2 Nuevos planes

Pablo se echó sobre la cama y abrió la revista, leyendo un párrafo dedicado al baloncesto mientras intentaba concentrarse en aquellas palabras que pasaban frente a sus ojos. Le resultaba difícil, pero se entregó con todo su cerebro (al menos todo el que fue capaz de controlar), a aquella labor.

Belinda tardaría en llegar, se recordó, y tenía que hacer lo que fuera para que, cuando lo hiciera, lo encontrara relajado. No le preguntaría qué tal le había ido, sino que esperaría a que ella sacara el tema; y si no lo hacía, aguantaría hasta el día siguiente para mencionarle lo que había pasado esa noche.

Pasó de hoja para centrarse en un artículo de dopaje, pero no logró retener en su cerebro lo que leía. Sólo recordó a su novia montada en un coche, sacudiendo su mano en forma de despedida cuando, atrapada en un atasco, él adelantó con su moto al coche de Ray.

¡Dios, qué difícil era aquello! Sabía que se estaba comportando de forma estúpida. No debía estar tan celoso, al menos no con Anaís… pero es que ese profesor de árabe… ¡Uf! Lo sacaba de sus casillas. Y lo peor es que creía saber por qué era.

No; estaba seguro. Sabía exactamente por qué se sentía tan celoso y era muy sencillo y a la vez tremendamente ridículo: Ray le recordaba a él. El lugar que ocupaba aquel tipo en la vida de Ana Isabel era el que él había ocupado antes de convertirse en su novio.

Ray era su profesor, como el mismo Pablo había sido antes. Se portaba bien con ella; como él mismo. Anaís le tenía aprecio…

La puerta principal se abrió en aquel instante y el corazón del francés dio un vuelco a la vez que el alivio le invadía en reconfortantes oleadas.

-Ya estoy aquí- anunció la joven cerrando la puerta a sus espaldas-. ¡Qué atasco nos ha pillado!

-Sí, os vi- replicó él, dejando a un lado la revista y poniéndose en pie.

-¿Dónde estás?

-En el dormitorio.

-Ahm. ¿Y por qué…? Oh, ya.

Pablo alcanzó la puerta de su alcoba y se apoyó contra el marco, sonriendo resignadamente a una Anaís que avanzaba hacia él con la caja del gato todavía entre manos.

-Sí, están peleando otra vez.

La muchacha suspiró y dejó la caja a un lado, cogiendo al gato entre sus brazos y acariciándolo. En cuanto se quedaron callados, los gritos de la casa contigua llegaron hasta sus oídos.

-¿Y por qué es hoy?- interrogó ella.

-No estoy seguro, pero ya están llegando casi al final: se están gritando que se quieren desde hace ya un rato.

-Son tan ridículos- protestó la joven.

"Es que yo te quiero a ti y sólo a ti, y tú no lo ves porque no ves lo que tienes delante de tus narices", gritó el hombre de la casa de al lado a su novia, que le replicó también a voz en grito.

-Estoy deseando que se muden de una vez- confesó Pablo, e inclinándose, le dio a Anaís un beso de bienvenida a la vez que le apartaba el pelo de la cara.

-Yo también. Cada vez que vengo tenemos que dormir en el sofá cama y es un asco.

-Podríamos dormir aquí si quieres…- dijo el francés, pero lo decía en coña. A nadie le apetecía dormir en un cuarto cuando, justo al otro lado de la pared, una pareja hacía el amor gritando como si se estuvieran destripando mutuamente.

-Sí, claro. Ja. Ja- se rió sin ganas ella-. Antes que la reconciliación de esos dos, prefiero ver "El retorno de los asesinos sanguinarios". ¿Cómo pueden ser tan ruidosos? Ohhhh, síiiiii; Manoooolooooo. Quizá deberíamos probarlo tú y yo, para que saboreen su propia medicina…

-Ya sabes que no me gusta gritar… mis labios ya están demasiado ocupados como para darles otra tarea…- sonrió pícaramente el francés y la besó hasta hacer arder por dentro a la joven.

-Oh, sí, lo sé- contestó Anaís, sonriendo insinuante, aunque en su sonrisa Pablo intuyó algo.

-¿Estás bien?- interrogó, acariciándole la mejilla.

-Sí, genial.

-¿Seguro?

La muchacha suspiró y fue hasta la cama con la cabeza gacha. Se llevó al gato con ella y se sentó sobre el colchón, deshaciéndose de sus zapatos y cruzando sus piernas sobre la colcha.

Pablo la siguió con el pecho encogido. ¿Qué habría pasado? ¿Habría vuelto a sobrepasarse aquel hombre de nombre horrible?

-¿Quieres contármelo?- preguntó cortésmente, recordando su propósito de no sonsacarle la información a la fuerza.

Anaís volvió a exhalar sonoramente y después, al notar como el colchón se inclinaba bajo el peso de Pablo, alzó la mirada hasta encontrarse con los iris grises de él.

-Mi teléfono móvil es un trasto- dijo la joven, humedeciéndose los labios.

-Lo sé.

-Y me llegan los mensajes tarde.

-También lo sé.

El francés comenzó a ponerse nervioso con todos aquellos preliminares. ¿A dónde quería llegar con aquello?

-Sí…- suspiró ella y, bajando la cabeza, se quedó callada mientras acariciaba a Kiray.

-¿Qué sucede, Belinda?- interrogó el ex policía, acercándose más a su novia y entrelazando sus dedos con los de ella-. Ya sabes que puedes contarme lo que sea.

-Me ha llegado un mensaje diciendo que… me han concedido una beca.

-¡Eso es genial!- exclamó Pablo sinceramente feliz, sonriendo. Aquella noticia no tenía nada de malo.

-Sí, es genial.

No obstante, Anaís no parecía dicharachera. Alzó la mirada y la apartó enseguida al toparse con los ojos de él.

-Belinda, por favor- suplicó el francés-. Cuéntamelo.

-Verás… ¿recuerdas que pedí una beca Erasmus? Pensé que no me la concederían por eso de ser de primero… pero sí lo han hecho.

-Erasmus… Estudiar un curso en el extranjero, ¿no?

-Sí, así es. Y me han concedido mi tercera opción.

-La tercera… opción- repitió Pablo, y entonces recordó-: Francia.

-Sí- asintió ella-, pero eso no es lo importante. Esa Erasmus era de todo un curso, Pablo. De septiembre a junio.

-Oh- fue todo lo que logró decir el francés.

Anaís alzó rápidamente los ojos y las palabras brotaron de su boca con fluidez, con emoción.

-Sería genial, Pablo. Un año allí… bueno… sería como si cursara todo un año de lengua C francés, o incluso dos. No sólo tendría traducción de inglés con complemento de árabe, sino que… ¡un año estudiando en un país francófono…!

-¡Pero un año…!- replicó Pablo, su voz apenas un susurro abatido.

-Lo sé. Es mucho tiempo.

-Es muchísimo- corrigió él y, suspirando, se dejó caer de espaldas en la cama.

Ana Isabel dejó a un lado al gato y aferró con fuerza la mano de Pablo.

-Es una oportunidad única, Pablo- susurró.

-Lo sé.

-Si espero otro año…

-Lo sé.

La joven sintió que las lágrimas acudían a sus ojos y un nudo en la garganta le impedía tragar saliva.

-Di algo…- suplicó.

-¿Qué quieres que diga?

-No lo sé.

-Yo tampoco sé qué puedo decirte. Supongo que está… bien, pero a la vez es…

-¿Qué?

-Aterrador.

-Sí- admitió Anaís, y se echó junto a Pablo, acurrucándose a su lado-. Es aterrador.

Se quedaron así un rato, abrazados, pensando en cómo sería estar un año sin verse, hasta que alguien llamó al fono.

-¿Quién puede ser? ¿Esperas a alguien?- preguntó la muchacha enderezándose. De forma disimulada, se secó unas lágrimas furtivas que rodaban por sus mejillas.

-De hecho, esperamos. Antes de que llegaras llamé al restaurante chino.

-¿Pediste un rollito de primavera para mí?- interrogó ella, obligándose a sonreír. Pablo parecía triste y aquello la ponía enferma.

-Claro. Pedí todo lo que te gusta.

-Mmm… eres el hombre de mis sueños- le halagó ella. Se inclinó, le dio un fugaz beso, y se puso en pie para acudir al fono-. Ñam, ñam. Deliciosa comida china.

Pablo, todavía echado bocarriba en la cama, la oyó parlotear en el pasillo. Era consiente de que intentaba mostrarse relajada, como si en lugar de una bomba, acabara de anunciarle que mañana iba a llover. Suspiró e intentó imbuirse de optimismo, o al menos, desterrar todos los pensamientos negativos que le invadían.

Se levantó y, tras ponerse el pijama, salió hacia la cocina. Anaís estaba en el salón comedor, sacando de la bolsa toda la comida que habían pedido, y fue a quitarse las lentillas y ponerse algo más cómoda mientras él llevaba a la mesa los platos y cubiertos que iban a necesitar.

Cenaron en silencio y después, una vez tuvieron sus estómagos llenos, fueron hasta el sofá-cama que les aguardaba.

-Ya se han reconciliado- anunció Pablo tras recoger una cosa de la habitación. Su expresión mientras hablaba era de repulsión-. Quizá esta noche tengamos suerte y terminen antes de que nos quedemos dormidos…

-Ojalá- rezó Anaís mientras se cubría con una sábana y le daba al encendido del mando de la tele.

-Espera, ¿puedes dejarla un momento más apagada?- pidió el francés, sentándose a su lado del sofá cama-. Quiero hablar contigo.

-Sí, claro- asintió ella, dándole a un botón y haciendo que la pantalla quedara de nuevo oscura-, ¿qué sucede?

-La comida china me ha inspirado y tengo dos "soluciones" para nuestro problema- dijo mirándola. Por primera vez desde que Anaís le contara lo de la beca, sonreía.

-¿Para nuestro problema?

-Ajá. Verás, la primera posibilidad es que, en lugar de irte a Francia, yo te hable las 24 horas del día en francés. Eso implicaría que pasases más tiempo conmigo, por supuesto, pero teniendo en cuenta que es por una causa de aprendizaje, yo estaría dispuesto a sacrificarme...

-Eso suena perfecto- admitió Anaís, respondiendo a la picara sonrisa de Pablo-, pero…

-No me digas que hay un pero.

-Sí. Lo siento de verdad, pero tu pronunciación apesta. Además, eres tan español que no me sirves ni como compañero nativo.

El francés suspiró sonoramente, fingiéndose alicaído, y después miró a Anaís intensamente a la vez que la cogía de las manos.

-Entonces sólo nos queda la segunda opción.

-Sí es que aprenda francés a través de un cursillo en internet… lo siento pero no.

-Esa era la tercera opción- dijo él, desechándola con un movimiento de la mano-. La segunda es… este verano no tendrás nada que hacer, ¿verdad?

-Verdad.

-Y me quieres lo suficiente como para no odiarme si empezamos a estar más tiempo juntos...

-Continúa- pidió Anaís.

-¿Qué te parecería…?

-¿Sí?

-¿Estar dos meses de viaje conmigo? Dos meses tú y yo solos en la carretera. Dos meses sin ataduras, yendo a donde queramos, cuando queramos y como queramos. Es más, sería yendo donde tú quisieras, cuando quisieras y como quisieras. Dos meses donde sólo me preocuparé por ti y donde tú, espero, sólo te preocuparás por mí. Dos meses nuestros y solamente nuestros.

Anaís se había quedado sin habla. Miró a Pablo boquiabierta sin poder reaccionar durante al menos medio minuto.

-Cierra la boca- dijo él, riéndose de su expresión.

La española sacudió la cabeza. Le era imposible dejar de mirar al hombre como embobada. Los ojos de ambos relucían.

-¿Dónde te gustaría ir?- interrogó él, animado, leyendo de su expresión todo lo que la muchacha no era capaz de decir-. Dime los puntos de España más alejados que te apetezca visitar.

-N…o no lo sé…- tartamudeó Anaís-. Me da igual.

-Oh, vamos. Sugiéreme algo. Lo que sea.

-La Alhambra; quiero estar en Granada contigo- dijo ella.

-Perfecto. ¿Qué más?

-Covadonga, las cuevas de Covadonga.

-Maravilloso.

-Y los lagos pirenaicos. Y la mezquita de Córdoba. Las casas colgadas de Cuenca… y la Ciudad Encantada… - las palabras y los lugares comenzaron a salir en tropel de su boca hasta atropellarse por la emoción. Después, con los ojos acuosos, preguntó- ¿De verdad vamos a ir? ¿De verdad… dos meses…?

-Sí estás dispuesta a hacerlo… por supuesto.

-¿Dispuesta? ¡Sólo dime a qué hora y cuándo!

Dominada por la emoción, Anaís saltó a los brazos de Pablo y le besó, frenética. Le devoró la boca sin piedad, asfixiándose por su propia voracidad pero no deteniéndose por ello. ¿Cómo parar cuando él le respondía de aquella forma? ¿Cómo pensar siquiera en detenerse a respirar cuando le sentía, apretado contra sí, sus manos a su espalda, desplazándose hacia sus caderas, hacia su cuello, hacia… todos lados?


Muchísimas gracias a todas las que habéis empezado a leer esta historia ya desde el principio. Jessica B., Irikb, Daniela, Rayla (¡¡me alegro de que pienses que he mejora mi estilo, porque cuando ahora leo algo de la primera parte me da una vergüenza tremenda por todas las cosas que cambiaría...), Anahy (¿eres de las que quieren que Bruno vuelva?? ), muchas, muchas, muchas gracias por los reviuws. Espero que este capítulo también os haya gustado!!