Capítulo 3: Nueve Gatos

Había sido una mañana muy ajetreada. Después de la noticia de que habían encontrado a Angie, gran parte del pueblo había ido corriendo a comprar provisiones de velas. Muchos iban a hacer una vigilia-protesta en el jardín de los Mason, donde había aparecido el cuerpo.

No era algo que a ella le gustase pero iba muy bien para el negocio. Su dicho de que "el cliente siempre tiene razón, aunque sea imbécil" le rentabilizaba cualquier acción.

Verónica había heredado un próspero negocio familiar basado en el hecho de que desde tiempos de los pioneros, toda la estirpe Lorens había sido tildada de bruja. Ahora que, ya pasados los prejuicios y otras tonterías, la gente se tomaba la magia de otro modo el negocio familiar iba viento en popa.

A media tarde apareció por la tienda el jefe de policía. Últimamente visitaba mucho la tienda, pero nunca compraba nada. Lamentablemente, sus visitas hacían que los pobres compradores huyesen hasta el fin de sus visita, para evitar das más explicaciones.

- Buenas tardes, John. ¿Qué quieres?

- Sólo hacerte unas preguntas, Verónica.

- ¿Por lo de Angie?

- Si. ¿Has visto algo raro?¿Alguien que se haya comprado alguna cosa en concreto?

- Aquí la gente compra cosas concretas, John. Especifica más. – pidió Verónica.

- No sé, ¿algo para invocar al diablo? ¿matar gente? ¿rituales?

- John, todo lo que vendo puede formar parte de un ritual. No sé si buscas algo concreto pero, sinceramente, nadie me ha comprado nada relacionado con Satán. He vendido velas, incienso y algunas hierbas, pero nada sospechoso. Realmente, si buscas algo tendrás que concretar mucho más.

- Bueno, si notas algo raro, llámame. Toda esta mierda me supera y no tenemos nada, ni un sospechoso.

- De acuerdo, John, si veo algo te avisaré. Deberías dormir un poco, pareces agotado.

- Lo sé, dormiré cuando sepa algo. Hasta luego.

Verónica observó cómo se alejaba con gesto de preocupación. John le daba mucha lástima, siempre tenía aquel aspecto desamparado.

Sin embargo, Verónica no había dicho toda la verdad. Sí que había notado algo raro, pero había callado porque aún no sabía bien a qué demonios se debía y, lo único que faltaba era echar más leña al fuego de la psicosis colectiva.

Desde hacía varias noches alguien había decidido asustarla dejándole cada noche un gato empalado en la puerta de su casa. En concreto, habían sido ocho. Ella los enterraba en el jardín de atrás pero cada noche aparecía uno nuevo. Había estado investigando un poco y tenía sus propias teorías, pero no estaba segura al cien por cien.

Todo aquel día había sido normal, incluso se podría decir que bueno para el negocio. Sin embargo, con la sombra de sospecha planeando sobre su cabeza, Verónica se fue a su casa convencida de que iba a encontrar otra sorpresa.

Bajo la luz de la luna, cubierto de moscas, clavado en una estaca a los pies de la escalera, el gato número nueve clavaba sus ojos vidriosos en ella con su vacía pregunta sobre su absurda muerte.

Verónica suspiró, entró en el cobertizo y cogió la pala. Otra noche más en la que no podría entrar en casa a descansar al salir del trabajo.

Quitó la estaca y se perdió en el jardín trasero.