Capítulo 6: En lo profundo

John salió apesadumbrado de la casa de los Wickety. No era la noticia que les hubiese querido dar. La madre de Jake se había desmayado de la impresión y el padre se había quedado petrificado por el shock.

Nada tenía sentido. Ahora había dos niños muertos en el depósito y decenas de padres histéricos en todo el pueblo. En breve iba a aparecer la fotografía de Gracegod Village en la enciclopedia como símbolo de la sobreprotección.

Se sentía muy impotente. Lo único que se le ocurrió fue pasarse por el bar Evil´s Alley a tomarse unas cuantas copas.

De todas, aquella le pareció la mejor de las decisiones posibles.

Cuando llegó, el bar estaba medio vacío, había varias personas del pueblo de al lado, algunos parroquianos habituales y Drake, que estaba al frente, como todas las noches.

- Ponme una copa. – pidió John, hundido.

- Oye, John, no creo que sea una buena …

- No me des la charla. No necesito un consejero, necesito olvidarme de todo. Ponme una puta copa ya. – apremió el jefe de policía.

Drake no tenía ganas de discutir y le sirvió una buena copa de whisky. No estaba haciendo bien, acrecentar la fama de alcohólico de John no era una buena idea, dado como iban las cosas, aunque, por otro lado, el policía estaba hecho polvo y una copa más no iba a cambiar nada. Por lo menos, así, bebería en compañía.

John apuró su copa con cierta desesperación, desde luego, aquel no era su año. Todo iba de mal en peor. Se quedó reflexionando en cómo su vida se había visto arrastrada a lo más bajo en lo últimos años. Primero su mujer, ahora su carrera…Contempló las respuestas que le podían brindar los posos de whisky perdidos en el fondo de su copa y no supo interpretarlos.

Se levantó del taburete, dejó un billete de cinco dólares en la barra y se marchó antes de que Drake pudiese decirle algo.

Caminó hasta la casa de Verónica y llamó a la puerta. Al momento, ella abrió la puerta y miró a John de la cabeza a los pies, atónita, luego meneó la cabeza y lo hizo pasar.

Siempre había corrido el rumor de que Verónica era la quitapenas de John. Si alguien hubiese estado allí esa noche lo habría confirmado, aunque ambos sólo habían empezado a intimar a partir del divorcio de John. Nunca habría engañado a su mujer. Conociendo el estado actual del jefe de policía casi ninguna mujer del pueblo habría aceptado meterlo en su cama, pero Verónica era distinta, ella le había idolatrado desde que iban juntos al instituto. Le gustaba aunque deseaba que dejase la bebida y volviese a ser el de siempre.

Unas horas después, con sus cuerpos abrazados bajo las sábanas de la cama de Verónica, John seguía dándole vueltas a la cabeza.

- Debiste decírmelo. – increpó.

- ¿Decirte qué?

- Lo de los gatos. Por dios, está claro que el que esté haciendo esto tiene obsesión por tu casa.

- No. No está tan claro. Ha sido casualidad. Vivo un poco apartada del resto y soy la temible bruja del pueblo. Siempre que haya cosas de este estilo van a venir aquí a tocarme las narices. – declaró ella.

- No quiero que estés aquí sola.

- Pues ya sabes, múdate. – aquello era más un desafío que una petición.

John se quedó callado. No era la primera vez que ella le pedía que se fuesen a vivir juntos, no directamente, claro, pero no estaba preparado. Aún no. Era muy pronto para meter a otra mujer en su vida de esa manera. Ella notó la reflexión silenciosa y sonrió en la oscuridad.

- Sé que no lo harás. Soy mayor, deja que me cuide solita.

- Está bien. – siempre daba su brazo a torcer. No podría hacerla cambiar de opinión.

John se quedó dormido y soñó. Allí, en la profundidad del bosque, a lo lejos, estaba la clave. Un ser que se reía de él en la oscuridad, un ser que tenía atrapados a los niños y que pronto querría más.

En su sueño, los Jake y Amy corrían desesperados por su vida, con sus ojos gritando de terror, perseguidos por algo que les daba caza, les arrancaba el alma y la vida y se deshacía de ellos como de un pañuelo usado.

John se incorporó en la cama con un grito, tratando de alcanzar con la mano a Amy, que le suplicaba que la ayudase. Verónica puso su cálida mano en el hombro del jefe de policía.

- Sólo es un sueño, John. Necesitas descansar.

- Ya.

John se levantó, bajó a la cocina y se sirvió un vaso de agua. Observó el bosque que se encontraba bordeando el pueblo y sintió la necesidad de ir a explorarlo. Allí, en lo profundo, estaba la clave de todo. Lo sabía. Y mientras contemplaba el bosque, aterrador como nunca a la luz de la luna rojiza, tomó la decisión de iniciar un rastreo a fondo del mismo.