Envidia.

Intenté centrar mis ojos en los complicados logaritmos que el profesor copiaba en el pizarrón con aburrimiento, pero no lo logré. Observé a la persona a mi derecha y traté desesperadamente no gritar.

—Chris, ¿necesitas un balde? —ironicé. Despertó de su ensoñación y me miró sorprendido e ignorando la nota de amargura en mi voz—. Digo, para la baba —se sonrojó y desvió la vista—. Deberías ser un poco más discreto.

—Lo sé, pero es que —de nuevo esos ojos soñadores y la sonrisa de idiota que solía alegrar mis mañanas—... ella es tan—

—Hermosa, perfecta, magnificente y angelical, lo sé —rodé los ojos—. ¿Por qué no la invitas a salir?.

—Eso jamás —dijo viéndome como si estuviera loca—. Ella nunca, repito, nunca se fijaría en alguien como yo, y lo sabes.

—¿Entonces por qué la observas como si fueras un maldito psicópata? —espeté—. Vas a verla cuando va al gimnasio, la esperas a la salida de la escuela y dibujas corazoncitos con su nombre todo el jodido tiempo. Es empalagoso y cursi, Chris —finalicé con molestia.

Me miró bastante asombrado por unos segundos, pero luego sonrió —Está bien, no importa. Si te fastidian tanto mis comentarios sobre ella, pues no hablaremos más del tema. Cero Amanda, ¿de acuerdo? —propuso.

Pero yo ya estaba lo suficientemente molesta con él y con todos como para aceptar. Estaba harta y enojada. Quería irme a casa bufando por lo bajo, encerrarme en mi habitación y pasar el resto del día allí. Y eso mismo hice. El timbre sonó, dándole fin a la clase de matemáticas, la última del día. Me levanté de mi asiento, luego de guardar mis cosas en la mochila y miré a Chris. No lo habré hecho de una manera muy agradable, porque cualquier rastro de su sonrisa desapareció.

—Jen... ¿qué te pas—?

—Me voy a casa —declaré. Hizo amague de querer acompañarme—. Sola —enfaticé y se detuvo en seco.

Me fue inevitable pasar por el lado de Amanda Reeds en mi camino a la salida. Reprimí una mueca de asco al verla sonreír.

&

—Oh, ella es tan linda. Sus ojos son como dos mares zafiro. Oh, ¡podría perderme en ellos! —imité a Chris frente al espejo, pero mi sonrisa estúpida no era nada comparada a la suya. Jamás podría llegar a igualar tal expresión de idiotez—. Y es tan amable, Jen. Deberías hablar con ella, ¡es adorable! —miré mi reflejo con el ceño fruncido—. Argh... ¡la odio!.

Me tiré en la cama y permanecí los siguientes cinco minutos golpeando el colchón —suponiendo que era la cara de Amanda— y mordiendo la almohada —imaginando el rostro del idiota de mi amigo en ella—. Me calmé un poco luego de eso y di algunas vueltas más, para finalmente levantarme y contemplarme al espejo.

Esa era una de mis actividades favoritas desde siempre. Era completamente relajante admirar mi propia belleza, y saber que era mía. Que no estaba mirando el rostro de alguien más; que esa hermosa mujer a la que observaba era yo, y que mi rostro perfecto me acompañaría a cualquier lugar donde fuera. Era mío, era perfecto, era yo y punto.

Pasé la punta de mis dedos por el frío espejo, delineando los contornos de mi cara. Siempre había sido la niña linda y popular. Era el tipo de chica que las demás envidiaban o trataban desesperadamente ser mis amigas. Era también el tipo de chica que recibía atención masculina en cualquier sitio. Era cortejada, y solían pelearse por mí. Mi belleza era completamente abrumadora, me habían dicho en infinidad de ocasiones. Era muy halagador saber que todos adoraban mi brillante y abundante cabello azabache, que se hechizaban cada vez que veían mis felinos ojos verde esmeralda. Admiraban y envidiaban mis labios, mi piel de alabastro y mi cuerpo voluptuoso. Mis facciones perfectas y mi cara angulosa. Yo era el epítome de la perfección, y todos deseaban ser como yo.

Era de esperar que la atención constante fuera algo que adoraba, y no conocía otra forma de vivir. Me regocijaba y enorgullecía a la vez el hecho de ser la chica más hermosa de la Secundaria Preston. Quizás era la más hermosa de todo el Estado, incluso más bella que la mismísima Angelina Jolie. Me sentía la mujer más hermosa del mundo, y nadie podía sacarme de mi burbuja de felicidad.

Mi boca se deformó en una mueca de amargura. Hasta hace unos meses.

Recordaba su llegada perfectamente cuando, en medio de la clase de Biología, entró al aula con gráciles pasos. Se había comentado que una nueva alumna llegaría a Preston ese trimestre. Había obtenido una beca y se mudaba con su familia de alguna zona rural en el este del Estado. Todos esperaban a alguna campesina bruta y desaliñada, con los dientes picados, quizás, y vistiendo con ropas humildes y agujereadas. Pero, en el momento que atravesó el umbral de la puerta, cada persona dentro de ese salón se quedó sin palabras. Porque era tan hermosa, que dolía.

Su cara parecía haber sido pintada por uno de esos artistas del Renacimiento, como si hubiera decidido trazar con sumo cuidado cada detalle de su rostro, completamente simétrico. Sus ojos celestes se acercaban a la perfección celestial, grandes, expresivos y enmarcados por espesas pestañas negras. Sus labios carnosos se curvaron en una tímida sonrisa al ver al profesor. Se presentó ante nosotros. Sus dientes parecían perlas alineadas, como la maldita propaganda de algún dentífrico caro. Pasó por mi banco al momento que le tocó ocupar su lugar, con su cabello largo y ondeado color bronce que se mecía acompañándola en sus movimientos. El aroma a cerezos que desprendía me hizo arrugar la nariz. No quise darme vuelta como el resto para volver a observar su cuerpo de modelo, ni sus torneadas piernas que parecían no acabar nunca.

Escuché varios murmullos de parte de los varones, casi todos, vulgares declaraciones sobre 'lo buena que estaba' y lo mucho que quisieran 'darle sin parar'. Me asqueé por primera vez ante tal comportamiento, quizás porque no era dirigido hacia mí.

—Es... hermosa. —murmuró Chris embobado.

Yo, en cambio, me encogí en mi lugar. Me sentí enferma, porque de repente, yo ya no era el centro de atención.

Conforme pasaban los días, me sentía más sola. Ya nadie me prestaba atención en la forma que yo lo deseaba. Mis amigas, repentinamente querían entablar amenas conversaciones con ella en los almuerzos, en las cuales yo jamás decía ni una palabra, y sólo me dedicaba a darme cuenta —con todo mi pesar—, que era simpatiquísima y extremadamente agradable. Tanto, que me revolvía el estómago. Las que no querían acercársele, le enviaban miradas venenosas y se encargaban de envidiarla. Parecía que su llegada había desarrollado un masivo complejo de inferioridad en todos, algo que solamente yo podía provocar.

Los muchachos comenzaron a alejarse de mí. En cambio, pululaban a su alrededor como garrapatas, invitándola a citas y seduciéndola, sin éxito. Porque para colmo, ella parecía ser extremadamente decente. Había esperado que fuera una loca, una zorra sin cerebro que se acostaría con el primer chico apuesto que se le cruzara, pero no. Encima de decente, era un genio. Había obtenido una beca para ingresar a la escuela, y tenía resultados sobresalientes en cada exámen. Había logrado superar en promedio al mejor del curso, quien y para variar, también estaba estúpidamente idiota por ella.

No pude evitar compararme. Yo era antipática y soberbia. Tenía a mi grupo de amigas, a quienes llevaba a todos lados y dominaba sin problemas. Yo siempre era la cabecilla del grupo, el centro de todo. Cada conversación giraba a mi alrededor, y todas me escuchaban con atención. Era arrogante, y no me molestaba en ocultar mi inexistente modestia. Tampoco era decente como ella. De hecho, había tenido muchas historias con muchos chicos, algunos de mi curso. Había salido con el capitán del equipo de fútbol y dejado por su hermano rockero. Había estado con el Presidente de la clase, y engañado con un universitario que había conocido en alguna fiesta. Era alocada y fácil, pero no me molestaba. Siempre y cuando tuviera hombres dispuestos a decirme lo bella que era, todo iría bien. No era un buen prospecto de vida. De hecho, pude darme cuenta de lo poco inteligente de mi actitud, pero no podía hacer nada. Al fin y al cabo, yo tampoco era inteligente. Mis calificaciones eran bastante reprochables, y lograba pasar porque de vez en cuando, seducía a alguno de los profesores con mi cara de niña buena. También porque convencía a los chicos listos para que hicieran mi tarea, a cambio de una cita a la que nunca asistía. Me miré al espejo otra vez, con los ojos humedecidos tras la comparación.

Dolía. Ya nadie me envidiaba. Ya nadie alababa mi belleza. Todos estaban ocupados vanagloriando a esa campesina, admirando su perfección, su gran inteligencia, su simpatía y su humildad. Adorándola y dejándome de lado. ¡Incluso Chris!. Apreté los puños, tanto que los nudillos se me pusieron blancos.

Chris era mi amigo, el único amigo real que tenía allí. Habíamos estado juntos desde pequeños, y no tardé en comprender que él era la única persona que de verdad me quería tal y como era. Los demás sólo estaban conmigo porque les convenía. Mi grupo de amigas en realidad era un montón de interesadas que sólo andaban conmigo porque querían jactarse de ser populares. Todas querían ser amigas de la linda Jen, porque quizás así el mundo les prestara más atención. Pero él jamás lo había hecho por eso, y yo lo sabía. Siempre me decía que tenía el carácter demasiado fuerte, que era un poco egocéntrica y gruñona, pero que él me quería igual. Siempre me ayudaba cuando no entendía algo, era un gran profesor. Siempre tenía una linda sonrisa para darme, dispuesto a escuchar mis problemas. Chris era el hombro sobre el cual podía llorar libremente. Chris era la persona a la que podía contarle todo, sabiendo que nunca se atrevería a juzgarme. Chris era mi soporte y mi fortaleza. Chris lo era todo para mí.

No sabía si él era consciente de lo mucho que me gustaba. Yo, muy en el fondo sabía que estaba enamorado de mí, podía intuirlo fácilmente. Me decía lo hermosa que era todo el tiempo, y cada atención que tenía para conmigo lo ponía más en evidencia. Nunca me había dicho nada sobre sus sentimientos, quizás porque temía que nuestra amistad se viera dañada. Quizás porque pensaba que yo lo rechazaría y quedaríamos en malos términos. Obviamente desconocía que yo estaba enamorada de él, pero no estaba dispuesta a dar el primer paso y confesarlo. Tan soberbia, que esperaba con ansias el momento en que me dijera que me amaba. Como en las películas, con una conmovedora declaración de su amor hacia mí, que yo correspondería para su sorpresa. Sonreí tristemente. No era mi deber hacer lo que a él le correspondía. ¿Desde cuando una chica como yo debería confesar su amor?. ¡Si los hombres se tiraban a mis pies!. Era razonable, y yo continuaba esperando.

«Ajá, y ahora por eso, lo has perdido. Debiste haberle dicho lo que sentías, pero ya es demasiado tarde. Está enamorado de la perra esa. Ya no le gustas más, porque no eres lo suficientemente bella como para gustarle.»

Quise ignorar la voz de mi conciencia con una carcajada incrédula. ¡Yo era mucho más bella que Amanda!. No importaba cuán inteligente fuera, o cuán bien le cayera a todos, yo era mucho más hermosa que esa campesina. El interior no importaba, yo estaba hablando de belleza. Y Chris me amaba, sin duda alguna.

«Creo que Chris se ha cansado de esperar, Jennifer. Tú siempre eres tan seria con él. Digo, nunca tuviste ni la menor intención de insinuarle tus sentimientos, y el chico ha decidido que definitivamente lo ves como a un amigo.»

No, eso no era verdad. Chris iba a atreverse algún día, ¡no podía simplemente dejarme así!.

«¿Has oído la frase 'Hay muchos peces en el mar'?. Bueno, Amanda es ese pez, y tarde o temprano ocurriría. Lo ha hechizado con su simpatía y buen humor. Ella es profunda, y tú superficial y malcriada.»

¡El que fuera profunda no tenía nada que ver!. Yo era bella, y con eso me bastaba.

«No es así, y lo sabes bien. ¿Tienes idea de lo que eres acaso?. Una simple cara bonita. Estás podrida por dentro, Jennifer, podrida debido a tu vanidad. Y estás comenzando a consumirte de la envidia.»

Me agarré la cabeza y reí con fuerza histéricamente. No podía creerlo. ¡Envidia!. ¿Yo debía sentir envidia por esa escoria?. Ella podía ser tan bonita que incluso dolía, pero mi belleza dolía aún más. ¡Mi conciencia no podía estar diciéndome que era mejor que yo!.

«Estás enferma, Jennifer.»

No. ¡No!. Arrojé mi estuche de maquillajes del tocador, y las demás cosas en la mesa. Grité con fuerza mientras las lágrimas salían sin parar por mis ojos. Agradecía que no hubiera nadie en casa, y grité aún más. Me apoyé contra el mueble y lo golpeé con una fuerza que hasta ese momento desconocía. Me tiré en la cama y enterré la cabeza contra la almohada. Seguí gritando y llorando hasta que quedé profundamente dormida.

&

De pronto me encontré en el parque de la ciudad. Mis sentidos se habían nublado un poco, pero me sentí levemente menos mareada al darme cuenta que todo lo demás había sido un sueño. Estaba apoyada contra el tronco de un grueso árbol. Sonreí satisfecha. Seguro que me había quedado dormida, y había tenido ese horrible sueño en el que enloquecía y gritaba de pura histeria. Reí y me puse de pie. A lo lejos pude divisar aquella tan conocida figura, y sonreí sinceramente.

—¡Chris! —lo saludé con la mano y le hice una seña para que viniera conmigo—. ¡Ven!

Se acercó, acortando la distancia entre nosotros unos metros. Se detuvo abruptamente y me miró con sus profundos ojos miel. No me molesté, porque él solía hacer ese tipo de cosas. Además, era comprensible. Debía ser inevitable el admirar mi belleza. Pero pasaron unos segundos, y él aún seguía ahí, plantado y quieto como una estatua.

—Um, Chris. ¿Qué pasa?

A su lado se materializó una figura. Palidecí y sentí cómo el alma se me iba a los pies. Él la agarró fuertemente de la cintura y depositó un tierno beso en sus labios.

—Jen, ¿no te parece maravilloso? —me sonrió—. Te hice caso e invité a salir a Amanda, y adivina qué: ¡somos novios ahora!.

Ambos rieron y se abrazaron tiernamente. Sentí que el corazón se me rompía, y los miles de pedazos se distribuían por mis costillas flotantes. Las lágrimas se asomaron en mis ojos.

—N-no, C-Chris —balbuceé mientras lloraba—... E-espera, tengo que decirte que...

Los ojos color cielo de Amanda se enfocaron en mí. Su mirada era gélida como el hielo. Me estremecí por primera vez ante su presencia.

—Es demasiado tarde, Jennifer —acarició el rostro de Chris, quien parecía estar ajeno a todo, observándola con devoción—. Ya nadie te quiere. No eres importante, Jennifer. Yo lo soy. Ahora Chris me quiere a mí, ¿no es así? —le preguntó dulcemente.

—Sí —ambos se besaron profundamente.

Yo no podía parar de llorar. Me cubrí el rostro con las manos.

—¡Chris, no te vayas con ella! —sollocé—. Te necesito.

Los dos rieron y me miraron con sorna —Lo siento, Jen, pero no eres lo suficientemente bella como para gustarme. Ya no lo eres más. Ahora Amanda es la única, porque ella es mejor que tú. Lo lamento, de verdad —pero su tono de voz, repentinamente siniestro, me daba a entender que no lo sentía en absoluto.

Emití un grito que me hizo sentir como si mi garganta se desgarrara al verlos desaparecer. El paisaje hermoso que había apreciado en un principio ahora era reemplazado por negro, un vacío negro sin fin. Quizás así se sentía mi corazón. Comencé a caer, y chillé horrorizada.

Fue en el momento en que abrí los ojos y observé el techo de mi habitación empapada en sudor, que lo comprendí todo. Eso había sido una pesadilla. Tenía la boca seca y la garganta me ardía. Imaginé que había estado gritando mientras dormía. Apretaba las sábanas y mi cabello estaba pegado a mi cara. Mi respiración era tan dificultosa, que creí que moriría. Me tomé un tiempo para calmarme y poder ponerme en pie.

Pasé por el espejo del tocador y observé todas mis cosas desparramadas en el suelo. Me miré y pude percatarme que mis ojos estaban nublados por la furia. No lo pensé más, cogí el teléfono inalámbrico y marqué su número.

—¿Diga?

—Mark, soy yo. Necesito que me hagas un favor.

&

Luego del fin de semana, las clases comenzaron normalmente. La primera hora del día era Historia, y yo me sentía fresca y relajada como no lo había estado en años. Chris se sentó a mi lado como siempre y fue el primero en darse cuenta de mi alegría.

—Wow, eso que es una sonrisa —me miró divertido—. Soy tu mejor amigo y merezco saber la razón de tanta felicidad.

Fingí indignación —Hey, ¿acaso no puedo estar contenta sin motivos? —suspiré satisfecha—. La vida es bella, ¿o no?.

Rió incrédulo —No, de verdad dime, ¿tomaste drogas o algo?.

Bufé —¡De verdad que no es nada! —le resté importancia—. Tengo mis momentos, tú sabes.

—Bueno, gracias a Dios por eso. Comenzaba a preocuparme tu actitud. Nunca te enojas conmigo tan seguido.

Me sonrojé un poco —Er, sí. Lamento lo del otro día. No quería gritarte.

—Ya déjalo, no hay drama.

El profesor entró al salón —Oye —le dije cambiando de tema—, ¿al final la invitaste a salir?.

—Bueno, la llamé a su celular y a su casa el viernes luego de la escuela, pero no me atendió. Estará ocupada, supongo.

Asentí con la cabeza, sonriendo ampliamente.

—Hoy faltaron Jones, Slater y Reeds —dijo el profesor luego de pasar lista.

Todos miraron su banco vacío y medio se sorprendieron. Ella nunca faltaba, mucho menos un lunes. Pero no importaba, podía faltar de vez en cuando, ¿no?. Al fin y al cabo y tal y como había dicho Chris, Amanda era una chica muy ocupada.

Solté una pequeña risita.

&

Conforme pasaban los días, mi humor mejoraba más y más. Comenzaba a sentirme con energías de nuevo, y la atención se volcaba nuevamente en mí. Mientras comía tranquilamente el almuerzo con mi grupo de siempre y reía por alguna broma de Chris, una de mis amigas, April, entró precipitadamente a la cafetería. Estaba pálida cuando se acercó a nuestra mesa.

—¡No podrán creer lo que pasó! —todos la miraron, aunque yo tenía el leve presentimiento de que sabía la gran noticia—. ¡Amanda Reeds, ella...! —se detuvo para sentarse, con la cara deformada por la sorpresa y la consternación.

—¿Qué le pasó? —inquirió Chris serio.

—Bueno —dijo April luego de tranquilizarse un poco—, ¿recuerdan que no estaba viniendo a la escuela estos días? —todos asintieron en señal de afirmación—. La encontraron hoy en un costado de la carretera. Se piensa que desapareció el viernes, cuando salía de su casa para ir a lo de su tía, un tipo la secuestró —abrieron la boca incrédulos, pero no dijeron una palabra—. La llevó a alguna fábrica y le tiró ácido en la cara. D-después —balbuceó, con los ojos humedecidos—... la tiró en una ruta y se marchó.

—¡No puede ser! —exlamó Chris con la voz estrangulada. Mis amigas estaban al borde de las lágrimas y April tenía los ojos hinchados. Seguro que también había llorado al enterarse.

Pero parecía no haber terminado aún. Nos habló con voz fúnebre —Está viva —se les desorbitaron los ojos. Chris parecía encontrarse en estado de shock—. No sé cómo lo hizo, pero sobrevivió.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó otra de mis amigas, Denise. Se tapó la boca, horrorizada ante lo que había escuchado.

—Mamá se hizo amiga de la familia, así que fue una de las primeras en enterarse de todo. Sus padres están destrozados. Su cara quedó completamente desfigurada —sollozó—, ¡quién sabe cuántas cirugías va a tener que soportar!.

—Lo lamento tanto —susurré, con una pequeña lágrima rodando por mi mejilla—. Era tan bella.

Por dentro, escuché en mi cabeza una carcajada siniestra.

«Tan buena actriz, Jennifer.»

&

—¿Diga?

—Mark, soy yo. Necesito que me hagas un favor.

Chasqueó la lengua —Ya me imaginaba que no llamabas para hablar del clima, Jen.

—Ando un poco apurada, así que no tengo tiempo para andar con rodeos —declaré con una voz estoica y desconocida incluso para mí—. Hay una pequeña perra molestándome, necesito que te encargues de ella.

—Oh, conque de eso se trata. Me parece bien que solicites mis servicios, linda. Hablemos de precios.

—El dinero no será problema. Tengo tres mil dólares ahorrados, ¿te parece suficiente por una sola persona?.

Rió roncamente —Perra adinerada. Está bien para mí, confío en que cumplirás y me pagarás.

—¿Alguna vez te he decepcionado, Mark? —inquirí, juguetona de repente.

Otra risa ronca —Es verdad. ¿Y de quién hablamos, Jen?

—Amanda Reeds. 658, Washington. Llegarás fácil. Alta, pálida, con ojos celestes y cabello marrón. Linda como una maldita modelo, la reconocerás sin problemas.

—No quiero preguntar el por qué debería encargarme de ella. Suenas enojada.

Lo estoy, Mark. Y sí, no debes preguntar. Tú sólo haz lo que te diga.

—Zorra mandona —se burló—. Ahora hablemos de procedimientos.

—Bien, la esperarás cuando salga de su casa esta tarde. Tengo entendido que siempre va a visitar a su tía, así que la sorprenderás. La sometes y la pones dentro del auto. Te la llevas a algún lugar abandonado y remoto. Como una jodida fábrica o algo así. Le atas las manos y los pies. No le vendes los ojos, y encárgate de que esté consciente todo el tiempo—

Rió fuertemente —Eres cruel, eso me gusta.

—Como sea —continué—. No me importa de dónde lo consigas, pero buscarás ácido y se lo echarás en la cara. Lentamente —agregué con la voz ronca.

—Princesa, te has puesto un poco oscura desde nuestro último encuentro. ¿Estás segura?

—Lo estoy. No me importa si vive o muere, así que no te encargues de matarla. Dejémosle eso al destino. La meteras en el coche de nuevo y la dejarás en alguna carretera desolada. Con suerte la encontrarán, y si lo hacen y sigue viva, su existencia será un infierno —sonreí—. De cualquier forma ganamos.

Mark no pareció en nada afectado por mis palabras y me habló muy divertido —Algún día deberás contarme qué te hizo para que decidieras tal cosa. En fin, sabes que adoro estas charlas tan amenas, sobre todo contigo —ironizó—. Te llamaré en cuanto termine. Adiós.

—Adiós, Mark.

Tenía mis contactos. Había conocido a Mark en una fiesta, y muy rápidamente había descubierto su gusto hacia la violencia y la muerte. Tenía cicatrices de cuchillos, muchos tatuajes y usaba camperas de cuero. Tenía grandes músculos y parecía un maldito ropero. Eso me había gustado. Lo hicimos un par de veces casualmente, y luego todo quedó en el olvido. Mantuvimos el contacto, y es en esos momentos en los que agradezco tener gente así para ayudarme. Me había contado que realizaba 'trabajos' de vez en cuando, y que siempre podía llamarlo cuando necesitara 'liquidar algún insecto'.

Sonreí y me carcajeé luego de la escuela ante el recuerdo de esa frase. Amanda Reeds había resultado ser un insecto, pero fue muy fácil deshacerme de ella. Quizás la visitaría algún día, si es que sobrevivía luego de las operaciones y el dolor desgarrador de tener su vida arruinada. Sonreí aún más. La visitaría en caso de que no muriera, pero sólo para regocijarme ante la visión de su cara destrozada por el ácido y su futuro destruido.

Ya Chris no la miraría más, ahora era mío otra vez. Ya mis amigas no la preferirían, volverían a estar conmigo. Sería deseada por los hombres de nuevo, ya nadie podría opacarme.

Como siempre, yo era la más bella de todas.