LA MONTAÑA DE LA CALAVERA

El verano había transcurrido casi sin ningún interés, hasta aquella tarde en la que ambos decidieron retarse con la bicicleta. Nunca hubiesen pensado que una simple carrera, una aburrida carrera como las que hacían para matar el rato, pudiese convertirse en toda una aventura.

Miles era un chico rubito y regordete, a quien su madre se empeñaba en vestir siempre con unos horrorosos chalecos de punto con chorreras, que le daban un aspecto más que lamentable, lo que propiciaban, no sólo la burla de algunos chicos, sino también terribles persecuciones, insultos y agresiones. John, por el contrario, era un chico delgado y moreno, con el pelo pincho, llevaba un corrector dental por el que le apodaban "bocajaula" y gracias a sus particulares desgracias se conocieron aquel verano. Digamos que cuando corres para ponerte a salvo, normalmente sueles buscar los mismos escondites y que pasar horas dentro de un contenedor de la basura ayuda a fomentar la amistad.

Sea como fuere, desde el famoso incidente del contenedor, Miles y John habían formado una alianza y se divertían afinando la puntería con el tirachinas en unas latas o bien corriendo con las bicicletas.

Cydar Falls era una pueblo más bien tranquilo, sin demasiadas cosas interesantes, como en todos los pueblos estaba la señora Misstray, que era la bruja, los matones, la casa encantada y la Montaña de la Calavera , que era más bien un montículo grande con dos agujeros a causa de las excavaciones en la época de los pioneros y que parecía que dibujaban los ojos y la sonrisa de una calavera. Pero, sin duda, lo mejor de la Montaña , es que tenía una enormes terraplenes y pendientes por los que hacer carreras era, no sólo divertido, sino también, peligroso.

Miles y John se encontraban en la cima de la Montaña de la Calavera con aire dubitativo, mirando la infinita pendiente, tratando de encontrar el final. Los dos estaban en tensión y su respiración se entrecortaba. Ambos amigos cruzaron una mirada y John lanzó el reto:

- ¡Madiquita ed udtimo! – dijo, interrumpido por su aparato.

No hubo más, se tiraron por el terraplén. Las bicicletas empezaron a alcanzar velocidad, perdieron el control de los pedales, que ya ni cedían, superados por las revoluciones. El viento golpeaba su pelo y sus mejillas, Miles notaba como sus mofletes rollizos vibraban con la presión y como sus pulmones se llenaban de un oxígeno limpio y fresco.

Iban ya por la mitad de la pendiente, con las bicis totalmente fuera de control, cuando Miles observó que en el suelo había una especia de socavón.

- ¡John, hay un bache! – gritó Miles

- ¿Dode? – preguntó John, buscando en el suelo

No hubo tiempo de más. John llegó al bache y este, que no era exactamente un bache se hundió, tragando parte de tierra y haciendo que la bicicleta se trabase. El ocupante salió despedido a varios metros, Miles esquivó el socavón y frenó la bicicleta primero con los frenos, luego derrapando y finalmente con los pies, la tiró al suelo y fue corriendo a socorrer a su amigo.

- ¿Estás bien? – John no parecía moverse y sangraba por los brazo y las piernas - ¿John?

- ¡Ay! – se quejó, casi sin moverse. Luego, tratando de hacer un esfuerzo se incorporó y miró a Miles, con la cara magullada y los brazos llenos de piedras, tierra y sangre. – Edto quema. – informó y se sopló los brazos.

- Creo que deberíamos ir a casa a que te lo vende tu madre.

- Zi. Pedo prdimedo hay que decoged la bidi. Ezpedo que no ce haya doto nada podque ez de Zam y no quierdo que ze enfade. – dijo John, asustado.

La familia de John no tenía demasiado dinero, así que a pesar de tener a dos hijos, sólo el mayor había conseguido tener bicicleta. Además, John tenía corrector y debía elegir entre tener bici o los dientes bonitos. Así que le quitaba la bicicleta a Sam, su hermano, cuando este no se daba cuenta. Pero en cuanto se enteraba solía pegarla a John sin demasiados miramientos y ahora, no quería que esta fuese una nueva excusa para recibir una paliza, encima de las heridas que ya tenía.

Miles ayudó a John a ponerse en pie y se dirigieron al socavón, que seguía succionando hacia adentro como si fuese un embudo todo lo que había en su interior, incluida la bicicleta de la cual, ya sólo el manillar era visible.

- ¡Mi bidi! – exclamó John al verla.

Los dos se tiraron al suelo a cogerla, pero entre el peso normal de la bici y la arena que tenía encima esta pesaba un montón. Intentaron tirar de ella para quitarla pero no podían. Miles empezó a sudar por las manos, como solía ocurrirle cada vez que se ponía nervioso y el manillar se le escapó y cayó de culo. A John también se le escurrió y la bicicleta se coló hacia adentro, desatascando el resto de agujero y haciendo que la arena dejase a la vista un enorme respiradero de la mina.

Ambos se asomaron por el hueco y vieron parte de la vía de las vagonetas, arena, palos, polvo, telarañas y la bicicleta medio tapada entre la arena y estrellada en el fondo.

- Creo que se habrá roto y encima se quedará aquí. Sam nos matará. – dijo Miles.

- A mi be madará musho máf – pensó en voz alta John.

Los dos chicos se miraron entre si y a la bicicleta en lo más profundo de la mina y pensarón en Sam y en lo cruel que solía ser con ellos. La telepatía es algo muy misterioso que suele funcionar más bien en las emergencias ya que, en aquel momento, ambos se comunicaron entre si y tuvieron la misma idea. Se miraron para asegurarse y asintieron.

- ¿Por donde entraremos? – quiso saber Miles

- Ad finad ded cabino hay uda endrada – explicó John – Do es la endrada dormad, pedo ed la la que abdiedon pada poded saquead.

- Pues iremos por ella.

Los dos bajaron la colina y buscaron la vieja entrada para saqueos de la mina. Estaba sucia, polvorienta, los matorrales habían campado allí a sus anchas durante años y, por si fuera poco, había telas de araña y de dentro venía un olor a rancio que tiraba para atrás.

Pese a todo, el miedo a Sam era mucho más grande, así que entraron como pudieron. John iba incómodo, porque las heridas que tenía en los brazos, en la cara y en las piernas le escocían y la angustia por no poder recuperar la bici era demasiado para él.

- Está demasiado oscuro. Necesitaríamos una linterna. – dijo Miles al observar al otro lado de la entrada. - ¡Espera!

Miles recordó que su bici tenía un faro que funcionaba sin pilas. Iba a ser un poco cansado hacerlo funcionar porque era de estos que iluminaban y se cargaban con el roce de la rueda de la bicicleta. Pero era una forma de intentarlo. Así que corrió a por él y al momento estaba de vuelta.

- ¡Bueda idea Midef! – chilló John.

Ambos se adentraron en el interior. Miles frotaba la rueda del cargador contra su pantalón, ya que era más cómodo que con la mano y fueron iluminando el camino, aunque no por completo.

Estaba claro que la cueva no tenía nada de interesante y que nadie había pisado por allí en años. Además, había muchos túneles y no tenían muy claro por donde ir. Decidieron seguir siempre los de la izquierda, ya que intuían que por ellos era por donde debía estar el camino.

Caminaron durante mucho rato escuchando sus propias respiraciones, el ruido del cargador al rozar con el pantalón de Miles, agua que corría por algún lado o goteaba por otro y ruido de animales que debían vivir en aquella cueva.

Al fin, al final de un túnel vieron luz y un montón de tierra con algo rojo entre ella: la bici de John. Este, en cuanto la vio, echó a correr, tropezando en ocasiones con algún tablón de la vía para vagonetas y se abrazó a la bici. Luego la levantó, la sacudió un poco y la miró con detenimiento.

- Ze de ha doto un fado, pedo apadte de adgún dazcazo, eztá bied – comentó John.

- Bueno, pues ahora sólo deberíamos salir. – dijo Miles y se giró y descubrió con desolación que había varias entradas – Si vinimos por la izquierda, tendremos que coger… el de la derecha.

John recogió la bici, colocó en ella la luz de la bici de Miles y mientras caminaban con la bicicleta iban iluminados y acompañados por el ruido de las ruedas girando. Cada vez que llegaban a una bifurcación cogían el de la derecha, así hasta que habían pasado unas diez bifurcaciones.

- John¿Cuántas hemos cruzamos antes? – preguntó Miles, empezando a tener una idea desalentadora en su cabeza.

- No do zé. Iba midándome dos pides pada do dropezad.

- John…

- ¿Zi?

- Nos hemos perdido… creo.

Los dos amigos se miraron muertos de miedo. John decidió que debían retroceder, que lo mejor era seguir sus huellas. Volvieron atrás, sobre sus huellas pero se dieron cuenta que había mucho polvo y que por los túneles entraba aire y este iba borrando las huellas, iban cogiendo siempre la izquierda y contando hasta diez bifurcaciones, pero no llegaron al punto en el que habían recogido la bici. Trataron de volver adelante, y probaron cogiendo otras salidas pero no daban llegado al punto de retorno.

Ambos estaban cansados y caminaban desesperados. John sentía angustia y escozor y estaba empezando a encontrarse realmente mal. Miles tenía hambre y miedo, lo que le daba más hambre todavía. De pronto, se sentó en el suelo y empezó a llorar.

- ¡Nos hemos perdido y vamos a morir aquí! – dijo entre sollozos

- Do digaz ezo, Midef, bienza que ezdaboz cedca ded bueblo. Adguien ze dadá cuenda de que do eztamoz. ¿Do?

Pero Miles no le contestó y John pensó que, a lo mejor, si que nadie se daba cuenta. Se sentó junto a Miles y también lloró. De hecho, ambos lloraron hasta que se durmieron.

Unas horas después se despertaron en la completa oscuridad. Se oían muchos ruidos, agua, animales correteando, el viento y … pasos. Como alguien arrastrando los pies. Desde luego ellos no eran.

De pronto se escuchó un gemido que entrecortaba el aire y ambos amigos se abrazaron al unísono, muertos de miedo.

- Do ez pod azuztadte maz pedo he oído que aquí viven fantazmaz midedoz.

- No, no me ayuda, John. ¿De veras crees que son fantasmas?

- A do mejor dez hemoz modeztado.

- ¡Vámonos de aquí!

Los gemidos se acercaban y a Miles le daban miedo real. Corrieron y corrieron durante horas, llevando la bicicleta y parando a cada rato para comprobar. John tropezó y se cayó sobre la bici, con tan mala fortuna que rompió el faro de Miles. Ambos siguieron corriendo con la bicicleta y, de pronto una voz gritó:

- ¡Quietos!

Ambos amigos se quedaron petrificados. De uno de los túneles venía un ruido de pasos una luz que se fue intensificando hasta casi cegarlos. Era una figura alta que les iluminaba.

- ¿Miles, John, estáis bien?

Los dos asintieron, la figura separó un poco la luz para examinarlos. Era un hombre, alto, fornido…cuando la luz dejó de cegarles le vieron un poco mejor: era Mike Smart, el guarda forestal de pueblo.

- ¿Se puede saber cómo os ha dado por meteros aquí, chicos? – preguntó – Tenéis a vuestra familia loca. Menos mal que he visto la bicicleta de aquí fuera que si no ni se me hubiese ocurrido pensar que estaríais aquí. Espero que hayáis aprendido la lección. Ah, y la próxima vez que os perdais, procurad quedaros quitos en un sitio. ¿Entendido?

John y Miles asintieron. Salieron con Mike de la cueva, Mike había sido mucho más listo que ellos e iba atado a una cuerda que partía de una bobina grande instalada en el coche del guardabosques. ¡Una cuerda y no hubiesen tenido este problema!

Al salir vieron las estrellas que brillaban, Mike les dio chocolate caliente en un termo y les puso unas mantas por encima. Hasta ese momento no se habían dado cuenta de que tenían frío. Los dos amigos contemplaron el cielo estrellado mientras su rescatador curaba a John y vendaba las heridas y les contaba unos chistes. Después los llevaron a casa y sus familias les dieron besos y abrazos.

Y, pese a lo que John y Miles temían, Sam no se enfadó porque la bici estuviese algo estropeada y como saludo le dio un coscorrón cariñoso y le echó la lengua, que el lenguaje universal de los hermanos es algo así como "me alegra que estés bien, enano" .

Sin duda, aquella fue la mayor aventura de todo el verano.

FIN