Sobre Will

Por Cinnamon Crane

En un pueblo pequeño, cerca de Londres, vivía una familia que esperaba el nacimiento de una niña, su segunda hija después de haber tenido un barón tres años atrás. Fueron formando, con nuevas adquisiciones cada semana, una colección de muñecas, osos de peluche y otros juguetes. Adornaron la habitación, la hicieron perfecta para la que estaba por llegar, llenos de alegría.

Lo triste de todo esto es que, entre tanta algarabía, a nadie le importaba si los juguetes eran felices, pues su única tarea en el mundo era alegrar a los niños y no enfadarse si estos ya no querían jugar más con ellos. La verdad era que les entristecía el tener alejarse de sus amos y de los otros juguetes con quienes habían vivido. Finalmente, algunos habían logrado resignarse y ya no hablaban con otros, por lo que se decía que habían perdido el corazón, o que estaba hecho pedazos dentro de su pecho por tanta tristeza.

Cuando llegó la pequeña al lugar, sobre las repisas esperaban ansiosas muchas de las muñecas que aún tenían el corazón intacto. Eran de diferentes procedencias. Esperaban a que la niña, al tener la edad suficiente, pudiera jugar con ellas. Era un anhelo común, excepto por una muñeca victoriana que descansaba en un rincón. Llevaba un vestido rojo y un sombrero adornado con listones verdes, debajo del cual sus cabellos rubios se hallaban perfectamente peinados. Sin embargo, sus ojos llorosos revelaban su deseo secreto de haber sido enviada a un hospital de muñecas donde tomaran lo mejor de ella para usarlo con nuevos ejemplares, y ser una diferente, sin recuerdos de su antiguo hogar.

Todas las noches, a salvo de las miradas de los humanos, los osos de peluche cortejaban a las muñecas, que siempre terminaban en los brazos de soldaditos (heredados del hermano de la pequeña). Era ese el caso más común, pero en general, todo andaba bien, las muñecas eran nobles pero ingenuas y tan bellas que sus amores eran correspondidos. Pobres osos. Si no eran réplicas de algún personaje famoso de la historia, ningún juguete se les acercaría; tan grandes y torpes, sus pies afelpados resbalaban sobre la madera de las repisas.

De un rincón provenían los sollozos que llamaron la atención de la réplica de un famoso músico del renacimiento.

Ya no llores, linda, no llores, ¿qué es lo que te pasa?-preguntó el pequeño oso Mozart a la muñeca victoriana a quien los otros juguetes habían nombrado como Alice, pues aunque era un nombre común, ninguna otra ahí se llamaba así. Y es que ella no les diría su nombre por más que insistieran.

Ella sólo dejó de llorar sin pronunciar palabra alguna. Esto pasó por muchas noches, hasta que un día, cansada de reprimir lo que sentía, habló.

Te lo diré, oso Mozart, lo que me hace llorar cada noche-. Levantó la cara y permitió que la tenue luz de la lámpara de noche alumbrara sus ojos azules perfectamente colocados en sus cuencas por un fabricante de muñecas que de mencionar su nombre estaría desviándome de la trama de esta historia. Y siguió diciendo después de un largo suspiro: -Temo que mi corazón se rompa. Sé que lo hará en cualquier momento y ya no sé qué hacer.

Pero, muñeca hermosa, ¡para que eso pasara tendrías que haber tenido una experiencia terrible!-

Este comentario no consoló para nada a la muñeca, que prosiguió así:- Él era un oso sencillo, de los que se hacen todos iguales, pero no, él no era igual a los demás en absoluto. Sí era torpe, hecho de materiales de no muy buena calidad. Nos conocimos aunque nunca compartimos la repisa. Nos veíamos de lejos y nos amábamos. Yo no lo sabía: cuánto llegaría a quererlo.

Fui una tonta. Cuando se escabulló por la habitación hasta donde yo descansaba para declarar lo que sentía, lo rechacé y lo herí. Pero no me malinterprete, joven compositor, a mí me dolía tanto o más que a él, sólo que él nunca lo supo, me atrevo a suponer.

Pasó el tiempo. La niña que era nuestra dueña, dejó de ser niña y se empezó a rumorar acerca de una posible venta de nosotros los juguetes de la colección. Volví entonces mi mirada a aquel oso. Él estaba absolutamente quieto y callado, rodeado por los brazos de nuestra dueña, pero yo sabía que estaba vivo, ahí. Y, aunque yo comenzaba a resignarme sobre la partida, verlo me hacía pensar en una sola cosa: "Mientras él viva, yo no me quiero ir".

Por unos días, sólo lo miraba, y cuando él me miraba, yo evadía su mirada apenada. Hasta que, una noche, hablando con una muñeca japonesa, se me sugirió ir y decirle lo que sentía. ¡Y lo hice! ¡Una dama como! ¡Revelando sus sentimientos a un simple oso hecho en serie! Así pensaba antes, pero en ese momento abandoné mis prejuicios y mi orgullo; me abandoné a él...

Llegó la mañana y dejaron la historia inconclusa. La muñeca ya se sentía mucho mejor; como si su corazón hubiera amanecido un poco más fuerte, y pensó: "si sigo contándole esto al oso Mozart, sólo nos tomará dos noches más. Después, seguro estaré como nueva".

La segunda noche contó...

-Oso Mozart. Ese oso común no lo era para nada. Volvía a escabullirse hasta mi repisa y una vez a mi lado no me soltaba. No lo sé, no sé si los demás juguetes tuvieron algo que ver con lo que estaba por pasar, porque no aprobaron en absoluto nuestro lindo amor. "Te quiero" me decía una y otra vez, y me abrazaba delicadamente.

Fueron esos los días más felices de mi vida. Los últimos en esa casa, y tan sólo el pensar en ello hería mi corazón.

Por una semana, él no tuvo la oportunidad de venir a mi lado, pero yo nunca dejé de creer que lo intentaba. Me equivoqué. Una madrugada, unos días antes de que fuéramos llevados a la tienda de antigüedades, lo escuché hablando con la muñeca japonesa que te mencioné ayer: "No soy feliz con ella", decía: "Es tan rara..."

Señor Mozart, me pregunté entonces si sería posible que yo hiciera feliz a algún juguete alguna vez; más que preguntármelo, estaba segura de una respuesta negativa a tal cuestionamiento.

Para ese momento, la muñeca tenía el vestido mojado y sobre sus mejillas corrían lágrimas invisibles al ojo humano. Tan amargas que ningún niño debiera jugar con una muñeca así, confirmando que quizá ella nunca traería alegría a ninguna vida.

Y llegó otro amanecer. Alice se sintió feliz al ver salir el sol por la ventana, a pesar de que había llegado a la parte más triste de la historia pues se había desahogado casi por completo. Pero cuando llegó la tercera noche, lo contado por la muñeca había impactado tanto al oso Mozart que, por miedo a perder su propio corazón, se alejó de ella y volvió a pasar la noche divirtiéndose con la réplica de María Antonieta, la emperatriz de Francia.

A la mañana siguiente, llegó el padre de la pequeña de ya dos años de edad y colocó una caja adornada por un listón dorado. La niña, emocionada, abrió el envoltorio y tomó por la cabeza a un oso de peluche sin gracia. Sin embargo, la niña quedó conmovida, pues aunque tenía muñecas costosas, era educada humildemente y ese nuevo juguete era perfecto para ella, para abrazar por las noches sin temor a arruinar su peinado ni arruinar su vestido. Llegó la noche. Alice despertó. Soñó todo el día con el final de su historia esperando que el oso Mozart se reanimara y escuchara el resto.

-¿Cómo te llamas?- quisieron saber los otros juguetes al ver al recién llegado. Alice se quedó ahí, paralizada (aunque en ese momento no lo notaron), con la mirada dirigida al oso que se notaba, no era de buena calidad.

-Me dicen Will.

No dijo nada más al darse cuenta de que ahí estaba ella, Vicky, su Victoria. Él no entendió nunca lo que había pasado en ese momento, pero ella ya no se movería. ¡Y eso que había estado a punto de recuperarse por completo!

Días y años se dejaron venir sin escrúpulos sobre aquella casa, e incluso cuando su nueva dueña creció y se vendieron los juguetes nuevamente, el oso Will deseaba en aquella casa haberla conocido por primera vez, a aquella muñeca tan callada y hermosa, sonriendo, pues, como estaba entonces, con el corazón muerto, no podía sentir tristeza nunca más.

Tampoco podría asegurar si en realidad era feliz porque, aunque así lo aparentaba en su quietud, había perdido la esperanza en una nueva vida lejos de esa historia, y deben saber que cuando no se espera nada de nada ni de nadie, cualquier cosa buena alegra los días y todo lo malo simplemente no importa.