Bueno, bueno, esta es la segunda parte de una historia de amor. La primera parte se llama "Como tú quieras llamarme" y la podéis conseguir o bien en libro (mandadme un e-mail a si estáis interesados) o por internet. Via web, el mejor modo de leerla es en esta misma página. A continuación el enlace.
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Para aquellos que digáis "pufff, eso es mucho que leer de sopetón", os cuento de qué va el argumento por si queréis leer esta segunda parte sin pasar por la primera (no os lo recomiendo, pero bueno).

Argumento de la primera parte (con MUCHOS spoilers):

Ana Isabel, una chica de 16 años, descubre un día que el ahijado de su padre, un hombre de 28 años llamado Pablo, ha vuelto a la ciudad y que va a ser su profesor de gimnasia. La última vez que lo vio, ella le había dado un beso y él la había rechazado. Durante los primeros días, Anaís intenta convencerse a si misma de que ya no siente nada por él, pero es mentira, y después de muchas penalidades, la joven acaba huyendo a Francia (donde vive la familia de Pablo), pues su profesor se ha echado novia y ella ya no puede soportar verle más.

En Francia conoce a Bruno, hermano de Pablo, y entre ellos surge el amor a primera vista. No obstante, Pablo llega a Francia después de haber leido los diarios de Anaís y de haberse enterado de que ésta está enamorada de él. Al ver juntos a Ana Isabel y a su hermano le da un ataque de celos. Pese a los intentos de él de que rompan, la pareja no lo hace, e incluso se lleva una bofetada cuando intenta confesarale su amor a Anaís (ella piensa que todo es mentira).

Cuando irremediablemente la joven vuelve a España, Pablo cree que todo ha vuelto a la normalidad, pero Bruno viaja a España para ver a Ana Isabel y todos pierden los papeles.

Pablo acaba besando a Anaís frente a toda la familia de ésta durante la boda de los padres de la chica.

Para más información de la historia, visitad: /comotuquierasllamarme

La imagen del capítulo es: tn3-2./fs7/300W/i/2005/178/2/8/BabyTigerbyHelloFroggy.jpg

1 Votos de confianza

Cuando Pablo se acercó al grupo de chicas que parloteaban entre ellas en la puerta de madera de la universidad, todas se giraron para mirarlo, sonriéndole encantadoramente al reconocerle.

─¿Sabéis dónde está Anaís?- les preguntó. Llevaba el casco de la moto bajo el brazo y se quitaba con dificultad los gruesos guantes de motorista mientras miraba a las muchachas para ver quién le contestaba. Vio que algunas le devoraban con la mirada y eso le hizo sentirse bien, joven pese a las pequeñas arrugas que comenzaban a aparecer sobre su rostro.

─No sé, la última clase no la teníamos juntas- informó una joven llamada Sonia y que tenía una buena relación con la novia de Pablo.

─Estaba conmigo en árabe- afirmó otra de pronto. El hombre no sabía su nombre, pero recordaba haberla visto en alguna foto que Ana Isabel le había enseñado de sus compañeras de universidad─. Se quedó hablando con el profesor después de clase, creo.

─¿Con el profesor de árabe?─ interrogó el francés, sus ojos grises chispearon.

─Ajá.

─¿Puedes decirme dónde está la clase?─ pidió. Su voz sonó tranquila, quizá algo más ronca de lo normal pero no hasta el punto de poder alertar a nadie.

Ninguna de las allí presentes sospecharía lo que estaba pensando, entre otras cosas porque Anaís no le había contado a nadie lo que a él.

─Sí, claro. Entras y sigues el pasillo hasta el patio central. Allí te metes en el edificio de la derecha y subes hasta la tercera planta por la primera escalera que te encuentres. Es el aula 3.01.

─Gracias─ sonrió Pablo. No estaba seguro de si podría recordarlo todo, pero tampoco parecía tan difícil. Además, tenía prisa.

Se despidió de las chicas reunidas con una sonrisa y un "nos vemos" y avanzó por los pasillos de la antigua universidad. Aquella era la facultad más vieja de toda la institución y el patio al que la estudiante había hecho referencia era un espectacular patio adoquinado y repleto de árboles antiquísimos. Giró a la derecha y subió los peldaños de dos en dos, sumergiéndose en las tripas de aquella cuna de sabiduría (y también de jolgorio y desmadre, pero lo de "sabiduría" quedaba mucho mejor en los folletos publicitarios).

Anaís había acabado matriculándose en traducción e interpretación de inglés y apenas unas semanas la separa del final de su primer año. Era una alumna excelente y hasta la fecha no arrastraba ninguna asignatura. De no haberle sonado mal la palabra, Pablo se hubiera sentido "paternalmente orgulloso", como si Anaís fuera un logro suyo. Pero por suerte (¡gracias a dios!), no había ningún lazo sanguíneo que los relacionara.

Los pasillos de la universidad se le presentaron casi desiertos. Salvo algún que otro conserje, todos estaban en clase o fuera del edificio. Sus pisadas, pesadas por llevar botas de montaña, resonaban y producían un irritante chirrido del que Belinda ya le había hablado.

"Es peor en la biblioteca" le había dicho, "todo está en silencio y la gente está concentrada, estudiando, y vas tú y ñiii, ñiii. El suelo es mortal. No sé cómo hacer para que no parezca que estoy destripando un gato mientras ando."

En aquel instante, Pablo entendía perfectamente a qué se refería.

Llegó a la tercera planta y miró a uno y otro lado. ¿Qué número le habían dicho que era? La 3 no sé qué. Genial. El 3 era el número de planta y el no sé qué el número de aula. Refunfuñó algo contra su espléndida cabeza a la vez que, al azar, cogía el pasillo que se extendía hacia su derecha.

Por suerte, no llevaba ni cinco metros recorridos cuando una mujer con gafas, pelo rizado y cara pequeña, salió de lo que Pablo dedujo que eran los aseos.

─Disculpa─ dijo el francés sin desperdiciar la oportunidad─. ¿Sabes dónde se da árabe?

Ella lo miró, sonriendo con unos gruesos labios que se enmarcaban en un rostro pequeño pero atractivo, y le indicó en sentido contrario al que Pablo había tomado al alcanzar la tercera planta.

─En alguna de las clases del final─ dijo con un marcado acento francés que Pablo no pasó por alto─. Pero ven, te llevo. Voy hacía allí yo también.

─¿Eres alumna?─ interrogó él.

─¡Oh! No, no, qué va. Soy profesora; una lectora.

─¿Lectora?─ interrogó Pablo mientras caminaba a su lado─. ¿Por qué creo que eso no significa exactamente que te gustan los libros?

Ella rió.

─Soy una profesora nativa. Doy clases de francés, centrándome en las prácticas de oral y escucha.

─Oh, ya veo─ dijo el ex policía, y de forma intencionada comenzó a hablar francés con naturalidad─. ¿Y de dónde eres exactamente?

La mujer lo miró con sorpresa y después le contestó con entusiasmo, hablando galo a tal velocidad que pareció que siseaba en lugar de hablar.

Para cuando alcanzaron el final del pasillo donde supuestamente se daban las clases de árabe, ella le había contado media vida, le había propuesto tomar alguna tarde un café y le había dado su número de teléfono. Estaba exultante de encontrar al fin alguien de su patria, le había dicho.

No obstante, Pablo sabía que era mentira. Anaís le había dicho muchas veces que sus compañeras Erasmus francesas se contaban por decenas y, además, había visto la desilusión en los ojos de aquella pequeña lectora cuando le había dicho que estaba allí buscando a su novia.

Pese a todo, se sintió bien. Tendría que pasarse más por la universidad como forma de subirse la autoestima.

Sin embargo, de pronto se sintió inquieto. ¿Hasta dónde estaría el profesor de árabe subiéndole la autoestima a Anaís? Hacía unos pocos meses lo había hecho hasta extremos desorbitados…

─¡Disculpa!─ exclamó, llamando a la lectora francesa, de nombre Amanda, que ya se alejaba escaleras abajo─. ¿Qué clase es?

Ella se encogió de hombros.

─Esas tres son para árabe, en alguna debe estar. Abre poco a poco la puerta y mira a ver si están dando clase.

─De acuerdo, gracias.

Pablo le sonrió y Amanda le devolvió el gesto, sonriendo de forma felina mientras bajaba por la escalera, mirándolo seductoramente hasta desaparecer.

¡Qué maravillosamente descarada! La universidad parecía un mundo aparte donde las mujeres llevaban las riendas o, donde al menos, mostraban su interés tanto o más que los hombres.

Pero aquello de nuevo volvió a llenarlo de temores respecto a Belinda. No es que desconfiara de ella, pero… allí los profesores parecían tener las manos demasiado largas y las miradas demasiado sugerentes. Menos mal que muchos de ellos eran auténticos dinosaurios.

Se acercó a la clase que tenía más cerca y, siguiendo el consejo de la francesa, abrió apenas una rendija para asomarse. Los alumnos de la primera fila se giraron hacia él en cuanto oyeron que alguien giraba el pomo.

Genial, aquella no era. Allí estaban dando clase y supuestamente Belinda estaría charlando con un profesor, no en medio de una lección.

Pasó a la siguiente e hizo lo mismo. En aquel caso, nadie se volvió para mirarle entrar pues no había persona alguna para hacerlo. La abrió todavía más y se asomó.

Bingo, ahí estaban.

Entró del todo. Anaís no lo había visto porque estaba de espaldas a él, pero al ver que su interlocutor miraba hacia la puerta, se volvió.

─¡Pablo!─ exclamó, su voz más aguda de lo normal en cuanto lo reconoció.

De un salto se bajó de la palestra en la que estaba junto a su profesor y fue corriendo hasta él. Le lanzó los brazos al cuello y se puso de puntillas para besarle brevemente. El corazón del francés dio un vuelco ante la efusividad de ella, pero por otro lado no pudo evitar preguntarse si no intentaba distraerle de algo importante que estuviera ocurriendo.

─¡Pablo, mira! ¡Mira lo que me ha regalado! ¡Mira qué preciosidad!

Anaís, que ya había cumplido los 19 años, parecía más que nunca una niña de lo emocionada que estaba. Cogió a Pablo de la mano y tiró de él hacia el encerado, donde había un joven y una mesa con una caja encima.

─Hola─ saludó el ex policía al jovencísimo profesor de árabe de la muchacha. Le dedicó apenas una mirada, pues enseguida tuvo que concentrarse en el contenido de la caja para no desilusionar a Anaís.

─¿A que es moníiisimo?─ interrogó ella, cogiendo una cosa peluda de la caja y poniéndosela en el pecho─. ¡Es tan pequeño! ¡Y mira qué ojos!

─¿Un gato?─ interrogó Pablo, viendo entre las manos de su novia un animal color canela y blanco que le miraba con ojos celestes.

─Mi gato─ corrigió ella, acariciando al bebe misino─. Nuestro gato. Me lo ha regalado Ray de una camada que ha tenido su gata y lo voy a llamar como a él, ¿vale?

El francés se giró hacia el profesor de árabe, un hombre casi recién salido de la carrera, y que de forma misteriosa ya impartía clases en la universidad. El ex policía supuso que tenía algún enchufe en la facultad.

─Yo le he dicho que no lo llame así─ contestó el hombre rápidamente, sonriendo a Anaís de una forma que Pablo odió: así era como él mismo la miraba─.Raimundo ya es un nombre horrible para una persona; un pobre gato no se merece algo así.

─Toda la razón.

─¡Oh, vamos! No seas bruto, Pablo. Ray me gusta y el gato se va a llamar así.

─¿Y por qué no le pones un nombre en árabe?- sugirió el profesor.

─Claro, para que Pablo se atragante al llamar al gato. No, me gusta Ray.

"Sí, genial, ya todos nos hemos enterado de que Ray te gusta", pensó Pablo, "¿pero Ray el profesor o Ray el gato?"

─O venga─ intervino el catedrático─, un nombre sencillito en árabe. ¿Qué te parece Ket?

─¿Gato?─ interrogó Anaís y sacudió la cabeza─. No, muy cutre.

─¿Amín?

─Ray─ repuso ella, mirándolo ceñuda.

─¿Kamal?

─¡Que no!

─Tú eres Llamila, ¿no? Pues Llamil.

─R.A.Y.

─¿Qué significa Llamila?─ interrogó Pablo.

─Guapa, hermosa─ repuso el profesor, mirando al novio de Anaís como si hubiera encontrado un aliado en él─. ¿Te gusta el nombre?

No obstante, Pablo no estaba dispuesto a ayudar a aquel espécimen. Cansado de aquella discusión estúpida y de aquel tío que le tiraba los tejos a su novia, cogió al gato de entre los brazos de Belinda, pegándolo contra su chaqueta de motorista y dijo:

-¿Por qué no Kyle, como el de la serie? Él tampoco tenía nombre…

-N…- empezó a protestar la muchacha, pero su profesor de árabe la interrumpió.

-Me gusta Kyle. Y somos mayoría: tu amigo y yo contra ti.

Pablo barrió con la mirada a Raimundo al referirse a él como simple "amigo" de Anaís y sonrió malévolamente al pensar que bien merecido tenía su nombre: nombres horribles para las personas odiosas.

-Kyle…- sopesó la joven, sabiéndose en desventaja-. Me encanta esa serie…

Los dos hombres creyeron, durante al menos dos segundos, haber ganado. Pero entonces ella añadió:

-¿Qué tal Kiray? Mitad y mitad.

El ex policía suspiró sonoramente.

-Siempre tan testaruda…

-Siempre con la última palabra en la boca…- dijo a su vez Ray.

-¡Kiray!- exclamó felizmente Anaís y cogió al gato otra vez-. Me encanta, me encanta, ¡muchas gracias, Ray!

-De nada y me alegro que te guste, guste.

Pablo puso los ojos en blanco ante lo estúpido del chiste y se abstuvo de hacer cualquier comentario. ¿Para qué perder el tiempo?

-Cuando quieras nos vamos, Belinda- dijo en su lugar.

-Esto…- pareció dudar Anaís a la vez que le miraba haciendo una extraña mueca que su novio interpretó como que iba a decirle algo que no iba a gustarle-, Ray se ha ofrecido a llevarme.

-Pero estoy aquí yo para hacerlo- repuso Pablo como si aquello fuera obvio y eliminara de un plumazo al otro profesor de la ecuación.

-¿En moto y con un gato en una caja?- interrogó la muchacha, resaltando el pequeño, y a la vez gigantesco, inconveniente.

-Tranquilo, a mí no me importa llevarla en mi coche- intervino el profesor de árabe, que se había retirado un poco para recoger sus cosas-. Tengo que pasar por al lado de vuestra ciudad y desviarme un par de kilómetros me llevará apenas unos minutos.

-No es cuestión de molestarte más- repuso Pablo, diplomático por fuera pero ardiendo por dentro-, ya has hecho mucho regalándole el gato.

-No es molestia alguna- afirmó el otro y zanjó ahí el tema, dándole unas llaves a su alumna-. Voy al aseo un momento y os veo en la puerta, ¿vale? Cierra al salir.

-De acuerdo- accedió ella, asintiendo con la cabeza.

Pablo sonrió a Ray cuando éste pasó a su lado pero en cuanto lo vio salir y calculó que ya no podría oírlos, se acercó a Belinda y le dijo:

-No quiero que vayas con él.

-Genial, mañana aparecerás en los periódicos como el hombre que mató a un gato en plena autopista al dejar que volara y volara y volara llevándolo en una moto- se burló ella, mirándolo burlona.

-Me da igual si el gato va con él, pero no quiero que tú lo hagas.

Anaís, que había bajado sus ojos hacia Kiray, los alzó con lentitud y, ya sin asomo de diversión, clavó sus pupilas en los ojos grises de Pablo.

-No me digas que estamos otra vez con esto.

-Jamás hemos estado con esto- repuso él, malhumorado.

-¡Claro que sí! Te enfureciste cuando te conté que…

-¡Que ese tiparraco te había besado! ¿Cómo no iba a cabrearme después de eso? Ya me controlé mucho no viniendo aquí a partirle la cara.

-Pero aquello no fue nada.

-¡Nada!- refunfuñó Pablo-. Nada salvo que te morreó, ¿no?

Las cejas de Anaís se juntaron peligrosamente y, antes de contestar, se giró para dejar al gato en la caja y poder moverse con libertad.

-Eso fue un error por su parte por el que ya me pidió perdón. Tema resuelto. Deberías olvidarlo.

-Jamás. Y menos cuando no dejas de verte con él.

-¡Es mi profesor!

-¿Y también son necesarias las horas de voluntariado juntos?

-¡Claro que sí!- se defendió ella-, ayudando a los inmigrantes practico mi árabe con nativos.

-Ya, pero no es necesario que lo hagas con él. Podrías buscarte otros horarios u otras ONG.

-Fue Ray el que me dio la idea, Pablo, el que me ayudó al principio, el que me dijo cómo hacerlo todo… no puedo dejarlo plantado ahora.

-¡Pero te besó!- repuso él-. ¿Acaso eso no te hizo sentir ni un poquito incómoda? ¿Acaso no te hizo desear salir corriendo? ¿O es que te gustó?

-¡Pablo!- protestó Anaís, alzando su voz más de lo aconsejado si querían que aquella conversación no saliera de allí-, no digas estupideces. En ese momento estaba pasando una mala etapa, ¿vale? Su novia lo había dejado y…

-¡E intentó enrollarse con la mía!

-Sí, y tu novia estuvo a punto de zurrarle en la cara por eso.

-Y yo le hubiera metido la nariz en el cerebro si no me hubieras retenido. Pero me pediste por favor que no hiciera nada, y te hice caso. Ahora te pido yo, por favor, que dejes de darme motivos para estar celoso. Te pido, por favor, que te comportes.

Con el rostro muy serio, Anaís sostuvo la mirada de Pablo y después se cruzó de brazos muy lentamente.

-No- negó, pronunciando aquella única palabra con rotundidad.

-¿No, qué?- interrogó él igual de serio. Sabía a qué se refería pero quería oírlo directamente de sus labios.

-Que no. Que no a todo. Nos vemos en casa; Ray me llevará. ¡Oh!, y por cierto, te quiero a ti, no a él, y si intentara besarme otra vez, yo misma le partiría la cara.

Aun sabiendo que Pablo no apartaría la mirada de ella, Anaís retiró sus ojos y, con más brusquedad de la necesaria, se puso la chaqueta y se colgó al hombro la mochila bandolera. Después cogió la caja con el gato y bajó del encerado dispuesta a irse. Sin embargo, Pablo la retuvo.

-¿Por qué estás haciendo esto?- interrogó de forma entre lastimera y acusadora.

-Porque tú sigues trabajando con Lola y yo no digo absolutamente nada- replicó ella con serenidad-; porque yo confío en ti ciegamente y sé que no serías capaz de traicionarme; porque quiero que tú confíes del mismo modo en mí, porque creo que me merezco, como mínimo, ese voto de confianza.

-Lo tienes, Belinda, confío plenamente en ti- le aseguró Pablo con vehemencia-, pero no en él. Y no me pidas que lo haga porque me es imposible fiarme de ese… aprovechado.

-No te estoy pidiendo que confíes en él, sólo en mí. ¿Puedes hacerlo, Pablo? ¿Puedes confiar en mí?

Los ojos grises del francés la miraron largamente y después, muy lentamente, se inclinó hasta darle un suave beso por encima de la caja del gato.

-Nos vemos en casa- murmuró todavía con los ojos cerrados.

-Te echaré de menos cada segundo hasta que vuelva a verte- replicó ella, y poniéndose de puntillas, apretó sus labios contra los de Pablo una vez más.