¡Hola! Aquí está el primer original que escribo y quizá no el último. Es un regalo para una persona a la que conocí por aquí de la manera más casual y que acabó siendo mi amiga. Como dice un dicho… "de las pequeñas eventualidades pueden nacer grandes amistades". O algo así.

La historia está ambientada en la Antigua Grecia, con la mayor de las fidelidades que me ha sido posible otorgar y para ello, no he escatimado en la lectura de cuanto libro ha aparecido ante mis ojos. La idea era acabarla como un one shot tamaño XL, pero lo siento, me ha sido imposible, así que la extenderé unos capítulos. Quizá así los lectores la encuentren más llevadera.

Arranca justo en el año 412 a.C, en el mes de Hekatombaion o Hecatombeón, a finales de nuestro mes de julio. Según el calendario ateniense, éste es el primer mes del año. Para todas las preguntas que surjan después de leer, aquí estaré más que encantada de responderlas, a ver si la lectura me ha servido para aprender algo. ¡No os cortéis!

Besos, gracias por leer y un muy fuerte ¡Feliz Cumpleaños!


¿Cuál fue el aporte de las mujeres en las sociedades típicamente patriarcales? El interés por el estudio de esta parte de la población es muy reciente, ya que hace apenas unas décadas que la historia de la mujer se incorporó a la Historia.

Concretamente, la mujer de la Antigua Grecia es un claro ejemplo del sometimiento de una parte de la humanidad por otra. Apartadas de temas políticos, filosóficos y bélicos, fueron rebajadas a permanecer recluidas en una «prisión blanca» como guardianas de la unidad doméstica.

En esta historia se narra el camino de una joven de pensamiento discordante con la corriente colectiva, quien negándose a una perpetua esclavitud impuesta, decide tomar la única vía donde una mujer puede ser realmente libre: el oficio de cortesana. Sin embargo, la fuerza del Hado obra irresistiblemente sobre los hombres, encadenando sucesos que concluyen en un inesperado final.

Deus ex fémina

I

·Sol púrpura y rojizo·

Las gruesas correas de cuero que sus manos sujetaban se introducían en la sequedad de la enrojecida piel. Las había sostenido con firmeza hasta que su memoria perdió el recuerdo temporal del inicio, y así lo continuaría haciendo hasta que el entumecimiento de sus músculos se rebelara ante su letargo. Pues todo su cuerpo estaba rígido, tenso sobre la ajada madera en la que permanecía sentada, soberano ante la pareja de bestias que arrastraba la carreta donde viajaba y erguido contemplando el polvoriento y árido camino que nacía en el horizonte y moría bajo las robustas ruedas.

Sólo dos partes de su remiso cuerpo parecían abrazarse a la vida. Una inferior, su tobillo derecho, en el cual se había alojado un agudo y punzante dolor, aunque no equiparable a la desolación y sufrimiento de la otra porción de sí que mantenía actividad: su mente. Los pensamientos, antaño agudos, se encontraban sumidos en la aridez que sus ojos contemplaban bajo la claridad del mediodía. Luz delante, sombra detrás. Pues en su carreta portaba la más inconsolable aflicción para un corazón: el padecimiento de la enfermedad fraterna.

Una letal oscuridad se desplazaba ascendiendo por una bronceada carne, tiñéndola de morado y rojo. El cuerpo se movió en sueños, removiendo con las manos la ardiente paja sobre la que se hundía y suplicó en su inconsciencia el perdón de Gea, la madre tierra. ¿Acaso su hermano pensaba que habían cometido un crimen tan atroz para ser castigados tan funestamente? Cierto era que él se mostró en desacuerdo con la decisión de su padre de sesgar la vida de los que les proporcionaban el sustento, los olivos de sus tierras, e hizo lo posible para evitar su tala. Aún así, ¿merecía que un ponzoñoso siervo de la diosa le insertara un letal veneno? ¿Merecían sus progenitores las violentas fiebres que consumieron sus cuerpos y arrojaron sus almas al reino de Hades?

Durante las guerras contra los lacedemonios las cercenas de olivos se habían intensificado en tal medida que el dorado y verde del paisaje viró a un yermo ocre. Estos realizaban incursiones en el Ática para arrasar los campos y provocar quiebras en la economía de Atenas, la protagonista de su inquina. No obstante, Euriceo, su padre, zanjó el problema de raíz arrancándolos con sus propias manos. Al contrario de la creencia que sostenía su hermano, no fue cobardía lo que movió su impulsivo acto, sino la aspiración de un futuro para su prole. El olivo daba su primer fruto después de dieciséis años y necesitaba cuarenta para que su cosecha fuera del agrado de la sabia Atenea. Una vez prensado, lloraba tres veces. La primera lágrima era la más pura, por ello era recogida por vírgenes, la segunda era destinada a la unción y la tercera alimentaba el fuego de los hogares.

Mas esperar décadas mientras los ciudadanos y sus escasas fortunas se extinguían en las interminables guerras, no fue la opción de Euriceo. Impedido por nacimiento, no pudo alcanzar la gloria en batalla que su abuelo, rozó en la llanura de Maratón, así que aprovechó su desgracia para ejercer de juicioso patriarca y asegurar el porvenir de sus hijos arrancando los jóvenes olivos que habían sido plantados antes de las incursiones, poblando las fértiles tierras que poseía con el dorado cereal que consiguió sentenciar el futuro de sus vástagos.

El mismo cereal que se ubicaba en ocultos sacos bajo el doble fondo de la deslucida carreta, bajo paneles de madera y deshechos haces de paja, destinado a su venta en el ágora ateniense con la finalidad de comprar una vida de hoplita para su hermano y una libre para ella. Puesto que antes de que el color dorado de su futuro fuera sustituido por el mortecino púrpura, se aferraba a la firme convicción de alcanzar un destino ajeno al de su género.

A una temprana edad había comenzando su educación para pertenecer a la masa servil, enseñanzas que en principio aceptó gustosa, feliz de alcanzar la madurez. Pero su dicha se truncó justo en la primera lección. En ella aprendió que de todos los seres que sienten y conocen, las mujeres son las más desdichadas. Compran con parte de sus propias riquezas un hombre al que entregan su cuerpo y su voluntad a cambio de no volver a sentir más el sol en su piel, habitando presas entre paredes. Aún así, si el esposo es gentil habrán de considerarse afortunadas, si no, más vale morir.

Años después, cuando entregó sus muñecas y su pelota de juegos bajo la égida de Ártemis, sus labios murmuraron una promesa que a oídos de la diosa virgen bien podía calificarse como una imprecación impropia de su educación. Mas fue a causa de ésta última lo que la llevó a desear el ejercicio de su independencia tanto en palabras como en comportamiento.

A los ochos años su hermano contrajo una aguda afección que lo mantuvo acostado por meses. Durante ese tiempo, su padre se encontraba en Atenas, vendiendo el dorado fruto líquido de los aún plantados olivos de sus tierras. La transacción se demoró y el joven Lemnos, —contraviniendo los mandatos de su madre, quien afirmaba que eran producto del delirio— dispuso que el anciano esclavo pedagogo acompañara a su hermana Areté a la escuela y que recibiera ésta las lecciones en su nombre, para luego declamarlas en la estancia en que se encontraba postrado.

No existía ojo en toda la ciudad de Maratón capaz de discernir con acierto a Lemnos de Areté. Al igual que Apolo y Ártemis, los dos hermanos habían sido bendecidos por los dioses con la misma faz. Y en su niñez, sin la ostentación de atributos adultos, el reconocimiento de ambos se presentaba una tarea tan ardua que nadie parecería interesado en emprenderla. Por eso, el erastés, el mentor encargado de su educación, se contentó en acariciar con lentitud los rubios rizos de la cabeza de la muchacha y poner los gruesos dedos sobre su boca, al tiempo que expresaba la felicidad de tenerlo entre la caterva restante de pupilos tras dos días de ausencia. Era su erómenos y tanto le daba hembra o varón mientras tuviera ocasión de rozar su suave e inexperto cuerpo. En cualquier caso, Areté evitó todo contacto por temor a ser descubierta y denunciada debido al capricho de su gemelo. Abría los ojos y la mente a fin de captar cada detalle de las lecciones de aritmética, historia, música y poesía que recibía. Aprendió cuantiosos versos de Homero con inusitada rapidez, que luego recitaba con realzada entonación a su hermano a fin de que quedasen grabados en su memoria.

A los tres meses, él se incorporó al normal aprendizaje. Justo el día anterior al regreso de su padre. La venta se había dificultado y dilatado tanto, que se vio obligado a permanecer en Atenas. Lemnos cedió el mando de la familia a Euriceo y el silencio se cernió sobre la transitoria permuta de los menores.

El azar jugó la partida a su favor, dado que ésta hubiera resultado irrealizable si la enfermedad hubiera habitado en el cuerpo del muchacho cuatro años más tarde. A los doce, la enseñanza se impartía en la palestra, centro atlético de la ciudad, donde los jóvenes eran desposeídos de sus ropas y ungidos con aceite y arena fina, y practicaban lucha, lanzamientos de disco, jabalina y carreras, totalmente desnudos.

Después de la asistencia a la escuela y antes de sus ritos iniciáticos como esposa, la realidad de una vida diferente a la destinada a su género comenzó a germinar en la niña. Por ello, aborreció las enseñanzas de modestia y sumisión femeninas y estrechó con fervor el deseo de sentirse dueña de su destino. Aprendió a apretar sus labios engendrando el más mudo de los silencios mientras que su mente urdía la manera de conseguir que sus pies se movieran fuera de Maratón, su ciudad natal, y se dirigieran hacia Atenas.

Hacía años que Pericles, el político y hacedor de maravillas, había sido llevado a la muerte, pero se murmuraba que su esposa, la hetaira autora de la elocuencia dialéctica de su cónyuge, se mantenía activa instruyendo a jóvenes para desempeñar su mismo oficio; el camino que conduce al derecho de hablar libremente, de formar parte de la ciudadanía, entrar en banquetes, poseer títulos de propiedad, en definitiva, el que conduce a la igualdad con el varón.

Mas todo tenía un costo, y el de este sendero era la venta pública de su cuerpo, puesto que las hetairas, las cortesanas, se debían a la entrega al cuerpo masculino de los más tangibles placeres avocando al corazón a la llama y a la mente a la adicción. Cuando Areté descubrió la anterior ocupación de Aspasia de Mileto apretó aún más firmemente sus labios dibujándose una retorcida mueca en su liviano rostro, hasta que el raciocinio acalló la sensación de desagrado que experimentaba. Ella vendería su cuerpo en una avenencia en la que siempre sería su dueña, puesto que con capital podría permitirse rechazar al varón molesto.

Ése fue el cimiento de su férreo respaldo a la decisión de su progenitor. Desde su nacimiento, sólo había conocido la guerra y a la vez, no sabía nada de ella. Sólo que esa palabra equivalía a ajar la juventud y esperanza de los hombres, a sesgar sus vidas, a oír lamentos, a oler miedos… Y a no saborear nada. Puesto que los víveres escaseaban hasta rozar extremos angustiantes. Los rumores volaban acompañando a Céfiro y se colaban en los oídos de los ciudadanos, sembrando un atemorizante desasosiego en sus cuerpos, ya que hablaban del estratego más hermoso y diestro de los atenienses y de su traición, y cómo trabajaba para el rey lacedemonio Agis II, imbuyendo en su mente tácticas para propiciar la derrota de Atenas. Así, los lacedemonios consiguieron apoderarse de la ciudad de Decelia, en la frontera que separaba al Ática de Beocia, y cortar los suministros por tierra hacia la capital del Ática. Además, dicha polis se encontraba en la ruta que la unía con la región de Eubea, tierra de toros, la cual abastecía a Atenas de grano y madera. Así que la escisión de la alianza significaba un severo revés militar, social y económico a favor de sus adversarios.

Por ello, Maratón, la más próxima a Atenas, pasó a ser una de las poleis aliadas obligadas a atender a su llamado de auxilio, configurándose como uno de sus firmes sustentos. Lo más indispensable fue calmar el hambre de la sufrida población y del mermado ejército, así, el precio de los cereales se acrecentó. Las angostas tierras y los superficiales suelos sólo toleraban con mesura la cebada, el necesario trigo era importado, por ello, Atenas debía poseer una dinámica flota marítima. No obstante, gracias a la bendición de los dioses, cerca de Maratón existía una estrecha franja de tierra fértil, de suelo profundo, capaz de dar vida al dorado cereal. Euriceo poseía una parcela, y cuando supo de la necesidad, y por ende, de su beneficio, desenterró los olivos consagrados a Atenea y plantó el objeto de la protección de Deméter.

Lemnos palideció y se arrancó cabellos al contemplar la tierra vacía y removida por su padre y siempre sostuvo que tal blasfemia sería castigada por la madre tierra, la de los anchos pechos. Puesto que la dulce diosa sentía regocijo cuando sus hijos hundían sus raíces en ella y la estrechaban, y dolor cuando eran desarraigados del abrigo protector de sus brazos.

—Nunca temas a los dioses —fue la respuesta de Euriceo.

—No les des motivos para hacerse temer, padre.

Su hermano, joven y fiel devoto, desconocía que en el corazón de su progenitor germinaba una pequeña y amarga semilla de decepción hacia quienes habían creado el mundo. Mas estaba bien lejos de manifestar públicamente su descontento, ni cuando llevaba ofrendas y participaba en las festividades sus ojos eran capaces de reflejar su encono. Pues en lo más recóndito de su corazón, Euriceo los amaba. Sin embargo, no le era posible concebir el amor junto al temor.

Un leve quejido fue el causante de que la muchacha apresurara el paso de los bueyes. Al abandonar Maratón, la idea de cumplir su voluntad se le antojó realizable. Pero a raíz del accidente, ésta se había deslizado hacia un segundo lugar. Ahora, lo único que calmaría su dolor era contemplar sano el cuerpo de su hermano. Llegaría a la ciudad y suplicaría ayuda a los sacerdotes de Apolo, el dios más venerado por su gemelo, cuyo favor sería el más acertado. Apenas había amanecido y distanciado de su hogar tres estadios, cuando la tragedia se cernió sobre el joven Lemnos. Un fuerte tambaleo causado por un obstáculo propició el cese del avance y la bajaba de la carreta del muchacho, sólo para comprobar que la mercancía oculta permanecía en tal estado.

No reparó en el tostado ser, aguijón alzado, que se aproximaba hacia su desnudo tobillo. El pinchazo fue más intenso de lo esperado y la parte inferior de su pierna se vio paralizada. No más de un instante tardó el resto de su cuerpo en sufrir la misma inmovilidad. Mientras se desplomaba en el árido terreno, tan sólo acertó a registrar en su mente que tal colérica obra sólo podía tener naturaleza divina. Pues ningún ser inferior atacaba a uno superior sino era por mandato celestial. Cuando su cabeza tocó el suelo, una nube de dorado polvo se elevó y se coló en su nariz y ojos, ocasionando que estos se humedecieran y que lo último observado por ellos fuera como el letal servidor marchaba hacia unas blancas manos abiertas que lo recibieron con regocijo.

Areté sintió un punzante dolor en su tobillo derecho que hizo girar su cabeza. El tiempo cesó cuando contempló el cuerpo desplomado de su gemelo a un costado de la carreta y su corazón fue traspasado por un rayo del Tonante al evidenciar que Lemnos no respondía a sus desesperadas llamadas. El examen físico le reveló un sol púrpura y rojizo en el tobillo derecho, que extendía sus lesivos rayos hacia el pie y la pierna del joven. Buscó con la mirada la causa del daño y la halló a poca distancia intentando esconderse debajo de una roca. Avanzó iracunda, alzó la piedra con las dos manos y la estrelló contra el maltrecho cuerpo del escorpión, extinguiendo su existencia.

Regresó con su hermano, le retiró el polvo y las lágrimas de su rostro con su mano y lo irguió hasta dejar su espalda apoyada contra una rueda. Inspeccionó debajo de ella, topándose con un objeto duro y aplanado, y lo desenterró. De la profunda arena emergió una tablilla de oscuro ébano, de un codo de longitud, en la cual se leía una inscripción:

«Celestial Afrodita, amada diosa de suaves encantos, te imploro que cubras el alma del hermoso Fileo con ardores y deseos desbocados, con lazos de puro y fragante amor por mí, Linea, tu confesa y devota sierva. Para que estos perduren y no se quiebren ni en esta vida ni en la siguiente y nuestro legado se eternice hasta el día en que el último de los hombres more en Hellas. Los descendientes fruto de mi oración habrán de llenar tu altar con almizcladas flores y jugosas frutas hasta que Helios extinga el Sol y Caronte nos embarque y conduzca nuestras almas a través del Aqueronte»

No hacía mucho que los deifixios, tablillas de maldición, eran entregados a usos paganos, a recoger conjuros de amor de mujeres desalentadas. Mas en el corazón de Areté estaba muy lejos de habitar la piedad. La dura madera que sostenía fue la ejecutora de la oscilación que presentó el movimiento de la carreta y por ende, de la desgracia de su hermano. La arrojó al terreno emitiendo un improperio en forma de execración hacia la casa de Linea y la abandonó a la intemperie. Si lo escrito allí se desvanecía, también lo hacía su súplica.

Con esfuerzo sobrehumano, subió al yaciente Lemnos a la carreta, colocándolo sobre la ardiente paja. Cubrió sus dorados rizos con tela humedecida en agua y besó sus manos, prometiéndole al tiempo, viajar cual exhalación hacia Atenas. El regreso a Maratón sólo significaría su muerte con absoluta certeza. Puesto que los médicos y sacerdotes de Apolo y su dotado hijo, hacía mucho que partieron hacia la capital del Ática o a los campos de guerra, al igual que la población de las poleis cercanas a Atenas. Las ciudades eran yermos páramos de piedra y madera, ya que la seguridad que ofrecía la capital amurallada no era desdeñable por nadie. O casi nadie. Su padre, natural de Atenas, siempre prefirió vivir apartado en Maratón y soñar con la gloria que se alzó en el terreno pantanoso de la bahía, donde visitaba con frecuencia el sepulcro de su abuelo. Al igual que el resto de los caídos en la épica batalla, Lemnos «el Recio», abuelo de Euriceo, fue enterrado con inmortal grandeza en el lugar donde expiró protegiendo heroicamente a los suyos. Era el único referente masculino honorable que conoció, puesto que su propio padre lo abandonó siendo niño, dejando a su madre a su cargo. Por ello, la misma noche que contempló a su futura esposa vestida de amarillo, pronunció la inquebrantable promesa de cuidar de su familia, que se vería cumplida hasta el último de sus días.

Desde que las manos de Areté tomaron las ásperas riendas, su mente no se permitió desviar su atención de un solo pensamiento: su amado hermano. Jamás comprendió la indisoluble conexión que siempre la mantuvo ligada a él. Cuando su gemelo sentía dolor, ella misma percibía una intranquila molestia en el lugar de la dolencia. Mas lo que ahora advertía en su tobillo derecho bien lejos estaba de ser una incomodidad y de suscitar turbación en su cuerpo, puesto que el lugar le palpitaba como si su corazón hubiese descendido en un tortuoso camino por su cuerpo y tratara de expandirse bajo la piel. Sabía con pasmosa certidumbre que una medida de dolor en su cuerpo significaba mil en el de su hermano.

El calor del mediodía imbuyó un tedioso sopor a su mente y una historia antigua pasó ante sus ojos, abstrayéndola por un breve instante. Era un frío día del mes de Poseideon cuando sus pies se alzaron del suelo en una violenta sacudida y corrió hacia su padre en aras de una explicación. Éste la alzó en brazos y le refirió la historia del cazador Orión. Un gigante capaz de surcar los mares andando mientras mantenía su cabeza y hombros fuera del agua. Su perdición fue ser consumido por deseos humanos de venganza e iniciar su castigo sobre los indefensos hijos de Gea, criaturas a las que infundió vida y apostó por toda Hellas. La suprema madre se vengó enviando a un pequeño y letal ser, un escorpión del cual el cazador se burló ante su insignificancia. Mas el artrópodo no dudó en realizar su cometido: insertó una ponzoña tan efectiva que le arrebató el aliento en instantes, pereciendo luego bajo la maza del gigante. Éste, justo antes de fenecer, alzó una mano en dirección al Olimpo y suplicó al Dios Supremo que le concediera la gracia de una muerte digna a los ojos de su prosapia. El Tonante escuchó su plegaria y elevó su inerte cuerpo hacia el oscuro firmamento, en el cual se fundió y separó en pequeños puntos de luz, y le concedió la facultad de agitar la tierra bajo algunas circunstancias. Pero Gea, vigilante perpetua, también alzó al escorpión y lo nombró su guardián, para evitar estragos en el hierático lugar. Cuando uno aparecía, desaparecía el otro. Y así, su rivalidad alcanzaría hasta el fin de los días.

Los incesantes giros de las ruedas se detuvieron un instante después de oírse un fuerte quejido. Areté contempló por encima de su hombro el cuerpo de su hermano. Cada vez más absorbido por la paja, rígido, consumido en líquida humedad, hundiendo sus manos en el forraje buscando inconscientemente un asidero a este mundo. Sus ojos cerrados con fuerza mientras sus dientes mordían sus secos labios para mitigar el dolor y su ladeada cabeza se agitaba en medio de fuertes temblores.

Varias astillas de la vieja madera se hundieron en su mano cuando se aferró a ésta para pasar a la parte trasera de la carreta. Con su mente perturbada con atemorizados pensamientos, la joven apoyó su extremidad en la húmeda frente de su hermano comprobando con horror que el calor que emanaba era similar al del sol de mediodía. Su corazón se llenó de pánico súbitamente al recordar cuando en el anterior mes de Targelion había encontrado muertos a sus padres al no superar las fiebres suscitadas por la enfermedad negra. Cerraba los ojos y aún podía verlos dormidos, con el semblante sereno y sus cuerpos apacibles. Murieron juntos en una misma cama y sus hijos decidieron no separarlos para que tomaran la barca unidos. Cuando su sepelio finalizó, alcanzaron a oír desde su posición a las afueras de la ciudad, los primeros acordes de la música de las Targelias, una celebración ateniense en honor al cumpleaños de los dioses gemelos Apolo y Ártemis, a los que les imploraban su ayuda para obtener buenos provechos de sus cosechas. Los escasos ciudadanos adaptaron la festividad para conseguir los mismos fines que sus compatriotas de Atenas.

Nunca podría olvidar esa puesta de sol delante del sepulcro de sus padres, cuando observó a su hermano que permanecía a su lado en estricto silencio, con la vista perdida en el horizonte, y se volvió hacia ella con la tristeza impresa en sus ojos y los mortecinos rayos solares oscureciéndole el rostro.

—Feliz cumpleaños, Areté.

El día en el que enterraron a sus padres, fue el día que cumplieron dieciséis años.

Sostuvo con fuerza la temblorosa cabeza de su gemelo, mientras limpiaba el rastro de sangre de su frente, resultante de haber posado su mano sobre ella. Con las astillas aún clavadas en su carne y la palma coloreada de rojo apartó la paja hasta dejar expuesta una de las birsas, un bolso de cuero del que extrajo un odre de leche. Se acercó a su hermano y susurrándole palabras de ánimo le instó a abrir los labios y tragar. Pero la presencia de Lemnos se hacía más patente en el otro mundo, ajena totalmente a la desesperación de su hermana.

El odre se le deslizó de las manos. No podía sentir más temor. El destino de su valiente hermano era alcanzar la gloria en el campo de batalla, contribuir al fin de las guerras, vivir largamente hasta que la decrepitud llamara a su puerta. Su padre lo sabía, no en vano lo había llamado Lemnos en honor a su bisabuelo, el hombre que luchó valerosamente contra los persas en la llanura de Maratón.

—¡Lemnos! ¡Abre los ojos! —gritó desesperada.

Una vida sin su hermano. Eso no era concebible.

Sabía que la voz de su gemelo atronaría como el fragor de la batalla si supiese de sus intenciones de convertirse en hetaira. Con ruegos había podido convencerlo de permanecer sin marido, alegando la necesidad que tenían sus enfermos padres de sus cuidados. Mas al día siguiente de su fallecimiento se presentó en el hogar con dos hoces en la mano y le tendió una a Areté.

—Recojamos nuestro futuro, hermana.

Segaron todos los campos en soledad, hasta que sus manos encallecieron y sus cuerpos se tostaron. Lemnos decidió viajar a Atenas como simples campesinos, allí venderían el trigo en el ágora y con el dinero compraría el resto de la armadura hoplita e iniciaría su entrenamiento. No sin asegurar la protección de su gemela entregándola en matrimonio a algún ateniense. Al ser hijo de ateniense disfrutaría de más ventajas que siendo meteco, extranjero, y lograría un buen casamiento para ella. Para el mes de Gamelion, el de las bodas, estaría segura y él podría marcharse. Acostumbrado al combate desde pequeño, su espíritu aguerrido le instaba a satisfacer sus ansías de inmortalidad y gloria.

Pero a veces el Hado es caprichoso e inconstante y nos muestra senderos que jamás pensamos transitar…