Aullidos

Una noche, sin luz de luna a causa de las espesas ramas en un bosque, aquél que solía acampar todos los fines de semana se arrepiente de negar una cena con su novia. La soledad en ese lugar es insoportable. Y esos aullidos, ¿de dónde vienen esos aullidos? Tal vez sea sólo un lobo. Eso debe ser. Sabe protegerse de un simple lobo, tiene las armas. Pero, ¿y esos gritos? Son gritos de furia, un animal no produce esos sonidos. Sus armas también sirven contra los humanos, sin embargo, nunca ha matado uno y no quiere que sea la primera vez.

-¿Quién está ahí? – Grita entonando furia para ocultar su terror.

Aquella furia estridente continúa, luego se va desvaneciendo convirtiéndose poco a poco en sollozos. Son de un joven que se acerca lentamente al campamento arrastrándose entre los árboles.

-A…yuda, a…yuda…me. – Suplica el chico medio desnudo acercándose a gatas a la casa de campaña del Scout.

-¿Por qué? ¿Qué te ha pasado? ¿Sufriste un asalto, un secuestro? – Aunque la primer pregunta suena bastante estúpida, la preocupación del campista se denotaba con solo verlo al igual que lo hacía la rapidez con la que se acercaba al joven.

-¡No te me acerques! – Le increpa el joven antes de que lo tocara.- Esa no es la forma de ayudarme.

-¿Entonces cuál es? Te recuerdo que no estás en posición de gritarme de esa manera, te aplastaría la cabeza si quisiera.- El miedo ha sacado un mal carácter en el explorador, no sabe qué hacer, no sabe de dónde viene el chico, no sabe si quiere ayudarlo. – Perdona, me exalté, no quise…

-¿De qué me hablas inútil? ¿Eres algún tipo de cobarde? Llevo años en este jodido bosque, errando, no puedo llegar a ninguna otra parte. Aunque llegue a la civilización cada mes aparezco aquí. No permito que cualquier imbécil me ofrezca su ayuda si ni siquiera sabe ayudarse a sí mismo. – Dicho esto, con una fuerza increíble, arranca una rama de un tronco cercano.- Así que diré esto: mueres tú o muero yo.

-¡Cállate! – El campista saca su arma. Tiene la mano temblorosa, está confundido. Todo ha pasado en menos de diez minutos y le parece una eternidad.- Si das un paso más te mato.

-¿Aún no lo entiendes? ¿No te has dado cuenta que eso es precisamente lo que quiero?

El joven dio un paso lentamente cerrando los ojos. Cuando los abre tiene al campista en frente, con el seño fruncido por el enojo, pero con los ojos llorosos de no saber qué hacer. Nada pinta bien para ninguno de los dos. Ambos temen por su vida.

-Hazlo. – El chico baja la cabeza a modo de imploro.- ¡Hazlo! ¡Hazlo de una maldita vez! El tiempo no está siendo piadoso para ninguno de los dos. Sólo te pido que dispares. ¿Es eso tan difícil?

- Lo es si nunca has matado a nadie. – Responde el campista queriendo razonar con el muchacho.- Es que no entiendo por qué quieres morir.

-No intentes hablar así conmigo. Las nubes están dejando de estorbar la Luna. No queda tiempo. Sólo dis… pa…

-Oye, ¿qué te pasa? – Se acerca el portador de la -ahora inservible- arma preocupado.

-¡Te dije que dispararas! – La voz del joven ha cambiado al tono que tenían aquellos rugidos.

Lo previsto ocurre. La novia pierde a su hombre al mismo tiempo que la bestia sacia su hambre. Hay sangre por todas partes y ningún rastro del muerto campista.

Como el chico dice: el tiempo no es piadoso para nadie. Nada lo es más que la muerte, es la más justa, en cambio, para el caso del joven del bosque. La muerte aún no lo encuentra, su maldición lo esconderá de ella por mucho tiempo.