¡Saludos de nuevo! Aquí toOru y yo con un nuevo capítulo muy filosófico y aburrido xD. Esperamos que os guste^^


Luego de restablecer la paz, los esclavos comenzaron su labor en el nuevo Olimpo. Mientras los de Val eran azotados diariamente por su dueña en sesiones sadomasoquistas extremas, los que acompañaban a Tooru sólo tenían como tarea el tener la despensa siempre repleta de chocolate y masticables. Dos estilos de vida completamente distintos, pero que aún así lograban hacer felices a todos esos hombres.

—¡Inac! No, ya no es suficiente con esto… —decía entre jadeos la despampanante Diosa, tirando a un lado el látigo que anteriormente estaba ocupado en la espalda del más ardiente de sus sirvientes. Las heridas brillaban rojas, como amapolas, en la fibrosa espalda del diablo unialado.

—¿Entonces? —se atrevió a preguntar el moreno a su ama jadeando con dificultad. Nunca le habían sometido de aquella forma y para su desconcierto, le gustaba y mucho.

—Ve a buscar mis cadenas al almacén de la lujuria en el patio trasero —contestó con una mirada pícara que no admitía ser contradecida—. Con mis juguetitos guardados allí conocerás lo que es el verdadero placer —terminó por decir en un susurro al oído de Inac.

Este estimulo resultó suficiente para que el guapo diablo saliera corriendo de la habitación de torturas hacia el lugar indicado. Ni siquiera se tomó la molestia de terminar de vestirse; salió solamente con los pantalones rasgados y sin camisa, dejando al descubierto las heridas provocadas por el ama y señora del látigo.

El camino hacia el depósito era extrañamente escalofriante: se dejaba atrás la luz y magnificencia del nuevo cielo creado por las diosas, el cual tenía toques culturales de todas las grandes civilizaciones que en el mundo habían existido. A cada paso que daba Inac, se sentía un poco más en casa: la temperatura bajaba considerablemente y los árboles de alrededor se hacían más tenebrosos.

—¡Wow! ¡Qué lugar! —Se decía para si mismo el diablo, quien lejos de sentirse atemorizado, veía este lugar como el perfecto para poder encontrarse consigo mismo, dibujar o componer canciones.

Cuando ya estaba a punto de llegar a su destino, un sollozo le impidió seguir caminando. Aquel llanto tan tierno lo descompuso, por lo que tuvo que acercarse a la fuente de aquel sonido. En cuanto se aproximó un poco más, reconoció debajo de un árbol la silueta de aquella joven de negros cabellos que antes lo había deslumbrado. Su melodiosa voz caracoleaba entre sus oídos meciéndole en una especial calma que hacía mucho que no sentía.

Se comenzó a acercar a la chica. El perfume de sus almizclados cabellos llegaba hacia él por la acción del viento y hacían que las ansias de acortar las distancias aumentaran.

—Hola, preciosa. ¿Qué hace una chica como tú en un lugar como éste? —Preguntó haciendo uso de una nueva frase recién inventada.

—Esto… me perdí —contestó la tierna joven casi con lágrimas en los ojos.

—¡Oh…! Ya veo. Pues ha llegado tu salvador. Mi cuarto queda muy cerca, vamos —le dijo tomándole con total confianza una de sus gráciles manos a Tooru.

—¿Tu cuarto es la cocina? Yo quería ir hacia allá, hoy los chicos y yo tenemos tarde especial de chocolate.

—¿Tarde de chocolate? Pues por eso mismo, vayamos a mi cuarto. Allí podrás untarme todo el chocolate que quieras por el cuerpo —se relamía Inac sus sugerentes labios traspasándola con aquellos iris plateados que tenía y que tanto inquietaban a la inocente diosa.

Tooru ya se imaginaba la situación: chocolate y muchas cucharitas donde todos podrían sacarlo del cuerpo de Inac. Claramente la chica no llegaba a captar las libidinosas intenciones del unialado, quien se imaginaba siendo utilizado como chupetín por la Diosa.

Tooru untaba el cálido líquido con sus gráciles y suaves dedos extendiéndolo a lo largo de todo el torso de Inac. El diablo podía sentirlos recorriendo sus cuadraditos y la fragancia a cacao nublaba sus sentidos, entremezclándose con la del cabello de la diosa. Ni siquiera alguien como Tooru podía resistirse a aquel placer y lamía con su lengua cada retazo de su piel. Cuando se le acaba el chocolate, volvía a untarse las manos, se relamía presuntuosamente los dedos y seguía recorriendo el cuerpo del diablo.

Inac volvió repentinamente a la realidad cuando sintió que el deseo estaba comenzando a crecer demasiado fuerte.

—¿Qué dices, guapa? ¿Te animas?

—¡Claro! Pero hay que llamar antes a los chicos. Me hace mucha ilusión ver sus caritas felices al sacar el chocolate.

—No me van esas cosas, lo siento guapa… No me gusta compartir mis tesoros.

—¡Pero…! —intentó replicar ella algo confusa.

—Nada de peros. ¡Sígueme!

Y sin más miramientos le tiró del brazo y condujo a su habitación. Debido a su condición de esclavo no disponía de muchos lujos, pero la cama era grande, las sábanas de sedoso tacto y no entraba mucha luz, como a él le gustaba. Aquella habitación había pertenecido a Irenuska en los tiempos de Metatrón y se había encontrado con diferentes cuadros sobre él. Como le gustaba como salía en ellos, los dejó en la pared. A Tooru no le pasó desapercibida una mesa de escritorio medio oculta en la penumbra con varios lienzos desparramados. Inac no la dejó que los mirase. En su lugar la arrojó bruscamente contra el colchón. No veía la hora en que fusionaría su cuerpo con una diosa de verdad. Tooru gritó, pero Inac la acalló con un forzado beso. Podía sentirla temblando bajo él.

* * *

Val se abría paso por entre los laberínticos pasillos. Las sesiones con Inac no estaban del todo mal, pero había algo que la impedía disfrutar con plenitud y ese algo se trataba del recuerdo del guapísimo ángel Gab. Al fin había encontrado una excusa para quitarse a Inac de encima y pensaba aprovechar el tiempo.

"Juraría que las mazmorras de Tooru estaban por aquí…", pensaba la diosa avanzando con un candil entre sus firmes manos.

Ya creía que se había perdido cuando unas vistosas señales de neón indicaban perfectamente el camino a las susodichas mazmorras. Como Tooru tenía un pésimo sentido de la orientación habían tenido que construirlas a lo largo de todo el Olimpo para que no se perdiese. Al cabo de un rato se detuvo frente a un enorme cartel en el que se podía leer en letras parpadeantes y fucsias: "MAZMORRAS".

Las manos de Val temblaban de emoción mientras con una horquilla hurgaba en la cerradura. Diferentes imágenes del ángel estremeciéndose bajo su yugo se sucedieron por su lujuriosa mente. Con un suave chasquido, la puerta cedió, pero lo que Val vio le dejó algo desconcertada.

Las paredes de la celda los habían empapelado con motivos coloridos, las frías y pedregosas losas del suelo las habían recubierto con una mullida alfombra y en el centro las cadenas habían sido sustituidas por una mesa con su mantel y servilletas. Gab, Kael y otros esclavos se sentaban alrededor de ella disfrutando de su banquete de chocolate. Los labios los tenían recubiertos de cacao y Val sintió la urgente necesidad de recorrerlos con su lengua. No pudo evitarlo, se abalanzó contra el ángel de castaños cabellos tirando el candil.

—¡Val! —Se sorprendió éste al verla. Aún se acordaba de su nombre y eso la renovó las esperanzas.

Gab seguía tan sexy como le recordaba o incluso más, con todas sus heridas recubiertas de vendajes y tiritas. Tooru le había tratado de curar lo mejor posible.

—¿Qué estáis haciendo?

—Tooru cuida muy bien de sus esclavos —le explicó Kael, el arcángel de rubios cabellos.

—Sí. ¡Es tan maravillosa! —corroboró Gab.

Val torció el gesto en una mueca. No es que sintiera celos, pero aquello se lo podía haber guardado.

—Muy bien, ya no molesto más. Os dejo disfrutando.

La diosa se dio la vuelta buscando la salida, pero Gab se abalanzó contra ella.

—¡Espera ,Val!

—¿Qué quieres? —le espetó.

—Me ha hecho mucha ilusión que vinieses a verme —le dijo con total sinceridad.

Sus ojos lanzaban destellos azules que resaltaban más sus marcados pómulos. Sus oscuros cabellos caían en suaves ondas sobre sus hombros y su lampiño pecho se contraía casi imperceptiblemente anhelando el tacto de las manos de Val.

—¿Y cómo sabes que he venido a buscarte a ti y no a Kael por ejemplo?

Gab le lanzó una mirada cómplice, dejando claro que no le había pasado desapercibido el interés de la diosa y dejando entrever que él la correspondía.

Por primera vez, las mejillas de Val se tiñeron de rubor y el ángel pensó para sus adentros que así también se veía encantadora y sexy. Kael carraspeó sacándolos de su burbuja particular.

—Un poco de respeto hacia los demás, ¿no? —les regañó.

—¡Pero si a ti te da morbo mirar! —replicó Val irritada por el corte.

—Anda, Val. Ten en cuenta que los ángeles por norma son más pudorosos… Será mejor que busquemos una habitación donde poder enseñarte exclusivamente a ti todos mis encantos.

Val no pudo ofrecer resistencia ante eso, por lo que abandonaron las mazmorras intercambiando rápidos y traviesos besos entre los oscuros pasillos. Ante la primera puerta que encontraron, la abrieron sin pensárselo dos veces.

Inac deslizaba deliberadamente su mano bajo el escote de Tooru cuando la puerta se abrió de golpe y quedó interrumpido por las risitas y exagerados gemidos de Val.

—¡Tooru!

—¡Val!

—¡Inac!

—¡Gab!

Los cuatro exclamaron al unísono.

—¿Qué está haciendo el imbécil de Gab en MI habitación? —protestó Inac.

A Tooru se le habían desecho los ojos en líquidas lágrimas al ver a su amiga.

—¡Val! —sollozó—. ¡Has venido a rescatarme!

La cara de Val cambió de inmediato tras escuchar aquellas palabras. Se había quedado impresionada de haber encontrado a la que era su amiga desde la infancia en aquella situación tan indecorosa, pero ahora que comprendía que el diablo estaba abusando de ella se había enfurecido y mucho.

—¡Ya te estás apartando de ella o te castro! —le ordenó exhortativamente.

A Inac no le quedó más remedio que obedecer a su ama y se retiró a regañadientes.

—Tan ninfómano como siempre —se burló el ángel del diablo.

—Pues tú no estás en condiciones de hablar, precisamente —se defendió el moreno señalando con un gesto acusador las ropas que Gab llevaba medio colgando.

—¡No te atrevas a meterte con el bueno de Gab! —saltó Val—. Estamos aquí para salvar a nuestra amiga.

El ambiente se había tornado peligrosamente tenso. Tooru casi podía ver las chispas que Inac y Gab se lanzaban con la mirada. Por un momento Tooru sintió pena de Inac puesto que en el fondo le había gustado lo que la estaba haciendo y ahora Val descargaría su furia contra él. La ira de Val se vio pospuesta tras escucharse un extraño sonido.

—¿Qué es eso? —preguntó la lujuriosa.

—¡La alarma antiincendios! —reconoció Gab que no era la primera vez que la escuchaba—. La última vez que se activó fue porque Rihana le había robado sus boxers a Daniel y éste se pensaba que el ladrón había sido Lenac así que explotó literalmente usando sus poderes de fuego.

Val ya había oído el nombre de Lenac con anterioridad. Se trataba del traficante de drogas y Daniel era el inocente ángel que Rihana trataba de seducir sin mucho éxito, vamos, el álter ego masculino de su amiga Tooru.

—¿Qué se puede estar quemando? —preguntó una asustada Tooru refugiándose detrás de su esclavo. Gab la rodeó con sus brazos en afán protector.

De pronto Val lo comprendió e intentó camuflar su nerviosismo. No podían echarle a ella la culpa si no descubrían que la que había soltado el candil era ella.

—¿Qué has hecho, Inac? —le acusó.

—¿Yo? ¿Por qué siempre se me echa a mí la culpa de todo? En el fondo eres igual que Met.

—Tranquilos —intentó Gab poner orden—. Estas instalaciones cuentan con un moderno sistema antiincendios. El agua caerá de los aspersores que están colocados estratégicamente y el fuego desaparecerá.

Sin embargo el agua no caía y el humo se iba propagando. Los esclavos huían despavoridos tosiendo el CO2 para expulsarlo de sus dañados pulmones.

—¡Tenemos que salvar a Kael! —gritaban.

—¡Kael! —exclamó Tooru muy preocupada.

—Así que el fuego se ha producido en las mazmorras donde estaba Gab —comenzó a hilar Inac las pistas.

—Creo que ya sé lo que está pasando —anunció Gab señalando unas tuberías. De entre los cilindros de plomo goteaban gotas de color marrón.

—¡Chocolate! —se emocionó Tooru.

—Así es. Alguien ha puesto chocolate en las tuberías en vez de agua y por eso el incendio no se ha apagado aún.

—De acuerdo, no podemos perder la calma —dijo Val. Ella siempre conseguía dominar la situación—. Tenemos que apresurarnos.

—¿Y qué podemos hacer? —inquirió Gab. Tooru se encontraba muy ocupada lamiendo el chocolate de las tuberías.

—Muy sencillo. Somos diosas así que podemos controlar el tiempo. Tan sólo tenemos que hacer la danza de la lluvia, es un ritual muy fácil.

Val se dispuso a explicarles escuetamente los pasos que tenían que realizar. Unos minutos después se hallaban ataviados con extravagantes penachos emplumados y las caras pintadas con antiquísimas runas. Gab aprovechó para deslizar sus dedos entre las plumas de Val y ésta no se lo impidió. Inac les miraba con envidia. Al pobre diablo le había tocado el traje más feo de todos y el papel más difícil. Inac detestaba el fuego, le recordaba al Infierno del que había escapado y no le hacía ninguna gracia ponerse a bailar alrededor de una hoguera improvisada mientras Val recitaba unos extraños textos y Gab agitaba una pandereta. Si fallaba un solo paso del baile todo habría sido en vano, si embargo, Inac representó los movimientos con suma perfección. Ya sólo quedaba la peor parte:

Inac miraba con repulsión el radiocasete que sostenía entre sus garras. Inhaló una fuerte bocanada de aire y pulsó el botón de play. La irritante voz de Metarón comenzó a salir de los altavoces interpretando o mejor dicho, destrozando su canto gregoriano preferido. Cantaba tan mal que incluso las nubes lloraron. El agua milagrosa cayó sobre las lenguas de fuego que ya alcanzaban una longitud considerable y pronto todo quedó en cenizas húmedas.

Kael se hallaba entre ellas. Había tratado de apagar el fuego con sus alas, pero lo único que había conseguido era extenderlo aún más. Tooru se sintió muy aliviada al comprobar que su esclavo se encontraba bien. Todos corrieron a socorrerle salvo Inac que encontraba mucho más fascinante admirar las delicadas ropas de Tooru pegándose a su cuerpo más de lo que ella hubiese deseado por culpa de la lluvia.

—¡Gab! ¿Qué le han pasado a tus vendajes? —exclamó Tooru, alarmada, cuando recayó en los arañazos del ángel. Val le había arrancado todas las vendas en un arrebato frenético de pasión.

—Tooru, tú no eres médica —dijo Val—. Será mejor que Ralph se encargue de él. Es todo un profesional.

—Pero Ralph no me puede ni ver —le recordó Gab.

—No te preocupes, yo le convenzo.

Mientras hablaba a Val no se le había pasado desapercibido el descaro de Inac. Tan sólo tuvo que seguir el transcurso de su mirada para comprender aquellas caras que ponía de pervertido. Le tiró fuertemente de la oreja y se despidió de ellos. No le iba a castrar porque aquello sería todo un desperdicio para la humanidad, pero pensaba darle un buen castigo. Tooru se quedó completamente desconcertada y Gab no tuvo más remedio que observar en silencio cómo se alejaba aquella mujer que había arañado su piel de una forma que nadie había conseguido.


Espero que les haya gustado, subastamos una noche de pasión con alguno de nuestros esclavos... ¡el mejor postor gana! ¡anímense!
Se aceptan criticas, sugerencias, comentarios, etc.
Repetimos: valto s.a.a no se hace responsable por posibles traumas y tampoco les pagara el psicólogo :D
gracias por leer :D