Los pasos sobre el concreto de la acera resonaron en el interior de la casa aún cuando el hombre que se acercaba se encontraba del otro lado de la calle. Adentro, el silencio era casi total, interrumpido sólo por la respiración jadeante del joven. Había estado llorando, e intentaba ocultarlo bajo una máscara de insensibilidad empapada por las lágrimas. Los golpes sobre la puerta vibraron en sus entrañas y lo sacaron de su estupor. Se limpió la cara y salió a ver quién era.

Ahí estaba él, un extraño, un desconocido. Vestía un traje hecho a la medida con la camisa desfajada y lentes de sol adornando su cabeza como una corona oscura. En su mano había un papel con la dirección de aquella casa garabateada con una letra que al joven le resulto vagamente familiar. Se quedaron ahí parados, inmóviles, dejando que el tiempo muriera entre ellos. El extraño se veía ligeramente desconcertado, frotaba la hoja en su mano con el dedo pulgar como si fuera un amuleto, se veía que no conocía las palabras necesarias.

"Me pidieron que viniera," dijo al fin. Metió el papel en la bolsa de su pantalón como si ya no lo necesitara, pero como no encontró nada que decir volvió a sacar el papel y se lo dio al joven que esperaba en la puerta. Él la miró y sus manos comenzaron a temblar involuntariamente. En algún lugar de su mente, se negaba a reconocer la letra.

"Una mujer me dijo que viniera a ver cómo estaba usted. Su nombre es Julián, ¿verdad?"

"¿El de la mujer?" El joven estaba confundido, triste.

"No. El de usted."

"Sí."

"Ella me pidió que viniera y preguntara cómo está usted, y me pidió que le diera esto." Sacó de su bolsillo un anillo. La mujer se había mostrado muy preocupada por la salud del joven Julián, las lágrimas casi se salían del rostro de la mujer cuando le dio el anillo al hombre para que se lo llevara a Julián.

"Dáselo, para que sepa que estoy bien. Y cuando lo hayas hecho, ven y dime cómo lo viste. Me preocupa su salud… ha estado muy mal últimamente," había dicho la anciana. "No quiero que nada le pase."

El hombre había esperado que Julián reaccionara con felicidad al ver el anillo, pero en el joven sólo se dibujo una vaga expresión de espanto, y su cara se volvió pálida. Sin decir palabra, dejó caer el anillo en el suelo y regresó al interior de la casa, desapareciendo dentro de un dormitorio. Dejó la puerta de la entrada abierta.

El extraño recogió el anillo del suelo con la intención de dejarlo sobre un mueble para cuando Julián se sintiera mejor. La mujer había tenido razón en preocuparse por la salud de aquel joven, parecía a punto de colapsarse. El hombre incluso consideró llamar a una ambulancia para que vinieran a revisar que todo estuviera bien, pero el pensamiento rápidamente se alejó de su mente en cuanto reconoció a la mujer que le había dado el anillo en una foto en la sala. Alguien había puesto la foto sobre una mesita y había prendido velas a sus lados.

Debajo de la foto había una leyenda que decía: "En memoria de Graciela López, amada madre y una gran amiga. 1945-2004."

En la habitación de al lado, el joven Julián moría de un infarto, tirado en su cama, mientras el hombre, asombrado, comprobaba que la mujer que se había encontrado aquella mañana llevaba ya tres años muerta.