Bienvenido a mi historia.

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La historia que voy a poner la empecé a escribir hace tiempo. Ahora la he retomado, con la esperanza de que esto llegue a buen puerto.

Sin nada más (inteligente) que decir,

Me despido.

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Prólogo

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Abrió los ojos, y el impacto de la luz en ellos le obligó a cerrarlos de nuevo.

La cabeza le daba vueltas y sentía ganas de vomitar. Quizá estuviera mala, o quizá la borrachera del día anterior le estuviera pasando factura. Intentó incorporarse de la cama, pero una aguja de dolor que atravesaba su cerebro y su cuerpo la obligó a recortarse en la cama.

Viendo que le era imposible levantarse, decidió seguir durmiendo, mientras el sonido de los latidos de su corazón viajaba a través de la cama y llegaban a su oreja apoyada en la almohada.

Su gata, blanca y siamesa, se subió de un salto a la cama, ronroneando. Le dio la impresión que era más grande que de costumbre, pero no le hizo caso y olvidó aquel pensamiento mientras su gata le lamía el rostro para hacerse un hueco entre las sábanas y, finalmente, enrollarse sobre sí misma a su lado.

Se giró bruscamente mientras escupía al aire los pelos del animal. Justo, un instante después, se arrepintió de haberlo hecho.

- Au….- murmuró mientras se estiraba en la cama.

Recibió un suave mordisco por parte de su animal al haberla movido de su sitio.

- Oh, Tinta…- se quejó.

Bostezó y venciendo al dolor de cabeza y a la pereza y se levantó.

- Mi madre… quién me mandaría a mí…- protestó mientras se retiraba el pelo de la cara y se lo ataba en una coleta.

Pensando en el dolor de cabeza que la estaba atormentando, preparó un zumo de naranja. No le apetecía nada más. Intentó recordar la noche anterior, pero solo le quedaban imágenes confusas una detrás de otra.

Había tres o cuatro chicas con ella, de su edad. Todas reían y brindaban. El alcohol estaba presente en todas las imágenes, pero en ninguna de ellas, aparecía bebiendo, excepto en la más confusa.

Había un chico joven, desnudo, que le sonreía y que le estaba acariciando el pelo que se le escapaba de la diadema. No había nadie más con ellos, y él carecía de rostro. Juntos, se estaban terminando una botella de algo… no acertaba el qué pero tenía mucho alcohol.

Los demás detalles, eran todos confusos y la imagen no era del todo nítida.

- Ya decía mi madre que no debía beber tanto…- se lamentó.

Un aviso en su cabeza le recordó que tenía que llamar a su madre.

Volvió a tumbarse en la cama mientras su gata se entretenía jugando con su pelo. Iba a esperar dos o tres horas, porque no iba a soportar los gritos que esta le daría.

Cerró los ojos lentamente y se imaginó dándose una bañera relajante. Sonrió de placer y después de media hora, se levantó para llevarla a cabo. Nada más llenar la bañera, se dispuso a desvestirse, cuando escuchó el sonido inconfundible de la cerradura.

- ¡Qué demonios…!- Exclamó, mientras, indignada, se ponía una bata encima de la ropa del día anterior que no se había quitado para dormir. La minifalda que tenía, apenas le tapaba.

Cuando entró en el salón, descubrió a un joven vestido con unos pantalones negros de cuero, unas botas negras militares y un jersey negro de algodón. Parecía ansioso. Ella le observó atentamente.

Era la primera vez que veía a ese tipo.

- ¿Quién eres tú? ¿Y por qué tienes la llave de mi piso?

El joven pareció desconcertado ante las dos preguntas y la miró atentamente.

Primero el rostro, después su pelo alborotado y descuidado. Su mirada comenzó a bajar y observó sus piernas desnudas.

Ella se enfadó por la desfachatez de aquel desconocido.

- ¿Pero quién te crees que eres?- preguntó, indignada.

- Vístete- ordenó.- Ha empezado.