-Shinu-

Heian Era, 950 d.C.

El dia estaba llegando a su oscuro ocaso, escondiéndose el sol detrás de los amenazadores cúmulos que cubrían la lejana montaña, esperando para descargar sobre la inocente tierra sus audaces aguas.

En el Palacio Imperial de Kyoto, bajo las verdosas tejas del tejado de la sala Seiryōden, se habían reunido algunos ministros de alto rango, junto con el Emperador, para discutir sobre un importante asunto. La sala estaba más bien oscurecida por el grisáceo cielo, y las cortinas de seda, cuya opacidad impedía el paso de la enfermiza luz del jardín, se mecían perezosamente bajo una breve brisa, cargada de tensión. Las nubes intercambiaron sendos relámpagos, iluminando de forma efímera la estancia.

Rápidos, caminando con pasos grandes y torpes, tres mensajeros irrumpieron en la cámara y se arrodillaron con temor hasta tocar el suelo con la frente, bajo la inquieta mirada de los ministros. El sonido del aire aspirándose en sus pulmones sonaba como el lejano viento de un ciclón.

—Su majestad... sus excelencias—soltó entrecortadamente uno de los enviados.

—Retomad vuestro soplo—aconsejó solemne el Emperador. Los mensajeros no le miraron directamente ni levantaron la frente del suelo—. Calmaos, y ahora, dadnos las nuevas de las cuales sois portadores.

Uno de los enviados levantó un poco la cabeza, lo suficiente para su voz llegar a todos ellos, pero no lo bastante para clavar sus innobles ojos sobre el Emperador.

—Su excelencia, el leal kampaku de su majestad, Fujiwara no Tenzou, ha pasado finalmente al otro mundo.

Los ministros, arrodillados en el suelo perpendicularmente al trono del Tenno, alzaron sus voces.

—¿Quién se hará cargo de tan importante puesto?—preguntó un joven ministro.

—Las leyes indican que sea un descendiente o familiar quien deba ocupar el cargo—reiteró otro noble, Ministro de la Izquierda.

—La familia Fujiwara ha ostentado este cargo desde la era del Emperador Tôgun—informó el governador de una cercana provincia—. Tal vez ya es hora de dejar paso a una nueva generación. Hay muchos nobles prometedores, cuya caligrafía y poesía darían envidia a la mayoría de los nobles Fujiwara.

—Pero durante cientos de años, los únicos que hemos sabido guiar al Emperador con sabiduría fuimos nosotros mismos—insistió el Ministro de la Izquierda, perteneciente al clan Fujiwara.

—Quiero orden—indicó el Emperador, levantándose del trono. Los demás nobles callaron en el instante—. Yo mismo sé quién debería de heredar del puesto, yo solo conozco la valía de cada uno de vosotros.

Los ministros y governadores, todavía arrodillados, inclinaron sus cabezas.

El tenno ya había tomado su desición.

Por la mañana, en las habitaciones del norte del Palacio Interior, donde habitaban, se divertían, y pasaban el tiempo las nobles damas de la corte, algunas de ellas estaban reunidas, discutiendo hechos. La mayoría de ellas estaban sentadas, con las largas mangas de sus supuerpuestos kimonos a sus lados, abanicándose con delicadeza. Al otro lado de la habitación, dos otras damas estaban jugando a shougi, juego de tablero chino que tenía como objetivo la captura del rey contrario.

—He oído de boca de sirvientes, aún sabiendo que no hay que fiarse de sus palabras, que Su Majestad ha nombrado ya al próximo Kampaku, y que éste está ya en camino hacia el palacio.

La noble dama escondió su emblanquecido rostro detrás de su larga manga, de un rosa pálido.

—Takako-san, tus sirvientes tienen las palabras firmes—añadió otra dama sentada a su lado—. Mi compañero, Hirako Shônagon, me lo comentó esta mañana. "Su Majestad está profundamente dolida", añadió. Incluso recuerdo el poema que afligido repitió:

La marchita flor

no resiste al viento,

y deja en mi

sus brillantes pétalos

de joven primavera.

—¿Quién cargará, pues, con el puesto de consejero de Su Majestad?—preguntó una dama jugadora de shougi. Su oponente, una joven de palidísima piel, envuelta en blancos kimonos, avanzó una pieza del tablero, y quitó la que ocupaba dicho lugar. La dama se llevó el abanico a los labios, y ahogó una exclamación.

Tsumi—susurró sonriendo la joven en blanco. Las nobles presentes guiaron sus ojos hacia las jugadoras.

—Oh, Tsukihime-sama, me venciste otra vez—declaró la vencida, inclinándose ante ella.

—Segun he escuchado, el próximo Kampaku es el hermano del anterior, y viene al palacio junto a su hijo—declaró Takako-san, soltando una risita ahogada por su manga—. Quizas alguna de nosotras tenga la oportunidad de recibir algún poema suyo. Su caligrafía, me han dicho, es exquisita.

Una de las nobles damas empezó a tocar una cítara koto. La suave melodía se elevó por esa zona del palacio como los trinos de un petirojo por un bosque. Las cortesanas* se dejaron llevar por la música, y pasaron la mañana discutiendo sobre los colores de las diversas capas de tela que formaban el kimono de una de las cortesanas, que según se rumoreaba, en presencia del Emperador, portó una de las capas de su manga de un color demasiado pálido, y éste se lo hizo saber, divertido. Para una noble de la corte, aunque le pareciese divertido a Su Majestad, eso era una de las peores vergüenzas que podría sufrir.

Un suave tapeteo sobre la puerta de papel de arroz interrumpió la música. Una dama de honor, vestida con telas de grisáceos colores, se adentró en la cámara, llamandole la atención a una de las damas de la corte.

—Su Alteza—nombró arrodillada. La dama ganadora de la partida de shougi clavó sus ojos en ella—. Kisoku Hyôbu la está esperando para su partida cotidiana de shougi.

La dama envuelta en telas blancas se despidió de sus compañeras y salió de la cámara. Ya sabía en qué habitación debía rendirse, así que caminó de forma elegante y pausada, arrastrando una cola de tela tras ella, seguida de su dama de honor. Después de pedir permiso, entró en la habitación y se inclinó ante su maestro. Esperó que él le indicase sentarse en frente del tablero para empezar el juego.

—Su Alteza—dijo solemne el Ministro Militar, moviendo el álfil en un punto central—. Supongo que la habrán informado de la muerte del Kampaku de su padre, y de lo triste que éste se encuentra.

—Así es—respondió, moviendo una ficha para defender su torre—. Junto a mis dos hermanos, visité a mi padre anoche, y le recité poesías para calmar su aflicción—abrió su abanico, escondiendo la mitad de su rostro.

—¿Y quién te recitó poesías a ti, para calmar tú aflicción?—su otro álfil comió uno de sus peones, y amenazó directamente a su general de oro. Si no jugaba bien, perdería una importante pieza. Se percató de ello, y actuó en consecuencia.

—Era cierto que el Kampaku y yo intercambiamos varios poemas, y a él le agradezco el haberme dado la fama de mi caligrafía, pero aunque Su Majestad hubiese aceptado el matrimonio, su interés por mi era el mismo que el de una bella mariposa hacia una flor, y su caligrafía no reflejaba sino malicia y soberbia.

Movió uno de sus caballeros, que hasta ahora había permanecido dormido en un punto insignificante del tablero. Pero ahora, tal movimiento cobró importancia. Su propio maestro cerró el abanico, aturdido.

—Muy interesante, serías capaz de sacrificar tu general, pero aún así, con la posición que ahora tiene el caballero, respaldado por otro álfil y otro peón, mi rey no tardaría en ser capturado.

Sin embargo, sacrificó otra de sus fichas, moviendo un general de plata, para asegurar la protección de su rey. Estaban igualados.

—Dentro de unos dias, llegará al palacio el Kampaku, junto a su hijo—le informó Kisuko—Es un gran admirador del shougi, y visto que tu fama de jugadora, al igual que el de culta cortesana, a atravesado todo el Imperio, él seguramente estará ardiendo de deseo de enfrentarse a Su Alteza.

—Entonces, yo le daré una partida memorable, la cual no podrá volver a encontrar ni en el cielo ni en la tierra—Tsukihime movió una mecha de su largo cabello hacia su espalda, con un gracil movimiento de mano.

—Pero me temo, Su Alteza, que su fama de invencida vaya a tener que llegar a su fin, después de 900 partidas ganadas.

Tsukihime, atemorizada, se tapó la boca con la manga y agachó la cabeza.

—Por mucho que su shougi sea el mejor en el Imperio, y que en su lista de vencidos estén estrategas y governadores, Su Alteza no puede aspirar a convertirse en Ryû, por lo tanto, intentar llegar hasta la partida número 1000 invencida carece de sentido para una noble dama como usted—añadió con pesar Kisuko.

Tsukihime dejó reflejarse la tristeza en su mirar, y posó una ficha en el tablero, sin cuidado.

Triste invierno

acecha mi corazón,

partido en dos,

primavera, otoño,

perdido mi tesoro.

El maestro miró compadeciente su discípula. Aún así, una derrota no sería suficiente para manchar su nombre, respaldado por su caligrafía y su poesía.

—Tal vez te interese más el hijo del Kampaku, después de eso—volvió a decir, sonriendo. La expresión de Tsukihime no cambió, pero intentó mostrarse interesada—. Yo mismo sé que es un excelente jugador de Go, otro juego de tablero, al igual que lo era su tio. Su majestad está muy interesada en él, y tal vez lo contrate como tutor después de unas partidas. Quizas se muestre interesado en ti.

Tsukihime sonrió con dulzura.

—Hay muchas damas en la corte en las que puede mostrarse interesado, y yo no sé jugar a tal juego.

—Pero tu capacidad de aprendizaje es lo que podría cautivarle. Si tras tu derrota, sientes que ya no puedes colocar las fichas con seguridad, que el miedo dominan tus gestos y que tu rey está constantemente amenazado, intenta aprender otro juego. Sólo puede ser bueno.

Tsukihime entendió. No hacia falta acabar la partida. Se inclinó y agradeció a su maestro, y salió de la habitación rumbo a sus aposentos.

—¿Tsukihime-sama?—llamó su dama de honor, preocupada—. ¿Realmente perderá la próxima partida?

La noble sacudió un poco sus largas mangas blancas.

—¿Acaso tengo otro camino posible, Mirako?


N.A: En este relato, por cortesana me refiero a cualquier dama noble perteneciente a la corte, sin ningún significado peyorativo.

Gracias por leer, Abigail Hitoride.