Los años de la universidad

Los años de la universidad. Los mejores años. Mi novia murió en esos días, con una sonrisa en el rostro. Fue totalmente inesperado. Así pasó.

Fue el 10 de Octubre del año 2008. Muy temprano en la mañana atravesó la puerta del taller de diseño, el último de una fila de salones en la planta baja de ese edificio.

Corrió, saltó y se dejó caer sobre el pasto. Ya no se levantó, sólo sonreía mirando al cielo. Me acerqué y me senté a su lado. Llegaron otros amigos a acompañarnos. Y nadie notó lo que había pasado hasta que una de las personas ahí presentes llamó a mi novia por su nombre y ésta no contestó. Yo me volví hacia ella con una sonrisa pero no respondía, seguía mirando al cielo. Nos comenzamos a sentir nerviosos pero nadie se atrevía a hacer más que decir su nombre una y otra vez, todos menos yo podían hablar. Esperé lo peor, incluso dejé de respirar por unos momentos. Mi mundo pareció venirse abajo.

Otra de las muchachas que ahí estaba se atrevió a moverla del hombro. Lo que pasó enseguida tuvo el mismo efecto en mí que si me hubieran arrancado la piel del cuerpo de un solo tirón: su cabeza se giró ligeramente hacia un lado revelando la roca mediana absolutamente cubierta de sangre—de mi novia obviamente—sobre la que había caído su nuca al dejarse arrastrar por la gravedad hacia el pasto.

Una de las chicas logró gritar, llamando la atención de más personas que se acercaron inmediatamente a ver lo acontecido. Pronto estábamos rodeados, de conocidos y desconocidos. Yo inmóvil, destrozado por dentro y no sé si por fuera, tenía la sensación de quien lo pierde todo. Y no sé si hubiera sido peor haberla perdido en medio de una guerra declarada entre países, con líderes responsables a los cuales culpar para siempre. Simplemente había pasado, sin nadie a quien culpar. Era absurdo. Y mi maldita fe me impedía reclamarle algo al señor todopoderoso que probablemente era quien me la había decidido arrebatar en ese día nublado y fresco, los días favoritos de mi novia.

Y si lo pienso bien, yo me siento culpable. ¿Es una lección que ha querido darme aquél a quien soy devoto de corazón? ¿Qué tan devoto podría ser considerado si les digo que nunca la llamé "mi novia" hasta que el aliento de vida dejó su cuerpo, ese cuerpo que me ofreció incontables veces para descargar la energía generada por su amor por mí y que yo mismo no le permitía demostrarme de otra manera?

Días antes de perderla, en la clase de dibujo artístico, hicimos un ejercicio en el cual debíamos representar en tres elementos el tema del misticismo. El día que los hicimos, nos reunimos en su casa para trabajar. Entre mis dibujos, hubo uno que ella amó. Lo sé por lo que diré más adelante. Otro de mis dibujos terminó en manos de una amiga suya y el tercero nadie lo quiso por la apariencia extraña que tenía.

Mi novia—a la cual ahora me siento orgulloso de llamar como tal, quizá demasiado tarde—dibujó un altar de muertos, unos ojos y un hada. Cuando ella vio que también dibujé un hada y quizá no por ese hecho sino porque el dibujo en sí le había atraído mucho, lo miró con un fuego encendido en los ojos que me permitió ver a través de ella. Eso, antes de que se entregara a mí, pero después de haberse declarado.

Un altar de muertos. Quién hubiera dicho que iba a ser el vínculo entre nosotros después de un par de meses de conocernos. Después de un par de meses de mirarme en secreto y quererme tanto como lo hacía. Soy estúpido, pues después de la primera vez que dijo "te quiero", mi mirada la calló para siempre. Sólo mis ojos la deseaban, y mi cuerpo, no mis oídos, ni mis pensamientos.

¿Fue mi culpa entonces? Años después, habiendo logrado mis objetivos, teniéndolo todo entre mis manos y sintiéndome exitoso pero quizá algo vacío, no paro de preguntarme si fue obra de quien deseaba que mi corazón fuera sensible y sólo para ella, la mujer más sensible que he conocido, la que más me ha llenado aunque después de ella me entregara a otras en busca de la misma sensación y que nunca llegara, que murió con un golpe de roca, antes del cual una fantasía fugaz pasara por mi cabeza: atraparla antes de caer al pasto y teniéndola entre mis brazos, haberla besado. Era eso o dejarla morir. Eso o dejarla morir…