Capítulo 18: Preguntas

Nueva Orleáns, 1850

A la mañana siguiente Occisor y Moore se dirigieron a la casa del señor Belleck con intención de sacar en limpio cualquier información de interés. El cazavampiros no las tenía todas consigo y pensaba que, lo más probable, era que aquel hombre supiese mucho más. Siempre sabían más, se lo decía su experiencia.

- Escuche, Moore. – dijo Occisor muy serio – Quizá las cosas se pongan feas y yo tenga que hacer cosas que usted, como agente de la ley quizá desapruebe. Sin embargo, espero que no me lo tenga en cuenta ya que no estamos tratando con gente normal.

- No se preocupe. Yo ya ni siquiera sé en qué nos estamos metiendo. Asesinatos y esas cosas, sí las entiendo, pero esto…- Moore se quedó pensativo como diciendo "brujas y demonios, cosas raras"

Ambos siguieron caminando en silencio hasta llegar a la mansión de Belleck. Moore llamó a la puerta utilizando el elegante llamador bañado en oro que pendía de la puerta. Abrió una doncella con cara de ratón asustado.

- Buenas tardes, señorita. Soy el inspector Moore, nos gustaría hablar con el señor si fuese posible.

- Ahora mismo. – dijo ella y los hizo pasar al recibidor, un enorme y luminoso hall presidido por unas bellas escaleras versallescas.

- Sí que es adinerado. – comentó Occisor.

- Más de lo que yo pensaba. – dijo Moore, pensativo.

- Pasen por aquí, por favor, el señor Belleck les recibirá en un momento. – comentó la doncella indicándoles que pasaran a una fastuosa salita decorada a modo de biblioteca.

Occisor curioseó objetos y libros, sin dejar de tocarlos con curiosidad mientras hacían tiempo y el inspector miraba por la ventana con la tensión propia de quien espera una mala noticia.

- Señores, disculpen mi tardanza. – dijo el señor Belleck entrando por la puerta.

- Buenas tardes, señor Belleck. – saludó Moore.

- Muy buenas inspector.

Moore se quedó, sin poder evitarlo, mirando para el parche que llevaba en el ojo. Arthur Belleck se dio cuenta al momento.

- No se preocupe, inspector, ha sido un accidente con los caballos. Estaba cepillando al mío, algo no le debió gustar y me golpeó, con tan mala fortuna que me dio en la cara. Pero estoy bien, no se preocupe, uno se acostumbra. – dijo de forma natural.

- Lo siento mucho. – comentó Moore – Verá, hemos venido aquí porque estamos siguiendo la investigación de la señorita Pouppet.

- ¡Pobre chica! Espero que pueda encontrar al malvado personaje que le ha cometido esa atrocidad. – dijo Arthur.

- Sí, estamos en ello. Aunque la investigación se ha ampliado un poco, hay muchas chicas muertas en circunstancias similares. – dijo Moore. – Y, claro, nos preguntábamos que hacían todas esas chicas trabajando tanto y en algo que parece tener relación.

- ¡Ah, si! ¡Qué horroroso! – dijo el señor Belleck, mientras se tiraba del cuello de la camisa y comenzaba a sudar de forma abundante - ¡Dios, este maldito bochorno, cómo lo aborrezco! – enfatizó lo dicho abriendo una ventana y dándoles la espalda a sus invitados.

- Dígame, señor Belleck, ¿qué sabe usted del Códice de Ondrus? – inquirió Moore haciéndose el distraído con los libros de la estantería.

Belleck dio un respingo y se quedó quieto frente a la ventana. La brisa de la mañana le mesaba los cabellos castaños y canosos. Pareció respirar más profundamente.

- Observo que ha hecho los deberes. – dijo en tono frío – No me puedo imaginar cómo ha podido llegar a esa conclusión, pero lo ha hecho y le aplaudo por ello. Pero yo – se dio la vuelta y le clavó los ojos a Moore – no tengo nada que ver en las muertes de las chicas.

- Usted sabía de ellas. Eso no podrá negarlo. Me mintió, sí le pagaba a la señorita Pouppet.

- Cierto, le pagaba. Pero no la maté. ¿Por qué iba a querer hacerlo? Ella era una buena empleada, trabajaba al ritmo, sin descanso…pero no sé quién lo hizo y créame que me encantaría descubrir al bastardo que está acabando con mis chicas.

- ¿Para qué quiere usted el Códice? Ni siquiera es usted un vampiro. – hizo ver Occisor

- No, no lo soy. Pero hay muchas cosas interesantes en ese libro. Soy un gran erudito y me fascinan las ciencias ocultas y estas historia tan terroríficas.

- ¡Y un cuerno! – chilló el cazavampiros – No me venga con estupideces, Belleck, díganos quién le ha sorbido el seso.

- Oiga, caballero, le recuerdo que es usted un invitado en mi casa.

Belleck no pudo decir más, Occisor saltó sobre él dejándolo atrapado bajo su peso en el suelo. Luego empezó a desabrocharle la camisa.

- ¿Dónde tiene la maldita marca? – preguntó frenético.

- ¡Déjeme!¡Basta!

- ¡Aquí está!

Occisor le mostró a Moore una impresión en la piel con la forma de una media luna atravesada por un crucifijo invertido.

- ¿Quién es su amo?

- Nadie.

- Ya. No me ha entendido, Belleck. – Occisor le cogió por los hombros, lo levantó un poco y lo arrojó con fuerza sobre el suelo. - ¿Quién es?

- No se lo diré.

- No me importa hacerle daño, Belleck, lo he hecho antes.

- Adelante, no me importa.

- Y ¿perder la inmortalidad? Si acabase contigo ahora jamás sabrás lo que es vivir al otro lado. Ser uno de los inmortales, de los no muertos. – comentó el cazador, con voz persuasiva.

- Cierto.

- Vamos, sólo necesito el nombre.

- No puedo. – dijo Arthur.

- El nombre, nada más.

El señor Belleck comenzó a ponerse muy nervioso, como si alguien le estuviese vigilando. Comenzó a temblar, a sudar, palideció aún más, hasta alcanzar un aspecto cetrino, su ojo se volvió distante, mirando a algo más allá del cazador que le sujetaba con fuerza. Su cara se transformó en la propia imagen del terror.

- No, amo, no. – musitó suplicante – Te he servido bien. No les diré nada.

- ¡¿Quién es, Arthur?! No podré ayudarte si no me dices su nombre.

- ¡¡¡¡AMO!!!! – exclamó el señor Belleck presa de una enorme convulsión. Después, su ojo se cubrió de un humor blanco y dejó de respirar.

Occisor comprobó la respiración y el corazón. El señor Belleck había fallecido víctima de su propia ambición. Y no tenían el maldito nombre, aunque, al menos, sí tenía el símbolo.

- Me temo que ha muerto, señor Moore.

- Ya lo veo. – comentó tratando de sacarle importancia, aunque le inspector no podía terminar de comprender lo que acababa de ocurrir.

- Arthur…tenías que habérmelo dicho…- musitó Occisor al cuerpo sin vida.

El inspector Moore llamó al doctor, para que diera fe de que Arthur Belleck había muerto de un ataque al corazón. Mientras, Occisor estaba ocupado dibujando el símbolo en un papel, lo más parecido que podía al original. De nuevo, estaban sumidos en otro callejón lleno de preguntas sin respuesta.