Aquella fue la noche en la que sellé mi destino. El frío nocturno entraba por la ventana de mi habitación, abierta de par en par, trayéndome el húmedo y salado sabor del océano. La vasta extensión de agua resonaba como una canción. Una canción muy triste, pero una canción al fin y al cabo. Yo, por aquellos tiempos, acostumbraba a sentarme a oír el mar, intentando escuchar algo que me otorgara un motivo superior para todo aquello que había visto, y a lo que no encontraba sentido.

Abrí los ojos, atisbando a medias la improvisada habitación que me rodeaba, débilmente iluminada por la luz de la luna. Un rudimentario jergón acogía mi cuerpo, y una enmohecida mesilla de noche, sustentada por tres patas y un libro, encontrada hacía unos cuantos días en el húmedo sótano de aquél viejo castillo, sostenía sobre su faz la pequeña fotografía. Otro motivo más para hacer lo que me había sido encomendado.

Me incorporé lentamente, estirándome, mientras pensaba rápidamente en lo que estaba a punto de ocurrir. Me alisé levemente las arrugas de mi uniforme y bostecé. Había dormido con la ropa puesta, como llevaba haciendo ya tanto tiempo. Las paredes de piedra desgastadas, componiendo enormes bloques, me rodeaban por todas partes, exceptuando la pequeña ventana y la puerta de madera carcomida que me cerraba al término del día.

Me puse en pie y estiré las piernas. Miré por la ventana. Los tímidos rayos del sol aún no eran visibles, pues aún faltaba algo de tiempo para que amaneciera. A esta hora comenzaban a levantarse los oficiales, después de un corto e incómodo sueño. Como había sido el mío. Dirigí la mirada hacia la fotografía, apretando los labios. Era por aquella fotografía, más que por alguna otra cosa, por lo que iba a hacer aquello, me dije.

Pero yo ya estaba cansado. Una inmensidad de días pasados, envuelto en un sudario de barro, sangre y violencia, habían derrotado todas mis ansias de rebeldía. Ya no tenía más ganas. Es curioso como suceden las cosas. Si hace un tiempo, alguien me hubiera dicho que no quería seguir, que no tenía más ganas, quizás le hubiera hecho fusilar. Pero ahora era yo el que pensaba aquello. Y no pensaba dejarme fusilar. Para algo tenía aquellas medallas colgando de mi pecho.

He de admitir que el tiempo me lo había hecho pasar mal. Una larga y encanecida barba me daba las facciones de un salvaje; una profunda cicatriz, oculta bajo el uniforme, cerca del corazón, atestiguaba que yo era presa codiciada; y la ausencia de tres de los dedos de mi mano izquierda hablaba por los riesgos que corría en aquellos días.

Comprobé la pistola, observando atentamente que no fuera a fallar por la humedad o la casualidad. Mi vieja pistola, baqueteada, rallada, con el regusto de un centenar de familias destrozadas. No, no me fallaría. Aquella pistola no había fallado desde hacía más años de los que podía recordar, cuando la recibiera de manos de mi padre. Tenía que hacer un último servicio.

Rítmicas notas de piano resonaban en mi cabeza, y tarareé mentalmente una melodía que no recordaba haber escuchado. El toque de la musa, pensé. Comprobé las balas sin dejar de tararear, y me encaminé hacia el enmohecido marco de la desaparecida puerta. Apenas unos minutos.

Bajé lentamente las escaleras, recubiertas de musgo, por las que algunas cucarachas huían a mi paso. Ellas también podían sentir que algo grande iba a ocurrir. Se notaba en las paredes, en las piedras. Quizás fuera sólo cosa mía, pero así me lo parecía. Había tomado una de las decisiones más importantes de mi vida, y el mundo se estremecía bajo mi punto de vista.

Cuando llegué abajo, me encaminé con paso derecho al puesto de mando, donde se oían ya las voces de mis compañeros, dirigiendo una guerra en la que ya no creían, en la que incluso algunos no habían creído nunca, por la simple inercia del odio y la reivindicación. Entré en la sala y recibí varios saludos, que no oí. Me coloqué en frente del General, aquél hombre al que tanto había admirado y del que tanto había aprendido. Aquél hombre, a quien yo me había acabado pareciendo.

–Esto ha acabado.

Le dije, con voz firme. Me miró con sus ojos azules, muy abiertos, preguntando que a qué me refería. Yo sabía lo que por aquél entonces sentía. El General notaba un profundo nudo en el estómago, presa del sobresalto que le supuso siquiera imaginarse que uno de sus mayores temores se convertía en realidad. Sin embargo, a pesar de que preguntara, ambos sabíamos que la verdad era ineludible. Aquello estaba ocurriendo.

Alcé la pistola y le disparé en la cabeza, salpicando sin reparo alguno a mis compañeros oficiales con las ideas del General. Quizás sonaron gritos, pero yo no los oí. Ni tan siquiera vi las caras de horror de mis compañeros. Alguno intentó detenerme, y sufrió el mismo destino que nuestro amado líder. Se acabó lo que se daba.

Apunté al oficial de comunicaciones, y emití mi veredicto.

–La guerra ha acabado, comuníquelo. Ha llegado el momento de pensar en la paz.