Caelifer Temperie

Equilibrio que sostiene el cielo

Libro I: Libro del Angel

Por: Laura Rivera

La monstruosa ave se aproximó velozmente, dispuesta a atacarlo también. Se hallaba en medio del misterioso lobo y su agresor. Temía por su vida, sabía que su amigo no llegaría a tiempo para ayudarle ni podría quitarse a tiempo. Instintivamente colocó sus brazos frente a su cuerpo a manera de protección, esperando el golpe, sin embargo…

Capítulo 1:

Aquel que protege el equilibrio divino

Todo comenzó una mañana normal en el Instituto BellaVista, un colegio e internado enorme donde solo se admitían estudiantes que pudieran conservar sus notas altas y pagar la colegiatura o, en su defecto, alumnos becados. A cambio de estos requisitos, se les proporcionaba hospedaje en dormitorios para tres personas, las comidas básicas, exclusivos y elegantes uniformes (consistentes en saco de color vino oscuro y pantalón o falda negro), las más sofisticadas instalaciones: auditorio, gimnasio, biblioteca, salón de cómputo, teatro, sala de artes y canchas deportivas; además la más prestigiosa educación impartida por los profesores mejor capacitados. Todo en la privacidad de un bosque algo alejado de una pequeña ciudad.

Esa mañana, en un aula del segundo grado, cierto joven castaño de baja estatura y ojos verdes, era regañado por un profesor debido a una calificación poco satisfactoria.

–Cinco punto cinco ¿Cómo pudiste sacar una nota tan baja Yael?– reprendía el maestro restregándole en la cara un examen lleno de tachones al chico.

–No lo sé. Quizás simplemente la literatura no es lo mío.– contestó con ingenuidad Yael Cervantes, y es que en realidad se le dificultaba mucho ¿cómo iba él a saber la diferencia entre ritmo y rima o entre un soneto y una oda? Le era muy difícil diferenciar términos, en especial cuando estos no le interesaban ni los consideraba importante en su vida diaria.

–Si sigues sacando estas calificaciones tu promedio disminuirá considerablemente ¿estas consciente de los problemas que eso te puede ocasionar?– regañó el hombre con una frialdad considerable, casi somo si estuviera ensañándose con el muchacho.

–Muy consciente señor… así que si me diera otra oportunidad, tal vez podría mejorar.–

–De acuerdo pero ve a que te asesore algún alumno del tercer año y harás otro examen. Aunque te contará menos que a los demás.–

–¡Sii! ¡Gracias maestro!– celebró Yael

–Y solo para asegurarme que vayas, haz que te acompañe Daniel Christopher, él si es un estudiante confiable.– ordenó señalando a un muchacho rubio de lentes que se sentaba al frente, éste miró con fastidio a Yael quien solo pude sonreírle apenado. Ambos eran compañeros de cuarto y generalmente se llevaban bien, pero los líos en que Yael se metía siempre afectaban de algún modo a Daniel y esto le molestaba.

Ya entrada la tarde, una vez que ambos acabaron sus tareas, decidieron ir a los dormitorios de las damas para pedir la famosa asesoría a la única alumna de tercero que conocían: la prima mayor de Yael, Adriana Hubber.

El edificio no quedaba lejos del suyo, solamente atravesarían el área donde estaban el comedor y los jardines. Consistía en dos construcciones, una donde dormían alumnas de primaria y otra para alumnas de secundaria y preparatoria. A diferencia de los dormitorios masculinos, los de las chicas tanto en su estancia como en los pasillos eran de color morado, rosa y azul, con cuadros y pinturas surrealistas colgados. Comúnmente, en el tercer piso, donde dormían las estudiantes del último año, colocaban las fotos de generaciones pasadas.

Finalmente, tras subir los tres pisos y recorrer un par de pasillos largos, llegaron al cuarto "312", ahí donde Adriana y sus compañeras vivían.

Tocaron la puerta, y casi de inmediato les abrió una preciosa joven de largo cabello castaño atado con un listón blanco sobre su hombro izquierdo. Sus ojos eran azules y resultaba un poco más alta que ambos chicos.

–Hola Adriana.– saludó Yael sonriendo simpáticamente pero a la chica le desconcertó su llegada.

–Hola Yael, Daniel. Que sorpresa que vengan a visitarme.–

–Es que Yael necesita ayuda con literatura.– explicó Daniel de la forma más directa posible, en realidad no le agradaba estar ahí; de no ser por que su profesor lo comprometió antes de que se diera cuenta, se hubiera negado mil veces.

Adriana suspiró resignada.

–Ya me parecía que no vendrías hasta aquí solo para saludar. Pasen, te explicaré todo lo que necesites saber.– invitó abriendo la puerta y ambos chicos pasaron.

Cuando el sol comenzó a ocultarse, ambos estudiantes salieron del dormitorio, dándose por concluida la lección para no meterse en problemas por el toque de queda. Todo permanecía en calma. Como era viernes, la mayoría de los alumnos se habían ido a pasar el fin de semana con sus familias o descansaban en sus cuartos; al parecer estaban solos en el jardín y nada les preocupaba en absoluto.

Hasta que el sonido de una explosión en las cercanías los alarmó.

–¿Qué fue eso?– exclamó el de lentes viendo una nube de polvo que se levantaba entre los árboles del bosque que rodeaba la escuela. Sin decir nada, su colega corrió hacia allá precipitadamente –¡Oye ¿qué crees que haces?! ¡Debemos de avisar a los maestros!–

–¡No hay tiempo para eso!– gritó Yael corriendo casi por instinto. Por alguna razón se sentía inevitablemente atraído hacia ese humo, como si el destino o alguna fuerza superior tomaran control de su cuerpo. Daniel, quien tampoco comprendía nada, se le quedó mirando unos segundos antes de reaccionar.

–¡¿Estas loco o que?!– reclamó antes de seguirlo, pues no le quedó más opción que correr tras él para asegurarse que no cometiera otra tontería.

Daniel alcanzó a Yael cuando éste se detuvo junto a un árbol. Pensó que se debía al cansancio, pero al notar la escena que tenían enfrente supo el por qué de esa parálisis repentina.

En un gran claro del bosque, entre decenas de árboles que acababan de ser derribados, un lobo de pelaje rojizo, más grande y peludo de lo normal, peleaba contra una enorme ave de color negro.

El canino parecía en desventaja, apenas podía esquivar los ataques y morder las patas de su oponente mientras este retomaba altura.

La sangre en colmillos y patas del lobo demostraba que llevaban así ya un largo rato.

–D-definitivamente debemos avisar a los maestros.– se convenció Daniel, no había nada que pudieran hacer en esa situación salvo mirar aterrados, o al menos eso creía él pues Yael, misteriosamente, estaba más calmado que él.

–¿Y qué vas a decirles? ¿"Profesora vimos a un lobo peleando contra un monstruo y le venimos a avisar"? –

-Tienes razón, no me van a creer… es más ni siquiera sé si hay algo que se deba hacer.– admitió el rubio con mucho pesar.

–Debemos ver que pasa.– decidió Yael, su mirada fija al frente.

–¡¿Qué?! ¿Por qué?–

–Por que una de esas cosas podría atacar la escuela y entonces sí nos iría muy mal.– supo Yael casi por instinto y Daniel se sorprendió de no haber encontrado esa posibilidad él mismo si se suponía que era más inteligente.

En ese instante, pudieron ver como una esferita de luz azul claro se acercaba al lobo y lo seguía. Dicha luz emitía una sensación de confianza y calidez reconfortantes. Por un segundo, a Yael le pareció ver una silueta como de un humano alado dentro de ella. El pequeño ser hablaba con el lobo, quien le escuchaba pero prestando poca atención pues aun estaba concentrado en esquivar ataques.

El sonido de esa casi inaudible voz llegó a oídos del Yael. Lo escuchaba, le estaba llamando, le pedía que lo ayudara, que peleara a su lado…

Yael se dirigió hacia el origen de ese llamado, perdido en sus propios pensamientos, teniendo en mente solamente las dudas que serían respondidas al llegar…

–¡Yael! ¡¿Qué estás haciendo?! ¡Vuelve aquí!– Daniel gritaba pero Yael solo escuchaba la voz. No había nada más para él. Había entrado en una especie de trance del cual no pretendía salir.

La monstruosa ave se aproximó velozmente, dispuesta a atacarlo también. Se hallaba en medio del misterioso lobo y su agresor. El chillido agudo del monstro lo hizo despertar y al darse cuenta de donde estaba temió por su vida. Sabía que no se quitaría a tiempo y que Daniel no alcanzaría llegar. Instintivamente colocó sus brazos frente a su cuerpo a manera de protección, esperando el golpe, sin embargo este nunca llegó.

Se atrevió a mirar al frente y su asombro se volvió mayor al advertir que una barrera de luz lo había protegido. En la zona donde impactó el ave un gran resplandor la quemó hasta que logró apartarse un poco, oportunidad que el lobo aprovechó para lanzarse en su contra y atravesarlo anteponiendo sus garras.

Con esto el monstro se despedazó cuan si fuera hecho de cenizas. Yael se dejó caer de rodillas en el suelo.

–¿Q-qué fue eso?– murmuró el castaño, estático su lugar. Daniel corrió hacia él, mortificado.

–¿Estas bien?– fue la pregunta que hizo su amigo tomándolo de los hombros y examinándolo en busca de alguna herida.

–Sí, creo que sí.–

Entonces una voz ajena a ellos los alertó con un grito de molestia.

-–¡Tengo la boca llena de asquerosa sangre!– En lugar del lobo, se hallaba ahora un muchacho poco mayor que ellos, de cabello largo castaño rojizo atado en una trenza, vestido con una chaqueta roja y blanca, pantalón negro y zapatos del mismo color con varias correas; sus ojos color café oscuro. Esos ojos a pesar de ser tan oscuros denotaban mucha profundidad y vitalidad al mismo tiempo, tenían una mirada aguda, pero inspiraba confianza pero se notaban alerta. Eran los mismos que Yael vio en el lobo unos segundos atrás cuando se ocultó tras el árbol.

–¿Quién eres tú?– preguntó el estudiante rubio con desconfianza y temor.

–Joseph.– respondió el extraño con simpleza

–T-tú… ¡¿tú eres ese lobo?!– le gritó Yael percatándose de la similitud entre ambos. No solo eran los ojos, sino el color de cabello y la sangre en manos, boca y pies.

–Sí.– volvió a responder igualmente confiado, como si fuera lo más natural del mundo. La lucecita azul arremetió contra su cabeza, golpeándolo –¡Oye!– se quejó.

–¡Joseph ellos no están acostumbrados a estas cosas!– regañó la luz. Los estudiantes no se lo podían creer.

–¿Y qué quieres que haga? No puedo actuar sorprendido y si no muestro confianza en mí mismo, ellos tampoco confiarán.–

–¡Podrías al menos ser más delicado y explicarles algo!– alegó la lucecita y Joseph miró a los chicos quienes ya estaban temblando.

–¿Q-qué…es…eso?– musitaron los otros dos al unísono pues ya era demasiado misterio para ellos. La lucecita se les acercó hasta que pudieran verlo bien mientras que Joseph recudía a limpiarse las manos y pies en el pasto para que la sangre no intimidara más a los muchachos.

-¡Hola! Yo soy Uri, soy un ángel mensajero.– saludó la luz y por primera vez los chicos pudieron ver que se trataba de un diminuto niño rubio ojos azules con alas. Su ropa consistía en un trajecito naranja con una túnica azul encima, la sonrisa del pequeño era alegre e inocente –El que se limpia las manos y escupe en el pasto es Joseph Wolfang.–

–Hola.– desde su posición, el aludido levantó la mano izquierda a modo de saludo y continuó limpiándose.

–Um… yo soy Yael y él es Daniel.– balbuceó el castaño ojos verdes.

–¡¿Para qué nos presentas?!– se quejó el de lentes pero el angelito sonrió acercándose a Yael.

–Gracias a Dios que te encontramos. Tú eres la persona a la que hemos estado buscando durante meses. Sólo tú puedes ayudarnos.– dijo Uri refiriéndose a Yael quien estaba más que confundido.

–No entiendo nada.– balbuceó mientras el ángel revoloteaba a su alrededor alegremente. Joseph se puso de pie muy seriamente.

–Este no es lugar para explicar. Puedo oler más gente acercándose, debemos ir a otra parte.– sentenció el de cabello largo.

–¿Puedes oler a la gente acercándose? Esto se pone cada vez más raro.– agregó Daniel pesadamente antes de que Yael se parara también.

–De acuerdo, hablemos en nuestro cuarto.–

–¿Qué acaso estás loco?– cuestionó Daniel. –¡No sabemos ni quienes son! ¡No podemos confiar en ellos!–

–Yo siento que sí y realmente necesitamos que nos expliquen algunas cosas… además mira a Uri, es un ángel. ¿Qué daño te puede hacer un ángel tan pequeño y lindo?–

–Pues a Joseph lo golpeó muy feo.– musitó con desconfianza el de lentes.

–Ese golpe no me dolió.– negó Joseph apenado y Uri se rió.

–Vamos Daniel, solo así sabremos la verdad.– insistió Yael y guió a los extraños visitantes a su habitación, muy a pesar de las quejas de Daniel.

Por fortuna nadie los vio. Maestros y algunos alumnos de último grado habían ido a revisar el lugar, pero fue sencillo evitarlos yendo por el área de juegos infantiles, además Joseh identificaba con su olfato por donde se movía la gente.

Entraron al cuarto y cerraron la puerta con llave. No querían que nadie los descubriera y seguramente el vigilante de dormitorios llegaría pronto.

Joseph se comportaba de manera curiosa, miraba cada detalle del cuarto como si jamás hubiera visto nada parecido pero aún así actuaba calmado. El ángel revoloteaba a su lado.

Daniel no pudo más y se sentó en su cama mientras Yael le acercaba una silla a Joseph, estaban demasiado agotados y confusos.

–¿Por donde comenzar?– Joseph empezó a hablar al darse cuenta de que los otros esperaban en silencio su explicación –Supongo que conocen la historia del ángel Lucifer ¿o me equivoco?–

–Sí, la conocemos.– contestó Yael –Lucifer era un ángel muy ambicioso que fue desterrado del cielo por lo que creó el infierno.–

–Así es.– intervino Uri –Las almas que no son aceptadas en el cielo van al infierno, ahí son recibidas y utilizadas por Lucifer. Lo que no sabe la gente es que mientras más almas entran en el infierno, más poder gana Lucifer. Y con el suficiente poder, él podría hacer lo que quiera, incluso invadir el cielo.–

–Me parece que esas son tonterías.– comentó el escéptico rubio. Joseph lo miró molesto.

–¿Acaso lo que pasó allá afuera son tonterías? Deja de hablar y escucha.–

–Este mundo es como una balanza.– prosiguió Uri como si Daniel no hubiera intervenido –Si hay más poder de un lado que de otro, habrá un gran caos. Desde hace muchas eras los grandes ángeles le conceden un gran poder a un alma completamente pura y neutra que no está de ningún lado. Su deber es renacer y elegir un lado cada vez que la balanza se desequilibre, para así darle el triunfo a una parte.– explicó calmadamente –Es un alma que vale por mil.–

–Nosotros estamos aquí por que la persona con ese poder ha sido tomada por los sirvientes de Lucifer.– dijo Joseph seriamente.

–Pero los ángeles siempre hemos tenido un plan para mantener el equilibrio sin tener que recurrir a esa alma.– continuó el ángel alegremente –Se bendice con poder divino a una persona cada cierto tiempo, y ésta debe de purificar almas sucias destinadas a ir al infierno para que Lucifer no gane más poder.–

–He venido desde muy lejos ayudando a Uri en su misión, la cual es encontrar a esa persona.– explicó Joseph y sonrió –Finalmente lo hemos conseguido.–

–¡Esa persona eres tú, Yael!– celebró el angelito revoloteando alrededor del aludido. Daniel casi se cae de su cama.

–¡Alto! Denme un segundo para asimilar todo esto… ¿me están diciendo que ustedes están aquí buscando a Yael por que él es un elegido para salvar el mundo?–

–Sí.– respondieron los mensajeros a la vez. Yael sintió un escalofrío.

–¡Pero yo no puedo hacer eso! ¡Mírenme! Mido solo un metro sesenta, soy muy bajito y no soy fuerte ni inteligente. ¿Cómo esperan que salve al mundo?–

–La barrera que te protegió hace rato es la prueba de tu poder divino. Tú destruiste a ese monstruo.– dijo Uri esperanzado.

–Además yo te ayudaré, para eso estoy aquí. Me aseguraré de que nadie te haga daño alguno.– respondió el de cabello largo poniendo su diestra sobre su pecho de manera solemne.

–¿Y cómo piensas hacer eso?– preguntó Daniel aún escéptico. Como respuesta, Joseph alzó la mano y esta se rodeó por un humo rojizo que al despejarse dejó ver como le había surgido pelo y uñas largas como garras.

–¿Esto responde a tu pregunta?– sonrió con autosuficiencia pero los adolescentes se aterraron aún más.

–¡¿Qué diablos eres tú?!– gritaron asustados y Joseph suspiró.

–Creí que ya habían adivinado. Soy un hombre lobo.–

–P-pe…pero… l-los hombres lobo se transforman c-con la luna llena.– tartamudeó el elegido de los ángeles y Joseph se mostró honestamente confundido.

–¿Quién les dijo eso?–

–Las películas y libros de terror.– fue la respuesta del inocente quinceañero y Joseph se carcajeó.

–Pues se equivocan. Un hombre lobo de sangre pura como yo se transforma a voluntad. Puedo convertir cualquier parte de mi cuerpo humano en cuerpo de lobo cuando quiera, eso me ha ayudado al pelear.–

–Esto es demasiado para mí.– bufó Daniel echándose de espaldas sobre su cama y suspirando –Hasta hace unas horas dudaba de la existencia de cosas como ángeles, hombres lobo o monstruos. Pero ahora todo se vuelve en mi contra.– se quejó y echó un vistazo a su compañero –¿Qué piensas hacer ahora, Yael? Estamos en un internado, no te será tan fácil salir a hacer esa misión… si es que la aceptas, claro.–

–Por ahora no es necesario que salgas de aquí.– corrigió Uri –Dentro de esta misma área hay muchas almas que necesitan purificarse, puedes hacerlo sin faltar a clases. Yo te avisaré cuando encuentre una y te enseñaré como purificarla.– explicó el pequeño alado.

–Esperen un poco, esto es mucho que pensar, no puedo decidir ahora.– insistió Yael deseando que los otros se tranquilizaran para él mismo poder pensarlo.

–Pues decide pronto, por que Lucifer no va a rendirse hasta matarte o hasta obtener el control total.– advirtió Joseph –Ya fuiste elegido y no hay vuelta atrás. Lamento ser yo quien te lo diga, pero desde el momento en que me defendiste y se activó tu barrera quedaste marcado de por vida y Lucifer ya sabe quien eres tú y dónde estás.– informó el licántropo para temor de Yael –O nos ayudas o todos morimos.–

Esta última parte hizo estremecer al chico. ¿Por qué las implicaciones de muerte siempre lo seguían? Ya había tenido experiencias negativas de ese tipo antes, definitivamente no quería volver a pasar por lo mismo.

–No quiero matar a nadie, ni que nadie muera por mi culpa. Si puedo hacer algo por evitarlo entonces lo haré.– meditó Yael y se puso de pie –Está bien, Joseph. Tú ganas. Los ayudaré.–

–¡Qué bien! ¡Yael va a ayudarnos! ¡Qué alegría!– el más pequeño celebró volando en círculos por la habitación. Joseph solamente sonrió y Daniel miró con pesar a su amigo.

–Ni modo, otra vez me involucras en tus problemas, Yael.– aceptó el rubio resignándose –Si van a dedicarse a salvar al mundo entonces lo menos que puedo hacer es ayudarlos a hacerlo bien.– decidió mirando a Joseph –Seguro tú no eres de aquí ¿tienes en donde quedarte?–

–Pues he estado durmiendo en los árboles.– admitió sin pena alguna.

–Podríamos ocultarlo aquí.– sugirió Yael

–Nos descubrirían muy fácil. La mejor opción sería hacerlo pasar por estudiante de la escuela.–

–¿Y cómo haremos eso?– fue la interrogante del hombre lobo, Daniel sonrió.

–Ustedes relájense y yo me encargaré de todo. Esta será mi oportunidad de aprovechar mis habilidades de hacker.–

–¿Habilidades de qué?– repitió Joseph sin entender y Yael soltó una pequeña carcajada.

–Tú déjalo trabajar… mira, usa nuestro baño para limpiarte la sangre y te puedes dormir en nuestra cama extra.–

–Oh… ok.– aceptó Joseph y entró al baño, preguntándose que tramaba el rubio.