P

O

I

S

O

N b y A b y C a t.

Presentación.

Invierno de 1997.

Osorno, Chile.

Una mujer pelirroja corre bajo la lluvia invernal del sur del país donde ha huido. Lleva un niño en brazos. A su lado, un hombre de abrigo negro y cabello oscuro corre con una katana en la mano.

- ¿Mamá, a dónde vamos? - preguntó el niño en un perfecto inglés.

- Calla y deja a tu madre pensar - respondió el hombre.

Pensaba... ¿qué pensaba?... Tal vez en algún lugar en donde dejar a salvo a su hijo, no lo sabía...

De pronto, se vieron acorralados. Tres personas encapuchadas estaban a tres metros delante de él. El primero llevaba una capucha negra. Sólo su cabello grisáceo se dejaba ver, al medio, otra figura más alta tenía la capa grisácea y su cabello negro lo agitaba el viento; y al otro lado había una figura un poco más pequeña, de capa blanca y cabello dorado. La sombra que proyectaba la capucha no dejaba ver sus ojos.

- Mierda... - dijo entre dientes.

- Karol e Igníea Visconti, entreguen a su hijo - dijo el de capucha negra.

- ¡Jamás! ¡No me arrebataran a mi hijo! - exclamó el hombre con voz potente.

El niño de cabello oscuro se aferró a las ropas de su madre. ¿Qué pasaba? ¿Quiénes eran esas personas? ¿Por qué lo querían a él?

De pronto, su padre se adelantó para atacar a los encapuchados. La mujer aprovechó para escapar.

- ¿Qué hacemos mamá? - preguntó, otra vez. Ella se mordió el labio inferior mientras seguía corriendo con su niño a cuestas.

- Gerard, esas personas malas nos quieren separar. Pero yo no las dejaré...

Entonces, se encontró con una enorme casa estilo alemana, como varias de aquél sector de la ciudad. Tenía un cartel que decía 'Hogar de Menores San Expedito'.

- Gerard, hijo... - lo bajó de sus brazos mientras el niño le observaba, curioso. - Tenemos que dejar de vernos.

- ¿Por qué?

- Por que la gente mala te quiere a ti, y ni yo ni tu papá queremos que ellos te hagan daño.

- Pero mamá, yo quiero estar contigo...

La lluvia arreció con más fuerza en la pequeña ciudad sureña.

- Te quiero, hijo.

Un beso en la frente, una marca con los dedos. El niño cayó dormido y su madre lo cubrió con la manta que la cubría a ella. Tocó el timbre. Un hechizo, otro beso y el niño quedó solo y abandonado en la puerta de esa antigua casa de acogida.

Una señora de edad salió a abrir la puerta en pijamas.

- ¿Quién va? - preguntó. Acomodó sus enormes lentes para después mirar abajo. - ¡Por el amor de todo lo sagrado! ¿Quién te ha dejado aquí, pequeño? ¡Juanito! ¡Juanito! ¡Trae una toalla! ¡Rápido! ¡Hay un niño congelándose aquí afuera!

La lluvia cayó con más fuerza. La mujer observaba detrás de un árbol de la calle. Un hombre de abrigo largo y negro apareció detrás de ella. La tomó de los hombros, mientras la mujer de ojos dorados comenzaba a llorar.

- Era lo mejor para él... - musitó el hombre, viendo como un hombre de unos sesenta años entraba a su pequeño niño prodigio...

--

Invierno 2009.

Osorno, Chile.

- ¡Hey! ¿Qué es la que hay?

- Ay, por favor Gerardo. ¿En serio tienes que imitar a ese regeetonero?

- ¡Es que Daddy Yankee la lleva!

- Sí como sea - suspiró la chica de cabello negro.

Caminaban bajo la lluvia en dirección al paradero de la micro. Las calles estaban empapadas desde ayer en la madrugada, cuando arreció la lluvia con toda su fuerza. El fuerte viento obligaba a dejar los paraguas en casa, si es que querías conservarlo entero. Los impermeables negros, amarillos y azules se veían por todas partes.

Niños de la mano de sus padres se dirigían al colegio que quedaba cerca de la casa de Curlise. Rahue Alto era el que menos sufría de anegaciones en las calles, al estar en la colina.

- Te apuesto a que en Rahue Bajo la Avenida República está imposible - rió Gerardo, al recordar cómo ayer un ciclista quedó empapado cuando la micro en la que iban pasó por uno de los enormes pozales que se forman en la calle en época de lluvia.

- El alcalde debería de preocuparse por la avenida principal de Rahue... - suspiró Curlise.

El microbús paró en el lugar establecido, dejando subir a los alumnos que se dirigían a sus colegios y a los adultos a sus trabajos. Gerardo logró escabullirse hasta la parte de atrás, donde siempre hay espacio cuando te vas de pie. Curlise lo siguió de cerca pidiendo permiso y disculpas a las personas que se encontraban de pie en el pasillo.

- ¿Acaso te cuesta pedir permiso? - le recriminó Curlise.

- Oops. ¡Es que tú siempre pides permiso!

Curlise puso los ojos en blanco al tiempo que soltaba un bufido. Gerardo soltó a reír.

- Cuando eres Curlise me encantas más.

- ¡Ya cállate! - exclamó Curlise. Varias personas se giraron a verla. Se sonrojó. Gerardo rió entre dientes. - Te he dicho que no me llames así delante de extraños...

- Ooops, perdón, señorita - Gerardo le dedicó una sonrisa seductora.

- Ya... - Curlise desvió la vista, sonrojada.

- ¿Te impresiona mi sonrisa seductora? - preguntó Gerardo, muy pagado de sí mismo.

- Me impresionaría saber que haz estudiado para el examen de cálculo de hoy.

- ¿¿Era hoy?? - exclamó Gerardo.

- ES hoy - enfatizó Curlise con aire de superioridad.

- Hug. Creo que me quiero enfermar de colitis hoy...

- ¡Agh! ¡Que eres asqueroso!

Gerardo rompió a reír nuevamente.

- Era broma, mujer...

- Idiota...

- Corrección. Soy TU idiota.

Le sonrió y se regalaron un beso.

Habían pasado cuatro meses desde que Curlise derrotó a Los Úsares. También cuatro meses desde que habían empezado a salir.

... Y también cuatro meses desde que Gerardo conoció a sus verdaderos padres, y los vio morir a manos de su amada.

Pero eso a él no le importaba. Quería a su hermana y a su cuñado. Y también a su sobrinita Tamara de tan sólo tres años. Y eso le bastaba para ser feliz.

Además, era mago, y compañero de Curlise. Justus decidió entrenarlo, algo que le hizo mucha ilusión a ambos: a Gerardo por que él había entrenado a su novia y la había convertido en la mejor, y a Justus por que al fin estaba entrenando a un hombre.

Curlise fue la única que trató de evitar que Justus entrenara a Gerardo. No quería que él pasara por más peligros o que se le subiera la magia a la cabeza. Gerardo le reclamó -en son de broma- que en realidad ella tenía miedo de que él fuera el mejor de los dos.

A ella no le importaba si él era mejor que ella o no. Lo que a ella le preocupaba era el pasado de Gerardo, y si era verdad lo que ellos habían dicho. Conociendo a los Exterminadores, aún lo seguían buscando.

Pero por ahora, había otra cosa que le preocupaba a Curlise. Pero más que preocuparle, le aterraba: Etna le había revelado que su padre vendría pronto a Chile a verla. Eso le aterraba más que todo lo otro junto. Pondría el grito en el cielo al saber que ella se había enamorado hace cuatro meses y él no lo sabía.

Era su regalona, no lo culpaba. Siempre fue mejor que su hermano.

Su hermano, un año mayor que ella, se había echo a sí mismo un conjuro de transformación para transformarse en gato. Tenía su propia clave, pero ahora lo había olvidado y estaban tratando por todos los medios de quitarle la transformación, pero sólo el hechicero que hizo el conjuro lo tiene que hacer. Y él, era un caso perdido...

Ingresaron al salón tomados de la mano, como siempre. Ella, volviendo a ser Christine, ingresaba mirando sus propios pies y Gerardo, como siempre, tenía la sonrisa más triunfal de todas.

Aún no olvidan cómo fue la reacción de sus compañeros al verlos juntos... Varias chicas habían felicitado a Christine por su valentía, y los hombres de la clase -que eran pocos- habían echado apuestas para saber cuánto durarían.

Hasta el momento, ninguno había ganado.

La misma rutina de siempre. Se sentaban a leer juntos algún libro, si no era el del mes era de la saga de Crepúsculo, y ahora estaban empezando a leer, otra vez, Luna Nueva.

Y estaban esperando el estreno del filme en Noviembre.

- Ah, pobre Bella, siempre lloro con esta parte... - dijo emocionada Christine.

- Hum. Oye... Christine.

- Dime.

- Prometo que nunca te dejaré sola, ¿de acuerdo?

Christine parpadeó un par de veces.

- ¿De qué estás hablando?

- Quiero decir... que tanto melodramatismo ya me tiene loco. ¡Ah, es cierto! ¡Hay examen de cálculo! ¿Me ayudas a estudiar?

- Primero me convierto en rana - bufó Christine.

- Oh, vamos, mi brujita linda - Gerardo tratando de convencer a Christine.

- Ah no. Esta vez no funcionarán tus majaderías.

- Por favorcito... - Gerardo puso la mejor cara de cachorrito extraviado que pudo. - ¿Síiiiiii?

Christine le quedó mirando de reojo con los brazos cruzados. Después de varios segundos, logró ceder.

- De acuerdo... - bufó Christine. - ¡Siempre me convences con tu carita de perro perdido!

- ¡Esa es mi bruja Maruja!

- ¿Dejas de decirme bruja?

- Ok, Ok. ¡Es la que hay!

- Otra vez... ay, no hay remedio contigo...

Ambos comenzaron a reír.

--

Después de clase, Gerardo acompañó a Curlise hasta su casa, como todas las tardes. Al ingresar, Selene, la madre de Curlise, estaba dirigiendo a unas escobas, un trapeador y unos plumeros para limpiar el salón.

- Hola mamá... - saludó Curlise.

- Ah, hola, chicos - saludó, sin dejar de mirar cómo los plumeros pasaban sobre un mueble alto. - No se preocupen por las escobas y demás cosas. Está todo bajo control.

- De acuerdo, señora Selene - respondió Gerardo.

- Ay mi niño, deja de decirme así, me siento vieja - la mujer de cabello rosa comenzó a reír estrepitosamente.

Subieron las escaleras hasta la habitación de Curlise. No tenía mucho ánimo el día de hoy, y sabía por qué: su padre llegaría de sorpresa en unas dos horas más, y el entrenamiento de Justus comenzaba en una hora... y duraba hasta la cena.

- Pareciera que no disfrutas de mi compañía - el sonido de la voz de Gerardo la desconcertó.

- No, no es eso... - respondió, mientras dejaban sus bolsos encima de la cama de ella. - Es... por otra cosa.

- ¿Te molesto?

- Para nada - Curlise sonrió.

- Bué, se hace lo que se puede.

Gerardo se sentó en frente del computador de Curlise y lo encendió.

- ¿Puedo revisar mi Facebook?

- Sí, es todo tuyo. El PC, digo.

Mientras Gerardo observaba la pantalla hasta que apareció el escritorio, Curlise colocó las yemas de sus dedos índice y medio en sus sienes, para luego comenzar a masajear. Estaba muy estresada por todo el asunto. Su padre, como era, era capaz de matar a Gerardo, por ser un simple humano.

Ah, no. Allí estaba la salvación: Gerardo era su compañero de magia y, además, él también era un hechicero. Un Visconti, pero un hechicero al fin y al cabo.

No quería reconocer que le daba terror llevar a Gerardo a Gales con ella cuando su misión acabase.

Curlise, cambio de planes.

¿Etna?

Tu padre viene en camino.

- ¡NO! - gritó la chica de cabello negro. Gerardo se volteó, alarmado.

- ¿Qué ocurre?

- ¡Mamá! ¡Mamá!

Curlise bajó corriendo las escaleras. Pasó a traer a Justus cuando corría en dirección a su madre.

- ¿Pero que bicho le ha picado? - preguntó Justus a nadie en particular. Gerardo se detuvo frente a él, y ambos siguieron a paso rápido hacia el salón.

- Mamá, papá viene en camino.

- ¡Qué bien! Al fin le han dado el permiso para venir a verte. ¡Haré pastelillos!

- ¡No, mamá, no entiendes! ¡Gerardo se tiene que ir!

- ¿Por qué? - ahora era Gerardo quien hablaba. Curlise le miró con una disculpa en los ojos.

- Si mi papá se entera de que estoy saliendo con un paisano, pondrá el grito en el cielo.

- ¡Pero si yo no soy un humano corriente ahora! - se rió Gerardo, burlándose de la preocupación de su novia.

- No es eso por lo que estás preocupada, ¿verdad, Curlise? - intervino Justus.

Ambos se miraron en silencio.

- ¿Qué pasa? ¿Qué es todo ese escándalo? - preguntó Muske, llegando por la cocina.

- Tu padre viene a verlos, Muske.

- ¡Oh no! ¡Me castrará si me ve así! ¡Mami!

- No te preocupes, tu padre no te hará nada - la mujer sonrió al recibir a su pequeño en brazos.

- Curlise tiene razón, Gerardo - dijo Justus. - Será mejor que te vayas ahora, y que no te aparezcas por aquí mientras él permanezca en Chile.

Curlise respiró aliviada.

- Pero... ¡ahora soy un hechicero! Bueno... en proceso de. ¡Tu padre va a tener que aceptar al novio de su hija sí o sí!

Gerardo se veía decidido. Algo que le preocupaba aún más a Curlise.

- No es ese el único drama, Gerardo... Es que... tú eres un...

Una ráfaga de viento se hizo presente en medio de la habitación, haciendo volar los papeles, El viento cesó de pronto para dar paso a un hombre alto, de cabello negro tomado en una coleta, ojos verde manzana. Un sombrero negro cubría su cabeza, y una capa de color negro de terciopelo forrado en verde. Cuando la capa dejó de agitarse, el hombre levantó la vista.

- Ah, mi pequeña niña está cada vez más grande.

Curlise dudó un segundo, pero después fue corriendo a los brazos de su papá.

- ¡Papá! ¡Papá!

Había olvidado que hace más de dos años que había dejado de verle. El problema con Gerardo era cosa de segundo plano, ahora se dio cuenta de cuánto extrañaba a su padre.

- Oh, yo también te he echado de menos - sonrió el hombre.

- Mi amor, al fin te han dado el permiso - dijo Selene, mientras tomaba al recién llegado por los hombros.

- ¡Hermano! ¡Vaya, hasta que te han soltado del purgatorio! - bromeó Justus, dándole unas palmaditas a su hermano en el brazo.

- ¿Y dónde está ese irresponsable de Muske, eh? - el hombre alzó la vista. Fue ahí cuándo reparó en Gerardo. - ¿Y tú, quién eres?

Gerardo se había quedado sin habla. A pesar de que había visto al padre de Curlise en una que otra fotografía, jamás pensó que su penetrante mirada atemorizara tanto. Ahora entendía la reacción de Muske.

- Yo... yo... me llamo Gerardo Cruces, gusto mucho... ¡digo! Mucho gusto... - balbuceó.

- Oh, querido, él es un amiguito de nuestra pequeña - dijo Selene.

- Vaya. ¿De qué Instituto de Magia? ¿Braveheart? ¿Constantine?...

- No, no, no... Él no es de ningún instituto de magia - Curlise observó a su padre, algo temerosa. Se soltó para acercarse a Gerardo y tomarle la mano. Sabía lo que venía, así que era mejor hablar ahora. - Hace cuatro meses descubrió que él era un hechicero... y también hace cuatro meses que le transformé en mi compañero. Somos... novios... - las últimas palabras las dijo en apenas un murmullo.

El silencio reinó en el lugar.

La mirada de su padre sobre Gerardo era fulminante. El aludido comenzó a sudar en frío.

- Hum - fue lo único que dijo.

- Querido, nuestra pequeña está creciendo - intervino Selene. - ¿Recuerdas a que edad me transformaste en tu compañera?...

- Sí, pero eso fue diferente - respondió el hombre, volviendo la mirada hacia la mujer de cabello rosa oscuro. - Tú eras de una familia de hechiceros.

- Él fue abandonado en un orfanato, hermano - dijo Justus. - Tal vez sea de alguna familia de hechiceros... quién sabe.

- ¿Pero que clase de familia de hechiceros abandona a su hijo en un orfanato?

- Oh, vamos, cariño. Deja eso de lado, por la paz.

El hombre volvió a mirar de manera fulminante al compañero de su hija.

- ¿No me vas a presentar? - preguntó, arqueando una de sus pobladas cejas.

- ¡Oh! Papá, Gerardo. Gerardo, él es Lionel, mi padre.

- Mucho gusto.

- Sí, ya lo habías dicho - acotó fríamente Lionel.

Gerardo apretó firmemente la mano de Curlise. Le sudaban las manos.

- Oh, cariño, debes estar cansado - dijo Selene, tomando el sombrero de su esposo. - Ponte cómodo. Te prepararé un té.

- Con dos de azúcar - el hombre dejó de lado la hostilidad al sentirse cómodo en el mullido sofá rojo.

- Bueno, Gerardo ya se iba - dijo Curlise, arrastrando -literalmente- a Gerardo hasta su habitación.

Cerró la puerta detrás de su espalda y se apoyó en ella, liberando un suspiro de pesar.

- Me odia.

Curlise le miró. Gerardo estaba serio, algo poco usual en él.

- No, papá es así - volvió a suspirar. - Hubieras visto como se puso cuando Muske olvidó la clave para regresar a su forma humana... - rió entre dientes al recordar ese suceso.

- Te digo, m-e o-d-i-a. No sé por qué, pero lo sentí así...

- Oh, vamos Gerardo. Lo que ocurrió en tu pasado no tiene nada que ver con la actitud de papá.

- ¿En mi pasado? - Gerardo arqueó una ceja.

- Ya sabes, lo de Igníea y Karol...

- Te he dicho un millón de veces que no lo menciones. Ellos no son mis padres. Jamás lo fueron.

Cerró los ojos y se dejó caer en la cama de Curlise. Ella se recostó al lado de él, acurrucándose en su pecho. Gerardo comenzó a jugar con un mechón de su negro cabello.

- Siempre me pregunté por qué negabas de ellos. Pensé que cada niño abandonado y/o adoptado querría saber quiénes son sus padres.

Gerardo soltó un bufido.

- No todos los niños en el orfanato piensan igual.

- ¿Por qué?

- Hay algunos que ni siquiera se interesaron en saber quiénes eran sus padres. Simplemente por que los abandonaron, y por eso no merecen ser llamados 'padres'. ¿Entiendes lo que te digo?

- Te sigo.

- Yo era uno de esos niños - confesó. Curlise alzó la vista para mirarle a la cara. - Mi hermana... Isabel era todo lo que tenía. Cuando ella encontró un trabajo y un novio, decidió dejar el orfanato y salir conmigo. Ella ya tiene veintiséis años, y una hija de tres, mi sobrinita Tamara. José es todo lo que ella pidió, y yo nunca fui tan feliz.

- Pero aparecí yo y embarré la onda - Curlise trató de sonreír alegremente, pero la alegría se escapó de sus ojos.

- No. Apareciste tú y se iluminó mi mundo, que estaba a mediana luz. Creo que eso lo sabes.

- Sí que lo sé - Curlise se rió entre dientes.

Hubo un momento de silencio.

- Pero si no hubiera aparecido en tu vida, te hubieras ahorrado el dolor de ver morir a tus padres...

- Alto ahí - le cortó Gerardo. - Ellos-no-son-mis-padres - enfatizó las palabras con un toque de su dedo en la frente de Curlise. - Que te quede claro.

- Yo pensé que me guardabas rencor...

Gerardo se echó a reír.

- ¡Ah, si que funciona tu conjuro! Qué débil te vuelves cuando no puedes leer los pensamientos de los demás, ¿verdad?

- Silencio - bufó Curlise.

Gerardo rió entre dientes.

- Gerardo - Curlise se incorporó, sentándose en la cama. Fijó sus claros ojos en los ojos castañosos de él. - Esto no es una broma. Tengo entendido que mi padre ordenó a los Exterminadores que te buscaran a ti y a tus padres. Por favor... mientras él esté aquí, no vengas a casa...

- Pero... ¿y mi entrenamiento?

- Justus no podrá salir, despertaría sospechas. Mientras mi padre esté aquí, tú tendrás que quedarte en tu casa.

- Buf. Eso significa que no te veré tanto como antes. ¿Y que haré para verte? ¿Tendré que venir por las noches y quedarme contigo, a lo Edward?

- No te hagas el gracioso, esto va en serio.

- ¡Yo también estoy hablando en serio! Mira, tu padre podrá ser el jefe-de-no-sé-qué-cosa pero no por eso yo dejaré de verte. Es estúpido. Y rotundamente innecesario.

- Gerardo, mi papá no es jefe de nada. Sólo pertenece al Grupo de los Diez, grupo al que antes pertenecía mi abuelo, y él padre de éste. Lo único que sé es que cuando mi abuelo falleció, mi padre asumió la responsabilidad. Y los Visconti pertenecen a ese selecto grupo, pero desde que...

Curlise observó a Gerardo. Estuvo a punto de decir 'asesinaste a uno de los Diez', y se arrepintió por eso. Llevó su dedo pulgar a la boca, mordiéndolo.

- Oh, vamos. Te estás haciendo un lío mental - Gerardo se incorporó y la abrazó delicadamente. - Yo no dejaré de venir por tu padre, Curlise. Eso que quede claro.

Se separó de él.

- No. No, no y no. No seas necio, Gerardo. Es lo mejor para ti. Por tu bien. Por la paz. Conozco a mi padre, y sé de lo que es capaz de hacer.

Gerardo soltó un bufido.

- Por favor...

- Argh, cómo quieras. Pero me dolerá mucho... y a ti también.

- Sí, lo sé.

- ¿Cuánto se quedará tu padre?

- Como dos semanas. A lo sumo un mes.

- ¿¡Un mes!? ¡¡Y quieres que soporte un mes sin ti!? ¿Estás loca?

- Por tu bien - volvió a repetir Curlise.

- Pero en una semana es tu cumpleaños, y... y...

- Sí, lo celebraré. Siempre me lo celebran. Son mis diecisiete. Edad adulta en Magician Town.

- ¿Magician Town?

- Algún día te lo explicare...

- Pero... - Gerardo sacó su cara de cachorro extraviado. - Mi quere estar con usté... y usté no quere tar conmigo...

- Gerardo, no... - Curlise se veía conmovida por la actuación de su novio. - No te pongas melodramático...

- Pero... pero... - ahora hacía pucheros.

- Ay... Qué voy a hacer contigo, cabezota...

Gerardo la tomó de la cintura, acercándola a él.

- Nada. Simplemente nada.

Y se regalaron un beso.


Woha! Ahora creo que sí puedo hablar, al fin... :D

¡Continuación de I M A G I N E! P O I S O N tiene exactamente la misma metodología anterior, de que el título le da las iniciales a los episodios. Yep, este va a tener seis, pero serán largos, o eso espero. Ah, y está en tercera persona, me sale mejor.

Pretendo hacer una tercera parte, y eso va a depender de ustedes, mis lectores. Si me alientan tanto como lo hicieron con I M A G I N E, será una trilogía :D.

¡Que les vaya súper a todos, y que sus días estén llenos de inspiraciones y buenas ideas!

AbyCat