cardiaco por el enojo.

¿Quien lo imaginaria?

¿Quien lo imaginaria?

Duele, y sabes por qué duele. Pero no sabes porque dejas que duela, una estocada, una gota de veneno o incluso un empujón hacia un abismo, y todo terminaría tan rápido.

Pero entonces comenzaría la culpa.

Culpa que ya siento ahora, incluso por tan solo permitirme el pensamiento en estos pequeños momentos de intimidad, pero ellos no lo entienden. Nunca lo han hecho, nunca lo harán.

Me rendí muchas veces a sus ordenes, ayude en lo que pude, exigí mi justo pago.

¿Y qué recibo a cambio?

¿... a cambio?

Esta ingratitud amarga, que no punza ni envenena pero que agrios hasta mis mejores momentos. Oh –oh-, como quisiera como desearía detenerlos, a todo ellos.

Y si, en resentimiento especial a él.

Porque en él confié, porque a él le permití ver una parte que muy pocos han visto. Lo que creaba, lo que dibujaba, lo que escribía, fantasías locas que eran mías.

¡MIAS!

¡Mias para disfrutar y para sufrir, amores que eran mios por derecho y adquisición!

¡Obsesiones que lastimaban y resucitaban por igual fragmentos reconditos de lo que era mi alma!

De lo que alguna vez fue. Lo que otrora en mi gloria y esplendor, en mi delirio de grandeza y agonía loca fui o creí ser. ¿Quien puede decirlo?

Obviamente no él. Me causa repugnancia ver en lo que se ha convertido mi una vez compañero de juegos. No confié en él completamente, nadie ha tenido mi confianza completamente más mi Señor. Y con justas razones, la humanidad es traicionera como una serpiente, telarañas entretejidas por tarántulas, hilos de mentiras y falsedad. Tan asquerosos como ratas, buscando sobrevivir sin importar el precio o a quien tengan que lastimar en el proceso. O ni siquiera si se deben de alimentar de la carne torturada de sus hermanos y hermanas.

No era un reto, ¿escuchó mis gritos? ¡Que burla, que tontería!

¿Supervivencia del más fuerte, del más apto? Lo siento, pero no es eso ni siquiera. No son animales superiores, son escoria, inmundicia, porquería desechada e inservible. ¿No es eso lo que se buscaba evitar en los anhelos, que los más capacitados usaran sus conocimientos para ayudar a los otros? Nunca mencionaron que crecería la discordancia, parida por Eris misma y que esos conocimientos serian utilizados para amedrentar y hacer sufrir.

Hacer sufrir a la carne que esta hecha del mismo material.

No solo tu misma raza, tan llamado hermano, sino a tu familia más cercana.

Y no solo a él, el menor, la molestia; sino también quisiste ponerte en contra mía. ¡Mía, pero que insolencia!

¿Cómo te atreves a pensar siquiera por un momento, a alentar, siquiera por un instante el sentimiento de superioridad?

Te sentiste por encima de mí porque soy, en la opinión de muchos, frágil, pequeña, débil, sumisa. ¡Deberías saberlo mejor, deberías, tú de entre la masa, conocerme un poco más a fondo!

Pero no, soy demasiado buena actuando. Te dejaste engañar por algo que sabias que no era real, viste mi falso enojo y mi falso orgullo siendo heridos a muerte por lo que hacías. Pero siempre viene el raciocinio, frío y sempiterno, después de la cólera pasada.

Yo estoy acostumbrada, insolente remedo de títere, a que otros me lastimen mi aparentemente no existente corazón. Acostumbrada a que crean que me dejan en ridículo mientras yo saboreo la dicha de la futura y más grande victoria tras haber presencia en que se sustenta su debilidad. Te di las pistas a seguir para llegar a este conocimiento, pero te perdiste, enceguecido por tu ego, sordo por tu –oh- superioridad.

¿Quién es mejor de los dos, quién sufre más?

Te aseguro que no yo, mi corazón –si, el que no existe- ha sido roto ya innumerables veces, ya sea por la cruda realidad o la cruel ficción en la que me recreo durante mis horas de ocio. No hay nada que puedas hacer para herirme, siendo que otros ya me han herido profundamente. El listón del sufrimiento esta demasiado alto como para que me importe un instante de orgullo amoratado o razón y juicio perdidos junto a las riendas de mis estribos.

Ni siquiera me duele la garganta por gritarte, es algo que hago muy seguido.

¡Ja, ja!

¿Quién lo diría?

¿Quién, quién?

Tú sales perdiendo después de todo, y ¿por qué? te preguntas. Porque no importa que hayas mallugado mi amor propio un poco, haré que el tuyo escoza lentamente, cada palabra que escribo ahora será un dardo—no envenenado letalmente, no me interesa tu destrucción (demasiado dolor seria para tu madre). No, un dardo afilado que corroerá tus entrañas, pudriéndote en tu propia sangre, sangre que compartías con aquel a quien desprecias tanto por ser parecido a ti, tan, oh, tan parecido.

Sentirás el ardor de un orgullo quebrantado porque todos sabrán de tu traición, por que yo, siendo como soy – frágil, pequeña, débil, - no soy sumisa ante los que no son merecedores de eso. Y tú ciertamente no lo eres.

Será esa mi maldición, para ti, solo para ti y tu orgullo. Ver como sobrevives con los rumores quemándote los oídos, ver si puedes arrástrate para intentar salir del fango y el lodo que creaste alrededor tuyo gracias a esa superioridad.

No todo esta perdido, puede que te perdone.

Pero no olvidare. Y todo aquel que lea esto tampoco lo hará.

Conociendo el lado más macilento de ti que hay que conocer, y si, puede que yo sea incluida en su ira también, ¿Qué clase de persona puede ser tan rencorosa?

Mi clase de persona. Yo, yo, yo, yo. No importa, ya saben que pueden intentar romper mi corazón, remendado y desgastado ya de este mundo. En realidad ya no tiene importancia que se rompa de nuevo, todos los días se pierden su fragmentos, cada vez más y más, cayendo en el abismo de la desesperación provocada.

Por mis padres, por mis amigos, mis enemigos, por ti.

No tengo idea de si tú leerás esto, pero se que alguien ajeno a nosotros lo hará, algún día, en algún lugar y por ellos doy las gracias.

Deberías sentirte honrado, una obra entera dedicada a ti. Un regalo en estas fechas tan especiales. ¿Qué importa como serás recordado, si a fin de cuentas es lo único que ha de quedar de todos nosotros?

Porque tu me prodigaste una estocada a sangre fría en la intimidad de un hogar perdido entre muchos, porque, siendo como soy, el rencor rompe muchas fronteras, entonces que tu pecado y tu traición sean juzgados por otros.

Extraños, quien sabe si conocidos, quien sabe si por conocer.

Esta será la condena que pese sobre ti, ser de dominio público, comidilla de chismes y de rumores, de susurros y de gritos.

Pero será sobre ti.

Tan solo sobre ti.

No tienes que darme las gracias, hermano.

Dijiste que no tenia los argumentos correctos, ¿por qué no preguntas a otros su opinión? Para mi lo que tu pienses no vale mucho, pero soy infantil y necesito una venganza. No hay nada que puedas hacer ahora.

Casi siento lastima de ti.

Casi.


Pues... Ajem. Nada, aquí, haciéndome guaje.

Wow, no puedo creer que escribiera esto.