Rojos como la sangre.

Dante la observo por encima de la copa. Se permitió saborear el vino mientras esos ojos verdes lo miraban con ansiedad.

Era hermosa, y ella lo sabía. Después de todo, el la había elegido. Danielle era rubia, una característica que jamás le había resultado llamativa, y sin embargo, ella había logrado impresionarlo.

En la primera noche, el maquillaje perfecto y la ropa de etiqueta, junto con esa sonrisa sensual con la que se conducía por el salón, le permitieron conocer de antemano con quien estaba tratando. Danielle era una niña de alta sociedad, criada con todos los lujos que el dinero podía comprar.

El se alejo silenciosamente cuando ella se presento. No había ido a esa fiesta de estúpidos aristócratas para hacer sociales; sus asuntos allí eran estrictamente económicos.

La niña no se dio por vencida. Dante era un hombre atractivo, aparentemente menor de 30 y soltero, según sus informantes… Y esos ojos rojos… Era inevitable querer conocerlo. No, no quería. No era tan sencillo. Sentía la absoluta necesidad de acercársele.

-Dante!- Protesto ella. Ese tono chillón que usaba cuando se molestaba lo devolvió al ahora. A esa noche de tormenta, observándola desde la chimenea que crujía suavemente. Danielle estaba sentada en el borde del amplio sillón canela, juntando sus pálidas manitos en un gesto que bordeaba la suplica. – Estoy aquí, ¿lo recuerdas?

El quiso reír, pero una sonrisa amarga broto de sus labios. ¿Cómo poder ignorar ese hecho?

-Si, lo se querida mía- Suspiro vencido- ¿Qué es lo que deseas esta vez?

Sabía lo que vendría a continuación. Un maldito parloteo sobre uno de sus amantes. Lo que vareaba era el crimen: Asalto, violación… Asesinato.

Ella le explicaba su conflicto inmediato, llevando los dedos detrás de su oreja de tanto en tanto. Era un gesto que cargaba de esas noches en las cuales su pelo alcanzaba su cintura. Ahora solo le rozaba las sienes y había algo hermoso en ese cuello al descubierto.

-Si, si- Interrumpió con un gesto la historia.-Te ayudare. No te veras implicada en el maldito asunto- Los ojos rojos vagaban por la habitación, demorándose de tanto en tanto en algún cuadro. Danielle seguía esos ojos invariablemente, deseando que se encontraran con los suyos, pero eso ya nunca sucedía – Puedes irte ahora o quedarte. Después de todo, la lluvia es pesada y algún rayo podría alcanzarte. En todo caso, buenas noches.

Mientras el le daba la espalda, un creciente malestar apareció en la sala. Dante curvo la espalda levemente, sabiendo lo que estaba a punto de suceder.

En el momento en el cual ella se abalanzaba sobre el con un cuchillo en la mano, giro su rostro hacia ella. El cuerpo de Danielle se paralizo por un instante, sorprendida por el hecho de que Dante la hubiese escuchado, y por la frialdad de su mirada.

-Danielle…- Comenzó a decir el, llevando una mano a su muñeca- Esto no debe ser así.

Chillando, ella trato de atacarlo. El sonrió tristemente mientras le arrebataba el cuchillo y lo hundía en ella. Había algo hermoso en la sangre que fluía por su cuello al descubierto.

La condujo suavemente al suelo, sin permitir que sus ojos se cerraran.

-Te lo dije. Pero no me escuchaste… Ahora las cosas deben ser así, y ya no tienes salida.

Ella junto sus pálidas manitos en un gesto que bordeaba la suplica.

-Lo lamento, Danielle. Forjaste cada eslabón de la cadena que te condujo a esta situación- Acaricio su pelo rubio, recordando que tocaba su cintura la noche en la que se conocieron.

Por primera vez en años, sus ojos se encontraron una vez más. Danielle pudo notar que no eran rojo vino, como solía describirlos, sino rojos como la sangre que fluía de su cuello, la vida que se le escapaba entre las manos. Quiso gritar, pero supo que de nada serviría. Era su reino, esa noche, esa sangre, y no había nada que ella pudiese hacer ya.