Más que nada es como una anecdota, no tiene una gran historia. Pero aún así espero que la disfruten. Comenten pliiiiissss!!


La recuerdo muy bien, parada con un tambor al frente, sus manos sosteniendo los palos para tocarlo. Pom, pom, casi podía escucharlo. Ella media unos 30 centímetros con todo y su peinado raro, pero me gustaba, pasaba horas viéndola; tratando de descifrar porque le colgaban flores en la cabeza y que eran esos que parecían aretes, no podían ser aretes porque no colgaban de sus orejas. Eran adornos especiales que le ponían en la cabeza. Pero lo más lindo de todo era ese vestido rojo, largo, con bordados dorados. Parecía una bata de dormir, pero era muy elegante y se amarraba con un moño grande por detrás. Eso lo podía ver por el reflejo del moño en el vidrio en la vitrina.

Vivió encerrada mucho tiempo en ella. Mi abuela no me dejaba sacarla para jugar. Ahora que estoy grande comprendo porque, pero cuando era pequeña no entendía que no podía jugar con la muñeca. A mi me gustaba mucho y normalmente eso era suficiente para que me dieran las cosas. Mi tía me explicó que era una japonesita y también que así se vestían allá y que estaba del otro lado del mundo. Me contó cosas sobre los que mi tío llamaba "los taka-taka" eso aún no se por qué. La muñeca despertaba muchas preguntas en mi cabeza cada vez que la veía, pero me gustaba tanto visitarla. Era muy blanca y estaba parada en una base negro carbón que la hacia ver aun más blanca. Me gustaba pensar que algún día iba a poder jugar con ella, y no pasaba ocasión sin pedir permiso para tocarla. Pero la respuesta siempre era la misma, no.

El tiempo pasó, y yo crecí, la japonesita del tambor fue pasando al olvido en mis recuerdos. De vez en cuando la miraba, y me seguían llamando la atención los adornos en el pelo. Pero la mujer del kimono, ya que ahora sabía como se llamaba ese atuendo, ya no era tan hermosa. Estaba sucia y vieja, y ya no sentía la curiosidad de tocarla y ahora sí tenía permiso. Porque según mi abuela, ya era grande y responsable.

Me entere que esa muñeca fue causa de discusión entre mi tía y mi abuela. A mi abuela nunca le gusto que le regalaran cosas innecesarias, y era muy especial para las decoraciones de la casa. Mi tía le llego un día con la sorpresa, y a mi abuela no le gusto. Que si porque estaba muy blanca, mírale las flores en la cabeza, gastaste mucho dinero, que no te gastes el dinero en estas cosas, la voy a tirar… en fin. Mi abuela era así, quisquillosa, pero si de verdad no le hubiera gustado la muñeca la hubiera botado a la primera oportunidad.

Conforme fui creciendo me fui separando de la casa de mi abuela, y de mi tía. Las circunstancias de la vida nos llevan a opinar diferente y a olvidar los deseos infantiles. Mi abuela ya no esta conmigo, y mi tía no es como yo recuerdo. Apenas me habla en mi cumpleaños y ya no soy la consentida de todos. Uno piensa que ya no se acuerdan de las cosas que fueron importantes para nosotros, pero estamos tan acostumbrados a pintar las cosas con sólo dos colores que olvidamos la gran variedad de matices.

En mi ultimo cumpleaños mi tía me mando un regalo, envuelto un una bolsa vieja de plástico que no me dejaba ver el contenido. Unas piezas de cartón protegían el obsequio para que no se rompiera. Poco a poco surgió el tambor, las manos, que a pesar de los años seguían siendo blanquísimas, el pelo negro azabache, los adornos de la cabeza. Por primera vez pude ver de cerca los ojos negros de la muñeca. La toque. La sentí tan suave, le di gracias a mi abuela por no dejarme jugar con ella porque seguramente la habría roto. Mi papá que estaba conmigo me dijo que le diera cuerda. ¿Cuerda? Seguí con la mirada las manos de mi padre, que movieron a la japonesita, haciéndola girar sobre su base. Se escuchaba el mecanismo crujir, informando que estaba haciendo su trabajo. Las manos de mi papá se detuvieron. En uno de los bordes brillaba el interruptor para encender a la muñeca. No lo recordaba, nunca lo había visto. Por la cara de mis papas he de haber puesto la misma cara que cuando era niña, que cuando veía la vitrina. Gire el interruptor, una música oriental salió de la base e inundo la sala y la muñeca comenzó a girar lentamente al compás de la melodía.

Me quede sentada viéndola moverse, las flores no eran como antes, estaban oxidadas, el kimono estaba manchado por los años, el peinado dejaba a la vista unas esponjas que ayudaban a formarlo, el pegamento que unía los palos para tocar el tambor con las manos se torno amarillento… pero todos esos detalles no se veían mientras giraba siguiendo la música, no eran importantes. La muñeca regreso a ser como era antes, como era cuando yo era pequeña.

Sentí que mi abuelita se acordó de mi, heredándome la muñeca con la que tanto quise para jugar, a la muñeca que olvide y que pese a todo, termino en mis manos. Ahora ya no juego con ella, pero la música me recuerda a mi abuela. Y no porque la escuchara de niña, en 24 años nunca la escuche. Me la recuerda porque es algo que sólo yo y mi abuela escuchamos. Ninguno de mis primos lo escucho, nadie mas lo compartió. Es especial.