Había algo raro en el ambiente. Mientras más me acercaba al edificio viejo donde vivía mi novia, más se sentía. Había miedo, como si el aire mismo se hubiera contagiado de algún tipo de histeria que llenaba mis pulmones con cada paso que daba. Me eché a correr, tropezando en las raíces que destruían la banqueta derruida. Escuché gritos, y mis pies me llevaron aún más rápido. Se podía escuchar el ruido de algo doblándose tanto que tronaba. Al doblar la esquina me di cuenta que ese algo era el edificio donde vivía mi novia, una ruina construida en 1800 que si había sido remodelado cinco veces sería una exageración. Enormes lenguas de fuego se escurrían fuera de las ventanas; parecía que el incendio se hubiera extendido a todo el edificio. Sólo los últimos dos pisos se veían intactos, y varias personas se aplastaban en los balcones, luchando por alejarse lo más posible del edificio sin caerse a la calle.

Corrí hasta la pequeña multitud que se había formado alrededor del edificio en llamas, justo a tiempo para ver a dos jóvenes salir corriendo por la puerta. La camisa de uno de ellos ardía, el olor a carne quemada me destruyó la nariz y sus gritos de agonía hicieron que me encogiera. Intenté a acercarme a ayudar, pero otras dos personas llegaron corriendo con cubetas llenas de agua y las lanzaron hacia el joven en llamas. Un siseo penetró el aire, seguido por los gritos histéricos del muchacho que seguía retorciéndose en el suelo, gritando de dolor. Nadie se atrevía a acercársele por miedo a lastimarlo más, pero la urgencia de hacer algo por el pobre muchacho se sentía en el aire. El joven que había salido junto a él lo miraba con los ojos desorbitados y el pecho borroso de tan rápido que respiraba.

"¡Una ambulancia!" gritó alguien. Como si a nadie se le hubiera ocurrido hasta ese momento, la mayor parte de las personas en la multitud sacaron celulares y comenzaron a marcar los números de emergencia. Celulares de todas las marcas y modelos existentes se pegaron a las orejas de sus dueños, quienes parecían encontrarse hipnotizados por el fuego que seguía saliendo del edificio. Me sentí frustrado, lo único que iban a lograr era saturar las líneas de emergencia, así que mi celular permaneció dentro de mi bolsa.

Del interior del edificio surgió un grito de mujer que me puso la piel de gallina, seguido por un gran golpe. Una lluvia de escombros se abalanzó sobre la multitud, y nos tuvimos que apartar entre gritos y empujones. Las llamas del tercer piso subieron de nivel durante un par de segundos, quemando los barandales oxidados del cuarto piso. El metal comenzó a retorcerse hasta desprenderse por completo de un lado. Las llamas bajaron de nivel de nuevo y el barandal quedó colgando precariamente, amenazando a la multitud que había vuelto a alejarse.

"¡Miguel!" Miré a mi alrededor, preguntándome si era a mí a quien gritaban. Pude ver cómo otros tres hombres voltearon alrededor, buscando a quien hubiera gritado su nombre. La voz se me hacía tan familiar…

"¡Miguel!" ¡Karen! Era la voz de mi novia la que me llamaba. Comencé a empujar a la gente, buscando a mi novia entre la multitud, feliz de que hubiera logrado salir a tiempo del edificio.

"¡Miguel!" La sangre se me heló al darme cuenta de dónde provenía la voz. Alcé la mirada hacia el edificio. En cuanto lo hice, mi novia se asomó al balcón del tercer piso, el que daba a la sala de su casa. Las llamas enmarcaban su silueta, pero ella no parecía quemada. Varias personas lanzaron gritos y comenzaron a señalarla. Desesperado, empecé a dar codazos para poder avanzar entre la multitud. Me acerqué tanto al edificio que sentí el calor abrazándome la piel. El humo me entró en la nariz y comencé a toser. Tuve que alejarme hasta que sentí la pared formada por la multitud pegada contra mi espalda.

"¡Karen! ¡Karen! ¡No te alejes de la ventana!" grité. "¡Ten cuidado!" Karen se quedó quieta un segundo, y puso las manos en el barandal. Lancé un grito, pero al parecer el barandal no se había calentado, pues Karen no parecía sentir dolor. De hecho, en su cara no vi ningún indicio de miedo, nada que diera muestras de que estaba atrapada en un edificio en llamas. Grité su nombre una y otra vez.

"¡Miguel!" volvió a gritar, y rió. "No te oigo, deja bajo."

"¡No! ¡Karen! ¡No!" Mis gritos fueron en vano. Me saludó con la mano y se dio media vuelta. La vi desaparecer entre las llamas sin inmutarse, como si el calor no llegara a tocarla. Un coro de gritos se disparó detrás de mí, muchos de ellos le gritaran que regresara, que los bomberos ya venían en camino, que no hiciera una locura, seguramente los bomberos traerían una escalera y la sacarían por la ventana. Todo fue en vano, Karen desapareció en el interior del departamento y pronto las llamas devoraron la puerta que daba al balcón. Sentí una mano en mi hombro, pero no encontré la voluntad para apartar mis ojos del edificio. Un torrente de lágrimas se escurría fuera de mis ojos, lágrimas que hervían y se evaporaban incluso antes de llegar a mi cuello.

Un minuto después, una de las ventanas del primer piso se abrió. Pude ver un infierno de muebles quemados y llamas que llegaban hasta el techo antes de que Karen volviera a aparecer en la ventana, igual de fresca que hacía unos momentos. La gente volvió a empezar a gritar, señalando, pidiéndole que no se moviera. Me encontré a mí mismo incapaz de moverme de puro miedo. Mi novia podría morir en cualquier momento, y yo sólo podía quedarme ahí parado viendo como un estúpido.

En ese instante el aire se llenó con el sonido de las sirenas de la ambulancia y los bomberos. La monotonía y el horror de los ruidos producidos por el edificio al destruirse se vieron interrumpidos, y en el ambiente se pudo sentir como la gente que contenía el aliento lo dejó salir. Ya todo estaría bien. Incluso yo perdí el miedo el tiempo suficiente para encontrar mi voz.

"¡Karen! ¡No te muevas! ¡Ya casi llegan los bomberos! ¿Crees que puedas aguantar ahí?"

"Sí… eso creo," respondió ella. Se escuchó otro gran derrumbe, y Karen se tiró al piso, gritando mientras los proyectiles creados por los escombros volaban a su alrededor. Una nube de humo la envolvió, amortiguando sus gritos y chillidos. En ese momento me di cuenta que yo también gritaba como cerdo en el matadero, que me había acercado tanto al edificio que mi piel comenzaba a sufrir severas quemaduras por el calor.

Me hice para atrás, esperando que la nube se despejara. Poco a poco fui viendo la silueta de la ventana, pero no a Karen. Grité su nombre una y otra vez, hasta que dos hombres me tomaron de los brazos y me jalaron hacia atrás para que no siquiera quemándome. Intenté luchar, moviendo la cabeza de un lado a otro para golpearlos mientras me retorcía, intentando liberar al menos un brazo. Otros dos hombres se unieron a los primeros y entre los cuatro me inmovilizaron en el suelo. Me quedé ahí tirado, llorando de miedo y frustración, llenándome la cara empapada de tierra y cenizas, respirando basura por la boca pues la nariz se me había tapado.

La multitud comenzó a gritar apartarse del camino. Los hombres que me habían tirado al suelo me volvieron a levantar para abrirle paso a los bomberos.

"¡Mi novia está atrapada en el primer piso! ¡Sigue viva! ¡Sálvenla, por favor! ¡Sálvenla!" Intenté luchar contra los hombres que insistían en alejarme para agarrar a un bombero y gritarle en el oído hasta que rescataran a Karen, pero uno de ellos me inmovilizó un brazo detrás del cuerpo y me lo torcía cada vez que intentaba moverme hasta que me rendí y dejé que me condujeran lejos.

Me mantuvieron inmovilizado hasta que la multitud comenzó a dispersarse y el edificio quedó en silencio. En cuanto me soltaron, salí corriendo hasta donde estaba la ambulancia y empecé a buscar a mi novia entre los que habían rescatado. Dos ancianas con los cabellos chamuscados me miraban con ojos de espanto por encima de las máscaras de oxígeno mientras corría de un lado a otro. Al final, intercepté a un bombero.

"Busco a mi novia," le dije. "Es alta, como de esta estatura. Tiene el pelo negro y la piel morena." El bombero se quedó pensando unos segundos y miró la ambulancia, donde los paramédicos le aplicaban una pomada a una niña que no dejaba de llorar e intentar darle una patada al paramédico, pidiendo a gritos que fuera su madre.

"Lo siento," dijo el bombero. "No rescatamos a nadie de esas características. En todo caso estaría ahí siendo atendida."

"No, no, no entiende. La vi con vida como diez segundos antes de que llegaran ustedes. Está viva, tal vez siga ahí adentro atrapada."

"En ese caso haremos todo lo que podamos," dijo el bombero. "La estructura del edificio ya estaba demasiado dañada y el fuego terminó de destruirla, es demasiado peligroso entrar en este momento y ponernos a remover escombros."

"¡Por favor!" grité.

"Seguiremos buscando," dijo el bombero, y se alejó. Intenté agarrarlo del brazo pero el hombre salió corriendo para reunirse con sus compañeros. Me quedé ahí parado como un imbécil, mirando cómo entraban y salían sin rescatar a mi Karen. Una hora después el cansancio se apoderó de mí y decidí regresar a mi casa. Ya no soportaba el olor a carne quemada y humo, ni la manera en que las cenizas flotando en el ambiente se me metían en los ojos y la nariz. Le dejé mi número de teléfono a un paramédico para que me hablara en cuanto sacaran a Karen del edificio y me dirigí a mi casa. Los boletos de camión que habíamos comprado para irnos de vacaciones ese mismo día seguían en mi pantalón, y a pesar de lo delgados que eran parecían pesar una tonelada. Finalmente me harté de su presencia en mi bolsa y los tiré a un bote de basura que me encontré en el camino.

Llegué a mi casa y me miré en el espejo. Tenía los ojos rojos por el humo, y en mi piel se notaban los indicios de que estuve a punto de tener quemaduras graves. Me quité la ropa y me di un baño rápido antes de tirarme a la cama. Sin embargo, no logré dormir en toda esa noche. Me quedé tirado en la cama con el teléfono entre las manos y la mirada fija en el aparato, esperando a que sonara con las noticias de que habían rescatado a mi Karen de entre los escombros.

Escuché cómo la puerta de mi cuarto crujía, y alcé la mirada. Ahí estaba Karen, luciendo igual de fresca que en la mañana. Tenía una pequeña sonrisa en la cara, como si intentara no reírse de algún secreto que sólo ella conocía. Apoyó la mano sobre el marco de la puerta y comenzó a golpearlo con las uñas.

"¡Karen!" grité, emocionado. "Me… me dijeron que me hablarían en cuanto te rescataran. ¿Estás bien? ¿No tienes quemaduras?" Empecé a levantarme pero Karen caminó hasta mí y me detuvo.

"Estoy bien," dijo, sentándose en la cama. "Fui a buscarte y te estuve esperando un rato en la Terminal de camiones todo el día, pero no apareciste."

"No sabía que ya te habían rescatado… ¿por qué no me hablaste?"

"Mi celular no se salvó." Nos quedamos en silencio. Karen estiró la mano y me acarició la cara. Se sentía muy caliente, pero no dije nada. A nuestro alrededor, la habitación parecía brillar con un tinte sobrenatural. Incluso el ruido incesante de la calle había muerto.

"Tengo boletos para el camión que sale dentro de una hora," dijo ella al fin. "¿Quieres venir conmigo?"

"¿Por qué los compraste?"

"Porque yo de todas maneras me voy a ir hoy," dijo, poniéndose de pie. "¿Quieres venir conmigo?" Me extendió la mano, y en ese momento comprendí todo. Miré a mi alrededor, mis muebles, todas las pertenencias y la basura que había acumulado tras seis años de vivir en aquel pequeño departamento. Vi las fotos que tenía ahí guardadas, fotos tomadas con los amigos ¿Podría dejarlo todo atrás para irme con Karen? Me detuvo a pensar. ¿En realidad quería más a mis amigos y mis pertenencias que a mi novia? Mi mirada se clavó en el segundo cajón de mi mueble. El anillo de compromiso que planeaba darle a Karen durante nuestro viaje se encontraba esperando adentro. Mi decisión de querer pasar el resto de mi vida al lado de Karen no había cambiado nada desde el momento en que decidí comprar ese anillo.

"Voy contigo," dije. Ella sonrió y me extendió la mano. En vez de tomarla, caminé hasta la cajonera y saqué el estuche con el anillo. Una mueca de sorpresa apareció en la cara de Karen y al instante se mezcló con una enorme sonrisa. Jamás la había visto tan bella en toda mi vida. Sin decir una palabra, saqué la joya del estuche y la puse en su dedo. Tomé sus dedos entre los míos.

"Vamos," le dije. Me jaló con cuidado hacia la puerta. Sentí mi cuerpo desplomarse al suelo, pero yo seguí tomado de la mano con Karen. Volteé a ver una vez más mi rostro, con la sonrisa estúpida y la incipiente calvicie. Había tomado la decisión correcta. Tomados de la mano, caminamos en dirección a la puerta, listos para lo que fuera que nos estuviera esperando.