Bueno, personas bonitas, espero que todos se estén cuidando en estos tiempos difíciles. Y perdón por haber desaparecido casi todo este año pasado, pero, uff, ya ni llorar es bueno. Así que, sin más: disfruten.

(Y mejor no traten de buscarle sentido a este capítulo, esto no es una narración de lo que fue, es cómo se sintió.)


117. Crocus Sativus

« A shimmering instant, the moment between when a crystal glass is struck and when it cracks. »

Elizabeth Hand, Mortal Love

Primer Acto

El azafrán es una especia derivada de los estigmas secos de la flor de Crocus sativus, una especie del género Crocus dentro la familia Iridaceae; se caracteriza por su sabor amargo y su aroma; contiene un tinte de tipo carotenoide llamado crocin, que da a la comida un color amarillo dorado. Uno de sus nombres, "zarparaan" significa poseer destellos dorados. Se le conoce como la flor del amanecer y, también, como el oro rojo.

(Algo en el nombre evocaba, ciertamente, un destello dorado y rojizo en su mente. Probablemente nunca dejaría de hacerlo.)

Existen varios mitos que cuentan el origen del azafrán, y la característica que, quizás irónicamente, comparten, es que son tragedias: el amor de Crocus por la ninfa Smilax, un amor apasionado que había consumido al joven desde adentro y que, al ver cómo poco a poco la ninfa perdía su interés en él, lo había llevado a transformarse en una flor que levaba el rojo de su pasión marcado en el corazón, una flor efímera como el amor delirante que representaba; otro mito era el de Crocus y Hermes, Crocus, un mortal amigo de un dios que es herido de muerte por el mismo, y en donde el dios como siempre es incapaz de resarcir el daño, sólo puede transformar su sangre derramada en flores, como Adonis, como Narciso.

Como Adonis, como Narciso, como Crocus mismo, no había manera de recuperar lo perdido.

El nombre de la flor les pesa en la lengua, el sabor se amarga como algo podrido, las sílabas son una silenciosa punzada en lugares en donde el dolor perdura; la pérdida que les quemaba la boca del estómago, un vacío que se había formado al tragarse una parte de su corazón; un ente terrible que se había colado en una fortaleza que habían creído segura, que había reptado entre sus piernas hasta abrir sus fauces y devorar a uno de los suyos, emponzoñándolos a todos.

Era la crueldad del mundo de la que creían estar a salvo dentro de esas paredes, todavía, como si fuera a esperar a su graduación en adultos para herirlos (como si no lo hubiera hecho ya antes sin piedad alguna); la falsa sensación de seguridad que se habían creído; en la que habían creído.

Pero aquella tragedia había pasado de todos modos.

Esta situación que nadie había deseado, que nadie había esperado que pasara; es lo que es, un principio, una parte media, las piezas cayendo naturalmente en su lugar para dar pie al final que nadie quería. Era lo que eran las tragedias.

Era un viaje que habían emprendido juntos, incluso si no todos llegaban al final, sabiendo que esa posibilidad existía, había decidido hacer el intento; rotos como estaban, heridos como estaban, el campo de batalla del día a día se extendía frente a ellos y no había más remedio que tratar de sobrevivirlo. O, al menos, eso habían creído.


Segundo Acto

Beireker, quien se encontraba a mayor distancia del asunto, pero no del todo apartado del mismo, tenía la mejor perspectiva para contemplar las secuelas dejadas por el paso de aquel desastre; tenía la vista perfecta para arrepentirse de lo que no había visto y lo que no había hecho; y

Goldier había aprendido que crear lazos permanentes era imposible; después de todo, los lazos entre las personas, como todo lo demás, terminaban por romperse. Era algo que había aprendido de la manera difícil, era algo que acababa de comprobar, una vez más, que era cierto; y

Kakeru, que se había quedado con las ganas de haberle dicho tantas cosas, con los fantasmas de conversaciones a medias, que nunca había querido decirle adiós, no le quedaba más que el arrepentimiento, el pensar con un fervor amargo que desearía haberle dicho que quisiera haberle ayudado; y

Cloud había decidido seguir adelante, independientemente de aquello que tenían que dejar atrás; el mundo los había resquebrajado, les había arrancado el corazón de cuajo, pero no había ninguna vergüenza en ello. Ese tipo de trivial tragedia era demasiado común como para esperar que el mundo les diera tiempo de lamentarla; y

Adra sabía que las disculpas le salían fácilmente, su lengua estaba acostumbrada a pronunciarlas; apenas y le costaba trabajo. Tenía tantas disculpas en los pulmones que se le podrían escapar con un solo suspiro; podrían sacárselas de las venas con sanguijuelas. Pero Azafrán no les había dejado ni un fantasma con el que pudieran disculparse, del que pudieran despedirse.

Debe ser así como la gente pierde la cordura; por este maremoto de memorias, este vaivén de momentos que olvidan y recuerdan, como olas que viene y van, que retroceden sólo cuando van a alzarse lo suficiente para revolcarlos cuando tocan la orilla de su mente una vez más. Uno a uno sus sentidos los traicionan, el sonido, el olor, el tacto de algo que les recuerda algo más que una vez fue, algo que los acosa como un fantasma mirando su vida sobre uno de sus hombros; el recuerdo de días que se han perdido para siempre, que han quedado mancillados para siempre.

Era triste y dolía, pero tenía significado, tenía valor. No era algo que pudiesen descartar, no era algo que quisieran olvidar, incluso si dolía; incluso si les dolería siempre.


Tercer Acto

Como cualquier otra tragedia, se había escrito algo para el principio, ¿por qué no escribir algo para el final?

Por el niño nacido de una victoria pírrica, la sangre de tonos de azul que nunca deberían haberse mezclado, que había crecido a pesar de sus raíces débiles y el suelo agreste y hostil; por el hijo de dos personas destruidas por los celos de alguien más y sus propias maldiciones; por el niño que había dejado que sus fieles lo recubrieran de lámina de oro para poder ocultar sus defectos y se había atravesado el corazón con sus propias espinas; por el hambre, por el deseo, por la esperanza perdida; por una corona de flores, una soga al cuello y la promesa de ser mejor.

Levantemos, pues, el telón del principio del final.


fin del segundo año

El fin, al fin, y al fin y al cabo. El fin del Segundo Año que siento que duró como diez, y la verdad no va tan equivocado el cálculo, un año que cierra en un tono muy diferente la historia que empezamos y en donde las notas poco a poco se convirtieron en un coro de disculpas al personaje que me rehusé a salvar, porque podía haberlo hecho y decidí no hacerlo por el bien de la [historia].

Gracias por haber llegado hasta aquí, a pesar de todo.

Nos vemos en el Tercer Año.