Caminaba lentamente sobre la rejilla de metal, sintiendo cómo ésta se clavaba entre los dedos de sus pies, agravando aún más las dolorosas ampollas y heridas que ya tenía. Sin embargo, no podía dejar de andar. Quedarse quieta hubiera significado la muerte, o algo peor. Los ojos le lloraban sin parar desde hace días, y cada vez veía menos. Desde que había perdido sus gafas, la impenetrable humareda que dominaba la ciudad le irritaba los ojos, y tenía miedo de perderlos permanentemente. Sólo era capaz de atisbar formas borrosas, y los sentía resecos y doloridos, deseosos de poder derramar unas lágrimas cada vez más escasas. Su ropa se había convertido en jirones con el tiempo, dejando a la niña prácticamente desnuda, salvo por las zonas que había conseguido tapar haciendo nudos con la poca tela que quedaba.

Sin embargo, aún conservaba su respirador, y eso le daba esperanza. Su respirador, un engorroso aparato que le cubría la nariz y la boca, introduciéndose por ambos orificios y permitiéndole respirar el inmundo aire de la ciudad, que sólo le permitía comer comida triturada, pasada antes por el filtro que poseía el propio respirador. Se encogió y se introdujo debajo de una oxidada máquina, manchada de aceite e innumerables centímetros de hollín y escoria. Se arrastró bajo ella, raspándose los codos y las piernas con las placas de la máquina. Sin embargo, no importaba. Había aprendido que debajo de las máquinas a veces podían encontrarse ratas y cucarachas, e incluso habitáculos secretos, libres de humo. Lamentaba haber abandonado su viejo escondite, pero había oído disparos cerca, y había huido presa del pánico. Ahora había perdido sus gafas, y no podía volver. Confiaba volver a encontrar otro reducto en el que poder esconderse e intentar llevar adelante su magra existencia a base de insectos y roedores machacados con sus propias manos.

El sonido de la ciudad era omnipresente. Cientos de máquinas resonaban a lo lejos, sonidos de aspas, de escapes de gas, de maquinaria pesada, de pistones y de cambios de presión, tan habituales que simplemente apenas los oía ya. Y las explosiones. Y los disparos. Y los gritos. Esos eran los sonidos que le daban miedo, los que provocaban que sudase presa del pánico y que huyese sin pensarlo dos veces. Los que la hacían llorar y gemir, encogida en el rincón mas sucio y minúsculo que pudiese hallar, repitiendo una y otra vez que no la encontrarían jamás. Y así era, sin embargo. Nunca la encontraban, y ella seguía viviendo entre las herrumbrosas placas y remaches, tanques y maquinaria pesada que constituían su mundo.

Aun se arrastraba bajo la máquina cuando vio algo moverse. Un insecto. Se apresuró a arrastrase lo más rápido que pudo para intentar agarrarlo, pues hacía mucho tiempo que no probaba bocado, y el hambre la carcomía por dentro. El insecto, una inmensa cucaracha del tamaño de un puño, se alejaba de ella con sus rápidas patas. Sintió cómo le ascendían las lágrimas y cómo la frustración le oprimía la garganta e intentaba hacerle gritar. No podía escapársele. Se arrastró con más brío consumiendo sus ya mermadas fuerzas asiéndose a los bordes y remaches con sus pequeños dedos despellejados, hasta que el insecto giró una pequeña esquina, y se escapó por una abertura. Avanzó rápidamente hasta la abertura, pensando correr tras ella, pero no salió.

Un ruido la hizo quedar petrificada. El inmenso tacón de una bota apareció frente a ella. Un soldado. El horror hizo que se le congelaran los músculos, y sintió como se quedaba sin respiración. Si se iba por donde había venido sin hacer ningún ruido, no la verían, y no le dispararían como hicieron con las personas que poblaban sus vagos recuerdos de su vida anterior, en los subterráneos, ahora convertidos en tumbas infinitas, testimonio mudo de la deshumanización de la criatura humana. Sus ojos se volvieron a llenar de lágrimas, esta vez de miedo, y comenzó a retroceder muy lentamente, casi sin atreverse a respirar siquiera.

Comenzaba a pensar que conseguiría huir con su lento arrastrar cuando atacó el mastín. Una inmensa cabeza negra y plateada irrumpió por la abertura, ladrando como los perros del infierno. Una inverosimilitud de dientes enfundados en acero se abrían y se cerraban a pocos centímetros de su cara, mientras el inmenso mastín, impulsado por sus músculos y pulmones mecánicos, intentaba colarse por el agujero, haciendo pedazos la máquina bajo la que se ocultaba la niña. La joven gritó de pánico y retrocedió a toda velocidad por el túnel, lastimándose los pies en su torpe tanteo. El monstruoso mastín derramaba su propia sangre al intentar sin éxito atravesar el frío acero para llegar hasta ella. Una voz deformada e ininteligible se alzó, y de un poderoso tirón sacó al mastín de la abertura. Una máscara de gas de aspecto horripilante, con sus inmensas lentes negras, se asomó al agujero justo cuando ella iba a salir por el otro lado. La había visto.

La niña emergió al otro lado de la inmensa máquina, consciente de que la habían visto, y de que el mastín podría seguir su olor. Tenía que huir a toda velocidad, aprovechando el rodeo que debería dar el soldado por los laberínticos túneles y pasillos que conformaba la maquinaría. Corrió como sólo hacen los condenados pasillo abajo, temerosa de encontrarse con algún otro de esos gigantescos monstruos enfundados en su armadura negra, o con sus infernales sabuesos modificados.

Apenas podía ver en el humo, y el pánico comenzó a dominarla. Si se metía en un agujero pequeño y oscuro, el mastín daría con ella y entonces la quemarían viva. Lo había visto, y aún resonaban los gritos en sus oídos. Y si seguía corriendo por los pasillos, tarde o temprano la alcanzarían, y moriría triturada por los férreos dientes del mastín, o por una bala. La luz roja que todo lo inundaba cuando, suponía, era de día, se hacía especialmente intenta delante suya. El sonido de los pistones se hizo más fuerte, y supuso que estaría llegando a una sala con maquinaria pesada. Habría de tener cuidado. Una vez vio a un hombre morir despedazado por el movimiento de un pistón que no había visto en el humo.

Todo reparo que pudiese tener a la hora de entrar en la ruidosa sala se disolvió al escuchar los ladridos detrás de ella. Dentro, un millar de pistones movían centenares de ruedas y mecanismos totalmente incomprensibles para ella. Se movió frenéticamente, intentando encontrar un escondite, hasta que tuvo la idea. Vio una rendija entre dos máquinas, que parecía tener salida al otro lado de éstas. Quizás hubiera un pequeño hueco o túnel. Se acercó rápidamente, y justo cuando se iba a meter, una barra de hierro emergió de la máquina junto a ella, liberando un exceso de presión, y casi costándole la vida. Si hubiera estado un poco más cerca, la hubiera atravesado.

Una chispa encendió en su cabeza, propagándose como una llamarada. El valor del que lucha por su vida. Esperó a que la barra se retrajese, y observó cada cuantos segundos se repetía el proceso, antes de introducirse en la abertura. Esperó allí dentro, sentada, observando el exterior, hasta que vio pasar el negro cuerpo del mastín mecánico, que aulló, dirigiendo la mirada hacia su agujero.

Es mastín arremetió contra su hendidura, penetrando profundamente y abollando las máquinas con su cuerpo blindado. Ella retrocedió, obligando al mastín a hacer un mayor esfuerzo para entrar. La barra se disparó. Un tremendo aullido seguido de un estruendo de hierros señaló la muerte del sabueso, cuya sangre empapó las piernas de la niña, asqueada y aterrorizada. Sin embargo, su plan había salido bien. Sin su perro, el soldado no podría seguirle en las profundidades del humo. Se dio la vuelta y avanzó por el hueco, para salir al otro lado de la línea de máquinas, atenta a cualquier movimiento que advirtiese de otros pistones.

Salió al otro lado del hueco, y escuchó un chasquido. El amartillarse de un arma. Se dio la vuelta, y vio surgir del humo al gargantuesco soldado. No podía ser. No podía saber lo que iba a hacer, nunca había fallado... Y sin embargo, así era. Se encontraba frente a un inmenso cazador enfundado en hierro, que le apuntaba con su tremenda arma. Se dio la vuelta para huir, pero no había avanzado un par de pasos cuando el soldado la agarró por el pelo, y la tiró al suelo. Ella pataleó, gritó y lloró, pero no sirvió para nada. El soldado se había colgado su arma al hombro y le agarraba el palo con su mano izquierda. Con la diestra, le propinó un inmenso revés, que casi le hizo perder el conocimiento.

Cayó al suelo como una muñeca rota. El hombre le gritó algo. Ella permaneció en el suelo, con los encostrados ojos mirando fijamente a aquella inhumana máscara de gas. El hombre le volvió a gritar en aquél idioma extraño, con las metálicas palabras que permitía emitir aquella máscara. Le hizo un gesto con la mano. Levántate. La niña no hizo caso. El hombre alargó una mano, y la levantó de un tirón del pelo, obligándola a ponerse de rodillas. Tras ello, extrajo una inmensa pistola negro mate, tan tremenda, que ella ni siquiera podría levantarla.

Ella continuó llorando, de rodillas, cubierta de sangre, alguna suya, otra mucha del sabueso. El soldado se agachó, poniéndose en cuclillas, y mirándola a su nivel. Le enjugó las lágrimas con un tierno gesto de la mano, y le acarició una mejilla. Le dijo algo, en voz muy baja, que ella no pudo entender. Sin embargo, asintió. El hombre se puso en pie, eclipsando a la niña como un demonio de los tiempos antiguos. Levantó el arma y le apuntó. La niña ya no lloraba. Disparó, esparciendo sangre y sesos por todo alrededor, y haciendo caer el cadáver, como una muñeca rota.

El soldado se alejó lentamente y guardó su pistola. Tendría que dar explicaciones acerca de por qué había perdido a su perro. Un día como otro cualquiera. Sin embargo, no podía borrar de su cabeza la mirada de aquella niña. Como una muñeca rota. Pero las órdenes, son las órdenes.