El siguiente capítulo lo tenía escrito de hace un tiempo que toOru me pidió que escribiera uno de ellos tres pero sin lemon y bueno..aquí está el resultado. Dudaba de subirlo pero Abrahel/yasury me ha obligado así que si os causa algún trauma hablad con ella, yo me desentieno lala(8) xD

No pasa en ningún momento de la historia, es una situación completamnete ficticia


¡Dios cómo me dolía todo el cuerpo! No conseguía recordar absolutamente nada y tampoco sabía dónde me encontraba, tan sólo era consciente del dolor extendiéndose por todo mi cuerpo y del penetrante e intenso frío que me hacía tiritar. Los párpados me pesaban tanto que me daba una pereza enorme abrirlos, pero me dije a mí misma que tenía que hacerlo o alguien en algún lugar del Mundo se sentiría muy decepcionado comigo.

Abrí los ojos y lo que vi no me gustó nada. Me encontraba en una lúgubre habitación. Las paredes y el suelo eran de piedra, como si en realidad se tratase de una mazmorra, pero la decoración era ostentosa y elegante, como la de un palacete. El color rojo predominaba entre todos los demás; las sábanas de una mullida cama eran rojo sangre, la alfombra que se extendía por parte del suelo era roja sangre, había letras rojas sangre incrustadas entre el mármol. No había retratos ni cuadros que me diesen alguna pista de mi paradero, sólo un par de copas llenas de vino apoyadas en un aparador.

Ahora comprendía por qué me dolían tanto los brazos. Yo me hallaba completamente desnuda colgada por las muñecas a una viga del techo, de forma que mi cuerpo quedaba completamente expuesto. Tenía que escapar de allí como fuese, pero algo pasaba con mi cuerpo que no reaccionaba. No podía desmaterializarme, ni desplegar mis alas, estaba completamente inutilizada.

Al fondo se escucharon pasos. No me dieron buena espina, pero parecieron pasar de largo, porque las pisadas sonaron cada vez más lejanas.

—Sí que eres bonita —habló de pronto una voz que me hizo sobresaltar.

No muy lejos de donde yo estaba, recostado sobre una chaselong había un hombre de piel marmórea y acerada que vestía un elegante traje negro. El hombre sonrió y al hacerlo unos afilados colmillos asomaron entre sus perfectos labios, porque ese hombre podía ser más guapo incluso que Caín. Así que se trataba de un vampiro, y no de uno cualquiera, podía percibir algo muy oscuro dentro de él. Tenía los ojos grisáceos, como los de Caín pero sin su brillo especial, y el cabello sedoso, castaño oscuro, deseable, le llegaba por debajo del cuello, cayéndole hacia los lados, acentuando más sus rasgos afilados.

—Me preguntaba cómo sería el juguete que tan ocupados tenía últimamente a mi hermano y a mi padre.

Su voz… ¿Cómo la describiría? El terciopelo era áspero en comparación a la sensualidad con que envolvía sus palabras. Me había quedado tan embobada que no comprendí lo que me estaba diciendo hasta bastante después. ¿Él era el hijo de Caín? ¿Uno de los que habían matado a la propia Lilith?

El vampiro se levantó y como había sospechado, en movimiento ganaba aún más. Sabía que estaba usando alguna clase de seducción en mí, pero yo era un ángel, estas cosas no tendrían que afectarme o, ¿después de todo lo que había hecho poco me quedaba ya de sagrado?

—Amarael, es un gusto conocerte. No sé si Caín te habrá hablado de mí alguna vez, no me tiene mucho afecto —me dijo educadamente.

—Veo que tú lo sabes todo sobre mí pero yo lo único que sé sobre ti es que eres un maldito depravado que secuestra chicas jóvenes.

—Oh, ahora entiendo muchas cosas —proclamó con una sonrisa que me derritió. El frío que sentía se esfumó de repente y me agité sobre mí misma para soltarme de mis ataduras y poder abalanzarme sobre él. Le odié por esto.

—¿Qué me has hecho?

—Si ni siquiera hemos empezado. Déjame al menos presentarme.

Volví a sacudirme, esta vez lo que quería era atravesarle con una estaca.

—Cada vez que haces eso extiendes más tu olor. ¿Acaso quieres que te devore tan rápidamente?

Las aletas de su nariz estaban en tensión, pero él se mostraba bastante sereno. No sé si para controlarse se alejó un poco de mí, pero lo agradecí, temía lo que podía pasar si se acercaba demasiado.

—Me llamo Moroi —se presentó mientras cogía una de las copas que estaban servidas. Comprendí que lo que había en ellas no era vino precisamente. Olfateó el líquido y no debió de gustarle porque arrugó la nariz.

—Está fría —comentó.

—Así que eres uno de los trece vampiros de la Primera Generación.

—Correcto. Lo que quiere decir que… —silbó mientras esta vez atravesaba todas las barreras de seguridad y llegó a rozarme el cuello con sus labios, que estaban tan fríos como el hielo y quemaban incluso más que éste—…que estoy perfectamente capacitado para cumplir tus fantasías más depravadas —me susurró muy lentamente junto al oído.

Censuraré mis pensamientos porque no quiero parecer muy basta, pero si Caín me hablase así cada vez que nos veíamos ya le habría dado al menos otros trece hijos. También era raro que el hijo pareciese un poco más mayor que el padre, de todas formas sabía que Caín solía cambiar de apariencia cada cierto tiempo, según Adramelech prefería parecer joven porque le gustaba acostarse con mujeres que parecían más mayores que él. Caín es todo un caso, pero él no pinta nada en estos momentos ya que quien estaba junto a mí era Moroi, no él, y el maldito vampiro me estaba provocando mucho. Hasta ese momento yo los detestaba por todo lo que sabía de ellos, pero para no variar, mi razón se iba al infierno cuando un hombre apuesto trataba de seducirme.

Él derramó la copa sobre mi cuerpo y esperó a que el líquido carmesí se esparciese por mi piel.

—Ya no está fría.

Me lamió de abajo arriba, aunque a mi no me hubiese importado que lo hubiese hecho al revés. Su lengua extremadamente suave y húmeda parecía estar hecha para acariciar mi akasha. Me sorprendía que no se quemase y cada vez me estaba preocupando más porque parecía que había perdido de verdad mi poder sagrado.

Moroi acarició mi cuerpo del mismo modo que un poeta tocaba su lira y se me hizo toda una tortura. Noté una diferencia entre padre e hijo: Caín era más apasionado, pero sabía que lo hacía por lo que lo hacía; Moroi por el contrario era más frío y premeditado, pero me daba la sensación de que me trataba como si fuese su amante. La forma en que me miraba y me abrazaba era como si quisiera hacerme creer que éramos amantes. Me quedé muy aturdida por esto, pero no era más que una de sus tácticas de conquista, Caín al menos me era sincero con sus intenciones. Moroi en cuanto se cansara me hincaría los colmillos y adiós a mi patética existencia.

El vampiro volvió a recorrerme con su lengua, pasando sus manos por detrás de mi nuca, masajeándome, y a medida que reptaba hacia arriba, mi respiración se cortó y la voz se me entrecortaba. Dos agujas se hundieron en uno de mis pechos, pillándome completamente desprevenida, pero él se apartó súbitamente, mi sangre le quemaba; después de todo sí que quedaba todavía algo de ángel en mí.

La cabeza me daba vueltas a una velocidad vertiginosa. Todo era tan irreal…pero su mordisco lo había sentido de verdad y quería más.

El verle con la boca manchada de mi propia sangre me enloqueció. Moroi me observaba cómo quien leía un libro interesante.

—Pensaba que a estas alturas Caín ya te habría pervertido lo suficiente, pero veo que me ha dejado todo el trabajo a mí.

Oh sí, que me pervirtiera, Caín ya me estaba frustrando. Moroi sacó de algún lugar una bonita daga y se cortó a sí mismo la muñeca, vertiendo su propia sangre en la copa y cuando la hubo rellenado, la acercó a mi boca. Me elevó la cabeza y me hizo tragar. Su sangre es el veneno más dulce que he probado en mi vida. Al principio me resistí a tragar, pero él me forzó. Su sangre recorriéndome por dentro me hizo estremecer y me ardía, como el más fuerte de los licores, y me embriagaba. Él cortó las cuerdas que me mantenían retenida y se dirigió hacia la cama. Se quitó la elegante chaqueta y comenzó a desabrocharse muy lentamente los botones superiores de su camisa blanca. No se los desabrochó todos, sino que dejó al descubierto parte de su pecho, invitándome a terminar. Le arrancaría la ropa, no dejaría ni un pedazo de tela sin rasgar.

Me abalancé sobre él, colocándome encima suyo. Él me sonrió con esas sonrisas arrebatadoras de las suyas. Que se dejase de sonrisas y me devorara de una vez.

Tiré de la seda que le cubría, arañándole sus pectorales. Él gimió muy dulcemente. ¿Por qué no me había secuestrado antes? Su sangre me llamaba, no sabía lo que me había hecho, pero las venas me latían con tanta fuerza que las sentía a punto de reventar. Tras contonearme sobre él como una zorra en celo me hundí en su cuello, saboreé su fragancia y le mordí. Yo no tenía colmillos penetrantes como los suyos, pero se los clavé con fuerza hasta que atravesé su dura piel y su cálida esencia se derramó sobre mi boca.

Ahora su fuerza vital fluía por mis arterias, me sentía increíblemente fuerte y mejor que nunca. Todo a mi alrededor se había transformado, brillando con matices que mi vista angelical jamás había sido capaz de percibir. Había despertado y qué bien se sentía.

Asalté su boca sin miramientos. Sabía que él nunca había probado hasta ahora el sabor de su propia sangre, lo supe por la forma en que me besaba, saboreándome apasionadamente. Sus colmillos me hirieron, provocando que derramara mi propia sangre sobre su lengua. La sangre de ambos se mezcló, pero ahora ya no le resultaba dañina.

Seguimos intercambiando besos de hemoglobina hasta que la razón volvió a mí golpeándome como un martillo. Me separé súbitamente de él, aterrorizada por lo que había hecho. Moroi me dedicó una mirada penetrante y yo me di la vuelta porque no me sentía capaz de soportársela. Eché a correr hacia la puerta. Le percibí incorporándose de la cama.

—Afuera está atestado de vampiros. No sobrevivirás.

Pero si me quedaba con él tampoco lo haría así que salí de la habitación, topándome con un cuerpo duro y rígido como una estatua. Me había chocado con otro vampiro más rápido de lo que hubiese deseado. Él produjo en mí una sensación mucho más diferente que Moroi. Estaba aterrada, muerta de miedo, y sentía la sangre saliendo de mi cuerpo, vaciando las venas y a pesar de todo ello no podía apartar mis ojos de los suyos, hipnotizadores y perturbadores. Un iris era grisáceo, pero el otro intensamente amarillo. Nosferatus el Insaciable me había atrapado irremediablemente, ahora era suya y no podía escapar.

—¿A dónde crees que vas? Eres mía, al igual que tu madre.

Su voz era fría, cruel, estremecedora. Sus manos, dos garras de acero que me empujaron de nuevo hacia dentro de la habitación.

De pronto me di cuenta de que mi cuerpo estaba salpicado de pequeñas flores rojas. Sangre. Las sábanas sobre las que me había tendido con Moroi no eran escarlata sino que una vez habían sido blancas, pero la sangre de sus víctimas las había teñido de carmín. Las fuerzas me abandonaron y comencé a sentirme realmente mal. El olor a sangre me producía náuseas.

—¿Se puede saber qué haces aquí, Moroi?

—Solamente estaba saciando un poco mi curiosidad.

El vampiro se había colocado la chaqueta negra sobre su pecho desnudo y se la había dejado sin abrochar.

—Sabes que NUNCA —y Nosferatus recalcó ese nunca de forma estremecedora— comparto mis pertenencias.

—Soy tu querido hermano pequeño y te he seguido desde siempre. Podemos divertirnos juntos de vez en cuando.

—Si me seguiste es porque te convenía, te conozco desde hace demasiado.

—Nuestras hermanas me conocen mejor.

Esto ya se estaba volviendo un poquito surrealista, por mí podían seguir discutiendo entre ellos, así se veían incluso menos amenazadores.

—¿Podríais liaros aquí ahora mismo? Me hace ilusión, he oído hablar mucho de la sensualidad de los vampiros…

—¿De dónde la has sacado? Tiene cada ocurrencia… —rió Moroi.

—Es la hija de Zadquiel.

A diferencia que su hermano menor, Nosferatus no parecía encontrarlo divertido.

—Eso oí. De Zadquiel y Mikael.

—Por eso es MÍA.

—Es nuestra prima.

—Ella no debería de existir.

Nosferatus se aproximó a mí y abofeteó mi mejilla con toda su fuerza vampírica. Si no me rompió el cuello fue gracias a la sangre de Moroi. Nosferatus no apartaba su mirada bicolor de mí. Mis ojos comenzaron a llorar lágrimas de rubí. Las toqué con mis yemas, aterrorizada. ¿Qué me estaba haciendo?

—Lo sabías —le dijo Nosferatus al otro vampiro sin volverse si quiera hacia él—. Por eso la hiciste beber de tu sangre.

—Soy un depravado con cabeza.

—Eres un miserable.

—¿Vas a desperdiciar su sangre? Jamás había probado nada igual.

—Sangre de ángel, pero la suya está contaminada con la de Mikael.

Tenía que largarme de allí pero estaba acorralada contra la pared. Tenía delante al ser que tanto daño le había hecho a mi madre. La venganza se iba apoderando de mi mente poco a poco.

—Así es, yo fui el que le hizo todo eso a Zadquiel —dijo como leyéndome el pensamiento—. La jodí cada anochecer y si supieras lo bien que ella se dejaba joder…—Mientras hablaba trazos de sangre iban apareciendo sobre mi piel. Moroi nos miraba cómo sintiera reprobación por lo que estaba haciendo Nosferatus—. Lo que más odiaba eran sus ojos. Estaban llenos de esperanza y me asqueaban, por eso me los comí. Nadie me miraba con una mirada como la suya.

Aquel bastardo…logró remover la ira que se hallaba dormitando en mi interior y la despertó bruscamente, arrojándola al duro invierno. Ese vampiro era cadáver.

Una espada había aparecido en mi mano y se la clavé sin vacilar. La hice girar para que se hundiera más aún en su pecho, me ensañé como una carnicera. Corté y despedacé mientras Moroi nos miraba de brazos cruzados. Entonces el vampiro menor se acercó a mí por detrás y me abrazó con sus inquebrantables brazos. Lamió la sangre de su hermano que me había salpicado y paladeó su sabor. Yo me volví a estremecer al sentir su lengua. La ira se fue transmutando poco a poco en lujuria. El cuerpo de Nosferatus se hallaba bajo nosotros, desmembranado, formándose un charco de sangre que nos servía como alfombra. La espada me pesaba demasiado por lo que la dejé caer y me giré para quedar frente al vampiro. Yo ahora era su concubina y él mi amo, mi razón para existir, mi propia sangre.

Nuestras figuras se entrelazaron, fundiéndose la una con la otra, cubriéndose de sudor y concupiscencia. Maldita depravación, cuanto mayor era la perversión cometida, con más fuerza estallaba mi interior. Su cuerpo era realmente duro y se había vuelto tibio gracias a mí. Su sangre me emborrachaba y sus mordeduras me extasiaban.

El cuerpo de Nosferatus se había ido recomponiendo ajeno completamente a nosotros y cuando estuvo entero otra vez, se clavó sobre mi espalda, sacudiendo inesperadamente mi interior. Moroi me mordía a un lado del cuello y Nosferatus, en el otro. Los tres nos volvimos uno.

Moroi bebió de mí hasta saciarse, pero Nosferatus nunca tenía suficiente, siempre quería más y más. Clavó sus garras en mis pechos y siguió bebiendo. Moroi seguía delante de mí, observando cómo mi vida se iba, hasta que algo más llamó su atención.

Lo último que vi antes de perder el conocimiento fue un ala negra moviéndose a gran velocidad, enfrentándose a los vampiros. Caín había venido a por mí después de todo, le importaba.

"No me dejes tú también", me rogó telepáticamente.

Jamás, nunca le abandonaría.