New shot fic! primer capi dedicado a Magiiebl0od, feliz cumple! y suerte con el novio! (posible nuevo novio) TKM!!!!


Exhausto, no había mejor palabra que describiese como me sentía; tan simple y tan cierta. Los exámenes de fin de semestre se me habían juntado con los últimos partidos de la temporada.

Más que nunca debía equilibrar mi tiempo entre los estudios y los entrenamientos con el equipo de básquetbol de la universidad. Yo era el capitán, el jugador estrella como muchos me decían, y la presión por ganar el último partido ya pesaba sobre mis hombros.

Mi consuelo: ese era el penúltimo entrenamiento antes del gran partido, después solo debía encargarme de los estudios, bueno, no era un tan grandioso consuelo, pero al menos el cansancio físico terminaba.

—Buen trabajo Cohen, seguro ganamos el domingo— me gritó el entrenador al finalizar la práctica.

Me senté en la banca, tomé un sorbo de agua y como era costumbre me fijé en las graderías. Un grupo de chicas me esperaban; Anette entre ellas; una estudiante de medicina que tras abandonar los esfuerzos por conquistar a mi mejor amigo, se había empecinado en salir conmigo. De no haber sido porque me sentía su segunda opción, de seguro habría salido con ella, y quien sabe, tal vez algo más. Pero mi orgullo era demasiado, yo no era la segunda opción de nadie, por eso me hacía al indiferente con ella.

Ignorando sus vanos intentos por llamar mi atención, busqué en el otro extremo a quien siempre estaba allí esperándome: Grecia, una pequeña de catorce años y una de las mejores amigas de mi hermano menor. Desde hacía siete años ella asistía a todos mis entrenamientos y partidos.

Grecia era algo así como una pequeña amiga, mi fan número uno; era divertido pensar en el pasado y mirara al presente; Grecia no había cambiado, físicamente sí, pero su alma seguía intacta, con aquella pureza e inocencia de una niña de ocho años. Igual que en esos tiempos corrió por las graderías sosteniendo su mochila. Del colegio a la universidad ella realizaba un viaje de casi dos horas y, pese a la distancia, llegaba a tiempo, siempre con algún bocadillo fresco que había cocinado solo para mí.

A Grecia le encantaba cocinar y a mí me encantaba comer ¿podía ser más perfecto?

— ¡Estuviste genial Tiago! ¡Seguro ganamos el domingo!— con su inconfundible optimismo se acercó a mí y sacó el tapper de plástico con las galletas de ese día.

Sin pensarlo tome una.

— ¿De qué son?— pregunté con cierto desagrado, esperando encontrarme con chips de chocolate mordía algo pequeño y arenoso.

—Son integrales, el partido está cerca, necesitas micha fibra y carbohidratos— me explicó mientras comenzábamos a caminar hacia la salida. Además de ser mi pequeña fan se atribuía el título de mi dietista personal.

En nuestro recorrido la notaba algo nerviosa, parecía querer decirme algo. Yo sólo esperé y finalmente se decidió.

Del bolsillo de su uniforme sacó un elegante sobre blanco. Por las ajaduras se notaba que lo había llevado consigo por días.

—Tiago, bueno…— titubeó entregándome el sobre — mañana es mi cumpleaños— como olvidarlo, siempre que esa fecha se aproximaba me lo recordaba con semanas de antelación, y ese año en particular me repetía constantemente que cumplía quince, una edad importante para las mujeres —mi madre me está haciendo una fiesta y creí que.. Bueno ¿quieres venir?— se animó a preguntar finalmente.

— ¡Tiago! Hay fiesta en el edificio "D" ¿Vienes?— a lo lejos una de mis compañeras me gritó, interrumpiendo a Grecia.

—Sí, ya los alcanzó— le grité de vuelta — gracias, pero creo que me sentiré extraño con los niños de tu edad— de verdad que no lo dije con mala intención, simplemente era estúpido y no pensaba antes de hablar.

Inmediatamente Grecia me arrebató la invitación de las manos e intentó ocultar su rostro con su largo cabello rubio.

—Te entiendo, tienes razón, lo siento— sin mirarme y aún ocultando el rostro devolvió la invitación a su bolsillo y se fue corriendo.

Yo la contemplé mientras se alejaba, perplejo y confundido. No le presté atención, ella aveces era u poco extraña, ¿se había enfadado? Era posible, o eso pensé en ese instante, luego me enteré que ella había llorado amargamente durante horas gracias a mi insensible e imbécil desplante.

Dejando el asunto de lado corrí con el resto de mis compañeros. Como cada fiesta en el campus, esa terminó en destrucción masiva, ese era el tipo de fiestas a las que asistía, no quince años con chicos de colegio que a lo sumo se escondían en alguna habitación con una botella de champaña sustraída de alguna de las mesas de los adultos.

***

Posterior a la resaca pensé con claridad. Era curioso cómo había necesitado alcoholizarme para recién darme cuenta de la magistral estupidez que había cometido el día anterior.

Posiblemente el alcohol había encendido mis neuronas, o el cansancio del día anterior me había insensibilizado. Grecia me invitaba a su ansiada fiesta de quince años y yo como el gran estúpido que era le había rechazado.

Grecia era una niña increíblemente dulce, me cautivaba su forma tan especial de ver la vida y el cariño que le dedica a cada acción que realizaba, sobre todo si era para mí, desde hornear algo hasta pintarme una pancarta, y yo jamás le había dado un regalo siquiera.

Le debía una disculpa, una muy grande. Afortunadamente sabía donde vivía, su hermano mayor y yo éramos amigos… en realidad no, para desdicha de ambos compartíamos amigos, lo que significaba que automáticamente estábamos en el mismo grupo y debíamos toléranos.

***

—Sophie ¿qué le regalas a una niña que cumple quince años?— por casi diez minutos me había rebanado la cabeza pensando qué regalarle, pero no se me ocurría nada. Las únicas mujeres a quienes les compraba obsequios eran mi madre y mi hermana, después de eso, nunca había visto la necesidad. Mi relación más larga había durado tres semanas, no era el tiempo suficiente para hacer algún presente, y generalmente, me aburría repetir con la misma mujer más de tres citas.

— ¡Aprende a tocar!— en lugar de responderme mi hermana me reprendía agresivamente por entrar a su departamento sin anunciar mi llegada — ¿el regalo es para Grecia?— intempestivamente cambió su tono de una forma solo común en ella. No sé qué cosas pasarían por su mente en ese momento, pero ya parecía volar en una nube rosa mientras su ojos brillaban con entusiasmo y ensueño.

—Sí, me invitó a su cumpleaños. No sé qué se le puede dar a una niña de esa edad.

—Grecia no es una niña— volvió a su semblante de represión — ya cumple quince años, una edad importante, donde las niñas dejan de ser niñas para volverse jóvenes y lindas mujeres— me habló remarcando cada palabra, claramente quería que yo entendiera algo, pero no sabía qué, los hombres no entendemos indirectas.

Ignorando lo que posiblemente era una tontería inventada por su loca cabecita, volví a presionarla para que se concentrase en mi misión principal: comprar un regalo a Grecia.

Mi hermana Sophie era la persona indicada, era una mujer y le gustaba comprar ¿necesitaba más requisitos?

Después de seis horas en el centro comercial durante las cuales nos detuvimos en cada tienda antes de llegar a la joyería, Sophie realizó "paradas estratégicas", en las cuales se llevó casi la mitad de artículos disponibles en cada tienda y contar con su ayuda ya no parecía una buena idea. Creo que ese día cargué alrededor de media tonelada en ropa y accesorios.

Finalmente llegamos a nuestro destino: Una elegante joyería; y en este caso como en la mayoría, elegante significaba costosa, extremadamente costosa.

Protestando por lo bajo obedecí a mi hermana, quien se suponía era una experta en esos temas y terminé comprando un dije de corazón, que según la vendedora, podía usarse en un colar o una pulsera.

No sabía si un corazón era el símbolo correcto que debía entregarle a una muchachita quien era más amiga de mi hermano que mía. Al final Sophie me convención con una charlatanería extensa sobre los miles de significados que un corazón tenía.

****************

Con el presente guardado en una fina cajita de terciopelo, la cual me había costado casi tanto como el dije, me dirigí a casa de Grecia.

Tal como esperaba el lugar se encontraba atestado de gente.

Bajé de mi motocicleta y caminé a la entrada, dándome cuenta recién que se trataba de una fiesta de gala y yo llevaba ropa común.

No importaba, a Grecia seguramente no le importaría, después de todo, ella debía encontrase muy feliz rodeada de sus amigos, yo simplemente iba a ofrecerle una disculpa, hacer acto de presencia y luego salir de ahí.

—Su invitación— en cuanto quise cruzar la puerta me detuvo uno de los guardias de seguridad.

Yo busqué en mis bolsillos momentos antes de recordar que Grecia me había quitado la invitación después de mi torpe cometario.

—No la traigo, Grecia olvidó dármela, pero la conozco— me excusé y los guardias rieron, haciéndome sentir aún más ridículo… como si eso fuese posible.

—Tú y todos ellos… ponte a la fila— aún con la sonrisa en sus labios me señaló una fila con varios sujetos que intentaban colarse a la fiesta, seguramente con el mismo pretexto que yo, claro que a diferencia de ellos, yo sí decía la verdad.

— ¡Evan!— grité al ver al hermano mayor de Grecia, quien salía de la mansión.

Con despreció me reconoció, por primera y única vez en mi vida agradecía el verlo.

— ¿Qué haces aquí?— me preguntó impasible.

—Grecia me invitó, diles que me dejen pasar.

— ¿Y tu invitación?— su pregunta retumbaba cargada de maldad, seguro estaba consciente de mi situación —sin invitación no pasas, además lo más posible es que la fiesta vaya a suspenderse.

— ¿Por qué?— me extrañé, él parecía hablar en serio.

—Grecia se niega a bajar, se encerró con llave en su habitación— su breve explicación vino acompañada de un portazo; no había la necesidad de tal acto, Evan quería establecer de manera física su terrible rechazo a mi presencia.

No me molesté en insistir. La fiesta no me importaba, la pequeña Grecia era el centro de mi preocupación. Ese día era importante y ella se veía entusiasmada por su fiesta ¿Qué le sucedía? Solo rogaba no ser yo la causa de su malestar. Un segundo de culpa fue reemplazado por negación. Yo no era tan importante para Grecia como para ser el motivo de su encierro.

Pensando tanto no iba a llegar a ningún lado, así que decidí averiguar por mí mismo. En las pocas ocasiones que había ingresado a esa inmensa casa, Grecia me había recibido gritando desde su balcón; uno contiguo a su habitación, el cual daba al jardín trasero.

Tal como esperaba, la luz de su habitación se encontraba prendida y la fortuna parecía sonreírme nuevamente, las puertas del balcón estaban abiertas.

Trepar hacia el segundo piso por las ramas de los rosales no parecía tarea complicada, y no lo fue.

Desde el balcón vi a través del fino tul que permitía le paso del viento, tras él distinguí la silueta de Grecia. Sin ser notado traspasé en la habitación y me abandoné al extasiante momento, en el cual Grecia era el centro de mi universo.

Ella se miraba en el espejo, llevaba su vestido de fiesta, uno rosa con brillos, de los que se sujetan solo arriba del pecho dejando al descubierto los hombros. De no haber sido porque ella lo llevaba puesto, jamás me habría fijado en detalles como ese.

Mi pequeña se veía triste, vacía, como el precioso envoltorio vacío de un caramelo, dulce como la recordaba del día anterior.

Sosegadamente volteó hacia mí, desconcertada por mi inesperada presencia. Yo no me moví, reprimí el impulso de arrimarla a mis brazos, el cual extrañamente, comenzaba a superar mi autocontrol y se apoderaba de aquella parte del cerebro que se encapricha con una determinada acción, por más inoportuna que resulte.

— ¿Tiago? ¿Qué haces aquí?— sin salir del asombro se dirigió a mí, su triste mirada aún me carcomía.

—Yo vine a disculparme, me porté muy mal contigo, no debí rechazarte.

—No te preocupes, no necesitabas venir—noté que reprimía unas lágrimas y que sus palabras no decían la verdad, algo le molestaba y no era solo yo.

— ¿Qué sucede? Evan me dijo que no quieres bajar, es tu fiesta…

—No, no es mi fiesta— me interrumpió tajante— es el peor cumpleaños de mi vida, y créeme que he tenido malos. Mi madre hizo todo esto para ella, no le importa siquiera que más de la mitad de mis compañeros no vino y que casi todos los que están son amigos de ella y su esposo ¿Cuál es el sentido? Ella no me quiere ahí y a sus invitados poco les importa el verme— se sinceró conmigo soltando las lágrimas.

En lo poco que sabía sobre ella, el tema de su madre no era algo a lo que estuviese ajeno. Su padre había muerto cuando ella era muy pequeña y su madre se dedicaba a viajar, vivir eternas vacaciones de sus hijos, quienes habían sido criados por los sirvientes de la casa.

La consolé tal como necesitaba. Me arrodille frente a ella y la abracé, no quería verla llorar, Dios… verla así es algo que me destruye el alma.

En ese momento hubiese sido capaz de arrancarme el corazón y regalárselo en una caja si eso le hubiese hecho sonreír.

Se soltó de mi abrazo y yo permanecí mirándola, aún arrodillado en el suelo.

¿Cuándo había crecido tanto? Sus ojos grises sumidos en la tristeza me parecían tan bellos… con un destello precioso que solo era superado cuando sonreía.

— ¿Tiago qué pasa?— la dulce voz de Grecia llamó mi atención, sacándome de ese hechizo hipnótico que me mantenía naufragando en sus cristalinas lágrimas.

—Nada, que tal si…—una idea surcó mi mente, Grecia merecía ser feliz en el cumpleaños más importante de su vida y estaba a mi alcance hacerla sonreír — vámonos— me levanté y le extendí la mano. Ella perpleja y sin entender me entregó con confianza su pequeña mano de piel de porcelana.

Me aproximé a la ventana, estaba oscuro y no parecía haber gente cerca.

De la misma forma en la que había trepado, bajé antes que ella, para ayudarla y vigilar que su aparatoso vestido y costosos zapatos no le jugasen una mala pasada.

Ya sabía exactamente dónde ir. Corriendo con sigilo atravesamos el extenso jardín hasta mi motocicleta, la cual esperaba parqueada en la acera.

Me pareció que los guardias se percataron que me llevaba a la cumpleañera, pero Grecia y yo habíamos partido tan rápido que sus reclamos sonaron como un zumbido inteligible segundos antes de ser reemplazados por el motor de la moto.

Nos detuvimos en un parque, el cual se encontraba vacío a esas altas horas de la noche. Justo en el centro se hallaba una enorme estatua, rodeada de pequeños jardines, pero esa no era la atracción principal del lugar. Ese parque era grande y poseía una especie de bosquecillo, el cual finalizaba justo frente a un risco. Una improvisada baranda de madera detenía la caía y servía como mirador.

Grecia se colgó del barandal, contemplando emocionada la luna, la cual brillaba y se reflejaba en su mirada. Su cabello rubio se veía platinado y vestido que llevaba marcaba su perfecta silueta. De nuevo me encontraba perdido, detallando cada parte de ella, sin encontrarle la más mínima imperfección.

No sé por qué, pero sin darme cuenta le retiraba el cabello y acariciaba la piel desnuda de sus hombros.

Ella volteó preguntándome lo que hacía con su expresión. Inmediatamente dejé mi acción percatándome de mi inoportuno movimiento.

— ¿Te gusta?— desvié su atención — me refiero a la vista— por el movimiento extraño que hizo con los ojos caí en cuenta que ella pensaba que me refería a la caricia. En realidad si me refería a eso, pero a último momento metí el tema del paisaje.

Esa niña me hacía sentir tanto, y esa noche mis locos sentimientos querían manifestarse por cuenta propia; y así lo hicieron, cometí una locura que nuca había pensado pudiese haber cometido.

— ¿Bailamos?— le pregunté con una ligera inclinación.

Ella pensó que bromeaba, yo no era de los que bailaban, menos en un solitario lugar y sin música.

— ¿Bailar qué?— me preguntó con una risa nerviosa.

—Se supone que son tus quince años, debes bailar el vals a la media noche. Ya son las doce— sin esperar respuesta la jalé hacia mí, cerrando uno de mis brazos alrededor de su cintura y la otra tomó su mano.

Empecé a girar lentamente, ella apoyaba la cabeza en mi pecho, no necesitaba apoyar los pies en el suelo, yo la elevaba, girando y moviéndola conmigo al compás de una melodía imaginaria. Ella reía, era feliz, y su alegría se me contagiaba; sentía como esta penetraba por cada poro de mi cuerpo hasta tocar mi alma.

Después ya la abrazaba, el compás terminaba y yo solo disfrutaba la presencia de mi pequeña; me abrazaba como lo hacía años atrás, o tal vez no… definitivamente no, eso no era igual a cuando tenía nueve años y se negaba a desprenderse de mi pierna.

Lastimosamente el momento acabó, ambos lo sabíamos, era momento de volver, a esas alturas yo ya debía ser buscado por secuestro y a Grecia le esperaba una buena regañina por parte de su madre.

—La fiesta aún no se acaba, tenemos varias horas que perder— mientras caminábamos de vuelta pensaba como alargar mi tiempo en su compañía. Aún no quería dejarla, ya estábamos en problemas, ¿cuánto más daño causaría que permaneciéramos juntos un par de horas más?

—Me prometiste que me llevaría s a pasear por el campus— Grecia alzó la vista y no pude negarme a su deseo. Hacía más de dos años que le había prometido llevarla a visitar el enorme campus universitario. Un paseo nocturno por ese lugar no parecía mala idea.

***

En la oscuridad le mostré los edificios donde pasaba clases, el área deportiva nos la pasamos de largo puesto que ella la conocía muy bien y caminamos hacia los dormitorios. Grecia se emocionaba con cada cosa que le contaba, por más aburrido que a mí me parecía contarle sobre mis clases y estrictos docentes, ella escuchaba atenta, enterándose de cada anécdota, interesándose en mi vida cotidiana.

— ¿Tienes frío?— me sentí torpe preguntándole a esas alturas, nuestra noche casi acababa y seguramente ella se había aguantado el clima que congelaba sus hombros desnudos. También lamenté el no tener una chaqueta en ese momento, solo levaba una camisa y no se vería galante que me la quitase para cubrirla precariamente — acompáñame a mi dormitorio un momento, así sacamos una chaqueta.

—Estoy bien, no te preocupes— intentó engañarme con su sincera sonrisa; yo no le creí, se notaba que tensaba su cuerpo para no temblar.

—No es pregunta, vamos.

Ella me siguió confiadamente, esa niña me tenía demasiada fe, podía llevarla al fin del mundo y ella me seguiría dichosa y sin reparos.

Mi edificio se encontraba frente a la avenida, era uno de los más altos; pese al impresionante tamaño de la construcción, las habitaciones parecían cajetillas de fósforos, ideal cuando solo te dedicas a estudiar y a la loca vida universitaria.

Las miradas curiosas no se dejaron esperar cuando pasé con Grecia a la estancia. Anette y su grupo de amigas se encontraban conversando en los sillones.

— ¿Te robaste a una quinceañera?— me preguntó Anette con una simpática sonrisa.

—De hecho sí.

—No me digas qué piensas llevártela a tu habitación— protectoramente abrazó a Grecia, quien a comparación de Anette parecía una pequeña niña.

—Solo recogeré una chaqueta— fingí molestia por su desconfianza. Mi pequeña tenía una mueca extraña, el resto de chicas la rodeaban y le preguntaban si de verdad yo me la había llevado de su fiesta —bien, cuídala unos segundos— otro par de chicas se habían sumado a la reprobación así que decidí subir solo. Grecia podía esperarme un par de minutos y también evitaba que ella viese el terrible desorden que había en mi habitación.

Tras una sonrisa de probación por parte de mi acompañante subí corriendo al tercer piso. Afortunadamente una chaqueta se encontraba lista sobre la silla. Era enorme para Grecia, pero sin duda se vería adorable con ella.

Ya dispuesto abajar nuevamente, recode el regalo. No se lo había entregado, lo saqué de mi bolsillo y lo llevé en la mano, para no olvidarme de entregárselo antes de salir.

No tardé ni dos minutos en subir y bajar, sin embargo Anette y las otras chicas conversaban amenamente como al principio, Grecia no estaba con ellas.

— ¿Dónde está Grecia?— les pregunté preocupado.

—Hace un momento tomó un taxi— me explicaron levantando los hombros y volviendo a su conversación.

Me encontraba confundido ¿por qué ella se había ido? Mi primera idea fue llamarla, luego me di cuenta de que no sabía su número. La conocía por más de siete años y jamás le había pedido el número de teléfono. Contemplé el regalo que tenía en la mano. Estaba preocupado, deseaba saber si había llegado bien a su casa, sobre todo preguntarle por qué no me había esperado. Esa vez estaba seguro de no haber hecho nada mal, o eso pensaba.


Hola! creo que ya mucha gente había leido este primer capi en Pink lemonade y en mi blog y los dejé con la intriga del segundo capi. XP el segundo capi lo subiré en dos semanas creo. Esque para quienes no siguen mis historias pero leyeron esto hasta el final (wii nuevos lectores, gracias!), Tiago y Grecia, son personajes secundarios en mi fic "Los sueños secretos de Sophie", y el siguiente capítulo contine un par de escenas spoilers, es decir, hacen referencia al final de mi otra historia. Así que subiré el segundo capi paralelamente con el ultimo de Sophie, así no saben en que acaba antes de tiempo ¬¬, o veré como quitar las escenas spoilers jje.

Bueno, de todas formas en mi blog (link en mi perfil) puse una especia de calendario donde están las fechas de actualización de este fic y los otros, ya saben que nunca los hago esperar demasiado.

Beso! comenten plis! :D