Mentira

Sentado en el porche de su casa, reprimió un bostezo mientras sus ojos se paseaban monótonamente por los niños que jugaban unos metros lejos de él. Observó a su vecino pasarle la pelota a un compañero de clase —no recordaba sus nombres, y honestamente, no le interesaba—, y reír alegremente. Aunque a su parecer, sus muecas de felicidad se le asemejaban a la más absoluta estupidez.

Descerebrados.

Ingresó puertas adentro, no siendo recibido calurosamente por su madre, ni tampoco sintiendo ese llamado 'calor de hogar'. Él no sentía esas cosas. Quizás se debía a su personalidad, un tanto insensible. O quizás era porque simplemente, su madre no era afectuosa, y el ambiente general reinante siempre era tenso.

Sus pequeñas manos hojearon el periódico depositado sobre la mesa de la cocina. Pasó las páginas, aburrido al ver las mismas noticias de siempre, carentes de interés. Sin embargo, luego de algunos segundos, sonrió levemente al dar con lo que estaba buscando.

Era la sección de policiales, que leyó con creciente atención.

‹‹Mujer envenena a sus dos hijos y luego se suicida››

‹‹Familia de adolescente denuncia abuso sexual en la escuela››

‹‹Asesino prófugo es arrestado tras peligrosa persecución››

Esa era una de las cosas que disfrutaba. El común de la gente consideraría esas acciones como inmorales y despiadadas, pero él, a sus doce años de edad, sabía que estaban en un error. Por suerte, él había logrado vencer la ignorancia, y elevarse a un nivel superior en la escala de la vida. Él veía la muerte con buenos ojos.

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Estaba recostado boca arriba mirando el techo hacía algún rato. Contempló la posibilidad de quedarse ahí el resto de la tarde, pero la idea no le agradaba mucho. Ese día se sentía un poco más inquieto que de costumbre, como si tuviera un inusual exceso de energía que quería liberar, pero no sabía cómo.

Se puso de pie y analizó los libros que, enfilados ordenadamente, constituían su pequeña biblioteca.

‹‹Dentro del monstruo››, Robert Ressler

‹‹Famosos asesinos en serie››

‹‹Los crímenes del Siglo XX››

‹‹Holocausto››

‹‹Libéranos del mal: El destripador de York››

Bostezó otra vez, sumamente harto. Ya había leído y releído aquellos libros tantas veces, que su inicial atracción comenzaba a perder fuerza. Sin embargo, se negaba a quedarse remoloneando como los vagos de sus compañeros, por lo que cogió aquel pequeño tomo de tapa bordó que rezaba ‹‹Crónicas del horror››, Andrea Pesce.

El libro trataba, básicamente, sobre los diferentes tipos de asesinos y una detallada investigación sobre los factores que provocarían su nacimiento. Los traumas infantiles, lesiones graves en el cerebro, e incluso, malformaciones en el cráneo que podrían traer aparejado el surgimiento de un potencial asesino en serie. No le interesó mucho; ya lo había leído antes, y no le gustaba que hablaran de ellos como si fueran los malos de la película. Decidió llegar a la sección que acaparaba toda su atención. Un extenso y altamente detallado perfil sobre célebres asesinos, que incluía descripciones sobre sus crímenes, el correspondiente modus operandi y demás ítems, que a pesar de sabérselos de memoria, leyó de nuevo, como si fuera la primera vez.

Ted Bundy, Jack el Destripador, John Wayne Gacy, Richard Chase.

Hombres descritos como individuos perturbados e inestables, con una sed de sangre incurable, con el instinto depredador tatuado en los genes. El mundo los consideraba monstruos despiadados, crueles y brutales. Pero si alguien le hubiese preguntado qué era lo que creía de ellos, les diría que esas palabras eran infames insultos.

Esos hombres, tan sanguinarios, eran sus héroes. Los admiraba, de verdad que lo hacía. Nadie sabía sobre su secreta fascinación: podía ser pequeño, pero no estúpido. De hecho, se consideraba lo suficientemente listo como para dar la impresión de ser un niño completamente normal. Quizás un poco tímido y reservado, pero no por eso obsesionado con la muerte y la destrucción.

Reflexionó luego de leer pausadamente cada uno de los casos, deteniéndose en las partes más interesantes para recrearlas en su mente.

Los gritos, el miedo, la sangre. La vida de una persona en sus manos.

Eso debería ser lo más cercano a ser Dios, se dijo. También se preguntó, cómo se sentiría él, en caso de que decidiera hacer algo así. Pensamientos de ese tipo rondaban por su mente desde hacía mucho tiempo.

Por ejemplo, cada vez que su vecina venía y le sonreía cortésmente, invitándolo a jugar con sus amigos, él pensaba en su fuero interno ‹‹Ella es muy agradable. Me gustaría conocerla un poco más. Quizás podríamos llevarnos bien››. Pero, por otro lado pensaba ‹‹Me pregunto qué ocurriría si decidiera enterrarle un cuchillo en la espalda››.

Era tan confuso. Cada día que pasaba, sentía una opresión en el pecho, una fuerte presión que necesitaba eliminar. Y sabía que el único modo de lograrlo sería saciando su curiosidad.

¿Cómo se sentiría...?

—Matar a una persona —murmuró.

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Sería demasiado precipitado de su parte matar realmente a un ser humano. No era fuerte: su cuerpo delgado y enclenque no lo ayudaría. Mucho menos si quisiera arrastrar el cuerpo, o inmovilizar a alguien. Pensó entonces, que algo pequeño debería ser su objetivo. Si quería deshacerse de las inquietudes, debía consumar sus planes.

Mientras meditaba pensativo con los codos apoyados en el desvencijado mueble de madera que era su escritorio, y como si alguien allá arriba —o allá abajo— quisiera proporcionarle ayuda, escuchó un maullido que lo sacó de sus cavilaciones.

Sam, el gato de la familia, lo observaba detenidamente con sus vivarachos ojos verdes. Sonrió un poco, sintiéndose un poco tonto al no haberse percatado antes que la respuesta a sus preguntas estaba justo frente a él.

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Lo siguió hasta el pequeño sótano, con pasos sigilosos, típicos de los felinos. Lo contempló un poco, mientras se hacía una idea de lo que haría con él y de paso, pensaba en aquel gato.

A decir verdad, nunca le había tenido especial afecto. De hecho, si se lo pensaba, le molestaba bastante que su madre le prestara más atención al animal que a él. Le enfurecía que le consintiera y acariciara con ternura cuando se acomodaba en su regazo, mientras que él era ignorado olímpicamente. Era evidente que el gato roñoso siempre había tenido privilegios: a él no lo encerraban en el sótano noches enteras, ni le reprendían duramente cuando no hacía algo bien. Pues entonces, además de servirle como sujeto de experimentos, sería una pequeña e improvisada venganza hacia su familia. Sabía que ellos adoraban a ese gato pulgoso.

Una vez que hubo comprobado sus inexistentes sentimientos de compasión y cariño hacia el animal, depositó algunos cuchillos de diferentes tamaños en la mesa de roble, para después acercarse con pasos cautelosos hacia el minino.

—Lindo gatito...

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Mi madre entró presurosa a la sala, donde yo leía un libro tranquilamente.

—¿Has visto a Sam? —demandó, con su característico tono de repudio.

Encogí los hombros —No. Pasé toda la tarde en la habitación, pero imaginé que andaba por la casa —me expliqué.

Caminó de un lado a otro, buscando para todos lados, ante mi mirada inexpresiva.

—Quizás se escondió —apunté—. Voy a buscarlo —dije, marchándome del cuarto.

Una casi imperceptible sonrisa apareció en mi rostro.

Iba a ser sincero, muy en el fondo, no me gustaba mentirle a mi madre. Pero, sabía que ocultar la verdad en esos casos sería lo mejor.

Al fin y al cabo, no creo que le agradara mucho saber que su amado Sam, o mejor dicho, las diseccionadas partes del cuerpo de Sam estaban enterradas por todo su bonito jardín.

Sin podérmelo evitar, solté una estruendosa carcajada.


+ Ando un poco retorcida estos días, aunque creo que ya se dieron cuenta. Es mi primer escrito original publicado, espero que les guste.

Con respecto a los libros que se nombran, "Dentro del monstruo", "Líbranos del mal: El destripador de York" y "Crónicas del horror" son verdaderos. Los demás los inventé yo xD. Los nombres de los tristemente célebres asesinos mencionados también y desgraciadamente, son reales. Dejen review si les gustó. Veré si subo alguno más de este tipo en estos días.

Besos.