Hacía horas que estaba estancado escribiendo su poema mirando para sus propias manos aferradas con fuerza a los cantos de la libreta, con las uñas llenas de roña. Y de pronto se dio cuenta de que no se había lavado las manos aquella mañana…y de que estaba allí desde horas. No recordaba lo que le había ocurrido para olvidar algo tan cotidiano que hacía después de trabajar.

Joel era jardinero, de ahí que estaba siempre con las uñas manchadas y con las manos llenas de callos. Pero le encantaba su trabajo y disfrutaba de cada segundo que pasaba en el mismo. Por las tarde solía escribir sentado bajo un sauce junto al río cercano a su casa. Pero aquel día no era capaz de escribir…y además había olvidado limpiarse las manos.

Trató de recordar paso a paso, aquella mañana se levantó como todos los días, se duchó, se puso el mono de trabajo, la gorra con la que se protegía del sol de la mañana y colocó las herramientas en el coche. Se dirigió a una de las casas en las que trabajaba, la de la señora Martínez, una adorable anciana que vivía sola. Podó sus rosales, regó las flores, abonó la tierra y plantó petunias. Comprobó que las gardenias del invernadero estaban bien, regulo la intensidad de los fluorescentes, arrancó unas cuantas malas hierbas y…cuando estaba todo concluido, se dirigió al cuarto de baño a asearse antes de marchar.

Al pasar junto al estanque vio una figura, delgada, serena, rubia, con una cascada de rizos que le daban un aspecto extremadamente angelical. Y se percató de que aquella figura era la nieta de la señora Martínez, una chica que él había conocido cuando era más pequeña, una niña, igualmente dulce e inocente. Y ahora estaba allí, había florecido como todos los jardines que trabajaba Joel.

Y no pudo evitar cambiar su rumbo, con una sonrisa embobada, casi de retoño, en su rostro. Pasó junto a la chica, hizo un ademán con la cabeza y se dirigió a su refugio bajo la cabeza del sauce, junto al río, a escribir un gran poema.

Llevaba ya tres horas allí, sentando, observando su libreta…y Joel, el jardinero, lloró. Lo hizo en silencio, amargamente, dándose cuenta de que todo pasa, la vida va y viene como las plantas, como las estaciones, y ahora, él, la niña, la señora Martínez…todos, estaban sometidos al flujo del tiempo, inexorable, como el día, la noche, las estaciones, los años…