Azul profundo

El frío viento marítimo azotaba su decidido rostro. El chico acomodó, con un rápido movimiento de mano, su cabello detrás de las orejas y luego levantó su tabla de surf de la arena húmeda. La adrenalina corría como loca por sus venas y el chico se mostró desinteresado de las banderas rojas y negras, que avisaban peligro.

En pocos instantes, él ya estaba sobre la tabla esperando expectante la ola perfecta. Pero el mar estaba agresivo, las olas de más de seis metros, rompían frenéticamente contra las rocas. El chico estaba frustrado, no lograba montar ninguna de estas. Luego de varios intentos fallidos, decidió volver a la orilla, pero el salvaje mar se lo impedía. Él se aferró con fuerza a la tabla y pataleó hasta agotarse; pero esa demasiado tarde, solo podía esperar que alguien escuchara sus desesperados gritos de ayuda.

Nubes negras aparecieron en el cielo de la ciudad, y estruendosos relampagueos lo iluminaban; la tormenta había comenzado.

El chico tiritaba de frío y gritaba con las pocas fuerzas que le quedaban, pero nadie lo escuchaba. Ya no había esperanzas para él, y se rindió: soltó la tabla y dejó que las olas lo hundieran en la oscura profundidad. Dejó de sentir el frío en sus extremidades y disfrutó de la paz, quedando inconsciente, cayendo al vacío.

El chico no llegó a percatarse de los gritos que llamaban su nombre desde la orilla; su familia acompañada de los guardavidas lo estaban buscando, pero no dieron con él.

La tormenta pasó, poco a poco el mar se fue calmando y el sol salió una vez mas. La Prefectura Naval intentó con el chico por el resto de la semana, pero no lo encontraron.

El tiempo pasó, y el pequeño surfista se convirtió en uno más de aquellos que perecieron en las garras asesinas del mar. El destino ya estaba sellado para él.

Los rumores cuentan que un viejo pescador encontró flotando una mano, y que esta fue identificada como del chico. Pero eso solo el mar lo sabe.

FIN

Paloma Allende