CAPÍTULO 1: VERONA

Hacía frío, el suficiente como para quedarse a medio congelar en nuestra casa. Había que subir unos focos y descargarlos del camión. Esa era la horrible vida de Verona.

Supongo que a todo el mundo se le ocurría preguntarse porqué la madre de Verona la había llamado así, pero si indagabas un poco en la torpe y poco fastuosa vida artística de la mujer, no era muy difícil descubrir que venía del único papel decente que la habían dado en su vida: el de aya de Julieta en la obra de Shakespeare.

A nadie se le pasó por alto que quizá Verona no quería seguir los pasos de su madre y tampoco a nadie se le ocurrió preguntárselo alguna vez. Claro que es lo que suele pasar en la mayoría de los casos.

Centrémonos un poco en Verona, es la chica que ahora mismo está durmiendo en el sofá destartalado oculto en uno de los vestuarios del teatro. Es una chica normalilla, de ojos verdes y piel clara, el pelo castaño cae en suaves bucles a lo largo de su mejilla y unas profundas ojeras bordean sus ojos. ¡Todo un ejemplo del estrés actoral! Y¿por qué está tan cansada? Fácil, ayer actuó en Lion, pero hoy estará estrenando por la noche en plena Barcelona.

Nadie le preguntó nunca por qué razón iba a dormir en aquel sofá, pero es que ella buscaba decorados ficticios para buscar una vida lo más real posible.

- Verona, despierta, hay que descargar estos focos. – la llamó una voz familiar.

Salió de su aletargado sueño para despertar a la clara realidad. Miró a Ricardo a la cara y sonrió levemente. Nunca había sido capaz de discutir con él. Era el director de la compañía de teatro y, en cierto modo, lo más parecido a un padre que había tenido jamás. Poco a poco se incorporó, se puso una chaqueta negra de lana y se dirigió a la trasera del teatro donde la esperaba el camión de los decorados.

- Eres una dormilona. – la pinchó Ricardo.

- Y tu un rácano, tantos años y podías contratar a alguien para hacer este trabajo sucio. – le dijo ella.

- ¿Cómo?¿Y perderme tu brillante sarcasmo matutino?¡ Ni pensarlo!

Verona suspiró, pensando en lo mucho que adoraba a Ricardo, aunque fuese un poco borrego a veces, pesado e incluso demasiado paternal.

Tardaron casi una hora en bajar los focos y algunas telas, que pesaban un montón. Al cabo de un tiempo algunos actores de la compañía les estaban ayudando a terminar de descargar y en breve acabaron la tarea.

- El resto de las cosas ya la bajarán los técnicos. – dijo Ricardo como explicación hacia un público que ya sabía lo que solía pasar con estas cosas y que, cuando el se refería a los técnicos, lo que en realidad quería decir eran los obreros del teatro que no tenían nada mejor que hacer.- ¿Has llamado a tu madre? – le preguntó a Verona.

- No.- respondió ella muy seca.

- Deberías llamarla. Tampoco ha hecho nada tan grave.

- Sí, claro. – aseveró con sarcasmo Verona.

- Mira, Verona, tu madre hace lo que cree que es mejor para ti.

- Tengo edad suficiente para tomar mis decisiones.

- Ella es tu representante.

- Pues la despediré. Yo no quiero ir a rodar allí. No quiero actuar delante de las cámaras ni quiero conocer a nadie nuevo. Me gusta esta compañía y ya me parece que se cae encima de mi, no puedo seguir con esto.

- Es una oportunidad única.

- No voy a aprender nada nuevo allí.

Ricardo suspiró melancólicamente. A veces era muy buen actor.

- Cielo, lo que pasa es que creemos que aquí te estancas como actriz. Allí podrás desarrollarte como persona, y como actriz, y aprenderás con las cámaras. ¿No era lo que querías?

- Ricardo, ya no sé ni lo que quiero.- respondió Verona con voz llorosa y se alejó del teatro bastante taciturna.

- Empezamos a las 7, ven con tiempo, si no llevaremos retraso en el estreno. – oyó chillar a Ricardo.

Caminó en silencio por una calle solitaria, lo que menos necesitaba ahora era tener más problemas pero su madre no lo entendía, Verona estaba pasando una mala racha: ella y su novio estaban pasando un momento bajo por el trabajo que llevaban y ahora su madre la mandaba a Estados Unidos a rodar una película. ¡¡Pero si ella lo que quería era una vida normal!!

Paró en una cafetería y pidió un café con leche. Cogió de la barra un periódico y comenzó a leer las noticias de cultura que tanto aborrecía. Estaba bastante deprimida.

Tras pensárselo un rato decidió llamar a J, su novio.

- Bip…Bip…Movistar le informa que el teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura. Bip.

"Maldita sea, otra vez"; Pensó ella, pues era esta la octava ocasión en lo que iba de semana en la que el chico no recibía la llamada o no le daba la gana de coger el teléfono.

Se bebió el café de un sorbo. Estaba bastante preocupada. Y, además¿qué estaría haciendo J?¿Para qué película le habría concertado su madre la audición? Pero, sobre todo¿por qué nadie la dejaba decidir como si estuviese poseída por algún tipo de incapacidad extraña? Esta y otras preguntas existenciales eran las que volaban por la cabeza de la chica, de tal manera que pronto le entraron ganas de llorar y llorar, pero sabía que no podía hacerlo porque, y esta era la triste verdad, no tenía tiempo ni para eso.

Era duro darse cuenta de que, a pesar de tener ya las veintidós años, nadie la dejaba coger las riendas de su vida. No podía tomar sus propias decisiones y para colmo, estas afectaban a la única parte de su vida en la que parecía haber tenido el control alguna vez: su vida sentimental.

Salió de la cafetería con la cabeza tan hecha puré de pensar en cosas que no tenían solución y se dirigió a las Ramblas, donde tenía la intención de comprar algunas postales para enviárselas a su mejor amiga, Trissa, que vivía en Nueva York. Lo cierto es que tenía una vida extraña. Pensaba ella, que nada parecía salirle bien, tenía sus amigos repartidos por medio mundo y a su madre dirigiéndole la vida para que fuese lo más parecido a lo que ella nunca había llegado a ser.

No pudo resistirlo más y echó a correr como alma que lleva el diablo ante las atónitas miradas de los viandantes que la veían pasar. Y es que, en el fondo, Verona no podía escapar de si misma por más que corriera, y eso era lo triste.