La doncella que amó al minero

—Ven, Siéntate aquí frente a mí, por favor —estaba sentado junto a una hoguera y me miraba como si hubiera esperado por mí toda la noche, y se estuviera conteniendo de abrir más la sonrisa y abrazarme como respuesta a tanta expectación.

Me senté en un tronco, tratando de sonreírle, como parecía que tenía que hacer frente a su alegría. Él asintió y, sumiéndonos en el silencio de la brisa nocturna que arrancaba a las hojas de los árboles un murmullo acogedor; se afanó en prepararme alguna bebida. El fuego me saludó con unas chispas danzarinas y el aire caliente que alejaba el frío de la noche.

Sólo sabía que estaba en algún claro de un bosque que apenas se perfilaba, alrededor de mí, por la luz de la luna; y que ese hombre era muy alto, de contextura fuerte, piel curtida y facciones rudas, rodeadas por un oscuro cabello y barba rizado. Aún así, aunque podría parecer intimidante, sus ojos grandes y amables eran más poderosos que todo lo demás en él.

Cuando me dio el vaso, lo recibí feliz, oliendo el chocolate caliente y diciéndole:

—Gracias. —El hombre asintió y se encogió de hombros, con otra sonrisa en sus labios que le dio más poder a su mirada acogedora—. ¿En qué te puedo ayudar, gentil hombre? —terminé, algo bromista al ver las ropas de la edad media que el extraño visitante tenía.

Él tomó una actitud seria y se puso a avivar el fuego, como para hacer algo mientras respondía:

—Una ínfima parte de mi volvió a vivir en el mundo de usted y… —el hombre meneó un poco la cabeza y, con una sonrisa de mandada alegría que, extrañamente, me entristeció el corazón; dijo casi infantilmente—: La verdad es que, contactándome contigo, ya he hecho demasiado para invadir tu vida cuando debería quedarme quieto en mi estado actual, por lo que… ¿Qué tal si primero te cuento la historia, y luego ves si me haces el favor o no?

—Mmm, con lo rico que está este chocolate, me parece que no obtendrás un "no" por respuesta. —El hombre rió un poco con una carcajada que, en otras condiciones y frente a una mejor broma, sería muy escandalosa; con una alegría que saltaría de su cuerpo a la de sus acompañantes con facilidad. Sonreí más, contagiándome de alguna manera, aunque, extrañamente, la tristeza en mi corazón pareció hacerse más honda—. ¡Pero con eso de que me cuentes una historia, creo que tienes muy seguro un "sí" de mi parte! ¡Me encantan las historias!

—¡Qué amable es usted, señorita! ¡Sabía que mi extraña petición no sería una tontería, sólo porque usted le daría una oportunidad!

Me sonrojé, complacida. Otro sorbo del chocolate y dije, por fin:

—¡Muchas gracias, Jerome! —Me di cuenta de que supe su nombre sin que me lo dijera pero, en esa situación, nada parecía que me llegara a extrañar—. ¡No me tiene que hacer sonrojar a puros cumplidos! Con solo que me cuentes la historia, creo que me daré por satisfecha y te haré el favor con mucho gusto.

—Algo me dice que así será, señorita. —Él dejó en paz el fuego, se frotó las manos como si hubiera terminado una difícil labor, se irguió un poco y empezó a contar:

»Vengo de un mundo muy diferente al suyo. Un mundo y tiempo en que uno nacía en una familia y se pensaba que, por tener esa sangre; tenías el Destino escrito y vivirías del oficio en que se instruyó, por generaciones, sus antepasados. En mi caso, sería minero. Y fui minero, con una pasión por el oficio como si en verdad hubiera nacido para eso.

Supe que en la historia vendría un momento en que Jerome se daría cuenta de que él, en verdad, no había nacido para minero… y que ese momento involucraba a una persona cuyo recuerdo estaba tan impregnado en él, que yo llegaba a sentirlo e hizo reaccionar a mi corazón con esa honda y sutil tristeza. Pero no dije nada, simplemente lo vi mirarme con seriedad y sencillez, mientras su voz gruesa seguía contando su historia con maestría:

»Vivía en un reino grande, donde todos sabíamos que nuestro trabajo era el que hacía que ese lugar fueran un muy buen hogar para vivir. Tal vez por eso, no osábamos salirnos de esas vidas ya prescritas, como si pensáramos que si lo hacíamos, el reino dejaría de ser ese lugar tan maravilloso.

»Por eso, el que trabajaba con las manos, se casaba y vivía con la gente que trabajaba con las manos; los que se encargaban de los alimentos, con su misma gente.

»A decir verdad, los artesanos ganaderos y agricultores, aunque sabíamos que no éramos iguales, no teníamos muchos reparos para entrelazarnos entre nosotros, de forma tal que había familias con un hijo ganadero y otro, herrero. Eso era común…

Se quedó ensimismado un momento y luego, me hizo gracia que bajara la mirada, como casi apenado, antes de seguir:

»Perdón, me he ido del tema principal.

»Lo que te quería contar es que en el reino, aunque todos nos respetábamos por nuestros mutuos oficios, y valorábamos a cada dinastía y a sus integrantes; la verdad era que… como dicen en su época: existían clases sociales. Las personas que trabajaban para que las demás vivieran con mayores comodidades, eran la clase más baja. Luego íbamos nosotros: Los que trabajábamos con las manos, agricultores o ganaderos; nos seguían los guerreros; y luego, ya en las esferas de la personas que vivían con más comodidad, estaban los pensadores y magos que, algunos de ellos, prácticamente tenían tanto poder como la familia real.

¡Magos! No pude reprimir mi incredulidad y él, dado que me seguía viendo con esa mirada tan cordial; en seguida la notó, aunque no pareció ponerse ofendido en lo más mínimo:

»Sí, magos. Los magos trabajaban ayudando en todas las demás esferas pero, por su gran poder, decían algunos que merecían ser aún más respetados que la familia real.

»Ser mago era un gran privilegio y toda familia tenía la esperanza de que su nuevo hijo o hija tuviera magia en su interior. ¡No importaba si fuera moviendo cosas con la mente o lo que fuera!

»En mi reino, la familia siempre estaba muy al pendiente de ver cualquier habilidad extraña en sus hijos; con la esperanza de que su retoño tuviera una vida más cómoda y acaudalada que la que el Destino le deparaba sino era así. —Rió un poco, pero sin sentimiento—. ¡Creo que hasta la familia real tenía esa esperanza!

»Lidieth fue una de los elegidos por el Destino para ser maga…

De repente estuve en dos lugares. Seguía estando allí, sentada en el tronco de un árbol, tomando otro sorbo de chocolate caliente en esa noche muy estrellada y en medio de un claro de un bosque; junto a un hombre de ojos muy amables y una tristeza resignada en el corazón… y, a la vez, estaba viendo a una muchacha algo baja, como de trece años, contextura rellenita y un cabello pelirrojo casi anaranjado que parecía darle tanta energía a su piel muy blanca y algo pecosa, como su gran sonrisa. Corría en medio de un riachuelo, importándole muy poco que se estuviera mojando la ropa. Volvió a ver hacia donde yo la veía y, riendo no solo con la boca sino con esos ojos enormes y verdes, gritaba con toda la alegría de una niña traviesa:

—¡Jerome! ¡Ven! ¿¡Te da miedo el agua o qué!? —y otra risa tan contagiosa que, estuve segura, había hecho contagiosa la risa del Jerome adulto que tenía frente a mí y me asentía con una sonrisa de feliz nostalgia:

»Nació en una dinastía de agricultores. Nuestras familias, los agricultores y los mineros, éramos como un pequeño pueblo y todos los niños nos criábamos como primos, casi hermanos.

»Ella sólo tenía dos hermanas mayores, muy delgadas, estilizadas y altas… su madre había muerto poco después de darla a luz y su padre tardó en casarse de nuevo, pero no tuvo más hijos.

»Desde muy pequeña (era tres años mayor que ella), Lidieth decidió que yo sería su hermano mayor. Luego me explicó que me había escogido al dedo, porque los dos éramos los más rechonchitos de niños y, por eso, en verdad creyó que yo era su hermano de sangre.

Y esa vez, hasta yo me reí de puro contento con la ocurrencia. Empezaba a sentir cariño por esa niña, y sabía que era producto del sentimiento que se desarrollaba en él al recordarla.

»Y así lo fuimos en nuestros años de infancia. ¡Éramos más unidos que con nuestros propios hermanos de sangre! Hasta que, poco después de que ella cumpliera los 13 años, un mago visitó nuestro pequeño pueblo. ¡Te imaginarás la emoción que sentimos cuando ese anciano llegó a la casa del padre de Lidieth, pidiendo posada!

—¡Hasta discutían por ver en cual casa se quedaría a dormir por la noche!

Él rió, asintiendo como si fuera una vieja broma entre los dos.

—¡Sí, es cierto, es cierto! Terminamos haciendo un ciclo, para que dejáramos de discutir.

Y luego, en su expresión se fue tan rápido la sonrisa, que por fin sentí que la tristeza que emanaba de él se proyectaba en su rostro.

—Esa misma noche, Lidieth apareció afuera de mi ventana. Y me hizo dejarla dormir en nuestra casa. Tenía miedo del mago, y yo no sabía por qué, pero la ayudé a esconderse. Cuando supe, al día siguiente, que el mago no sólo había llegado al pueblo por la mina… luego te explico eso… sino que por Lidieth, me sorprendí demasiado. Dejé el pico y a mi hermano mayor con la palabra en la boca, y corrí en busca de Lidieth. Por fin la encontré en el granero, detrás de los sacos de arroz. Sólo al verme, supo que ya sabía. Y casi se echó a llorar, la pobre.

Otra vez, esos ojos verdes aparecieron frente a mí, llorosos. Y supe que Jerome me estaba mostrando sus recuerdos por propia voluntad, mientras, al mismo tiempo, me veía a la luz amarillenta de la fogata con una expresión inescrutable en el rostro.

La voz del joven Jerome se oyó de alguna forma a mí alrededor, mientras la brisa nocturna seguía arrullando a las ramas de los árboles en ese claro. La voz se oía dolida, aunque, al agudizarse por instantes dado que estaba cambiando a la más gruesa que ya conocía en el Jerome adulto que tenía frente a mí; parecía perder un poco de la seriedad que le quería conferir a sus palabras:

—¡Eres una maga! ¿¡Por qué no le dijiste nadie!? ! ¿Por qué no me lo dijiste? ¡Creí que confiabas en mi! ¿Cuál es tu poder, que es tan importante como para que un mago haya venido a ti, en vez de que tu familia te llevara al centro? —luego, la voz se cayó, y vi como el muchacho se sentaba frente a la niña, que lo miraba muy dolida y a punto de llorar. La mano fuerte y curtida de él fue a dar al rostro de Lidieth (El Jerome adulto, frente a mí y detrás del fuego de la hoguera, sonrió con cierta ternura) y la voz habló tan calma y mansa, que hasta yo me sentí más tranquila—. Lidy… ni tu familia lo sabe, ¿verdad?

—No, claro que no. —La niña se sorbió la nariz y cogió la mano de Jerome con sus dos manos, llevándosela al regazo de ella—. No es mucho, es como que… le doy de mi energía a las cosas. Por eso, la plantación estuvo fuerte en la seguía del año pasado y, cuando nació Blanche antes de tiempo… creo, creo que la salvé.

Vi como la mano del joven Jerome agarraba con fuerza una de las manitas pequeñas y regordetas de Lidieth, y le dijo, preocupado:

—Cuando caes enferma de esa extraña debilidad que nadie sabe curar… Me decías que no me preocupara. —Volvió a mirarla de nuevo. La expresión de la niña parecía casi volver a la tranquilidad—. Era porque… estabas dando de tu energía a las plantas y… —la voz no pudo decir más.

Ella asintió por toda respuesta y, luego, lo miró con cierta súplica al decirle:

—¡No quiero ser maga! ¡Me quiero quedar aquí contigo, mis hermanas, y sobrinas y mi papá!

Hubo un silencio pensativo y pesaroso entre los dos, hasta que vi que Jerome subía la mirada y, con una voz muy entusiasta, dijo:

—¿Pero qué te pasa? ¡Ser maga es bueno! ¡Vas a poder hacer muchas cosas! ¡Imagina la de gente que puedes salvar si tienes poderes sanadores como esos!

—Pero… los magos no vuelven a la casa, ¿No recuerdas lo que pasó con mi tía?

—Ni tú lo haces, Lidy, porque se fue antes de que naciéramos nosotros. Y además, estoy seguro de que ella no volvió porque no quiso. ¿Qué has creído? ¿Qué los magos son encarcelados en el centro o qué? ¡No! Simplemente, se acostumbran tanto a estar con otros magos, que terminan por olvidar a su familia…

Pasó algo extraño a continuación, tanto, que sentí que mi conciencia disipaba el entorno en que estaba. Oía un caos de palabras como un murmullo lejano, y veía varias imágenes que no pude entender… pero duró sólo un segundo, y cuando terminó, fue como si nunca hubiera pasado. Jerome me hablaba, mientras extendía su mano hacia mí, con una tetera de metal en la otra:

—Lo siento. Tengo que economizar energía y esos recuerdos no son importantes… ¿Quieres más chocolate?

—¡Por favor! —asentí y le di mi vaso de porcelana.

Silencio… el leve murmullo de la brisa, ni un grillo… ¡No! Un grillo se empezó a oír desde ningún lugar, pero lo suficientemente bajo para que no fuera molesto. Pronto tuve más de ese perfecto chocolate caliente en mi boca, y el sonido de la voz de Jerome en mis oídos:

—La convencí de que se fuera… me costó demasiado, pero estaba muy convencido de que era lo mejor para ella, y logré que lo viera así. Además, los dos sabíamos leer y escribir lo suficiente como para no perder totalmente el contacto.

Tomé del chocolate para quitarme el mal sabor de boca. Podía ser que en verdad necesitara economizar de su energía, pero sabía que esa no era su primera motivación para no enseñarme cómo la convenció y vio irse de la aldea a Lidieth. Culpa y dolor eran los verdaderos motivos, y respetaba que no me los enseñara.

Él también tomó de su vaso, se limpió el bigote con la mano y siguió con la historia:

—Y al principio fue así. Sus cartas eran grandes, ¡y llenas de todo tipo de errores ortográficos! —intentó reír, sin poder hacerlo—. Pero fue mejorando, empezó a usar palabras que no entendíamos y, mientras mis cartas se hacían cada vez más grandes y con la misma cantidad de errores, las de ella se fueron haciendo más espaciadas, cortas… evasivas, aunque aún reflejaban cariño por nosotros. Pronto, si en un año recibíamos tres cartas de ella, no podíamos quejarnos. ¡Y ni esperar una visita de ella!

»Los primeros tres años, llegó en los tiempos de la cosecha y se divertía como si, en vez de llegar a trabajar con la familia, llegara al paraíso. ¡Bueno, así era ella! Pero yo sabía que, cada vez, tenía que esforzarse más por ser así. Estaba cambiando, pero no nos decía en qué sentido, ni siquiera a mí. Creímos, como ella también lo creyó en esos años de pupila del mago Vincent (así se llamaba aquel anciano), que Lidieth volvería a ser sanadora en nuestros territorios, pero no fue así.

»Nunca sería así. Los magos habían ido a buscarla como si su Destino hubiera pasado de ser agricultora, a ser guerrera…

—¡Guerrera! ¿Pero de qué hablas? —La sorpresa fue tanta, que pude sentir a mi cuerpo real, respingar.

Y por la mirada tan dura que me enviaban esos ojos de Jerome, pude notar que lo que me iba a contar eran acontecimientos que lo llenaban de horror, rabia, resentimiento, odio, desolación, tristeza… Años de guerra, siendo testigo y protagonista de muchas historias que se entretejían sin piedad pero con mucha impotencia; haciendo que su corazón y mente lo tuvieran como un todo que desembocaba en ese caos de sentimientos propios del centro de la esencia humana; muy fuertes pero controlados, al fin, por los años y las experiencias. Tal vez, hasta por la muerte.

—Antes siquiera de que yo naciera, la historia de Lidieth se empezó a gestar.

»Muchos de los altos pensadores y consejeros de la familia real, junto a algunos magos; empezaron a dejar ver que creían que debía ser derrocada la familia real, para que pensadores y magos fueran los que gobernaran.

»Los líderes de esa facción eran, la mayoría, personas que habían nacido en el ceno de la familia real y que perdieron sus derechos de gobierno y propiedad al tener magia dentro de ellos. Creo que esa pérdida de status, que nunca entenderé verdaderamente, fue lo que hizo que esas ideas empezaran a tener más fuerza entre ciertos pensadores y magos, sumados al hecho de que ellos se creían, muchas veces, más capacitados para poder reinar con tino.

»Y así fue como, muy lejos de nuestro pequeño pueblo, su arrozal y su mina; las cosas empezaron a ponerse violentas. De las ideas, se quería pasar a las acciones, y eso hizo que las personas más reaccionarias de la familia real empezaran a hacerle la vida imposible a esa facción; eso llevó a que la facción se sublevara de la sumisión que le habían prometido a la familia real, aduciendo que su verdadera obligación iba con el pueblo…

»Eso llevó, en resumen, a que hubiera guerra; aunque al principio, no se reflejaba en la vida común: subrepticiamente, los sublevados empezaron a tomar pueblos como suyos; y no era tan difícil, ya que ellos conseguían más protección por parte de personas que podían solucionar sus problemas más acuciantes con facilidad. Y las familias en el poder, empezaron a matar, siempre en el más oscuro secreto, a magos y pensadores a los que consideraban traidores.

»La guerra se esparcía, se hacía más cruenta y cada vez más pública en los tiempos en que reclamaron a Lidieth para que fuera parte de ella, pero mi pueblo no tenía ni idea de eso, aún cuando nuestra mina era parte muy importante de esa guerra.

»Ya te había comentado que aquel mago, Vincent, llegó no sólo por Lidieth, también por el mineral que mi familia extraía de esa tierra. No éramos tontos, sabíamos que todos lo que sacábamos de ese lugar eran especiales: demasiado puros, ligeros, duros y resistentes, pero extrañamente maleables. Los herreros se peleaban para que nosotros hiciéramos tratos con ellos aunque, en última instancia, lo que se hiciera con ese mineral terminaba siendo puesto a disposición de la familia real.

»Con el tiempo, a los mineros y los agricultores del pueblo se nos unieron, por disposición de la familia real, los herreros; mientras, nos rodearon con una muralla, no solo al pueblo y el cultivo, también a la mina; y esa muralla, llamó a los guerreros. En menos de 15 años, mi pueblo había pasado de ser un pueblo familiar, a ser una pequeña ciudad. Y, como dije, no éramos tontos, sabíamos que eso pasó por el mineral y su importancia en la guerra de la que ya conocíamos su existía. La gran mayoría de lo que se hacía con ese metal eran armas y armaduras, y los cargamentos salían de las murallas rodeados de una gran flota de guerreros, magos entre ellos.

Con la mirada baja, porque no quería ver cualquiera que fuera la expresión de Jerome, mi ojos se posaron como hipnotizados en las llamas amarillentas de la hoguera, viendo sus movimientos fluidos, las chispas que a veces producían… Sabía que la verdadera historia estaba pronta a empezar, y que no quería oírla, porque esa tristeza que simplemente intuyera en el corazón de mi acompañante, iba a ser revelada y sería, así, parte real del mío.

Pero simplemente bajaba la mirada y escuchaba lo que dijera, sin siquiera tomar del chocolate caliente.

—… No nos habíamos visto desde esos días, cuando tenía 16, en que había venido por última vez. Sus cartas llegaban de muchos lugares y la vida siguió, como quien dice. Cuando nos volvimos a ver, los dos rondábamos los 30 años. Ya éramos adultos. Yo tenía esposa, una herrera que me enseñó su labor; y dos niños varones.

»Muchas veces había imaginado el regreso de Lidieth. Siempre supe que sus palabras en las cartas, las que decían que en verdad quería volver, no eran en vano. Pero nunca creí que sería de esa manera.

Sentí que estuve a punto de ver algunos de sus recuerdos, pero los mismo se fueron tan rápido, que sentí que mi mente se vació y oscureció por un instante, como si hubiera cerrado los ojos un instante. Luego, cuando "los abrí de nuevo", él me miraba, contrito.

—Lo siento. Son recuerdos tan fuertes, que se quisieron meter en ti. Pero no quiero que los veas, nadie debe pasar por eso… una noche nos atacaron. —Pareció que quiso decir algo más sobre eso, pero se contuvo, con una expresión dura en el rostro. Él no lo quiso decir, yo no lo quería oír… eran palabras tácitas e innecesarias. ¿Quién no sabe del verdadero horror de la guerra?—. Y los sublevamos se hicieron con el pueblo y con la mina, que era lo que les importaba. Aunque lo lograron a duras penas. A la mañana siguiente, los hombres que no estábamos tan heridos, enterrábamos a los muertos cuando ella llegó.

»Estaba tan ensimismado al terminar de enterrar a mi hermano, que no me di cuenta de que personas en armaduras estaban entrando por arriba de la muralla, y desde las puertas, a caballo… era como sino oyera nada hasta que mi esposa me agarró del brazo y me hizo ir a esconderme en un casa cercana.

»Y fue desde ese ventana, mientras mi esposa me exigía que bajara totalmente al suelo, que vi, a penas sacando los ojos, cómo entró… al principio, yo creí cualquier cosa antes de pensar que era Lidieth.

Y esa vez, sentí la mirada de Jerome en mí mientras me enseñaba, más allá de los maderos que ardían hechos fuego, una gran puerta amurallada de metal que se habría en inusual silencio. Desde ahí, rodeados de personas en armadura que peleaban entre sí y muchos pueblerinos que, aún heridos, trataban de huir de los combatientes; entraron los caballeros, todos vestidos con armaduras que tenían inusuales máscaras ligeras y finas en sus cascos.

El sonido me estaba agitando de horror en verdad: gritos y gemidos, en medio de sablazos en el aire, ese aire tan limpio, proveniente de un cielo hermoso, luminoso y semidespejado que no merecía esa carnicería humana… y, de repente, dejé de oír. Sólo la voz de Jerome, extrañamente monocorde dado lo que recordaba, llegó a mis sentidos, mientras ojos trataban de cerrarse sin poder hacerlo.

—Lo primero que recuerdo que pude pensar, además de los pensamientos de horror y súplica por nuestra subsistencia, fue que reconocí las armaduras tanto de los caballos como de las personas recién llegadas: eran hechas en mi hogar. Me hizo saber que eran aliados nuestros. Eso me tranquilizó sólo un poco… los caballeros se esparcieron para ayudar a los suyos que peleaban desde el suelo, los que habían entrado antes por arriba de la muralla y les habían abierto la puerta.

»Por ese movimiento de la caballería, quedó prácticamente solo, en medio del grueso camino de entrada al pueblo, un sólo caballero de enorme y poderosa cabalgadura negra, pero con armadura blanca aunque llena de arañazos por el uso. Su tamaño tan pequeño entre tantos bravos y grandes hombres que respondían a sus órdenes, y ese cuerpo delgado que se adivinaba detrás de su gruesa armadura; me hizo ver hacia ahí, al instante.

»Tal vez, sino lo hubiera hecho, me hubiera perdido de entender lo que pasó a continuación: los invasores de un lado de la calle empezaron a caer, sin fuerza, como si su cuerpo decidiera apagarse rápidamente, sin que sus enemigos hicieran algo por eso, simplemente los tomaban de un brazo. Y vi que fue así por una orden mágica de ese caballero que, mirando a ese lado, había hecho un movimiento lento de su brazo, como si enseñara algún paisaje con potencia pero sin prisa. Al movimiento de ese brazo, iban cayendo los sublevados. Luego, supe que gritaba algo e hizo el mismo movimiento con el otro brazo del otro lado. Y así de rápido, todo había terminado.

»Mi esposa me decía algo, entre llanto y risa, abrazando a los niños que se acercaron a nosotros después de haber estado escondidos debajo de la cama… pero yo no entendía lo que decía. Ante lo que había visto, me quedé atónito, estupefacto. ¡No tenía cabeza para nada! Estaba viendo como ese general se bajaba del caballo rápidamente. Mientras las personas a su mando llevaban a los insurrectos alrededor, los amarraban y esposaban, ese caballero se acercaba a la gente y las tocaba nada más. Lo hizo con todos, hasta que estuvo demasiado cerca de mí y, cuando me dirigió la mirada, dejó de moverse. La máscara blanca, asexual y seria puesta en mi persona, muy interesado, como si yo fuera el que estuviera ayudando a sanar a las personas con sólo tocarlas. Ya estaba en pie, sólo mirando, aún sin saber qué más hacer.

Yo veía todo lo que me contaba pero, cuando esa persona empezó a quitarse el casco lentamente y el cabello rojo apareció, (muy sucio, quemado y quebradizo en varios centímetros de la punta, y aceitoso en la cabeza) y empezó a caer alrededor suyos, algunos cayendo desde arriba, por estar incrustados levemente al metal… Jerome dejó de hablar, como si creyera que sólo viéndolo podía sentir un poco de lo que él vivió cuando lo presenció, aunque creo que nadie podría hacerlo.

Lidieth puso el casco en su cintura, arriba de la espada enfundada; mientras lo miraba, acomodándose un poco el largo cabello con la otra mano.

Casi ni pude reconocer en ella a aquella niña que reía en el agua de un río, o casi lloraba y agarraba con fuerza una mano, en aquel granero: Su piel había dejado la palidez para estar un poco bronceada y rojiza; sus facciones se habían adelgazado pero, no por eso, habían dejado de ser inusualmente suaves, hasta algo infantiles; aún cuando se veían los años que había pasado en unas leves arrugas a los lados de sus ojos… ¡Y esos ojos era lo que menos se parecía a Lidieth! Parecían haber decrecido de tamaño, haciendo su verde más deslucido con esa mirada mucho menos inocente y hasta algo fría, dura… de general que tenía a cargo a varios hombres y hacía llegar a la inconsciencia a decenas de personas, sólo con dos movimientos de brazo.

En verdad me hubiera preocupado por ella, y por la pérdida de quien yo creía que era Lidieth, si esa visión no hubiera empezado a sonreír, haciendo que sus ojos se suavizaran aún más que con las sutiles lágrimas que asomaron a ellos. Luego, oí su voz, mucho más adulta y acompasada, pero no por eso menos llena de emoción, en ese caso, un murmullo entre pregunta y profundo alivio.

—Jerome… —suspiró, como si sólo hasta ese momento, se le desenrollara un nudo en su pecho—. Estás vivo.

Tal vez sí sentía un poco de lo que sintiera Jerome en ese momento… Tanto que pude ver al hombre que estaba frente a mí, que me miraba complacido y sonriente:

—Se quedaron, cosas del destino, para los meses de la cosecha. Pero esa vez, ella no cosechó con sus hermanas y familia (su padre había muerto hacía unos años); sino que se concentró en ayudar con su poder a los heridos, a la plantación, a la magia de los demás magos para que reconstruyeran lo más rápido posible el pueblo…

»Era muy extraño. Lidieth, sin duda alguna, era la indiscutible general de todos los guerreros y guerreras, y personas que tuvieran que ver con la milicia en donde llegara. Eso era así prácticamente siempre, aunque donde estuviera, hubieran personas de mayor rango que ella, la gran mayoría la respetaban tanto por su valor, respetuoso y justo, pero fuerte liderazgo y por su poder y buen tino; que lo que ella dijera o pensara o pidiera, era muy respetado. No temido, respetado.

»Lo interesante de eso, es que se había ganado ese respeto y liderazgo al ayudar con mucha energía, casi sin descanso, en todo lo que los demás hicieran… menos los entierros, ella no iba nunca, no enterraba jamás a los muertos. —Sus ojos se achicaron de tristeza, imagino que recordando a tantas personas sin vida que viera en su existencia—. Una vez me dijo que era una cobarde que no quería ver a la muerte, a la verdadera muerte, de frente. Ella podía ver, con una terrible y patética resignación, a las personas matando, pero no podía contemplar al cadáver después de que de él saliera su vida y menos a los sufrientes por esas personas perdidas.

»La gran mayoría creía que era fría como la nieve, cuando veían que quitaba la mirada de los cadáveres con tanta facilidad; pero muchas veces, en la noche, llegaba a mi tienda a llorar por cada uno de ellos. Era un secreto que nadie debía saber, porque Lidieth era la guardiana de todos, su poder y su carácter y fuerza eran el pilar de muchos de los guerreros: nadie podía saber que sólo arrullada por un amigo de la infancia, podía dejar de llorar y llegar a dormir un poco en la oscuridad de la noche y en la vida de una mujer que odiaba la guerra, pero que, en cierta forma, era una de los catalizadores en ella.

»Ya antes había oído hablar de ella, aunque no tenía idea de que Lidieth fuera la "Dama de Blanco". Así le llamaban. Era casi una leyenda desde hacía unos años, muy alabada entre la gente leal a la familia real; respetada por los pueblerinos que ayudaban a las personas que se habían sublevado. Se puede decir que era el único "personaje" querido por todos: "Si ha de venir alguien a conquistarnos", decían los pueblerinos "Que sea la Dama de Blanco". Porque, aunque era una general y, como tal, tenía que ganar batallas; eso nunca hacía que llegara a la crueldad. Sus conquistas debían ser hechas con respeto a los pueblerinos y sus hogares y, en la medida de lo posible, sin muertos. Eso sólo se podía lograr con su poder: cuando los hombres contrarios estaban muy cansados o algo heridos, era más fácil que ella les pudiera absorber de su energía, dejarlos inconscientes y ganar rápidamente. Además, siempre se quedaba varios días en el lugar conquistado, haciendo que sus hombres ayudaran en la restauración, mientras ella se ocupaba de los heridos de ambos bandos. De esa forma, aunque sé que no era su principal meta, lograba que la gente estuviera sumisa a los hombres que dejaba en el lugar, antes de partir.

Jerome se quedó ensimismado viendo el fuego, mientras yo lo miraba con interés, sintiendo que Lidieth era un personaje histórico que merecía ser recordado. Luego de unos segundos en que él se perdió en sus memorias, siguió contando, siempre con la mirada perdida en lo que fuera que veía en las llamas que nos daban calor y luz.

—Como te iba diciendo, ella se quedó unos meses en el pueblo.

»Aunque cualquiera de las familias que la vimos ser aquella niña alegre y rechonchita, quería darle hospedaje; Lidieth, con toda esa dignidad que parecía natural en ella, decidió que dormiría en el campamento, con su pequeño ejército. Sin embargo, hacía lo posible para estar con nosotros, con mi familia más que todo. Y, desde que llegó Vincent al lugar, no tuvo que inventarse excusas para hacerlo. Por insistencia de ella, mi esposa y yo seríamos sus ayudantes en una empresa que Vincent investigaba desde hacía mucho.

»El metal de la mina no sólo era especial por todo lo que te había dicho antes. También reaccionaban con mucha duración a la magia. Por eso, con el poder de Lidieth, podía hacerse que las armaduras y armas hechas con ese material, tuvieran en sí poderes, o la influencia que en condiciones normales, tenía el poder de Lidieth en las personas, sin estar ella presente…

»¡Ah! ¡No te he explicado! —dijo de repente, respondiendo a mi mirada de incomprensión—. Lidieth no sólo podía darle de su magia a los demás, haciendo que éstas se fortalecieran; también podía absorberla de lo que la rodeara, fuera personas o cosas. De esa forma, es que si ella absorbía magia de otros magos y magas, podía tener sus poderes y hacer uso de ellos, por el tiempo que esa energía siguiera en su cuerpo. A veces, hasta varios meses. Sin embargo, tener tanta energía y tan dispersa y diferente en su cuerpo, era desgastante para ella, más peligroso incluso que una baja de energía que antaño la hacía caer en cama, a dormir, por unos dos días.

»Por otro lado, el mineral que se sacaba de aquella mina mágica, tenía la habilidad de poder seguir teniendo efecto, los sortilegios que se hicieran en ellos, durante demasiado tiempo. Por eso es que Vincent ideó una forma en que Lidieth podía darle los poderes que tenía dentro de ella, al cogerlo de otros magos, a las armas, para que otros pudieran usarlas; además de su habilidad natural de darle más fuerza y poder de sanación a los cuerpos, que trasmigró a las armaduras. De esa forma, no sólo el ejército de Lidieth tendría la ayuda de su poder, también la tendrían algunos otros.

Me miró como si necesitara confirmación de que había entendido su explicación. Yo, recordando que lo que tenía en la mano era comestible, asentí mientras cogía un sorbo del chocolate. Apenas se había enfriado un poco. Él me asintió sonriente, en respuesta a mi ademán, y luego continuó:

—Como entenderás, el conocimiento de cómo se hacían esas armaduras prodigiosas, sólo debía ser entregado a unos pocos. Por lo que, dado que Lidieth confiaba en nosotros, fuimos mi esposa y yo, en calidad de herreros, los elegidos para trabajar con Vincent y ella. Por eso, cuando el ejército se fue del pueblo, nosotros, dejando a los niños con la familia de Lidieth, fuimos con su ejército a darles las armas y los conocimientos necesarios al respecto, a los otros ejércitos.

»Por supuesto, eso lo hicimos en secreto, más o menos, encontrándonos con los ejércitos como si fuera por casualidad, mientras se hacían misiones de libertar pueblos conquistados o encontrar a caudillos y encerrarlos en algunos otros, haciendo lo posible para que esos pueblos volvieran a la sumisión a la familia real.

»Fueron casi cuatro años que duramos dando y haciendo las armas, y ya te he comentado algo sobre ellos, por lo que no me voy a explayar dándote más detalles que no vienen al caso… Cuando volvimos a casa, todo estaba igual, sin embargo, alguien nos esperaba, como mi niña, Josephine… ¡Ah, no te conté! Mi esposa se embarazó como al año de que partiéramos, por lo que, dado que ya era tan buen herrero como ella, se decidió que se devolviera con una escolta para tener el bebé con seguridad.

»Como sea, la otra persona que nos esperaba fue una sorpresa para todos… ¿Recuerdas que Lidieth tenía una tía por parte de madre, que era maga y que no llegaba al pueblo desde antes siquiera que yo naciera?

Alejando mi cara del humo caliente y aromático del poco chocolate que me quedaba, abrí los ojos de incredulidad como toda respuesta. Él, sonriendo divertido ante mi "poca pericia" siguió con su, prácticamente, monólogo:

—Pues sí, ella nos estaba esperando en el pueblo desde hacía pocos meses. ¿Qué había estado haciendo todo este tiempo? ¿Dónde estaba? ¿Por qué no se había comunicado? Nadie nunca lo supo en verdad. El punto fue que, al parecer por una promesa que le hiciera a Vincent en su lecho de muerte, ella regresó al hogar y nos estaba esperando.

—¿Y ahora en qué van a meter a Lidieth? —tuve que decir, en verdad indignada por cómo parecía que el destino hacía con la pobre mujer, lo que quisiera.

Él pareció ver mi indignación y, con una sonrisa tranquilizadora en esa mirada apacible, me dijo:

—¡En qué nos metieron a los dos, querrás decir! Se puede decir que por eso estoy aquí. No me arrepiento, en verdad. Blanche, que así se llamaba la vidente, nos dijo que nuestras acciones, lo que íbamos a hacer, repercutiría en el futuro. Que…

Y, en ese momento, él hizo silencio, para que yo pudiera ver sus recuerdos. La mujer estaba sentada a una mesa: era una anciana baja y delgada, su cabello muy canoso pero, el poco que le quedaba que no lo fuera, era del mismo rojo que el de las mujeres en la familia de Lidieth, y sus ojos, del mismo verde que los de ella, pero con una piel tan pálida y transparente, que parecía que no había visto la luz del sol en muchos años, arrugándose lo poco que lo hizo, en una completa oscuridad.

El que el lugar estuviera iluminado, y por la ventana abierta cantara un ruiseñor, como que no iba con las palabras que ella, muy concentrada y con esa cadencia que toda sibila debe tener, les estaba diciendo:

—… Durante siglos, su legado le va a dar la fuerza a personas que van a cuidar de nuestro mundo, como otro que aún no conocemos. Por medio de todos y cada uno de ellos, es que se podrá cuidar de las vidas de muchas personas, y derrotar a tantos seres que pondrán sus intereses y perversos deseos por sobre la vida de muchos más. Seguirán sus legados, Lidieth y Jerome: serán los verdaderos guardianes de las personas de nuestros mundos, sin otro interés que ese.

Oí la voz de Lidieth, y la visión se fue en seguida hacia ella. Estaba de medio lado, sentada a la par de mí… ¡Es decir! Del Jerome del pasado. No había cambiado más que haberse cortado el cabello a tenerlo más o menos por los hombros. Pero su mirada, estaba tan enternecida, tan… como si sintiera que aquella sibila, con sus palabras, la estuviera exculpando todos sus pecados, todo lo que debió haber visto en las guerras. Su vos, mientras Jerome la abrazaba de lado, fueron débiles por las lágrimas que, de alguna emoción muy fuerte, empezaron a derramarse por su rostro ligeramente pecoso:

—¿Yo? ¿Guardiana…? ¿Pero si?

—No lo has visto, Lidieth, para has logrado que la gente se una, que no piense en quién es de qué bando, porque, siendo la persona con más poder, tal vez, en este mundo; tú no crees que nadie no merezca de tu atención. Aunque tus superiores te decían que no debías atender a los "enemigos", siempre viste por ellos, para que no murieran si estaba en tus manos. La gente ve que eres su líder, su verdadera reina… que tú sí los cuidas y los quieres, aunque te han puesto en una posición en que no lo puedes hacer. Ustedes son nuestros nuevos reyes. Tú no lo verás, mi niña; pero Jerome va a llevar a término lo que has hecho. Él logrará que ésta guerra termine, y lo hará en tu nombre.

Yo no fui la única que me sorprendí con esas últimas palabras. Oí la voz de Jerome, como si el Jerome que estaba al frente de mí, me estuviera hablando sin abrir la boca:

—¿Qué? ¡Pero si yo…!

La anciana lo hizo callar, con un tono como si lo que dijera le indignara, como si fuera una ofensa que pusiera en tela de juicio sus palabras:

—Sí, Jerome. Ella es nuestra reina, pero tú y tu familia ejercerá su reinado. Y harás que su poder, esa magia que tiene dentro de sí, sigua existiendo por varios siglos, por medio de unas pulseras que tú harás, muchas pulseras que tienen un amo cada una… y ese amo tendrá en sí el poder que Lidieth les haya dejado, y seguirán su legado, como tú lo harás: cuidarán porque vuelva la paz a nuestros mundos. ¡Vayan los dos! ¡Que ya casi no tienen tiempo!

—¿Qué tenemos que hacer? —preguntó Jerome, aún más confuso.

—¡Las pulseras, hombre, las pulseras! Vas a ver, Jerome, tú lograrás que cada pulsera tenga un alma propia, y un solo amo. Te vas a inspirar para hacer cada una justa para su Guardián, y le pondrás nombre a cada una de ellas, y ese nombre lo usará su guardián, para poder tener más acceso a ese poder. ¡Vayan de una vez! ¡Hagan juntos esas pulseras! Luego, Lidieth, tú la llenarás con los poderes de muchos magos que vendrán a darlos voluntariamente. Así, cada pulsera será tu legado, y tendrá la misión que has hecho que tenga tu vida: proteger a los tuyos.

La mujer asintió con los brazos bien cruzados, diciendo que el Destino, y ella, no iban a aceptar un no por respuesta. Y luego, desapareció frente a mis ojos.

»Cómo verás, no me quedó otra que hacer pulseras, con ayuda de Lidieth. Lo extraño es que sí, que llegué a inspirarme en cada una de ellas, a hacerlas hermosas y perfectas, ¡Y les puse nombre!... Cosmos es la que despertó hace poco… Y, con los días, todo tipo de magos empezaron a llegar al pueblo, como de pasada, para que Lidieth tomara de sus poderes, ¡Todo tipo de poderes! Y, aunque a algunas de las pulseras le íbamos a dar ciertos poderes "extra" (por petición mía), la mayoría tendría los mismos poderes: poderse convertir en una armadura, sanarse rápido, ser más rápido y fuerte, más que todo.

Y, de un gran entusiasmo su mirada pasó de nuevo a la tristeza, a la más honda tristeza que viera alguna vez en él, tanto que sentí una punzada de dolor que hizo a mi cuerpo arrebujarse en la cama, buscando cierto consuelo.

—… La noche que terminé, ella le dio todo su poder a las pulseras y cayó, prácticamente inconsciente, de la falta de magia interna. Fue en ese momento, que las personas que nos estaban observando desde lejos, en el mayor secreto posible, (emisarios de la familia real que nos creían traidores, sin que nosotros lo sospecháramos) atacaron el pueblo.

Según lo planeado con anterioridad, ante un posible ataque, todos los que no éramos guerreros debíamos ir a las minas. Por lo que puse las pulseras en un saco y alcé a Lidieth, nos puse apenas nuestros cascos y corrí como nunca antes, entre la gente, hacia la mina. Pero era tantos los enemigos, y el ejército no tenía a su general dándole órdenes. No era difícil que fuéramos perdiendo. Cuando me di cuenta, nos estaban siguiendo porque se dieron cuenta de que la líder de los insurrectos, la "Dama de Blanco", era la mujer aparentemente dormida que estaba en mis manos. —Sus puños se apretaron y empezaron a vibrar como su quijada, fuertemente apretada. Los ojos bañados de lágrimas de odio y tristeza pero, más que todo, impotencia. Intentó aplacar la voz un poco, respirando acompasadamente, pero no lo logró del todo.

»Nos estaban acorralando en la mina, nos querían matar… fue cuando sentí que Lidieth me decía: "Corre, rápido, a la entrada de la mina… rápido." E intentaba levantarse un poco, pero ni eso podía, de lo débil que estaba.

»Yo, aún en la intemperie, con gente a la par mía, seguí corriendo a la mina. Y, cuando llegué e iba a adentrarme y perderme en los túneles que nadie como yo conocía, sentí que ella me agarró con fuerza, y logró bajarse y tenerse en pie, aunque bien asida a mí, y me dijo:

»—Quédate aquí conmigo… tenemos que esperar a que todos estén adentro.

»—Pero, los hombres se acercan, y si esperamos a todos…

»—Quédate por favor. —ella me agarró más fuerte, mientras las personas corrían a la par nuestra, gritando, llorando, en pánico… y venían más tras ellos.

»Casi se cayó, pero yo la abracé de lado, y la mantuve firme para todos, siendo su apoyo mientras le prometía, con esa acción, que me quedaría.

Empecé a llorar quedamente… no lo pude evitar. Sabía lo que venía, lo sabía, pero tenía que dejarlo decírmelo.

»No me había dado cuenta de la flecha que me dio en el costado, al menos no creí que fuera tan importante, porque no sentía dolor. Bajé el saco con las pulseras y me mantuve junto a ella, como Lidieth luchaba por estar en pie, porque sabía que todas las personas, a unos metros de nosotros, la miraban como su último bastión y si la "Dama de Blanco" caía, todas sus esperanzas caerían con ella…

»La última persona, una anciana, entró y fue entonces cuando, sin que lo pudiera evitar, Lidieth alzó sus manos y, con lo último que le quedaba, hizo un hechizo con las rocas de la mina. Y, mientras se apoyaba totalmente en mi, una gran pantalla como de vidrio transparente y blanco apareció desde la roca, y cerró la entrada de la mina.

»El regocijo no tuvo paragón atrás pero yo… —y él también empezó a llorar—. Sólo sentía que todo su peso estaba en mi, que se me caía sin poderlo evitarlo, y que el dolor del costado también me derrumbaba. Fue cuando me di cuenta de que sangraba copiosamente. Caí, y ella cayó de lado, arriba de mí. Me costaba respirar horrores, sabía que los dos íbamos a morir, mientras la sentí, quién sabe cómo, arrastrarse para llegar a mi cabecera. Se tiró en mí y tocó con su mano mi herida. Grité y no entendí, de nuevo, lo que hacía… hasta que pude respirar mejor y la miré, aterrorizado.

»Estaba pálida como nunca, ojerosa, cayendo sin remedio pero, quién sabe cómo, logró volver a verme y, con su última fuerza levantó su boca, me dio un beso en la mía y en su último aliento dijo:

»—Siempre te amé.

»Y cayó totalmente, apoyada en mí, como siempre lo había hecho… ya no había más vida en Lidieth que no fueran esas personas que salvó y las pulseras que hicimos juntos.

Los dos lloramos quién sabe por cuanto tiempo. Hasta que yo, hipando, logré mirarle y decirle:

—¿Quieres que honre su memoria, verdad?

Él, quitándose las lágrimas de sus ojos, sonrió de verdadera gratitud y me dijo:

—Ariadna, lo que quiero es que le digas a tu hermana, que muchos antes que ella usaron lo que dejó Lidieth de su vida en este mundo, entre esos yo, que usé su poder porque fue lo que me dejó con su último aliento, para poder terminar la guerra y ser un buen rey en su nombre. Dile a ella que es parte de una historia y de una vida que debe ser recordada. Díselo, por favor. De esa manera, la honrarán, sólo comportándose a la altura de su sacrificio.

Y el fuego se apagó y en la oscuridad me desperté, con la almohada llena de lágrimas y la necesidad de escribir estas palabras en la primera hoja que encontrara, para no perder nada de lo que soñé. Porque mi instinto me dice que fue muy real.