La Venganza de Jhonny Oro

1º Parte

Un hombre joven, alto y vestido de forma elegante estaba detenido al frente de una mina abandonada. Tenía por acompañante a un anciano, conocedor de la solitaria zona.

Era de noche y las estrellas brillaban, al igual que las lámparas de aceite.

-Señor como le comenté, esta mina fue clausurada después de la Guerra Civil. No sé por que.

Comentó el anciano.

-Tal vez por lo que hay adentro.

Respondió el hombre.

Usando una pala y un pico rompieron las tablas de madera que les obstaculizaban el paso.

Una vez adentro, el joven sacó un mapa detallado del lugar.

Ambas personas se mantuvieron en silencio por un buen rato desde su entrada en la mina.

-Exactamente señor ¿Qué está buscando?

Pregunta el anciano.

No soportaba la curiosidad y el misterio alrededor de aquel hombre que hace meses atrás le había pagado para abrir la mina 434 del distrito norte de San Antonio.

-Magnum Opus. El mejor trabajo. Eso es lo que estoy buscando. Las únicas cuatro unidades que usó la Unión de los Soldados de Hierro. Aquel fatal día.

Respondió el misterioso hombre mientras iluminaba uno de los pasajes de la mina en donde se encontraban tales piezas.

- Así que usted es un Confederado renegado. Sabía que había algo en usted que no me agradaba.

Confesó el anciano mientras sacaba un pequeño revólver.

-Yo siendo usted no haría eso. Si quiere vivir otro día. Mi nombre es Jhonny Oro, orgulloso Cabo del 14º regimiento de Caballería de la Confederación de los Estados del Sur. Y no pienso descansar hasta cumplir mi venganza.

Exclamó el muchacho luego de presentarse.

-¿Pretende reiniciar una guerra ya culminada?

-No. Si nuestro General aceptó el armisticio, yo también. Quiero vengar a mis hermanos de armas.

Respondió Johnny Oro mientras encendía a uno de los Soldados de Hierro.

Durante la Guerra Civil la Unión usó en una batalla una invención. Eran cuatro gigantes de hierro movidos a vapor. Estos autómatas estaban armados fuertemente, capaces de lanzar grandes trenes como si nada.

Al ver los resultados de su uso, la Unión decidió que eran muy peligrosos. Semejante poder destructivo podía reabrir las heridas y otro conflicto sangriento podía comenzar.

Meses antes de la firma del Armisticio, con el cual se le dio final al choque fraticida, el lato mando de la Unión decidió esconder las cuatro máquinas.

Johnny Oro salió de la oscura mina llevando a las máquinas con él.

-Anciano, ahora trabaja para mí. Busca en cada pueblo de este estado a un hombre llamado George Custer. Cuando lo hayas hecho envíame un telegrama. Y deja el resto en manos del destino.

Le ordenó Johnny al indefenso anciano.

-Si señor. Pero ¿Qué hará usted en todo ese tiempo?

Preguntó nuevamente el anciano.

-Llamar la atención de ese hombre de forma indirecta.

Respondió el joven mientras ajustaba el asiento de la máquina a su gusto.

Tres hombres misteriosos irrumpieron y se montaron en los tres gigantes restantes.

El anciano no hizo reproche aluno. No podía hacerlo.

Johnny le había pagado con 4 onzas de oro macizo, con eso se debía costear la búsqueda y demás gastos.

-El miedo y el oro bien usados se convierten en poder.

Dijo para si mismo el antiguo combatiente del bando del sur.

Una venganza estaba por comenzar.

2º Parte

Raquel es una chica blanca de uno de esos pueblos del oeste. Es de mediana altura y de cabellos castaños. Se gana la vida cocinando para el único restaurante de los malos hábitos.

Esa mañana llevaba comida a la pequeña granja de su único amigo en el pueblo. El señor Custer.

En la entrada de la misma se encontraba él, apoyando su silla en la cerca de madera.

-Buenos días señor Custer ¿Cómo está el día de hoy?

Le preguntó la alegre joven.

-Buenos días Raquel, estoy de maravilla.

Le responde el hombre alto, con una negra barba y piel curtida por el sol.

-Le he traído lo que ordenó.

Agrega Raquel. De su bolso saca la comida y la prensa del día.

Custer toma el paquete con la comida. Luego de tragar un pedazo de carne le pregunta a la joven.

-¿Qué hay de nuevo?

-Pues ha habido una serie de hurtos a los trenes. Las empresas están perdiendo mucho dinero.

Le responde la joven. Aún tenía el periódico en la mano.

A los minutos el granjerote comenta a la cocinera de cabello castaño.

-Dame el periódico por favor. Quiero leer sobre eso.

Con el asalto que reseñaba ese día el periódico ya iban siete en total.

El articulista describió como había quedado el tren.

-No están usando dinamita.

Comenta de nuevo Custer.

-¿A que se refiere?

Pregunta Raquel confundida con el comentario.

-Los bandidos no están usando dinamita como da a entender este artículo. Si la descripción es acertada, los bandidos están usando cañones militares.

Aclaró Custer.

-¿Por que no aceptó el empleo de sheriff? Con esa deducción puede hacer algo.

Preguntó de nuevo Raquel.

-Me gusta esta vida tranquila de granjero. Ver crecer el trigo, usar la regadora a vapor y la cosechadora.

Respondió Custer nuevamente.

El día cuando Custer llegó al pueblo de El Socorro, quería ser un desconocido, ser granjero le ayudaba.

El sheriff se decepcionó por la respuesta que le dio. Ni el alcalde pudo hacerlo cambiar de opinión.

Se convirtió en el distribuidor seguro de trigo para las panaderías y restaurantes del pueblo.

Era raro verlo en la junta de vecinos o en las reuniones del pueblo.

Pero cuando daba ayuda la gente se lo agradecía, siempre era en el momento oportuno.

A pesar de su taciturno carácter la gente tenía una buena impresión de él.

Raquel se marchó y Custer entró a su pequeña y cómoda casa.

-No creía que alguien lo hubiese encontrado.

Dijo para si mismo.

Una expresión de preocupación apareció en su rostro.

Su pasado de nuevo estaba molestándolo.

-Me cansé de correr. Esto se debe detener de una vez. De una buena vez.

Comentó para si mismo de nuevo.

Caminó hacia un cuarto en su casa. Rara vez lo hacía y cuando lo hacía era con una botella de whisky en una mano y una mujer en la otra. En ocasiones lo hacía para recordar su pasado.

Apoyados sobre dos trípodes yacían sus dos revólveres. Más de una ocasión pensó en venderlos. Buscando salir de forma brusca de ese tormento.

Pero sin lograrlo. Siempre se arrepentía última hora.

No podía negarse. Ya no.

Llegó el momento de dejar de correr y dar la cara.

3era Parte

Un anciano llegó al pueblo buscando a George Custer. Extrañamente ese día él estaba allí.

El anciano le dio el mensaje. Pero cayó muerto y todo el pueblo se sacudió del susto.

-Finalmente te vuelvo a ver. Mayor Custer.

Dijo el asesino.

-No sabía que los hombres de Johnny Oro aún estaban activos.

Respondió Custer desafiante.

Aplaudiendo y saliendo de uno de los locales salió el responsable de todo, Johnny Oro.

-De seguro Mayor Custer lleva sus fieles armas con usted. Pero le adelanto que le serán de ayuda en esta ocasión.

Le comenta Johnny.

-Sé que robaron a los cuatro soldados de hierro. Los deben de tener en algún lado. Su problema es conmigo no con esta gente.

Comentó Custer. Esperando algo de cordura de los cuatro bandidos.

Pero no fue así.

-Que la gente de este pueblo se entere de la calaña de hombre que eres Mayor Custer. Traicionaste a los tuyos, el bando Confederado. Solo por tener una vida sencilla después de la guerra. Deberías sentir vergüenza.

Dijo en tono ofensivo uno de los hombres de Oro.

Custer no soportó la ofensa. Sacó su arma y disparó acertando una bala en el pecho de aquel desdichado.

-Trae a tus juguetes Oro. Esto se acaba Hoy. Te doy unos minutos antes de que cambie de opinión.

Dijo Custer realmente molesto.

Raquel estaba escondida, viendo desde su ventana el panorama. Estaba asustada.

De repente tres gigantes de hierro entraron en el pueblo. Custer abrió su gabardina mostrando sus dos armas.

El Mayor ya retirado fue quien comenzó con los disparos. Pero sus balas rebotaban en el armazón.

-¿Eso es todo que tiene Mayor?

Preguntó Oro riendo.

De repente abrieron fuego las cuatro máquinas, fuego de metralla. Custer estaba solo ante esos tres bandidos y sin un plan que ejecutar.

Raquel sale de su escondite con una jarra de agua y unas balas para las armas de su amigo.

-Señor Custer, aquí tiene algo de agua y balas para que siga peleando.

Le dijo la joven mientras le acercaba un vaso.

-Gracias Raquel. No se que hacer contra esos monstruos de hierro.

Comentó entre hondas respiraciones el valiente hombre.

-Detrás del hombro izquierdo de cada máquina hay una chimenea que expulsa el vapor. Si la destruye el monstruo queda apagado.

Agrega la joven con una sonrisa.

-Eres muy observadora. Creo que es tiempo que saque uno de mis viejos trucos.

Dijo devolviendo la sonrisa Custer.

-Hasta que al fin sale Mayor Custer. Le voy a sugerir que se rinda y acepte mi venganza.

Comento riendo Oro.

-En tus más salvajes sueños Oro.

Respondió Custer.

Había disparado. Pero su objetivo era otro.

-¿Qué demonios fue eso Mayor?

Preguntó Oro molesto.

-Mi viejo truco. Una bala y varios objetivos ¿Lo recuerdas?

Agregó Custer riendo.

La bala impactó en la torre de agua del pueblo pero rebotó y tomo una trayectoria hacia las tres chimeneas.

Los gigantes se doblegaron y cayeron al suelo pesadamente.

Los tres hombres fueron obligados a salir y el sheriff del pueblo los llevó a la cárcel.

-Nunca había visto un disparo así.

Comentó el sheriff impresionado.

-Es un truco que redescubrí gracias a una amiga. Por cierto el trabajo que me ofreció esta aún disponible ¿Cierto?

Preguntó el antiguo militar.

-Por supuesto. Sería un honor trabajar junto a usted.

Dijo el sheriff.