Tomar un baño

Recuéstate. Dale un respiro a tus músculos, ¿sientes como se relajan? Es reconfortante y agonizante a la vez, ¿verdad? Deduces que es lo único necesario para vivir tranquilo.

El agua está tibia a tal punto que, después de un día de arduo trabajo, te podría llevar al éxtasis.

Mas los recuerdos desean acompañarte en tu único momento libre y te obligan a que les des su merecido espacio.

Empiezan a chillar por atención, te hacen retorcerte en la tina. El dolor físico fue opacado por las llagas que tus memorias desean abrir. No tienes escapatoria.

Resígnate.

Te dejas arrastrar por ellas hasta lugares paradójicos que cubren con un manta de miedo tu alma. Decides no prestares atención, quieres que todo termine lo más rápido posible. Aunque sabes que nunca sucederá.

Lo hacen lentamente para que el dolor perdure más en ti, que te persiga hasta después de dormir. En tus sueños, si es posible. Causando estragos en ti e inherentemente, en los demás.

Esta rutina desoladora te destruye de a poco. Lánguidamente, como si te clavasen agujas en todas las extensiones de piel, al igual que en tus ojos, mostrándote, como si de una película se tratase, todas tus imperfecciones. Haciéndote revivir tus tormentos, tus dolores.

Pero cuando te acorralan con preguntas sin respuesta…no, sí las tienes, mas decirlas conlleva a asumirlas y eso es lo que no deseas, por ello les temes.

Porque esas quimeras te hacen responderlas, a decir la verdad, admitirlas y duele más. Te acorralan y te manipulan hasta destrozar tu mente. Lo hacen una y otra vez, porque desean descubrirte, desangrar tu mayor secreto.

Desagarran con sus feroces zarpas todo lo armado, hundiéndote en tu mundo lleno de fracasos, de castillos de cartas que, con un suspiro, vuelan. Se vuelven filosas y te atacan, cortando todos los hilos que evitan que caigas.

Cierras los ojos, no existe vuelta atrás, no sirve de nada. Resígnate.

Pero estás cansado de que siempre sea igual, de despertarte cada mañana, enredado en tus sábanas, después de una noche tortuosa en la cual se resaltan dudas, tus recelos. Porque tus miedos te atosigan y quieren ahogarte con tus triunfos sin sentidos, insensatos.

Harto. Cansado. Basta.

Resígnate.

No.

Tu lucha es en vano.

¡Abandona la pelea contra los fantasmas!

Te das vuelta, la sostienes en tus húmedas manos. Te reflejas en el brillante metal.

Siempre estuvo allí, dispuesta a ayudarte y ahora… ahora la fortaleza de tu decisión conlleva a llevarla a cabo. A terminar con tu sufrimiento.

Un pequeño suspiro del viento te rodea, haciéndote tiritar. Lo esperabas. Hasta el final la frivolidad te acompaña.

Te vuelves a acomodar. Te refugias en la deliciosa y tibia sustancia, cual brazos maternales que hace tanto tiempo olvidaste. Te permites divagar en la perdida sensación.

Otra vez te reflejas en la aleación brillante. Tus ojos, antes vivaces, ahora vacíos y rodeados de cansancio. Tu piel está demacrada por el peso que sobrelleva tu espalda. Tratas de cambiar la clásica mueca nula en una sonrisa. Tus músculos faciales están atrofiados. Hace tanto que no sonreías. Es hermoso volver a sentirla en su rostro, marcando tus finos y rosados labios.

Tu última sonrisa.

Diriges el filo del arma blanca con determinación a tus muñecas, le entierras en tu piel, fascinado por la gama de sensaciones que siguen al derrame del elixir carmesí.

Sostienes, con dificultad por la profunda herida, la daga en tu mano y, con destreza impropia para el momento, hundes, como ya lo hiciste anteriormente, en tu articulación derecha.

Limpias el cuchillo en el agua. No deseas que su magnificencia se pierda con algo tan banal para ti.

Ahora si, te permites la tan ansiada paz que anhelas cada día a la hora de tomarte un baño.