EL HOYO

- ¿Qué es eso? – preguntó Cochita, la tortuga, asomando la cabeza sobre el enorme hoyo que había aparecido en medio del bosque.

- Será una topera. – dedujo Max, el conejo blanco.

- ¡¿Tan grande?! – se sorprendió Julio, el ratoncito.

Los tres se miraron extrañados y asustados. No era habitual que apareciesen ese tipo de hoyos en el bosque, era muy grande, más incluso que Rufo, el jabalí. Y había surgido por la noche, sin duda. Además, era terriblemente profundo, tanto que no se vislumbrara el fondo.

Conchita, Julio y Max decidieron preguntar a todos los animales del bosque y emprendieron una caminata a los largo y ancho de lo que ellos consideraban su casa, tratando de no dejar a nadie olvidado.

A media mañana encontraron a los ratones de campo afanados en su interminable tarea de corretear por todo el bosque en busca de comida, todos se esforzaban en traer algo y comérselo. Julio, por ser de la familia, se acercó a preguntar si sabían quién habría podido hacer todo aquello pero volvió igual que había venido: sin una pista.

Un poco más adelante, cerca de uno de los claros del bosque, estaban los conejos comiendo hierba y correteando de aquí para allá. Daban tantos saltos que Conchita no podía seguirlos con la vista y acabó mareada bajo un árbol, siendo abanicada por Julio, que poco podía hacer con sus pequeñas patitas. Lamentablemente, y pese a que Max se dio mucha prisa por hacer averiguaciones no obtuvo ningún resultado.

A primera hora de la tarde habían conseguido llegar cerca del pequeño estanque, más allá de los árboles viejos con forma de abuelillos arrugados, y divisaron a la familia de tortugas que estaban ocupadas comiendo deprisa y moviéndose despacio.

- ¿Están enfermas? – quiso saber Max, sorprendido por su lentitud.

- No, bobo, son tortugas, como Conchita. – le aclaró Julio – Caminan más despacio que los conejos.

- ¡Ah! – y como disculpa Max le dio un amistoso empujón a su amiga tortuga.

Conchita se acercó a preguntar, las tortugas más viejas le dijeron algo al oído, tardaron un buen rato porque, además, también hablaban muy despacio y Conchita volvió con algo de información.

- Dicen que es posible que sepan de quien se trata. Es un monstruo, o eso dicen las mayores, – y continuó bajando la voz – entre nosotros, el tío Marvin está un poco mal de la vista, así que igual podría ser un perro grande, pero el dice que era un monstruo enorme con miles de pies planitos y una enorme boca con largos dientes quien hizo el agujero…pero que luego se puso a llover y salió despavorido.

- ¡Guau! – exclamó Max - ¡Un monstruo!

- Un monstruo un poco birrioso, si le tiene miedo a la lluvia. – dijo Julio, como si no le diese miedo.

- Ahora sólo tenemos que encontrarle.

Los tres amigos se miraron entre sí y asintieron. Ahora iban en busca de aquel monstruo que había estropeado el bosque. Se dirigieron al agujero pensando que quizás volviese a seguir comiendo la tierra.

Se oía un ruido muy raro un poco más allá del grupo de abedules que usaban los gorriones para anidar. Un ruido metálico muy fuerte, como un de un grillo muy grande. Los amigo tragaron saliva y unos a otros se fueron animando para seguir adelante y ver quién estaba más allá.

Cruzaron la línea de abedules y a Conchita se le pusieron los ojos como platos, se quedó más quieta de lo que había estado nunca, estiró el cuello hacia lo alto y abrió la boca. Max y Julio se escondieron tras ella horrorizados, tapándose los ojos y mirando entre los dedos. Estaban fascinados y horrorizados.

¡Allí estaba el monstruo!

Al menos, uno de los muchos, ya que había varios monstruos de distintos tamaños y formas, todos amarillos y negros, moviéndose de un lado a otro comiéndose el suelo o los árboles que había a su alrededor. Tenían tanta hambre que se comían todo lo que había.

Oyeron un suspiro triste sobre ellos y miraron a la copa del árbol que tenían sobre sus cabezas. Arriba, el viejo búho Euclides meneaba la cabeza. Luego revoloteó junto a los chicos.

- ¡Qué animales más raros! – comentó Max.

- No son animales, son máquinas. – dijo Euclides.

- ¡¿Máquinas?! – corearon los chicos

- Sí. Lo que llevan dentro son hombres.

- ¿Por qué se comen el bosque? – quiso saber Julio.

- Se van a hacer casas, o tiendas…cualquier cosa para que ellos vivan más cómodos.

- Pero… ¿nosotros dónde viviremos? – se lamentó Conchita.

- Me temo que habrá que irse a otro lado del bosque…hasta que ya no quede más. – dijo Euclides con pena.

- ¿No podemos hacer nada? – preguntó Max.

- Me temo que no…son muchos.

- Nosotros también. – dijo Conchita.

- Somos cuatro. – le indicó Euclides.

- No. Nosotros…todos los animales del bosque.

- Sí claro…- se carcajeó el búho – No nos ponemos de acuerdo nunca para las cosas del bosque más sencillas y vamos a conseguir que se organicen para darles una lección a unas máquinas. ¡Pamplinas! – y se marchó de nuevo volando hasta perderse entre la copa del árbol.

- No le hagáis caso. – dijo Conchita al ver las caras de decepción de Max y Julio. – Nosotros convenceremos a todos los animales.

- ¡¿Cómo lo haremos?!

- Bien, Max, ve a hablar lo más rápido que puedas con todos los animales del bosque y diles lo que está ocurriendo. Yo iré a hablar con las tortugas y con los armadillos. Julio, ve a hablar con los roedores, con todos…despierta a los que estén durmiendo…Y reunámoslos a todos aquí cerca para que vean con sus propios ojos lo que ocurre.

Salieron corriendo, Conchita andando lo más rápido que pudo, y se dispersaron por el bosque hablando con todos los animales que se encontraban a su paso. Unos a otros se fueron avisando de lo que estaba pasando y todos se juntaron cerca del grupo de abedules. A media tarde la reunión de animales era un conjunto muy variopinto.

Los chicos se reunieron ante los animales y sonrieron. Luego tomó Conchita la palabra y llamó la atención de todos los presentes, que la observaron atentamente…desde las copas de los árboles todos los pájaros dejaron de trinar y se quedaron mirando con la cabeza inclinada hacia un lado.

- Amigos…- llamó Conchita – El hombre ha traído máquinas al bosque, como os hemos contado, y está haciendo mucho daño, se ha comido gran parte ya de lo que había más allá de estos abedules y no sabemos si se quedará ahí o se adentrará más. Muchos hemos perdido el sitio en el que jugábamos y otros sus casas. Debemos hacer algo.

- No será para tanto. – dijo uno de los lobos, que había prometido no comerse a nadie durante la reunión pero que no le quitaba ojo a Rufo, el jabalí más gordo de todo el bosque, que le ponía cara de "yo-que-tú-no-lo-intentaría-amigo" – Si ahora no tenéis donde jugar buscaros otro sitio. Aquí los mayores tenemos más cosas que hacer.

- Imaginé que no nos creeríais, por eso os hemos citado aquí. Queremos que vengáis a verlo. – Conchita se dirigió más allá de los árboles.

Los animales se quedaron de piedra al ver el enorme claro que habían hecho las máquinas, luego se volvieron a reunir en el más absoluto de los silencios.

- Está bien. – dijo Rufo. – Sí que hay que hacer algo…el bosque no estaba así ayer…y esto han sido capaces de hacerlo en un día. La pregunta es ¿qué podemos hacer para arreglarlo?

- ¿Y si saboteamos las máquinas? – sugirió Euclides desde lo alto de un abedul.

- ¿Cómo? – preguntó Rufo.

- Bueno…sencillo. Las máquinas humanas funcionan con una cosa llamada combustible. Si roemos los tubos que hacen que funcione pararemos las máquinas.

- Los humanos se darán cuenta y eso sólo nos dará tiempo. – dijo otro lobo.

- Ya – dijo Euclides -, y si además rompemos las máquinas ganaremos más. Y cuando vengan a arreglarlas…¡ZAS! Les atacamos y les mordemos hasta que no quieran volver.

- ¡Es una buena idea, Euclides! – gritó Conchita.

El resto de animales se quedaron pensativos…en parte tenía razón. Se organizaron y tramaron un complicado plan.

Por la noche los roedores nocturnos se dirigieron a las máquinas que estaban paradas y buscaron los tubos y contactos, cortando todos con sus dientes. Los mapaches aflojaron las tuercas de las máquinas para hacer que fallasen y luego se posicionaron para esperar el día.

Los hombres llegaron como todas las mañanas a trabajar, pero las máquinas no funcionaban. Comenzaron a revisarlas hasta que encontraron los cables cortados.

- Parece cosa de animales, como si lo hubiesen roído los ratones. – dijo un humano con la cabeza amarilla a otro que tenía la cabeza blanca.

- Bueno, arreglad lo que podáis, voy al almacén a por recambios. – dijo el hombre de la cabeza blanca.

El resto de humanos cogieron otras herramientas y empezaron a trabajar en las máquinas amarillas para arreglarlas.

Entonces fue cuando los hombres oyeron un largo aullido de lobo y luego un silencio atronador. Los pájaros se habían quedado callados y los humanos se pusieron en pie para mirar y escuchar.

De pronto, desde un árbol, una bandada de estorninos se precipitó sobre los hombres que tenían más cerca. Desde otro, los gorriones y los pájaros carpinteros se lanzaron contra otros humanos y les picotearon sus cabezas amarillas. Los hombres se defendían con las manos y con las herramientas. Algunos pájaros resultaron heridos. En ese momento los mapaches y los ratones saltaron a morderles los tobillos a los humanos. Los mapaches se subían hasta la cara y les arañaban y mordían. Luego, los jabalíes salieron en estampida contra los humanos y sus máquinas, arrollaron a varios y también consiguieron tirar alguna de las máquinas que estaba peor apoyada. Luego, los lobos salieron enseñando los colmillos y los humanos trataron de huir. Después, más animales pequeños se echaron al ataque y los hombres salieron despavoridos.

Los animales celebraron su victoria y saltaron y bailaron todos juntos. Ahora sabían que, aunque los hombres volviesen, podrían vencerles si todos juntos cooperaban.

Aquellos humanos no volvieron más que para llevarse las máquinas con la grúa. Los habían visto venir con unos trajes muy raros, como si estuviesen acolchados y con armas. Los animales, esta vez, les dejaron llevarse sus máquinas.

Con el tiempo, el hoyo se convirtió en una laguna que utilizaban todos los animales para beber o bañarse. Allí jugaron siempre Conchita, Max y Julio y, pese a todo, ahora sabían que, gracias a todo el bosque, a lo mejor en el futuro sus hijos también jugarían allí.

FIN