Crónica de un Incrédulo

De noche, en una calle de los lugares mas peligrosos de la ciudad, sin indicios de razón en su cabeza seguía corriendo y no podía detenerse a menos que quisiera que lo mataran, ha entrado a un callejón donde nadie oirá el disparo o los gritos. Se da cuenta de su error y voltea resignado a enfrentar su destino mas no pasa tan rápido como pensó. Su mirada se torna desviada recibiendo a través de sus ojos una imagen tan brillante como un gigantesco sol que no era exactamente el fuego del revolver, angustiadamente cierra los ojos de una manera en la parecía que su párpado superior iba a acariciar su pómulo.

Pasaron no más de dos segundos cuando ve toda su vida frente a sus ojos pasar de una manera inexplicable y decide abrirlos desconcertándole que se esta viendo a él mismo acostado con las manos cubriéndole la cara en su cómoda hamaca en la parte de atrás de su sencilla casa, aunque linda, bastante incómoda e inhabitable para su gusto.

Lentamente se va acercando a lo que parece ser un doble exacto de sí mismo, cuando esta prácticamente sobre aquella misteriosa criatura decide retirarle las manos de la cara vomitando de un manera violenta al observar un gran hoyo en su cráneo obviamente producido por una bala disparada directamente hacia él.

Aún no desaparecen las nauseas, sin embargo, está listo para ver su cara perforada con lo ancho de mas o menos un dedo pulgar, ensangrentada y con una expresión de terror como si lo hubiesen torturado. De un momento a otro se pone a pensar cómo es que su tan apreciada ciencia no podía explicar lo que estaba sucediendo, tal vez era sólo un muñeco de gelatina balística bastante maquillado y con una forma perfecta pero y si era eso, entonces ¿de dónde sale el olor a sangre fría? ¿Qué persona enferma podía dedicarse tanto tiempo a encontrar la ropa idéntica y los rasgos perfectos que tanto lo caracterizaban?, lunares, cicatrices y cosas así.

Consternado con todas las imágenes en su cabeza y aceptando que si la gente ve el cuerpo creerá que está muerto opta por enterrarlo y limpiar la sangre derramada que delataba el arrastre del occiso al lugar designado. Luego de unas horas, pasa lo mismo que todos los sábados a las seis de la mañana, llega su hermano y como siempre tienen una conversación breve con solo dos preguntas con sus debidas respuestas: ¿pagaste renta? Si ¿Mi madre esta sobria? No.

En su reliquia de reloj marcan las ocho de la mañana, después de dormir un poco cruza su puerta y luego su rechinante reja anunciando a media manzana que va a salir de su casa destrozando los oídos del extraño señor que transporta todos los días a todas horas su carrito de mandado lleno de chatarra mencionando solamente un "lo siento" con el acento más inerte que pudo alguna vez haber salido de su boca.

Buen susto debe llevarse alguien para olvidarse, literalmente, de comer o de beber aunque ya era demasiado extraño que después de siete horas no le hayan dado ganas de ni siquiera ir al baño, no obstante, para nuestro desesperado amigo eso lo tenía sin cuidado, ahora sólo tiene que preocuparse de llegar al fondo de su trágica muerte. Está angustiado, no es más que un joven de diez y seis años investigando su propia muerte.

Obtener respuestas es más difícil de lo que pensó nunca antes había trabajado tanto y aún no tiene una gota de sudor. A pesar del insoportable calor el sigue de pie y lo único que ha encontrado es una bala tirada y gotas de sangre, nada que probara que en verdad estuvo ahí. No tenía otra opción más que buscar un poco de ayuda.