Estaba cansada, agotada y desesperada. Decepcionada de si misma y de el amor. Y es que dolía tanto, siempre era lo mismo, ¿y porqué? Por que él ya no estaba.

Siempre había sido igual desde ese día y siempre seria igual, Conocería a alguien, ese alguien se interesaría en mí, trataría de ayudar, y yo como una ilusa, pensando que esta vez será diferente y que por fin te podré olvidar, un par de citas eran lo único que necesitaba para darme cuenta de que pensaba en ti cuando el me tomaba de la mano, que pensaba en ti cada momento que estaba con el, que no podía evitar la opresión en el pecho cada vez que veía las estrellas con alguien mas o querer llorar cuando alguien me decía lo dulce que era … como tu siempre lo hacías. Solo necesitaba un par de citas para darme cuenta de que el no era tu, que nadie mas podría hacerme sanar ni sentirme completa otra vez, porque tu te llevaste todo lo que había dentro de mi contigo. ¿Y sabes que es lo peor de todo? Saber que nunca volveré a oír tu voz, a sentir tus labios en mi piel, no volveré a ver esa sonrisa torcida tuya que tanto amaba, que tanto amo. No volveremos a caminar bajo la lluvia ni a reírnos como locos un sábado en la tarde. Y eso duele… el saber que te has ido para siempre, sin tu así quererlo, porque alguien mas reventó nuestra pequeña burbuja de felicidad. Y hoy tengo miedo de enfrentarme al mundo real, un mundo vacío y desolado. Como lo estoy yo desde aquel día.

No sabía que una persona pudiera llorar tanto, ni que la ducha del baño era suficiente para ahogar gritos de dolor. No sabia que detesto los paseos a media noche, lo interesante del paisaje eras tú… Tampoco sabía que un corazón se podía romper y aun así seguir amando con cada pedazo roto que quedo. No sabía lo que era el dolor.

Hoy me he levantado y visto la mañana lluviosa y gris, tus favoritas, recordé con nostalgia. Siempre había odiado la lluvia, hasta que descubrí que era una perfecta excusa para quedarme abrazada a ti en la cama. Jamás olvidare las noches que pasamos juntos, en mi cuarto, al que subías por el árbol de los vecinos… nunca nadie nos descubrió, recuerdo que me aterraba que mi madre te viera, y ahora daría cualquier cosa por verte subir ese árbol otra vez.

Daria cualquier cosa por que estuvieras aquí. Aunque no estuvieras con migo. Cualquier cosa seria menos dolorosa. . . pero se que eso no es posible. ¿Por qué? Se preguntaran, bien se los diré. Porque el mejor día de mi vida se convirtió en el peor, siéndome arrebatado lo que más quería en este mundo, disculpa si no me entiendes, creo que debo contar como ocurrieron las cosas.

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Era un sábado por la tarde, y nos encontrábamos en el parque, cosa que a mi me parecía ilógica, el día estaba gris y parecía que llovería en cualquier momento, pero no importaba, porque el estaba conmigo y nada podía dañar ese día, el mejor día de mi vida, le había susurrado horas antes. Pero no había forma de que yo supiera lo que iba a pasar...

Esa era el mejor día que había tenido hasta entonces, y no me cansaba de pensar eso mientras me abrazabas bajo nuestro árbol, si, era nuestro.

Esa mañana me paso a buscar a casa de mi amiga Alice, me estaba quedando con ella mientras mi madre estaba en un congreso fuera de la ciudad.

Recuerdo que me llevaste a comer un helado de vainilla, nuestro favorito y también recuerdo vagamente haber caminado por el centro comercial, riéndonos de la gente, de nosotros y de la vida. Pero lo que si esta claro en mi mente, como si hubiera sido ayer, fue lo que paso después. Me llevaste a tu apartamento, sabias que me encantaba ir ahí, ahora no puedo caminar ni 2 calles cerca sin romper a llorar, nos sentamos en tu sillón rojo, tu abrazando mi cintura y yo recostada en tu pecho, vimos una película, de la que ni siquiera recuerdo el nombre, porque estábamos muy entretenidos en los labios del otro. Y luego te separaste de mi, te hincaste frente a mi, me jusraste tu amor y me abriste tu corazón de par en par, me lo entregaste en bandeja de plata y sacaste una pequeña cajita negra de terciopelo, yo estaba en shock…

Y luego, luego pronunciaste esas 3 palabras, que me hicieron sentir la mas afortunada y dichosa del mundo, Honey- como cariñosamente me decías- ¿quieres casarte conmigo?

Si antes estaba en shock, imagínate como estaba ahora, pude leer el infinito amor que sentías por mi en tus ojos grises, como ese día. M

uy joven para casarme, te dije una vez que me lo preguntaste en broma. En realidad la joven era yo, tu eras 5 años mayor que yo. Sabía que te amaba y que tú me amabas, que era un amor verdadero, un amor del bueno como dijiste un día bajo nuestro árbol. Y yo siempre había pensado que la edad no era algo demasiado relevante cuando había amor. Por eso te dije que si. Y tú colocaste el anillo en mi dedo, donde me jure mentalmente que estaría para siempre. El anillo era hermoso, oro blanco y un diamante bastante ostentoso. Recuerdo tu sonrisa en ese instante, como si te hubieran dado el mejor regalo del mundo, cuando era todo lo contrario. Después de tu improvisada propuesta y muchos besos de por medio terminamos en tu habitación, amándonos, siendo uno solo, jurándonos amor eterno. Esa tarde descubrí que podía enamorarme de ti tantas veces como estuviera viva.

Y luego de no se cuantas horas en nuestro propio mundo de felicidad, salimos a dar un paseo en tu auto, no sabes cuanto deseo que nos hubiéramos quedo ahí para siempre. Juntos.

Todo paso tan rápido que solo recuerdo, mi propio grito de desesperación y miedo, tu mano entrelazada con la mía y el impacto de los dos autos al chocar.

Desperté luego de haber estado inconciente por más de 48 horas. En un hospital.

Aun con los ojos cerrados te llame, pero mi única respuesta fue un cuchicheo, que ahora se eran las enfermeras. Unos minutos después mi madre entro a la sala y me abrazó con los ojos empapados en lágrimas y pude ver el alivio en su rostro. Y yo no dejaba de preguntar por ti. ¿Dónde estabas? ¿Cómo estabas? ¿Qué por qué no estabas conmigo?

- Hija … – el tono en la voz de mi madre me hizo sentir una punzada de dolor, que no era ocasionada por mis múltiples golpes del accidente. No, no podía ser, me dije a mi misma. – ¿Donde está? – le exigí a mi madre con lágrimas en los ojos, no supe cuando empecé a llorar. – Hija, lo siento tanto, se que lo amabas mucho – y algo dentro de mi hizo crac rompiéndose en mil pesazos, mis sollozos y mis gritos eran lo único que se oía en el piso 14 del hospital.

Recuerdo a mi madre y a Alice guiándome fuera del hospital, no se cuanto tiempo había pasado. Recuerdo haberme subido al auto, haberla escuchado hablar con su esposo Louis y la mano de Alice apretando la mía, yo solo podía pensar en ti, en nuestra ultima tarde juntos y en el anillo que aun llevaba puesto.

Te amo. Siempre estaremos juntos. Yo te amo más. No más cosquillas. Eres lo que siempre espere. No tienes idea de lo que te quiero. Eres tan linda. Las estrellas solo brillan por ti. Cásate con migo.

Esos eran mis pensamientos, hasta que un grito ahogado de Alice me saco de mis pensamientos. Tenía mi mano izquierda, donde reposaba el anillo, a la altura de sus ojos y la otra mano sobre su boca. Sus ojos llenos de lágrimas. Mi madre vio mi mano con asombro y dolor al igual que Louis, Alice me abrazo y se echo a llorar en mi hombro. Pensé que el carro se iba a inundar.

Y los días que siguieron fueron los peores… Días infernales. Días miserables, Días sin ti. Una semana después volví al colegio, si aun estaba en el colegio, al parecer los rumores habían corrido rápido. No se como hubiera soportado ese calvario sin Alice y Alex.

Y aun no se como me he mantenido con vida, bueno no creo que parezca que tengo vida. Cada día que pasaba te extrañaba más. Te extraño más. Y ya pasó más de un año. Y el anillo sigue ahí. Y las esperanzas de olvidarte se fueron y mi fe también.

Pero ya tome una decisión. Tu no puedes venir a mi, pero yo si puedo ir a ti. Se que mi decisión no será bien vista, pero no me importa, yo solo quiero verte, tenerte entre mis brazos una vez más. Se que Alice y Alex estarán dolidos pero lo entenderán, siempre lo han hecho, y mi madre. Esa era la parte más dura. Se que sufrirá. Pero algún día volverá a ser feliz, Louis estará ahí para ella y también mi hermana Kate. Algún día entenderá que esta fue la mejor decisión.

Y me aseguro de que las cartas estén en el bolsillo de mi abrigo. Al subir al auto las coloco en el asiento del copiloto, las encontraran fácilmente ahí. Conduzco, sin saber a donde voy. Me detengo frente a una vista hermosa, y familiar, era un gran jardín que estaba frente a un gran acantilado. Sonrío para mis adentros. Es perfecto. Solía venir aquí cada tarde con mi padre después de la escuela, antes de que nos dejara. Y me dirijo al precipicio con pasos lentos y seguros. Y no siento miedo. Puedo ver tu rostro sonriéndome, aun así noto una pizca de reproche en tus ojos, muy pequeña. Ya casi puedo sentir tu mano junto a la mía. Y por primera vez en mucho tiempo, soy feliz.