Presentimiento.

Era insoportable. Cada día, la situación empeoraba. Se volvía cada vez más inestable, más volátil, más inconsciente. Pasé la punta de los dedos por mis párpados hinchados. Habían adquirido una tonalidad morada, pero sabía que con el paso del tiempo, se oscurecerían, para finalmente desaparecer. Pero eso no minimizaba el dolor. Ninguna herida física podría compararse con mi alma destrozada.

Seguía mirándome en el espejo, contemplando a esa persona tan extraña. Porque esa no era yo. Era lo que había quedado de mí. Una serie de moretones bajaba por mi cuello, y se perdía debajo de la ropa. Pero por más que intentara cubrirlos, sabía muy bien que todo mi cuerpo estaba lleno de ellos. No me molesté en mirar las cicatrices de mis brazos, ni tampoco en atender mi labio inferior, partido y sangrante. Ya me había acostumbrado al sabor de ese líquido rojo.

Escuché la puerta de entrada abrirse, en forma estridente. Era él. Recordé su habitual olor a licor y perfume de mujer cada vez que llegaba por las noches y me estremecí. Yo ya sabía de antemano que volvía de malhumor; el sonido sordo de su puño golpeando contra la mesa no hizo más que corroborar lo que pensaba.

Empecé a temblar, como siempre ocurría. Él me aterrorizaba, por más que intentara engañarme a mí misma y decir que la costumbre había borrado todo rastro de miedo. Yo le temía verdaderamente, y me asqueaba pensar que él lo sabía y le gustaba tener ese retorcido poder.

Tuve un extraño presentimiento en esos instantes. El presentimiento de que iba a cometer una locura esa noche. De pronto, todo se volvió exageradamente lento. Comencé a sentirme inusualmente ajena, y una película pasó frente a mis ojos. Eran pedazos de mi vida, que yo contemplaba como una espectadora.

Lo había amado con todo mi ser. Si hubiera tenido que dar mi vida por él, no lo hubiera pensado dos veces. Nunca supe exactamente qué fue lo que me cautivó de tal manera, qué sobrenatural fuerza me había mantenido atada a él por tantos años. Había soportado las más duras humillaciones, los golpes más atroces, los insultos más infames. Pensé que mi amor lograría cambiarlo, pero con el paso del tiempo tuve que abrir los ojos y darme cuenta de la realidad: él era una bestia, y las bestias no pueden cambiar, no importa cuánto pudiera amarlo.

Oí sus pasos fuertes subir por la escalera cuando volví de los recuerdos. Me apoyé en el lavabo y escondí la cabeza entre los brazos para silenciar el llanto. Yo ya no quería más de eso. No quería vivir más así. Si tenía que soportarlo una vez más, si mi corazón debía seguir rompiéndose en miles de pedazos de esa manera tan cruel, prefería la muerte. Pero yo no quería morir. Sabía que no lo merecía.

Aún con esa atmósfera lenta, abrí la puerta del baño sigilosamente. Volvía a sentirme ajena, y otra vez pensé que iba a cometer una locura esa noche. Me dirigí hasta la habitación y rebusqué en los cajones del armario. Sólo podía sentir los latidos desbocados de mi corazón cuando el frío material hizo contacto con mi piel.

Aguardé silenciosamente sentada en la cama, y extrañamente, comencé a relajarme. Jugué con el objeto en mis manos, pasándolo de la izquierda a la derecha, hasta que escuché que el picaporte de la puerta giraba.

Entró tambaleándose. La oscuridad del cuarto sólo me permitió ver el contorno de su figura ancha. Enorme, intimidante. El olor a whisky inundó mis pulmones. Sentí un repentino asco. Sus sentidos nublados por el alcohol no le habían permitido darse cuenta que yo me encontraba ahí, por lo que prendí la luz del velador y le ví observarme confundido. La confusión le duraría poco, me dije. No faltaba mucho para que enloqueciera. Pero no le di tiempo.

No temblé ni un poco cuando le apunté. Sus ojos se dilataron. Retrocedió un paso de manera torpe, y me imaginé que estaría un tanto desconcertado por mi actitud. Era comprensible. Yo siempre había sido la sumisa, pero los roles habían cambiado.

Apreté el gatillo, dándome el gusto de observarlo fijamente.

Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis.

Disparé hasta que las balas se terminaron. Ahora era la pólvora la que inundaba mis pulmones. Sin embargo, la sentí mucho más agradable que su alcohol barato. Dejé caer el arma al suelo, y me aproximé con parsimonia a su lado. Yacía alrededor de un charco de sangre. Su rostro se había desfigurado, pero pude darme cuenta de la mueca de horror en sus facciones.

Abandoné la habitación. No reparé en que su sangre había pintado las paredes de rojo, ni que sus sesos se habían pegado en el techo. Luego de aquello, sentí que una pesada carga desaparecía de mis hombros. Me había deshecho de mi tormento. Mi vida estaba arruinada, y mi alma destrozada, pero ahora estaba en paz. Mi voz sonó pasmosamente tranquila cuando marqué el número

—911, ¿cuál es su emergencia?.

—Acabo de matar a mi marido.