A UNA CHAQUETA ...

Me ocurrió una vez que tuve cuatro chaquetas. Bueno, tres y una manga.

La primera era una americana, de un blanco purto tan anodino que acabé por canserme de ella y que, para colmo, me quedaba pequeña y me apretaba.

La segunda era una chaqueta de frack, muy elegante, muy sensual, pero, en definitiva, falsa ya que no era de seda italiana como la pintaban sino que era de la más baja franela jamás utilizada para confeccionar ropa. Optó por cambiarse de percha antes de que me percatara del detalle de que en la etiqueta ponía otra cosa bien distinta de la que alardeaba.

La manga me era insuficiente: Tenía menos encanto que una chaqueta y no valía ni para foulard. No tuve más remdio que tirarla ya que no pegaba con mi vestuario.

La última chaqueta que tuve era una sencilla chaqueta de lana y algodón, zarrapastrosa y zapateada como un gato callejero. Me encantaba esa chaqueta porque ya podías ver su aspecto sin necesidad de ver el interior de la etiqueta. Era una chaqueta franca y llana, toda ella hecha de historias contadas por sus jirones, tan misteriosa como los botones marrones que relucían en la oscuridad. Toda hechad de enigma y de detalles.

No sé dónde dejé la chaqueta. A veces la encuentro pero vuelve a perderse al poco en la profundidad del armario ¿realmente le importa a alguien? A fin de cuentas, tan sólo yo sabré porque quiero una chaqueta de punto destrozada y vieja antes que otra de aparente seda italiana y es que, a veces, la sencillez de una prenda vale más que la pomposidad de otra.


Agosto 2002