LA MUÑECA RUSA

Temblando, a gatas en la oscuridad, lograron llegar a la puerta, abrieron y con horror comprobó que el cuarto contiguo era la misma habitación donde sólo entraba su cabeza.

Llovía, había un tráfico infernal, bajo su paraguas negro Joel observaba a la gente correr de un lado a otro de la ciudad, algunos parecían perdidos, otros muy seguros de a donde se dirigían. Eran fascinantes. Entre esa multitud surgió la estilizada figura de Julia. Su pelo rizado ondeando al viento, sus botas haciendo mella en los charcos a su paso. Llegó y le besó.

- Perdona, se alargó la reunión. – dijo Julia muy preocupada.

- Ya veo. No importa, sólo estoy al borde de la congelación, pero por lo demás bien.

- Bueno, ya veo que estás de buen humor.

- ¡Oh, si!¿Cómo no estarlo ante esta velada tan maravillosa en perspectiva?

- Si vas a empezar con el sarcasmo antes de llegar creo que dormiré durante el trayecto.

- Odio a Arthur. Es muy pesado y vanidoso.

- No le soportas porque me conoció antes que tu.

Joel rió y le echó la lengua burlón a su novia mientras se metían en el coche. Siempre discutían por ello. Arthur Clamcy era un inglés afincado en Madrid desde hacía años, se dedicaba a la restauración y la compra-venta de antigüedades. Tenía una colección absolutamente fascinante de piezas únicas y siempre que alguna visita estaba en casa les contaba las anécdotas correspondientes a cada pieza: de donde era, que leyenda tenía, cómo la consiguió, etc. Esto aburría sobremanera a Joel, quien intentaba mediante su agudo sentido del humor minar la moral de Julia para ir a esa casa.

Julia conocía a Arthur desde la facultad. La curiosidad la había llevado hasta el local regentado por el inglés cuando quiso comprobar lo que había tras un raro medallón que le habían regalado en su familia. Fascinado por la pieza, Arthut investigó durante meses lo que hizo descubrir a Julia lo fascinante del coleccionismo de las antigüedades, desde eso, se hicieron inseparables.

Arthur vivía en una casa a las afueras de Madrid. Como todo lo que tenía, se trataba de una antigüedad. Datada del siglo catorce y era una especie de casa señorial que había sufrido ampliaciones y mejoras a lo largo del tiempo. Ahora vivía allí Arthur, formando parte de su propia antigüedad.

El inglés les esperaba en la puerta en el momento de llegar. Les saludó cordialmente y los hizo pasar al comedor, donde les explicó que la mesa, las sillas y la cubertería eran de Catalina La Grande. También les contó algo sobre el vino, sobre sus ultimas adquisiciones y luego hablaron del trabajo de Julia y de que como les iba a ella y a Joel en el trabajo.

Cuando Joel pensaba que la cena no podía llegar a ser más soporífera, Arthur trajo una cajita envuelta con papel de regalo y un lazo para a Julia. Le dijo que tras mucho buscar por fin la había encontrado.

- ¿Qué es?

- Ábrelo, mujer.

Julia desató el lazo y rompió el papel, se trataba de una caja y en el interior una preciosa muñeca rusa tallada a mano. Julia aplaudió y dio un achuchón a Arthur sin poder reprimirse.

- ¿Dónde la has encontrado?

- En un viaje que hice a San Petersburgo. Lo compré en un mercadillo tras mucha insistencia por mi parte porque la cíngara que lo vendía se negaba diciendo que tenía una maldición.

- ¡¿Ah, si?!

- Sí, dice que tiene una maldición terrible, que todos los que la han poseído han desaparecido…¿te lo puedes creer? No saben lo que hacer para vender estas cosas.

- Bueno, y ¿Cuánto de cierto tendrá eso?

- ¿Cómo va a tener algo de cierto si lo vendía en el mercado local? Tal como es esta gente con las maldiciones no te vendería ese objeto.

- Esta bien, esta bien. Ya sabes que a mi esas cosas me dan respeto.

- A mi lo que me da respeto es la muñeca – dijo Joel – es más fea que Picio, siempre me han horrorizado esas muñequitas tan sonrientes con sus hijas miniatura que les salen partiéndose a la mitad. ¡Que yuyu!

Al final de la velada ambos muchachos se fueron a casa mientras Julia iba todo el camino haciendo bromas con Joel y la muñeca, haciendo hincapié en la "terrible maldición" de las desapariciones.

Pasaron los días con normalidad, como siempre. Joel y Julia iban de casa al trabajo, tratando de hacer su vida en el tiempo libre restantes. Con visitas mensuales a casa de Arthur como siempre. Sin embargo, sólo Joel veía algunas cosas que ocurrían en la casa, que achacaba a bromas por parte de Julia. Un día, por ejemplo, aparecía la muñeca en la repisa de la cocina. Al día siguiente en la bandeja para peines del baño la muñeca grande y la más pequeña. Otro día aparecían todas las muñecas en línea sobre el cabecero de la cama. Joel reía pero no decía nada, sabiendo que Julia lo hacía para tomarle el pelo.

Una mañana, estando Joel leyendo el periódico en casa, Julia bajó con la muñeca en la mano. Bastante enfadada.

- ¿Te crees muy gracioso? Ya me tienes hasta las narices.

- ¿Qué he hecho ahora?

- He intentado no decirte nada, pero me tienes harta ya. Estoy cansada de que pongas la muñeca por ahí.

- Muy graciosa. La pones tu. Aunque reconozco que casi me asustes.

- ¿Yo?

- ¿No la estás poniendo tú?

- No. Yo pensaba …

Ambos se quedaron en silencio mirando para la extraña y sonriente muñeca rusa. Julia empezó a temblar y Joel a sudar de la tensión. Los dos pensaban que era parte de la broma del otro. De pronto, ante los ojos de ambos la muñeca cayó sobre la mesa. Se partió por la mitad y las figuritas fueron desmembrándose una a una. Así hasta formar una hilera continua. Julia se agarró gritando a Joel y este no sabía qué hacer o qué decir. Las persianas de la sala se cerraron. La puerta se batió, las paredes empezaron a temblar.

- ¡Salgamos de aquí! – dijo Joel, asustado

Agarrando a Julia de la mano abrió la puerta del salón. A continuación, en lugar del pasillo apareció otro salón un poco más pequeño. Ambos corrieron tratando de alcanzar la puerta del fondo. Pero otra vez ocurrió lo mismo, la siguiente habitación daba a un pequeño cuartito exactamente igual al anterior. Así sucesivamente. Las paredes parecían estrecharse por momentos. Se volvían locos, Julia lloraba y maldecía su suerte. Joel luchaba por despertar de la pesadilla pero insistía en avanzar, como si sólo frente a él pudieran salir.

Ya caminaban a gatas por el salón de casa, abriendo cada vez puertas más pequeñas. Siguieron caminando sin desistir. Las luces cada vez eran más tenues y las habitaciones más pequeñas. Casi estaban en penumbra. Temblando, a gatas en la oscuridad, lograron llegar a la puerta, abrieron y con horror comprobaron que el cuarto contiguo era la misma habitación donde sólo entraba su cabeza.

Ambos se abrazaron en la oscuridad mientras sentían la presión de las paredes y de sentirse engullidos. Frente a ellos, la muñeca rusa les contemplaba riéndose burlona.

Se hizo la total oscuridad.

FIN


Este es un relato breve que escribí hace bastante tiempo. Fue mi primera incursión en el tema del terror y por eso no da miedo ninguno...en fin, escribiendo se aprende. Espero que al menos os haya gustado.