Capítulo 2: Godness Bless

Aquí en Gracegod Village siempre estamos diciendo que dios nos bendijo a todos con su gracia, de ahí el nombre. Aunque en realidad, se podría decir que esto era antes.

Ahora están pasando cosas horribles. No pasa un día sin que nuestro periódico local nos de algún titular de mal agüero. Todo son maldiciones y torturas. Todo son pintadas con símbolos extraños en el cementerio, saqueo de panteones, perro y gatos muertos clavados en estacas en los cruces de los caminos y, lo más escabroso de todo: llevamos un mes y diez días sin noticias de Jake Wickety. Todos estamos muy estresados.

Las cosas no pintan bien para el jefe de policía Stampton. Los padres y los profesores se le han echado encima y, encima, la desaparición de Angie Smith no ha contribuido mucho a su redención.

Dicen las malas lenguas que John Stampton le está dando a la bebida, aunque, si en mi pueblo empezasen a desaparecer los críos sin más, también optará por callar al gusano del estrés con alcohol.

Será por unas cosas o por otras, el caso es que, esta mañana, John Stampton se dirigió al Evil´s Alley donde su dueño, Drake Falls, se encontraba ya abriendo la verja.

Un terrible olor a vómito seco golpeó la pituitaria de Drake, recordándole que la noche anterior estaba demasiado cansado como para fregar. Subió las banquetas a la barra, cuando unos golpes en la chapa metálica le sacaron de su ensoñación y le mostraron a un agente de la ley al borde de la desesperación.

- ¿Qué quieres, jefe? – preguntó.

- Un café y algunas respuestas. – dijo John Stampton

- Claro, ¿cómo no? – se ofreció mientras encendía la cafetera.

- ¿Viste algo raro anoche?

- Bueno, vi a un tío bastante feo irse acompañado de una rubia pechugona, pero supongo que no te refieres a eso.

- ¿Algún tipo fuera de lo habitual?¿Alguien con pinta rara? – insistió John

Como respuesta, Drake se encogió de hombres y con un gesto elocuente le recordó al jefe de policía que aquel era un bar heavy y que sus clientes no solían vestirse de frack para tomar unas cervezas.

- Ya, hombre. Me refiero a alguien que no suela venir por aquí habitualmente.

- No sabría decirte, estas últimas semanas está viniendo mucho turista y algunos vecinos de Suggarfields, les han cerrado su bar y aquí funciona mucho lo del boca-oreja.

- Comprendo. ¿Nadie que haya venido con niños?

- No. ¿Esto es por la cría de los Smith?

- Sí. Nadie tiene idea de cómo pudo pasar. ¡Joder! Su madre la metió en la cama y a media noche se acercó a ver cómo dormía y ya no estaba allí. Ya no están seguros en ninguna parte.

- Seguro que es una chiquillada. Estará escondida por ahí, cuando tenga hambre aparecerá.

- Lo mismo dijiste de Jake y mira como estamos…

Ambos se quedaron en silencio y con cara de preocupación. Drake sirvió los cafés y se los bebieron sin mediar palabra. El jefe Stampton se quedó pensativo analizando el fondo de su taza, como si allí los posos le pudiesen facilitar una pista y luego se puso en pie.

- Si recuerdas algo, llámame.

- Descuida.

John se puso el sombrero y se dirigió a la puerta.

- Oye, John, deberías dormir un poco, tienes muy mala cara.

- Cuando esté como la tuya hablamos.

- Comprendido, jefe, me meteré en mis asuntos.

- Chico listo. ¡Y ventila esto o se te morirá alguien por asfixia!


Eran sólo las diez y media cuando John llegó a la oficina. Era muy difícil averigüar lo que le estaba pasando por la cabeza, pero seguro que no se refería a lo mucho que le encantaba el despacho y haber estado allí durante días, como si fuese su casa.

Le dijo a George, el ayudante en prácticas, que hoy no le molestase mucho y que sólo le enviase avisos por el caso de Angie Smith o de Jake Wickety. Había sido una noche infernal y lo único que no quería era que le molestasen por la valla de un jardín o por el gato de la señorita Lorens atrapado en otro árbol. Simplemente, aquel era uno de esos días en los que el mundo entero se podía ir al infierno y, a poder ser, que lo arrastrase con él.

John estaba cansado. Muy cansando. Su mujer le había dejado hacía un año y todavía no lo había asimilado. Su mejor amigo se había mudado a otra ciudad y el resto de estaban casado y muy ocupados en arreglar sus vidas como para preocuparse lo más mínimo por él.

En resumen, John tenía una vida de mierda, con todas las letras. Y los últimos acontecimientos no lo mejoraban en absoluto.

Decidió cerrar las persianas del despacho, para darse unos minutos de intimidad. Sacó una botella de Jack Daniel´s, su nuevo amigo íntimo, y se bebió unos lingotazos, dejando que le abrasase la garganta. Luego, reclinó la silla hacia atrás y echó una pequeña siesta.

Al cabo de unas horas, un golpe sordo y el tintineo de las esposas chocando entre sí le hizo despertar.

- ¡Señor, jefe…Jefe Stampton! – llamó George, tratando de infundirse valor agarrando firmemente el pomo de la puerta del despacho – Es por el caso, sé que dijo que no le molestase por nada salvo por esto…pero han dado un aviso en la granja de los Mason. Creo que debería ir ahora.

- George, al grano: ¿qué demonios pasa?

- Ha llamado Peter Mason, dice que estaba trabajando en sus maizales cuando ha encontrado un cuerpo, cree que es Angy. Debería ir usted.

- ¡Joder! Coge el coche, el móvil y desvía las llamadas de la centralita. Te vienes conmigo.

- Sí, jefe. – George se puso muy nervioso y, finalmente, consiguió que su cerebro diese órdenes precisas a sus pies y logró salir del despacho y hacer lo le habían dicho.

Los Mason vivían en una pequeña granja familiar en las afueras. Se la habían pasado de padre a hijo durante seis generaciones y nunca había dado pérdidas, eso sí, tenía trabajo día y noche.

Cuando llegaron se encontraron en la puerta, con un pañuelo y llorando, a Agnes Mason, la mujer de Peter, que llevaba toda su vida en Gracegod.

- ¡Dios mío, John, es terrible! Pobre niñas. – lamentó

- Agnes, tranquilízate. ¿Dónde está el cuerpo?

- Peter está cerca de donde lo encontró, en el maizal, sigue por ahí. Dios, John, tengo que avisar a Emma.

- No, Agnes, no hagas nada aún. De momento no sabemos si es ella.

Agnes asintió. John quería evitar a toda costa dar cualquier noticia, ya fuese buena o mala, a Emma Smith. No hasta estar seguro.

Caminó hacia el maizal y divisó a Peter sin problemas. Este tenía cara de angustia. A nadie le gustaba encontrar muertos.

- Gracias por venir, John. Avisé en cuanto la vi. Casi le paso encima con la cosechadora.

John se agachó. Era horrible. En el suelo, enterrada, o más bien, a medio enterrar, yacía el cuerpo de una niña de unos siete años, con su pelo rizado y pelirrojo lleno de tierra y hojas secas del maíz. Era oficial: habían encontrado a Angy Smith.

- George, llama a Bob y dile que se venga para aquí. Que deje todo, esto es prioritario.

- Sí, jefe. – el chico llamó al forense, todavía no se acostumbraba a esas cosas y no quiso mirar.

Bob llegó a los diez minutos y dio la orden de levantar el cadáver. Su ayudante, un tal Mike, le ayudó a meterla en la bolsa y luego en la ambulancia.

- John, te daré los resultados enseguida. Espero que cojas al degenerado que ha hecho esto. No me gusta tener a niños en el depósito, es traumático. – Bob hablaba por él, claro, los niños que iban a su mesa, lamentablemente, ya no podían traumatizarse por nada.

John estaba molesto. Tendría que ir a ver a los Smith. Agnes se ofreció a acompañarlo, para ayudarle.

Cuando llegaron a casa de los Smith, Emma abrió la puerta y, al ver al dúo, empezó a llorar. Su marido estaba en shock, permanecía tras ella como una estatua mientras John les explicaba el procedimiento a seguir.

Los Smith estaban destrozados. John también. Se sentía fatal, aunque no era culpa suya, pero aún así sentía que había fallado.

Agnes, al sentarse en el coche patrulla y verle en aquel estado le dijo algo que pretendía ser un consuelo:

- Piénsalo, John, en parte es una bendición divina. Los Smith ya saben dónde está su niña. Ahora tienes que intentar encontrar a Jake y sacar a sus padres del infierno.

John asintió, aunque durante toda la tarde sólo podía pensar en que la única bendición que les había dado Dios era la creación de las destilerías.