Instrucciones para Encontrar la Eternidad

Sube. Sube hasta la primera estrella que te queme. Lame sus llamas hasta que hierva tu saliva y sus partículas queden desperdigadas en el universo, y quién sabe, tal vez alguna de ellas caiga sobre el asteroide que destruirá la Tierra.

Después siéntate sobre el manto de un cometa y déjate arrastrar entre el cosmos sin ser sentido, similar al elefante que acarrea al sol que le curte la piel.

Bájate al ver un planeta azul donde hierven las aguas al ser pellizcadas por la luz de cinco estrellas, que le besan los pies al encontrarlo más hermoso que ellas mismas y, al verte llegar lloran de celos, y gritan incesantemente viendo que lo tocas con los pies sucios de polvo de cometas.

Pero te has enamorado de sus aguas hirvientes y de sus ojos plateados que te miran atónitos desde alto: miran como besas sus montañas desde los pies hasta las torres y miran como rodeas con tus manos cada pulgada de sus llanuras morenas, sin detenerte a pensar que aquellas cinco estrellas te observan con envidia esperando que levantes la vista para arrancarte los ojos y lanzarlos al silencio.

Deja de tocar la hierba y sentir sus precipicios porque las estrellas se han salido de su curso y buscan cortarte los pies, pues con ellos lo profanaste primero cuando las estrellas se disputaban su amor sin que el planeta lo supiera.

Huye sin despedirte. Pronto olvidarás sus volcanes de misterios y su cielo repleto de nubes pensantes. Regresa en aquel asteroide destinado a destruir la Tierra, y que después de cruzar todos los anillos de Júpiter sin ser tocado, así lo hace.

Salta antes que te mutilen los fragmentos que vuelan de su corazón destruido. Cae sobre una nebulosa que pasea polvo de estrellas y que busca un lugar donde verlo crecer y convertirse en flamas que otros como tú alabarán creyéndolas dioses.

Descubre que está orgullosa de sí misma y dice: De mí nacen todos ellos, y te deja caer sobre una luna donde en vez de hierba crece pelambre de conejo, tan suave que te quedas dormido esperando el amanecer.

Pero despiertas y aun es de noche, y puedes ver a lo lejos la primera estrella que te quemó. Recuerda su nombre: era Andrómeda, y estaba encadenada a tus deseos. Ahora recuerda por qué la dejaste: te intentó estrangular mientras dormías (con esas mismas cadenas que la hacían tu prisionera).

Nota que en esa luna no amanece y descúbrete pensando en saltar hacia el vacío. Pero comienza a llover y eso enfría tus deseos de morir. Ocúltate en el pelambre de conejo que empieza a oler como perro mojado y sueña que lo que ha sucedido no pasó.

Despierta de nuevo. La luna ha viajado un millón de años luz y ahora está en la verja de la muerte: ha encontrado en su camino al más pequeño de los agujeros negros y se la está tragando pelo a pelo.

Piensa que morir no es tan malo como dicen, y después sálvate por un azar de la conciencia: Ha salido de su corazón sin fondo una flecha de plumas rojas y te ha cogido del vientre.

La flecha te lleva al centro del universo y te deja sentado sobre su superficie. Dentro se encuentran las estrellas, los planetas y también todo lo que es imposible.

Acongojada en tu vientre, la flecha se deshace en mil novecientos fragmentos rojos. Mira como van a parar todos a un planeta distinto y como cada uno está separado por ochenta y cuatro coincidencias.

Siéntate de nuevo y observa cómo pasa el tiempo frente a ti con un alma a cuestas; a veces es una niña que pasea un perro blanco y a veces se transforma en una mujer castaña que intenta seducirte para hacer un sacrificio al movimiento. Antes que lo logre, agarra de su pecho el dije de su existencia, y al sentirte caer, clávalo en el centro del universo: de su estómago nace una grieta que busca el exterior como la electricidad dentro de una esfera de estática.

El tiempo se desbarata en un dragón de arena que se posa sobre las plantas de tus pies y te aconseja con la voz diminuta de un segundo soltar el dije, pues su destino siempre fue ser dueño del espacio.

Pero no hagas caso. Ahora ve que es azul como el planeta y recuerda sus glaciares como ríos interminables de vida y recuerda sus flores siempre abiertas ahora que hacen memoria de tus manos olfateando el aire en busca de tu piel.

Escucha cómo el centro del universo se desgaja en un arrancón de mastodonte y brama como lo hace un corazón de repudiado, pero en vez del desastre fatídico que ha de venir, encuéntrate en la paz de tu nostalgia, observando las tinieblas que se abren y retuercen como lo hacen las flores al amanecer.

Con la tranquilidad de un adivino, mira cómo todo lo que es imposible fluye hacia fuera como luz o neblina y se encuentra con los mil novecientos fragmentos de la flecha de plumas rojas, y caminando un poco más, se topa sin pierde con cada una de las partículas de tu saliva desperdigadas por el cosmos.

Siente cómo lo que fluye después es la eternidad: es una sustancia viscosa que te pega los poros y no te permite sudar; se escurre del centro del universo como cera caliente y hace hervir un grito que eriza de miedo a las demás estrellas. No te quites, porque has encontrado lo que buscas.

Ahora:

Baja. Baja hasta donde las estrellas se vuelven una lengua muerta y alégrate porque nunca conocerás las tinieblas: has descubierto la eternidad, y sin quererlo, te has convertido en un dios desconocido.

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