Son las diez y media de la noche. Las estrellas asoman ya sus alegres caras entre las nubes. Uri observa atento por la ventana cómo caen las últimas gotas de lluvia sobre el manzano que está frente a la casa.

Para sorpresa de Uri, él no era el único que no podía dormir.

¿Qué te pasa, Jonatan? –preguntó dulcemente.

No tengo sueño. –respondió un niño cubierto hasta el cuello con una frazada azul marino. – ¿Me cuentas un cuento?

¿Un cuento? –dijo pensativo. – ¿Y sobre qué te gustaría?

Humm... Cuéntame uno sobre ángeles –le contestó en ese tono al que Uri nunca le niega nada.

Está bien, pero pon mucha atención.

"Tiempo después de que Dios hizo al hombre, vio cómo éste se reproducía y poblaba rápidamente la Tierra. Aunque el hombre casi siempre estaba rodeado de gente, en ocasiones solía sentirse solo, incomprendido en un mundo lleno de injusticia y sufrimiento".

¿Y qué pasó después?

Ahí fue cuando Dios creó a los ángeles, esas criaturas celestiales destinadas a cuidar hasta el más pequeño de sus hijos, pero que sólo contadas ocasiones se dejan ver y esto únicamente cuando la situación en realidad lo ameritaba. Algunos interpretaron este hecho como el que los ángeles sólo se presentaban a quienes eran suficientemente buenos para ser vistos por ellos.

No era verdad. Pero eso no evitó que muchos se entristecieran y dudaran del amor que, según sus padres, Dios sentía por ellos.

Pero el Creador es sabio, siempre tiene una respuesta para cada pregunta y para cada súplica. Así que transformó a todos los ángeles: los guardianes, los mensajeros y los guerreros; en seres que siempre pudieran estar cerca de los humanos, sin importar qué tan escondidos se encuentren estos. Decidió convertirlos en insectos.

¿Haz notado que ya sea en la escuela, en la casa, en el trabajo de tu papá o en los centros comerciales siempre hay insectos, aunque sea en un rincón? Pues son ángeles trabajando para que los hijos del Señor no tengan que preocuparse por otra cosa además de el ser felices y dejar que otros lo sean".

Uri miró hacia la cama y vio cómo Jonatan dormía tranquilamente como el inocente que era.

Descansa tranquilo. Yo me haré cargo de lo demás –susurró.

En ese instante, una mujer entró a la habitación, evitando encender la luz o hacer algún ruido que pudiese despertar a su querido hijo. Se acercó despacio hasta Jonatan y de un certero manotazo le quitó la luciérnaga que tenía sobre la nariz.