La Misteriosa y Amable chica

Nadie del vecindario supo como el excéntrico Doctor Franklin tuvo tiempo entre sus experimentos para una hija. De la noche a la mañana la gentil Francesca había llegado. La contraparte de su padre. Medía un metro ochenta, de piel blanca, cabellos oscuros, un ojo verde y otro azul, todos los muchachos se disputaban el honor de cortejarla. Peleaban entre ellos feroz y aguerridamente, todos menos Thomas Miller. El tímido hijo menor de los Miller, quien repartía el periódico todos los domingos en su bicicleta. A lo mejor no quería pelear, debido a que carecía del poder de su hermano Alex o quizás sea por la tierna e inocente relación que tiene con Dorothy Smith.

Un día, después de entregar los periódicos, Thomas y Dorothy se encontraban tomando refresco sentados en el verde pasto de la cancha de fútbol.

-¿Has notado que Francesca siempre va de manga larga?

Preguntó Dorothy a su amigo.

-Ya vas a comenzar. Creo que estas celosa de ella.

Respondió inocentemente Thomas.

-El hecho de que fuiste el primero en verla y quedar como el resto de los muchachos de la urbanización no te da derecho de decirme eso.

Le recordó Dorothy a su amigo.

Ella era también era su confidente, sabía de las cosas por las que pasaba Thomas.

Hubo unos minutos de silencio. La vivaz Dorothy volvió a hablar. Comentando.

-Thomas vamos a ver que esconde Francesca bajo esas mangas.

El joven la miró ligeramente molesto y le respondió.

-No señor. La última vez que hicimos de detectives metimos en problemas al señor Vladimir cuando creías que era un espía ruso.

Dorothy se congeló al escuchar esas palabras. Pero eso no la iba a detener.

-Te prometo que será la última vez que investigaremos.

Respondió la astuta chica.

-Más te vale.

Agregó el muchacho clavándole una seria mirada.

A los pocos minutos los muchachos se marcharon para sus respectivas casas.

Thomas abrió la puerta de su casa. Su madre y su hermano limpiaban la sala, agitados.

-¿Qué sucede?

Preguntó el menor de los hijos.

-Hoy vienen a cenar el doctor Franklin y su hija.

Responde el padre de Thomas apartando al joven de la puerta, llevaba pesadas bolsas en sus dos manos.

De inmediato Thomas subió a su cuarto. Debía bañarse y usar la ropa más elegante para la velada. Además su hermano iba estar tranquilo, sus padres estarían ahí. No podía ocultar su emoción.

El reloj de la sala anunció que ya era de la cena. El timbre sonó dos veces, los invitados habían llegado.

La conversación entre los adultos era típica, aburrida. Hasta que el padre de Thomas, del mismo nombre que el muchacho, le hizo una pregunta al doctor.

-Y dígame Doctor Franklin ¿Qué pasó con la madre de su hija?

El invitado y su hija se pusieron nerviosos. El doctor a duras penas pudo dar una respuesta.

-Murió. Nos separamos antes de que me mudara para acá. Por eso vino mi hija a vivir conmigo.

Thomas notó algo raro. Un hilo salía del suéter de Francesca, y no era del mismo color. Era negro, como el hilo que usan para coser las heridas.

A las horas la visita se marchó. Las sospechas de Dorothy eran ciertas. Thomas se debatía entre hacerle caso a lo que vio o dejarlo como una rareza sin sentido que debía ignorarse.

Pero no podía. Un hilo negro resalta en un suéter rosado. Sin importar el clima, la chica que le había arreglado la cadena de su bicicleta ese día de agosto, siempre llevaba una camisa de manga larga.

La curiosidad se fue apoderando del muchacho. No dejaba de pensar en eso, cada día, cada noche.

Supuso que a lo mejor la encantadora muchacha tuvo un accidente y su padre como doctor hizo lo que sabe hacer para socorrer al único familiar que tiene.

Pero la idea no le parecía del todo acertada. Había algo que lo hacía seguir suponiendo miles de cosas.

Hasta pasar apenas tres días, cuando quiso hacer algo en serio.

Lo primero que hizo Thomas fue leer el periódico. Había un caso muy singular. Varios cuerpos sin vida habían sido extraviados y reaparecido. A los mismos le faltaban piernas, brazos, ojos, órganos internos, dientes entre otras cosas. La policía estaba confundida.

Dorothy había estado siguiendo el caso. Los periódicos habían publicado ese mismo día un avance. Eran las declaraciones de un testigo ocular. En el artículo, a modo de resumen, el testigo vio una persona que portaba una bata blanca salpicada de sangre tomar una extremidad de uno de los cuerpos de la morgue.

-El único doctor en la urbanización es el señor Franklin.

Comentó la vivaz Dorothy.

-Entonces debemos ir a investigar su casa.

Agregó Thomas. Era la primera vez que su amiga lo veía tan serio y decidió en hacer algo.

Los dos intrépidos muchachos tomaron sus bicicletas y marcharon veloces a la casa de la persona que creían que era sospechosa. A los pocos minutos estaban allí. No parecía una casa de un sospechoso, era más bien como las demás casas de la urbanización.

Se fueron acercando lentamente. En la segunda planta había una luz encendida. La luz salía de la habitación de Francesca.

Se acercaron finalmente.

-Francesca vamos a bajar. Con la luz de la sala puedo ver mejor.

Dijo el doctor a su hija con su tono paternal.

-Esta bien padre.

Contestó la muchacha.

La oportunidad perfecta estaba servida.

Los muchachos se ocultaron de tal forma que podían ver lo que estaba por suceder sin ser vistos.

-¿Quieres que me suba las mangas de mi camisa padre?

Preguntó Francesca amablemente.

Su padre afirmó con la cabeza.

Finalmente pudieron ver los brazos de la encantadora muchacha.

Thomas y su amiga no podían creer lo que veían. Los brazos de la dulce Francesca tenían puntos clínicos a cada centímetro.

-¿Por qué no me dijiste que se te había aflojado un punto de tu brazo derecho?

Preguntó el doctor.

Francesca aguantó el dolor mientras su padre enmendaba el punto en cuestión.

-Debido a que íbamos tarde a la cena con la familia Miller. Sabes lo descortés que es eso padre.

Respondió Francesca con su amable y dulce tono de voz.

Para Thomas y Dorothy era obvio lo que había pasado. Pero era prematuro verter una opinión al respecto.

-Debemos marcharnos.

Comentó susurrando Thomas.

-No, hay que conseguir algo que lo incrimine.

Respondió en voz baja Dorothy.

Si su discusión se mantenía podrían ser descubiertos.

-¿Alguien te vio llegar cuando viniste?

Preguntó de nuevo el doctor.

-Si padre, el hijo menor de los Miller.

Respondió Francesca.

-No hay nada que temer entonces.

Comentó el doctor. Hubo algo raro en su voz. Un ligero tono macabro.

Los muchachos comenzaron a notar el galopar acelerado de sus corazones, una sudoración fría, su respiración se fue haciendo poco a poco acelerada.

Pero faltaba un poco para darles el verdadero escalofrío.

El doctor se coloca su bata y le comenta a su hija.

-Dame el libro de anatomía animal. Siempre quise una mascota, algo como un perro o un gato. Pero tu madre siempre se opuso y bueno…Nos separamos abruptamente.

Una sonrisa se dibujó en la cara del doctor Franklin. Una sonrisa macabra.

Thomas y su amiga se marcharon lo más rápido que pudieron, hasta el día de hoy no han dicho nada de lo que vieron esa noche.