fσя fяєє∂σм


Prólogo


La noche caía en el hermoso país. La mayoría de la gente se encaminaba hacia la calidez de sus casas, sabiendo que no tenían nada que temer en esa segura ciudad.

Al fin y al cabo, los Fénix los protegían de cualquier peligro.

Ese era su trabajo.

Cualquiera en el lugar les podrían haber dicho lo que un fénix era. Era, en apariencia, un ser humano cualquiera, pero con el poder de la magia y con hermosas alas que podían aparecer y desaparecer a voluntad. Eran los guardianes perfectos, que obtenían su poder de los elementos. Fuego. Agua. Aire. Tierra. Y los más temibles: Luz y Oscuridad. Aunque la mayoría de la gente creía que los de ese tipo eran solo una leyenda inventada por sus líderes.

¿Líderes? Claro, los fénix tenían sus líderes, sus códigos y sus reglas. Algo obligatorio para quien naciera con las preciadas alas y quisiera conservarlas. Todos saben que la magia debe ser controlada, por eso, los seres como los fénix debían ser controlados, para poder controlar la magia y mantener el orden. Nadie se podía enfrentar a un fénix solo y seguir viviendo para contarlo.

Por eso existía el pacto. Cualquier fénix nacido debía de ser presentado ante los líderes para ser entrenado como un guerrero o ser trasmutado a humano. Todo fénix era entrenado para ser un guardián de la magia. Era un pacto seguro, solo se podía romper por la muerte de los seis líderes. Y los seis líderes eran sombras ocultas, para evitar cualquier golpe de estado.

Y muchos se preguntaban como es que los fénix les obedecían aún sin conocerlos. Y es que en eso consistía la belleza del pacto. Era irrompible. El alma del fénix estaba atada al alma del líder, impidiendo la desobediencia.

La luna comenzó a alzarse iluminando las calles ya desiertas de la ciudad y un llanto de una recién nacida comenzó a sonar en las calles. Cualquier fénix.

Unas sombras cruzaron rápidamente la ciudad y entraron silenciosamente a la casa de la cual provenían los llantos. Con simples movimientos mataron a los ocupantes y se apoderaron de la pequeña. Cualquier fénix, exepto ella.

Nadie en la ciudad se percató de que uno de sus futuros guardianes había desaparecido.

Ya en la lejanía, el hombre que llevaba a la pequeña en brazos se detuvo junto con su grupo. La pequeña había dejado de llorar. La mirada de la recién nacida parecía examinarlo, con unos enormes ojos bicolor. El joven le dedicó una suave sonrisa antes de arroparla bien y darle algo de leche para que comiera.

La luna se reflejaba en la mirada de la pequeña. Una pequeña que no tenía ni idea del tortuoso futuro que le esperaba.

Reviews??