Capítulo 9: Jim

La noche estaba oscura y en silencio, como era habitual. Nadie salía de casa y los padres vigilaban a sus hijos con cierta ansiedad.

Jim llevaba en la cama desde las nueve, cuando sus padres le introdujeron con amor y le arroparon con fuerza, dándole amorosos y nerviosos besos en la frente. Notaba la preocupación que tenían y, claro está, él también estaba en estado de alerta.

En el cole todos hablaban de que dos niños habían muerto y él conocía a uno de ellos. Hacía días que no venía por el colegio así que sí debía ser cierto todo lo que la gente comentaba.

Jim se preguntaba cómo sería morirse. En fin, sabía que morirse era algo malo, porque su perro había muerto el verano pasado y eso implicaba que no jugaba, no se movía y que lo habían tenido que enterrar en el cementerio de mascotas. Jim había llorado porque ya no tenía perro y a lo largo de los días comprendió que morirse implicaba no volver a estar en casa. Era una sensación rara.

Trató de dormir pero aquella noche parecía que oía todos los ruidos a su alrededor. El viento, las ramas de los árboles rozando el tejado, el murmullo de las hojas del bosque lejano, los cables balanceándose, los ladridos de los perros de los vecinos que sonaban aquí y allá.

Quizá estaba nervioso, quizá era la preocupación que parecían tener todos. No sabía por qué, pero estaba más inquieto que de costumbre y entró en un estado de ansiedad y vigilia bastante inquietante.

Llevaba un tiempo indefinido así, notó que su padre abría la puerta un par de veces para comprobar que todo estaba en orden y, un rato largo después, escuchó a su madre recogiendo platos en la planta baja, apagando luces y haciendo el típico ritual que ella tenía todas las veces para conseguir que todo estuviese recogido a primera hora de la mañana y luego notó crujir la puerta cuando, antes de acostarse, finalizó su ronda nocturna comprobando que Jim estaba bien.

Jim suspiró, se giró en la cama y apretó los ojos tratando de dormir. Estaba cansado pero el ruido no le dejaba dormir.

Al cabo de un tiempo indefinido oyó otro crujido en la puerta. Otra comprobación. Suspiró, sabiendo que sus padres estaban pasando también una noche inquieta.

La puerta volvió a crujir al cerrarse. Jim dio la vuelta en la cama tratando de acomodarse en una postura que le dejase conciliar el sueño.

Finalmente, el chico se giró y tuvo la angustiosa sensación de que había alguien en su cuarto. Al principio se asustó mucho, apretó los ojos con fuerza y se tapó la cabeza con la sábana. En la cama no podía pasarle nada malo.

Luego, poco a poco, se fue infundiendo valor repitiendo como un mantra las frases que sus padres le decían siempre que tenía una pesadilla "los monstruos no existen, en casa solo estamos nosotros" y así una y otra vez.

Lentamente fue separando la sábana y abriendo los ojos con cuidado. Su vista se fue adaptando poco a poco a la oscuridad y allí, ante su cama, notó una figura en pie que parecía observarle.

- ¿Mamá? – murmuró Jim, como en un sueño

La figura no contestó y se inclinó hacia a él con un extraño sonido como un crujir de hojas y ramas. Jim notó una mano fría y áspera que le tapaba la boca. Trató de chillar pero no pudo. Ni siquiera le salía la voz. La figura le sacó con la otra mano de la cama y el niño trató de soltarse y de propinarle una patada a la figura que no distinguía claramente. Luego, de los nervios, aterrorizado por no poder gritar, se desmayó.

La figura, como una sombra, se deslizó fuera de la casa. Era una figura oscura y que a penas podía distinguirse en la noche. Fue pasando por la calle con Jim en brazos. Los animales, inquietos, corrieron a esconderse en sus casetas, el barrio quedó en silencio y sólo se oía el murmullo de hojas que procedía del bosque.

La figura se alejó del barrio tomando un atajo por un sendero medio olvidado y si alguien hubiese podido verla, observaría cómo se introducía en el bosque.

Pero nadie vio nada. Nadie hizo nada. Nadie oyó nada.

Había desaparecido otro niño mágicamente, como las últimas veces.