EL BONITO

- ¡Qué niño más feo! – exclamó con horror Doña Clotilde cuando el pequeño Blas entró por la puerta de su tienda.

Blas estaba cansado de oír aquellas palabras ya que todos en el pueblo se dirigían a él en aquellos términos al verle. Desde luego, no es que fuera FEO con todas las letras pero Blas era cabezón, con una pequeña nariz, los ojos saltones y la boca muy grande y, pese a tener sólo siete años, se sorprendió al comprobar que era partícipe de la "maldición de los Pérez" y le había aparecido una incipiente calvicie que le hacía parecer un señor mayor muy bajito.

Los niños del cole también le llamaban feo y le ponían motes como "calvito", "bolita" y "tiñoso" que le hacían rabiar muchísimo.

Harta de tanta charla en el pueblo y de ver sufrir a su nieta, su abuela Dora ideó un remedio muy eficaz y llamó a Blas para que fuera a su casa a ponerlo en práctica.

- ¡Con esto ya no se meterán más contigo! – dijo Dora contemplando a su nieto.

Blas salió muy contento de casa de su abuela, la gente lo miraba con una mezcla de sorpresa y extrañeza. Algunas señoras mayores se llevaban las manos a la cabeza, los señores fruncían el ceño y los niños se quedaban boquiabiertos. Ya nadie le llamó feo a partir de entonces, lo único que podían decir eran cosas agradables como:

- ¡Qué bonito, Blas!

Y es que, ciertamente, Blas llevaba con orgullo el lazo más grande y amarillo que se había visto en el pueblo, tan grande que le tapaba toda la cabeza y él lo lucía siempre con una sonrisa enorme que le iluminaba la cara y, aunque era muy peculiar su imagen, en el pueblo lo aceptaron y desde entonces lo llamaron "el Bonito".

FIN