Cartas

I – L'historie de une de mes folies

Cesan las campanadas de medianoche,
y yo yazgo solo.
A. E. Housman, "Parta Quies"

La carta que él le envió a ella, decía:

Los recuerdos desfilan por mi mente sin ningún orden; algunos matizados con el dulce perfume de las rosas después de una llovizna de primavera; otros más con el aroma de la tienda de dulces donde me dieron la primera sonrisa importante para mí. Muchos recuerdos vuelven envueltos en una pegajosa e iridiscente red de dolor.

Todos los días destruyes una parte de mí, ¿no te detendrás jamás? ¿No dejaras nada de mí ser en pie? ¿Continuaras hasta que ya no quede nada más por destruir? Tú siempre me has querido muerto, tú desearías que yo hubiera muerto; pero lo que no sabes es que yo ya estoy muerto por dentro.

Tú ganaste. Pero... ¿Quién eres tú? Tu voz y tus manos hablan, tocan... con una obsesión y promesa... de mi perdición. Deseo el miedo. Deseo la emoción... de estar perdido. Y tuve la perdición... y escape con la salvación. ¿O fue al contrario? No. La salvación no puede ser tan cruel como lo son tus alas de noche eterna, de oscuridad dispersa...

¿Cuántas veces has desgarrado, como frágiles alas de mariposa, mis esperanzas? ¿Cuántas has pisoteado mi fe y mis sueños? ¿Cuántas veces me has dejado con el corazón sangrante entre tus sulfuros, tendiéndome una mano de satén cuando yacía agonizante en tu abismo?

Me dieron en el corazón el tiro de gracia. ¡Ah! Y no haberlo previsto. Había logrado desvanecer de mi espíritu toda esperanza humana. Entonces mi alma podría haber traído lágrimas a los ojos más angelicales.

¿Por qué yo, Caída?

Te busque por mucho tiempo, sin embargo no lo sabía. Me has llamado desde los límites de la soledad, donde están los sueños perdidos, las ideas abandonadas y los corazones rotos; brindándome una vela para iluminar el camino de mi condenación... Y sentí la lluvia de sal resbalar por el hielo inflamado en sangre. Sin embargo, en realidad no estaba llorando. Tal vez fue mi alma que se me escapaba del cuerpo a gotas que nadie podría ver jamás.

Y esta sensación sube al cielo, me golpea, me derriba, me arrastra... Desearía que pudiera ser lo mejor que tú quieres que sea, pero esto es lo mejor que puedo ser.

Y quiero odiarte... por ser tú quien clavo los aguijones de metal en mis palmas sangrientas de andar tanto a ciegas en tu oscuridad. Por ser tú quien coloco la corona de espinas en mi frente. Por ser tú, y no otra, quien echo sal en mis yagas, heridas sin cicatrizar que tú provocaste; caricias que son arañazos en mi alma.

Pero no... No puedo. No soy capaz de odiarte.

Sí, estoy loco. Pero así es también el amor.

Estas tan atrapada en tus cadenas oxidadas que no miras a tu alrededor; tus propias heridas cubiertas de hiel, tus manos manchadas de la sangre de la desesperación que has arañado tanto tiempo. No te demacres, Caída, no tengas miedo. Ya has sufrido suficiente. Quita de tu corazón esa cinta morada, tu penitencia ha llegado a su fin.

No susurres gritos. No grites susurros. No dejes a tu felicidad escapar entre tantos suspiros.

Te lo dije una vez, y lo repetiré mil veces más: yo sé lo que siento. Y no necesitas decir que tú no sientes lo mismo—porque yo sé que eso es una mentira.

Ofreciéndote el corazón entre las manos;
muerto por dentro, pero aún palpitando de vida y desangrándose,

Gabriel


Ya ni sé qué es esto (además de otra de esas cosas en donde me tiro al drama como si me pagaran por hacerlo). Ah, más corazones rotos...

Eventualmente, la chica misteriosa en cuestión tendrá su propio capítulo; prometo que será corto y brutal, o tal vez sólo brutalmente corto.