Disclaimer: Los personajes de esta historia me pertenecen en su totalidad. No los uses sin mi consentimiento, porque es delito, y podrías conseguir que me pusiese de muy mal humor.

Esta historia estará compuesta de una serie de capitulos que contestan a una serie de retos de una taba de tey typewriter, en livejournal. Tratará temas para mayores de edad, así que, si eres de carácter sensible o influenciable, no lo leas.

APB Productions presenta...


5. It's raining on prom night

(O de cómo las cosas cambian en un segundo)


Salir de marcha. Eso que los jóvenes hacen casi por inercia, para Nuria se reduce a caminar de la mesa al baño y del baño a la mesa, cruzando toda la pista de baile e intentando esquivar, como puede, los peligrosos circulitos naranjas y brillantes en los que se convierten los cigarros, y que más de una vez le han jodido la ropa.

No le gusta salir. De hecho, intenta no hacerlo dentro de la medida de lo posible. Pero esa noche no ha tenido elección. La cena de fin de curso. Y toda su clase está en la pista de baile. Haciendo el ridículo inherente a la borrachera. Ella está en una mesa, disfrazada de algo que no es, intentando no bufar demasiado y sonriendo de vez en cuando, sobre todo en los momentos en que Rubén, su novio, se sienta a su lado.

Y es que Nuria odia bailar. Odia ponerse los vestiditos ridículos, como el que tiene puesto –para no desentonar con las demás, según Rubén- y sobre todo, no soporta los tacones.

Rubén, a veces, le dice que es una insociable. Pero ella no tiene la culpa de preferir su camiseta de los Rollings, su pulsera de pinchos y sus vaqueros desgarrados en lugar de ese vestido negro y escotado, que desentona con su piel, excesivamente blanca.

Lleva unos ocho refrescos tomados, y ese sabor entre ácido y dulzón en la boca. Ha ido al baño unas doce veces en lo que va de noche; y es lo más divertido que ha hecho. Al menos le queda el consuelo de que Rubén se está divirtiendo.

Rubén es su novio desde los catorce años. Y él tiene los dieciocho recién cumplidos. Ella todavía diecisiete. Nuria le quiere. Le quiere más de lo que creyó que querría a nadie, porque él le dio la oportunidad de ser querida. Ella, que siempre ha sido la rarita.

Nuria se levanta con languidez. Al fin y al cabo, no tiene nada más divertido que hacer que atravesar una pista de gente borracha que profana el arte de la danza, intentando esquivar chinazos en la ropa. Los rizos postizos, de peluquería y laca, le bailotean delante de los ojos mientras agarra su chaqueta –donde tiene el móvil y los quince euros que le dio su madre al salir- y se los aparta con un ademán furioso. Se siente como un mono de feria, como una niña disfrazada. Y ella odia los disfraces.

Esquiva un par de pisotones nada más adentrarse en la multitud, y se aparta con brusquedad de un chico que va a matemáticas –y según recuerda se llama Daniel- que baila de una forma que recuerda a las crisis de los epilépticos. Se encuentra con un par de chicos de la clase de Pablo, que le sonríen y le dan un par de besos, que conllevan ahumarse con los residuos de sus cigarros y respirar su olor a alcohol.

Pablo es su mejor amigo. Es casi el hermano mayor que nunca ha tenido que todavía necesita. No ha ido a la cena porque está repitiendo, y según él, las cenas de fin de curso son más divertidas cuando no representan un final. Nuria cree que tiene razón. Él, al fin y al cabo, está repitiendo.

Se encuentra con sus compañeras de francés –que bailan tan pegadas que parecen una mezcla entre putas y lesbianas- y esquiva a un par de chicos de la clase de Química, que juegan a esos juegos de empujoncitos y puñetazos suaves a los que siempre juegan los machitos.

Y por fin llega a cerca del baño, y se felicita a sí misma por la suerte que ha tenido de no joderse el vestido de su hermana. Porque si. El vestido es de su hermana pequeña. Fetichismos raros de Rubén, que le gusta que la ropa le quede pequeña y le marque la poca teta que tiene. Y si le jode el vestido a Elisa, ya puede correr, porque si no la mata.

Los baños de ese garito están en una estancia anexa, bastante oscurilla, con una especie de vestíbulo que da a las dos puertas. Ese lugar lo suelen aprovechar las parejas para darse el lote, porque da toda la poca intimidad que se puede tener en un lugar como ese.

Las puertas de los servicios están cerradas, porque ambos están ocupados. Se apoya contra la pared a esperar a que salga la chica que está dentro, mientras da gracias en su fuero interno de que no haya cola, porque se está meando.

Se abre la puerta del baño de tíos y salen Javi y Kike. Van a su clase y son muy majos. Javi siempre tontea con ella, pero simplemente es un juego, sin segundas intenciones. Tiene novia.

-¿Te he dicho ya que estás preciosa?-dice con suavidad, acariciándole un mechón de pelo y colocándoselo detrás de la oreja.

-Por favor, Javi, que parezco una mona con traje de sevillana.-le suelta Nuria con una sonrisa.

-Kike, tío, haz el favor de decirle a Bebé que está preciosa.-le dice a su amigo.

Bebé. Sus tonterías de clase. La llaman así porque es la más pequeña de la clase, y prácticamente del curso. Su cumpleaños es el 31 de diciembre, y sus amigos la tienen por la chiquitina del grupo

-Pues estaré guapa, o lo que sea, tío, pero me estoy meando.-dice apoyando la cabeza contra la pared.

-Joder, pues entra al de los tíos que ahora no hay nadie.-le dice Kike.

-No, en serio. Prefiero esperar.

-Bueno, nosotros nos vamos, que Marta y Rocío nos están esperando.-dijo Javi dándole un beso en la frente.

-Adiós. Pasáoslo bien, chicos. Y no bebáis mucho.

-Que si Bebé. Que te estás pareciendo a Marta.-le dice Javi disgustado.

Nuria le saca la lengua y se apoya contra la puerta del baño de tías. Hace más de diez minutos que está allí y todavía no ha salido nadie. Se llama estúpida interiormente. Seguramente no hay nadie dentro, y que cerraron la puerta al salir.

Gira levemente el pomo de la puerta, y abre. Hay luz dentro, pero no hay nadie en el retrete, porque está justo al lado de la puerta y lo puede ver por el pequeño hueco abierto.

Abre de todo la puerta, y siente que se le vuelven las piernas de gelatina, y de hecho, está a punto de caerse de culo al suelo. Está mareada y de repente se siente congelada y febril al mismo tiempo.

Hay dos personas echando un polvo contra el lavamanos. La chica es rubia, e incluso con los ojos cerrados y el rostro desencajado de placer puede distinguir las facciones de Laura. Su mejor amiga. Y puede reconocer al chico que tiene el pantalón en los tobillos y empuja entre las piernas de la chica. Y no lo hace ni por el culo, ni por la espalda desnuda –con marcas de propia autoría- ni por la trenza larga y rubia que le llega a la mitad de la tercera cicatriz de sus propias uñas.

Es que Laura está gimiendo el nombre de Rubén –su novio hasta hace tres décimas de segundo- mientras él le muerde el cuello y se la folla de la misma forma en que se la ha follado a ella no hace ni doce horas.

Nuria siente que se le llenan los ojos de lágrimas. Y no quiere llorar. No va a llorar. Hasta que de repente Laura abre esos ojos azules como el cielo del verano –siempre ha sido más guapa que ella. Siempre.- y suelta un "mierda" que hace que Rubén se incorpore un poco y se encuentre con la mirada de Nuria en el espejo contra el que diez segundos antes le estaba poniendo los cuernos.

La chica se da la vuelta y cierra de un portazo. Cruza la pista de baile como un vendaval, arrastrando a gente a su paso, y chocando contra un par de personas. Ya no le importan los chinazos, ni nada. Acelera el paso y sale del bar, respirando profundamente el frío aire de la noche.

De poco parece importar que sea el mes de mayo. Llueve y hace frío. Como si febrero hubiese decidido quedarse una estación más. Pero Nuria no siente la lluvia. Y mucho menos el frío.

No es consciente del momento exacto en el que ha echado a correr, ni tampoco le importa que sus pulmones asmáticos pidan auxilio con violentos espasmos en su abdomen. Solo quiere correr. O tal vez arrancarse los ojos. Pero sabe que de ninguna de las dos formas va a poder olvidar lo que ha visto.

No sabe como ha llegado a la playa, ni por qué. Solo sabe que ha caído de rodillas y que le duele el pecho y algo mucho más adentro. Al menos ya no llueve, pero ahora hace más frío, mezclado del aire y del mar. Sigue sin ser capaz de respirar del todo bien, pero ya le da igual. Necesita morirse un rato. Solo un rato. O algo mejor. Un abrazo.

Y sabe que sólo Pablo estaría dispuesto a dárselo a esas horas, y estando empapada como está. Los dedos le tiemblan cuando hurga en los bolsillos de su chaqueta en busca de su móvil. Un par de gotas caen desde su flequillo hasta la pantalla mientras marca el número de su mejor amigo con dedos erráticos.

Mientras hace la llamada, no puede dejar de pensar en lo mucho que ha cambiado todo en menos de un segundo. Porque debe asumir que todo ha cambiado. Que Rubén, que ha sido el primero en todos y cada uno de los aspectos de su vida, se ha acabado. No va a volver a dirigirle la palabra. Porque ella todavía le quiere. Pero le quiere más a su orgullo.

Pablo no responde. Seguramente esté durmiendo. Pero ella sabe que no le importará si lo despierta, así que, reuniendo una entereza que no tiene en realidad, se levanta como puede del suelo, y da un par de pasos vacilantes, sintiendo el vestido negro y pesado, que le dificulta el caminar.

Siente una lágrima que le escuece en el ojo derecho, y se la seca con brusquedad, antes de que llegue a salir. Pero no le da tiempo a secarse la del ojo izquierdo. Y ya deja de importarle llorar. De hecho, en esos momentos, no hay absolutamente nada que le importe en el mundo. Solo caminar.

La casa de Pablo está relativamente cerca de la playa. Ella es consciente justo cuando entra la calle de su amigo, de que tiene las piernas y el vestido llenos de arena. Se la sacude como puede, con gestos erráticos, sin poder concretarlos con precisión, y ahogando hipidos.

Atraviesa casi corriendo el jardín de Pablo, y recuerda que sus padres no están en casa cuando no ve el Laguna negro aparcado en la acera. Timbra brevemente, sintiéndose culpable por estar despertando al chico.

Todo es silencio, y ella siente que las lágrimas arrecian ante el hecho de que las cosas se pongan cada vez peor. Pero de repente, la luz de las escaleras se enciende, y luego la del porche, donde ella está, cegándola por un momento, debido a sus lágrimas.

La puerta se abre despacio, y Nuria prácticamente flota de alivio al ver en el umbral a Pablo, con su pelo rojo y su cara llena de pecas, completamente despeinado, y con expresión de asombro en el rostro.

No pregunta nada al verla así. Se limita a abrazarla. Y Nuria se siente segura. Tranquila.

-Siento haberte despertado.-susurra ella con la mejilla pegada a su pecho desnudo. Y se da cuenta de que su mejor amigo está a medio vestir, y bastante despeinado.-¿Estabas ocupado?-pregunta luego con un hilo de voz.

-Si, nena, la verdad es que un poco. Pero nada que pueda preocuparme más que tú.-dice abrazándola de la cintura y metiéndola en casa.-¿Qué te ha hecho ese hijo de puta?

Y no. Para Nuria no es un secreto. Pablo odia a Rubén. Lo ha odiado desde el día en que empezaron a salir. Y cada vez esa inquina se vuelve más violenta. Porque Pablo siempre ha dicho que Rubén acabaría haciéndole daño. Y Nuria siente muchísimo no haber sabido la razón que siempre tuvo.

-Nada… nada…-siente, de alguna forma, que si no lo dice en voz alta, no será cierto. Que los gemidos de Laura serán meras ilusiones si ella se calla.

-Ya. Seguro.-Pablo no se cree ni media palabra, pero se limita a dejarla en el sofá, sin importarle demasiado que esté empapada.-Espérame aquí. Voy a terminar un asuntito. No te preocupes-deposita un beso en su pelo empapado.-Todo saldrá bien.

Y se va escaleras arriba, dejándola sola en el salón. Nuria ve el teléfono de Pablo sobre la mesita, justo al lado del mando de la tele y del DVD. Se siente tentada de esbozar una sonrisa, pero tiene tanto frío y le duele tanto el alma que cree que no va a poder volver a sonreír en su vida.

Levanta la mirada, y se encuentra de frente con el espejo que Pablo tiene al lado de la tele. Puede ver como el pelo ha vuelto a su empapado estado natural, que es más liso que una tabla; pero por lo demás, apenas se reconoce.

El maquillaje y la lluvia forman una masa compacta y extremadamente pálida, y tiene churrillos negruzcos por las mejillas, producto del rimel. Justo en ese momento, se cruza por su cabeza la imagen de Rubén, con las mejillas encendidas, mirándola a los ojos. Se mira a sí misma. Sus ojos, verdes oscuros, parecen los de otra persona. Siente como si de repente, en lugar de mirarse a sí misma estuviese mirando a un cuadro impresionista con demasiada precisión.

Desvía la mirada hacia las escaleras cuando oye a Pablo bajando las escaleras, acompañado. Abre mucho los ojos cuando ve quien lo acompaña. Es Raquel. La mejor amiga de Elisa, su hermana. Y sólo tiene doce años.

Se despiden con un casto beso en la mejilla, que hace que los ojos de Nuria se abran más, y no puede reprimir una sonrisa –al final si que ha vuelto a sonreír- cuando Pablo cruza el salón, con una enorme sonrisa traviesa, para sentarse a su lado.

Le pregunta con la mirada, y Nuria mira a la alfombra. Traga saliva, asimilando el hecho –horrible; demasiado horrible- de decirlo en voz alta. Necesita ganar tiempo, hacer que la idea cuaje completamente en su subconsciente.

-¿Puede saberse que hacías con Raquel?-pregunta en ese tono de quien sabe la respuesta.

-Le estaba enseñando a follar.-dice. Y su rostro parece tener más pecas cuando sonríe.

-Joder, Pablo, que tiene doce años… va en la clase de mi hermana…-no es capaz de escandalizarse. En realidad no es que le interese demasiado escandalizarse. Solo que… joder. Son doce años.

-Pero se lo hice con consentimiento…-y esa sonrisa desvergonzada inunda sus ojos azules.

-Joder, Pablo. Con menos de doce años se considera violación…

-¿Y qué? ¿Me vas a denunciar?-pregunta burlón.

-Como no cambies ese tonito conmigo, no lo dudes.-replica ella entrecerrando los ojos.

Pablo ladea la cabeza y la mira a los ojos, directamente, haciéndole sentirse indefensa. La interroga solo con la mirada, y a Nuria le llega.

-Se estaba follando a Laura en los baños.

-Uy… dicho así suena muy feo.-dice Pablo con suavidad, acariciándole la mejilla.

-Pues, aun que no lo parezca, verlo es peor.-murmura con un hilo de voz.

-¿Quieres algo? ¿Vodka? ¿Wishky?-Pablo se levanta y se acerca al mueble donde su padre guarda el arsenal de alcohol.-¿Que le parta los morros?

-Me conformaría con un abrazo y un paraguas para volver a casa.-dice Nuria con una sonrisa. Pablo es capaz de tranquilizarla con su mera presencia. Y es adorable.

Parece ocupar todo el espacio del salón mientras se acerca a ella, y se sienta en el sofá para envolverla en sus brazos, enormes y fuertes. Da un beso en su pelo. Negro. Todavía empapado.

-Te daré todos los abrazos que quieras, enana. Pero vamos a mi cuarto… te dejaré un pijama. Esta noche duermes aquí.

Nuria ladea la cabeza y se muerde levemente el labio inferior. Sabe que con esa mirada azul es imposible rechistar, porque le va a hacer el caso del culo. Así que, sube las escaleras detrás de él, y cuando se meten en su cuarto –donde no hace ni media hora se estaba follando a una niña de doce años- Nuria se siente, de repente, demasiado cansada.

Se pone una camiseta de Pablo. La camiseta de Nirvana, que le llega casi hasta las rodillas. Se tumba en la cama de su amigo, que se tumba a su lado y la abraza.

-Mañana les partiremos la cara.

-No quiero saber nada de ellos, Pablo.

-Vale. Si. Duérmete, Nuria. Buenas noches.

Y ella cierra los ojos. Respira hondo, sintiendo el calor de los brazos de Pablo rodeándola. La habitación huele a una mezcla de sudor y sexo. Y sorprendentemente no la desagrada.

Lo último que siente, cuando se sume en el trance que precede al sueño, son unos labios suaves y casi calientes corriéndole por la piel húmeda del cuello. Y el último pensamiento que tiene, es que un segundo puede cambiarle la vida a alguien si no se anda con ojo.


Espero que os haya gustado. Dadle al go. Los comentarios son bien recibidos.


.:Thaly:.